Palabras

Memorias Caídas

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Cuando llegábamos a la puerta, Aquila y Ceres, nos esperaban con una mirada intranquila dirigida especialmente a mí, mientras que, chispitas, fingía no percatarse de ello y solo siguió sonriendo. Intentaba ignorarlas, pero algo me decía que habían visto lo sucedido. Caminábamos en dirección al cuarto que nos asignaron los padres de Caleb y una vez allí, Victoria estaba más seria que de costumbre...
-Hoy mismo nos vamos, recojan sus cosas. El maldito desierto nos espera... -sin más que decir, dio media vuelta y preparó un bolso con algunas provisiones y los permisos en caso de que los necesitemos.
-¿Él vendrá? -preguntó Eruca con un tono de preocupación.
-Por supuesto. Sabe cual es su deber. En una guerra, llorar no es una opción... y por más que duela decirlo, lo sabes mejor que nadie.
Ambas me miraron con decisión, esperando una respuesta que las guiara a la gran biblioteca, pero yo solo quería tomar aire para calmarme.
-No puedo creer que él me gritara... Lo entiendo, era su hermano, pero si supiera todas las cosas que vi en su desdichada alma...
-¿No habíamos dejado en claro que no confiaríamos en él? Tendré que tomar el control de las cosas si no haces algo al respecto. -comenzó a reírse desaforadamente.
-¡No me cuestiones! Te di libertad y le mentiste a tori. Asesinaste despiadadamente a quien te rodeaba... Todo lo que hemos vivido es en gran parte tu culpa y por esa miserable razón jamás te dejaré salir a la luz de nuevo.
-¿Cómo aquella vez? No me hagas reír. Ambas sabemos a quien recurres para defenderte cuando no encuentras la daga. -su risa retumbaba en todos lados y la comisura de sus labios comenzó a curvarse lentamente. - Asume las consecuencias de la mierda que provocaste.
-Haz silencio... -susurré.
-Tierra llamando a Scarlet ¿Estás ahí? -Eruca me distrajo de mis pensamientos por un segundo. -No fue tu culpa, no tienes que escucharlas.
-Lo sé... Debo tomar algo de aire. Niñas, ¿quieren venir un momento? -dije pausadamente para que notaran mi necesidad de salir. Las gemelas sin dudarlo me acompañaron hasta el jardín muerto.
-Deberías de contarnos todo... Nosotras confiamos en ti y hay algo que nos ocultas. -la voz de Ceres mostraba decepción de mí y no la culpo, sigo siendo de pocas palabras incluso cuando hablo.
-Yo... ustedes. Lo siento, no puedo decirles, no es el momento ¡Estoy muy presionada por encontrar esa estúpida biblioteca y ahora ocurre que el hermano de Caleb lo traicionó por celos y poder! - Mierda. Presiento que metí la pata hasta el fondo... otra vez. ¡Ups!
-¿Cómo sabes todo eso? No te creo. -dijo Ceres.
-¿Estás segura? -Aquila avanzó un par de pasos más para mirarme a los ojos.
-Sí... es cierto. Cuando alguien muere y yo estoy cerca le facilito el camino al alma para que no quede atrapada en el cuerpo. Siempre que lo hago es como una hoja blanca manchada de negro que cuenta historias sobre como fue que se ensució. En el caso de Augusto, me mostró todo lo que hizo para sabotear a su hermano y obtener la fortuna de sus padres, pero no sé por qué.
-Si le dices esto a Caleb estará destrozado. -ambas hablaron al mismo tiempo.
-Tranquilas, no lo haré. Guardaré silencio si ustedes también lo hacen. -No debía acercarme a él. Cada vez que lo hacía, tenía la necesidad de obedecerlo. Quiero mi libertad.
-Es un trato. -dijo Aquila. Ella tenía dos opciones, la correcta acortaría su destino.
La nave ya estaba lista para despegar cuando volvíamos del patio a la gran fortaleza de los señores Wilde. Mientras regresábamos Victoria no nos dejó observar el salón principal ya que se hallaban algunos familiares de los Wilde y otras personas que trataban de reconocer a los demás cuerpos que seguían allí. Nos fuimos directamente al galpón donde estaban todas aquellas máquinas que nunca antes había visto.
Eran las 19:27 cuando ella con su bello andar se mostró ante todos. Allí, una joven de unos veintiún años, de un lacio y largo cabello castaño, de ojos negros y de altura promedio. Se paró detrás de Victoria sin que ella lo notara pidiendo con gestos a los demás que no hiciéramos ruido. Dio un salto para tomar a tori por sorpresa, pero ella se dio vuelta de prisa y la sujeto con ambos brazos, y una sonrisa muy tenue:
-Me asustaste -dijo ella mientras se acercaba a su rostro con picardía.
-¿Cómo has estado? -dijo Victoria dándole un beso en sus labios.
-Muy mal si no he sabido nada de ti por unas dos semanas... dijiste que podría ir a casa contigo.
-Lo siento, tuve unos inconvenientes -me miró tratando de darle una respuesta, pero yo no entendía que pasaba -puedes venir con nosotros si quieres -se acercó a su oído susurrando unas palabras -además hace mucho que no jugamos...
-Disculpen por interrumpir su escena cursi, pero ¿quién es ella?-dijo Caleb
-Ella es Sira. - entrelazó sus dedos con los de ella y besó su mano.
-Hola, es un gusto -di un paso hacia delante, sentía que debía aclarar mi presencia para evitarle problemas a Victoria. -Mi nombre es Scarlet.
-¿Qué hace ella contigo? -el rostro de sira se tornó serio. Mister Celos, no gracias.
-Es una larga historia, te contaré camino a Anzús -Victoria se fue hacia dentro del edificio.
Al parecer todos menos Caleb y yo conocían a Sira, pero ninguna sabía que tipo de relación tenían ambas y aún así, a nadie parecía importarle con tal de ver a Victoria sonreír. Los padres no nos saludaron y nosotros tampoco. Una vez en mi lugar, no podía dejar de ver a Caleb que estaba en el asiento frente a mí. No fue al asiento de copiloto como cuando veníamos solo para dejar que ella estuviera con Sira. Él no dejaba de mirar el paisaje, quizá para no llorar o simplemente para no verse obligado a dar explicaciones de ningún tipo. Es algo difícil de entender, pero la gente muere todo el tiempo. El viaje duraría como unos dos días ya que había que presentar los papeles en la embajada de Anzús y estar en el horario correcto en el desierto.Tardamos mucho para los papeles puesto que se negaban a dejarnos pasar por los derterios, pero al darse cuenta de que era Victoria con quien hablaban cedieron y nos confirmaron la entrada. Eran las once la mañana cuando llegamos al desierto de Anzús y todos estábamos cansados por el viaje...
-Pueden descansar tranquilos, es demasiado temprano para que las dunas cambien de posición. A las cuatro de la tarde comenzaremos con la caminata.
-Eso es bastante drástico... -Sira tomó la mano de tori con conformidad por la situación. Se miraban cariñosamente.
-Caminata... ¡A LAS CUATRO DE LA TARDE! En un desierto. Tu has perdido la cabeza y más si crees que debemos ir a pie. -Eruca estaba muy alterada al escuchar lo que dije, no sabía si estar alegre al escucharla hablar puesto que en todo el camino no dijo una sola palabra o golpearla para que dejara de hacerlo.
-Debe de ser a esa hora sino no encontraremos la biblioteca.
-Está bien. Todos verifiquen sus mochilas y... ¿las gemelas? -Sira estaba preocupada.
-Yo me encargo -dije tranquila.
Subí a la nave y allí estaban, sentadas sin haberse desabrochado el cinturón. Tenían miedo.
-No pasa nada. Estamos todos para cuidarnos las espaldas, así que no deben temer. Yo les contaré que ocurre conmigo si ustedes salen. Yo me enfrento a mis miedos y ustedes al suyo ¿les parece bien? Sin duda, mentir a los ojos, para mí, era fácil.
Ambas se miraban como si se leyeran la mente la una a la otra. Sin ninguna palabra más que decir salí y pisé la arena. Ellas se quitaron el cinturón y bajaron lentamente sin soltarse de las manos. Lograron bajar y todos aplaudimos por su gran esfuerzo... excepto Caleb que continuaba muy afectado por lo de su hermano. Ya no me miraba ¿por qué me importaría si lo hiciera?Pasaron dos horas y nuestros estómagos rugían por el hambre. Eruca sacó de su mochila algunos bocadillos y un par de botellas de agua. Matábamos el tiempo con historias hasta que las gemelas recordaron lo que les había dicho e interrumpí la anécdota de Eruca.
-Yo hice un trato y voy a cumplirlo (no seas estúpida, no debemos confiar en ellos, en nadie y lo sabes). Cuando estaba en el jardín de Caleb... yo dejé el césped y las flores en ese estado.
-¿Qué hiciste qué? -Caleb levantó la voz de pronto. -Esos rosales los había plantado mi hermano para el aniversario de mis padres...
-Yo lo siento, no me pude controlar y pasó tan rápido que...
-Scarlet no tiene la culpa de la traición que tu hermano cometió un centenar de veces hacia ti o tus padres. -la voz menos pensada salió en mi rescate, Victoria comía sin mirarlo a los ojos y hablaba tranquilamente. -Tu querido hermano lo único que deseaba de ti es que desaparecieras. La herencia, el poder de la familia y tu muerte. Tú lo sabes más que nadie, pero nunca lo aceptaste. Scarlet jamás quiso decir nada fuera de lugar, solo nos aclaró el panorama a todos. Deja de estar enojado por algo que no es culpa de nadie y discúlpate por haberle levantado la voz. Esto es irritante.
-No quiero disculpas de nadie... Ya he comprobado que nada ha cambiado. -debería matarlo...
Sin más que decir, me levanté del suelo y entré a la nave para buscar un mapa. El reloj marcó las cuatro en punto y todos estaban detrás de mí. Una leve brisa despeinaba mi cabello, pero no me impedía la vista a las dunas que estaban en frente. Estas se comenzaban a desmoronar dejando en el suelo su recuerdo de manera lisa mientras que otras se mantenían en pie formando una especie de camino a lo largo.
-Hay que seguirlas antes de que anochezca. -avanzaba lentamente sin apartar la vista a los montículos siguientes. Y así fue, nos pusimos en marcha por ese interminable sendero.
Pasamos horas y horas sin descansar, el reloj de tori marcaba las nueve y cincuenta y nueve p.m.
-¡Miren! Hay tres caminos más que se unen en un punto... -señalé frente nuestro -del norte, el este y oeste.
-¿Ahora qué? -preguntó Ceres. Buscaba en su mochila una botella de agua.
-Hay que esperar un minuto más.
Y finalmente el reloj marcó las diez. Las dunas comenzaron a caer una tras otra dando comienzo a una tormenta de arena de la que no podíamos resguardarnos. Las gemelas no podían controlar la furia de los pequeños granos que nos golpeaban sin cesar por lo que Victoria al abrir sus ojos detuvo a la arena dejándola suspendida en el aire sin moverse en un amplio perímetro que nos rodeaba a todos.
-¿Hacia donde, pajarito? -me miró impaciente ya que no podría permanecer demasiado tiempo en ese estado.
Cerré los ojos en busca de mis recuerdos y con decisión levanté mi brazo derecho hacia delante y sentí algo duro, había encontrado la puerta. Moví mi mano en busca de una especie de cerradura y al dar un paso al costado la encontré, pero no había llave.
-¡Tarjaman, te ordeno que te abras. Muéstranos tu conocimiento! -elevé el tono de mi voz y al abrir los ojos, la arena comenzó a levantarse formando un espejo rectangular, largo, con un marco dorado y detalles en negro. -hay que entrar... -me sentía atraída, débil, estaba bajo la influencia de todo ese conocimiento.
-Yo no quiero hacerlo, preferiría quedarme a cuidar la nave -Sira estaba insegura y dudaba con dejar que tori fuera. Intentó convencerla de que no lo hiciera. -no vayas, puede ser muy peligroso.
-¿Por qué estás tan asustada? Sabes que debo hacerlo. Cuando volvamos te recompensaré con un regalo -dijo con un poco de picardía en su rostro.
-¡Por favor! Dejen de acaramelarse tanto que me empalagan. -Eruca fue hasta donde estaban ellas y tomó a Victoria del brazo llevándosela a la puerta que extrañamente parecía un antiguo espejo.
Quise acercarme a Sira y contarle sobre el beso de aquella vez para que no ocurrieran malentendidos pesados con la esperanza de que Sira también decidiera venir con nosotras.
-Yo quería contarte sobre algo que pasó... en realidad no pasa nada, pero no quiero problemas... 
-Ya sé lo que hiciste, tori me lo contó. No hay nada que aclarar, fue para salvarla, y te agradezco mucho.
Una vez claro todo, me uní al grupo e ingresamos uno por uno a la biblioteca. Fui la última en entrar. Me sentía extraña, mis ojos eran dorados, el conocimiento entraba lentamente y se sentía tan bien, incluso diría que mejor que el sexo. Por dentro de ese enorme lugar, había estantes de todas las formas y tamaños ubicados en las paredes y techos, desde espirales, circulares, a rectangulares. Ninguno de los libros caía de su lugar, la física al parecer no afectaba a los libros y pergaminos. Todos eran de diferentes tamaños y de cuero con portadas muy diferentes unas de las otras. El olor a madera vieja y descuidada rodeaba el lugar de a momentos. Al mirar con asombro a su alrededor, Caleb señaló sin decir una palabra hacia arriba, donde una gran escalera circular se levantaba dejando a entender que no era una simple estructura sino una gigantesca torre antigua.
-¿Hay alguien aquí? -la voz de Eruca retumbaba por todos lados.
-¿Por qué estamos aquí? La última vez hicimos algo terrible...
- Si quieres que detenga lo que va a ocurrir, deberías de, quitarme estas estúpidas cadenas que me sujetan al suelo -su sonrisa se amplió de oreja a oreja. Daba miedo la locura reflejada en su mirada.
-Siempre me prometes que no harás nada malo, y soy tan idiota que termino por creerte... -se acercó a ella y le sujetó la cabeza con ambas manos -Aún no es tiempo para que te suelte... no mientras desees hacerle daño. Somos ella y esta es nuestra maldición.
Silenciosamente algo se acercaba sin hacer notar su presencia moviéndose ágilmente entre los estantes del suelo. Las gemelas sintieron las vibraciones del sueño y voltearon al instante. Estaban a escasos centímetros.
-¡Visitantes! Hace mucho que no se los ve. Espero que encuentren el libro que deseen. Mi nombre es Ruber-Ahir, guardián de este conocimiento que aparece y desaparece. Pero ustedes pueden llamarme Rub... -dijo el extraño felino sin cola.
 

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