Un recuerdo muerto

Memorias Caídas

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Caminan, corren, tropiezan, gritan, agonizan y mueren. La guerra es así. La sangre ajena me ayuda a callar los llantos que las voces no dejan de crear en mi cabeza. Una bomba explota, me aturde y nuevamente ataco. Le corto el cuello a dos, camino relajada sin expresión en el rostro y nuevamente asesino. No me importa. Salto sobre un atrincherado y clavo mi daga en su pecho. La sangre me salpica en los labios, la saboreo. Dulce. Salí de allí y abrí mis alas en señal de poder y fuerza, me apuntaban con sus armas, primitivo. Canté y todos se suicidaron. Un canto tan hermoso que llega a su alma atormentada. No tienen salvación en el campo de batalla. Arrasamos con rapidez, nos imponemos con respeto. Mis compañeros de guerra suelen morir para salvarme, entienden la importancia de ganar la guerra y lo difícil que sería sin mí. No me interesan sus vidas, sus muertes sí. Carne fresca para el purgatorio. Ya estaba cansada de descuartizar brazos, cortar cuellos y apuñalar corazones...
-Nuestros enemigos caen de rodillas. -mis ojos brillaron. Las palabras se cumplieron.
Y los adversarios se arrodillaron sin entender sus acciones. No tenían control de sus cuerpos.
-Shh... -nadie hablaba. El viento soplaba, el humo de la pólvora y la tierra se mezclaron cegando el panorama de algunos.
-Se rinden o mueren. -no di más opciones. Me había aburrido de pelear.
Bajaron las armas en su mayoría. Como siempre, una minoría con falsas esperanzas dispara intentando herirme. Las balas se detienen a centímetros de mí y sus cuerpos comienzan a desmembrarse hasta quedar completamente desarticulados. Sin vida. Cuarta nación en caer. Quinta batalla invicta.Regresamos al campamento. Necesitaba darme un baño de agua caliente. Entré a mi carpa, sí, siempre y cuando obedeciera las órdenes de mi amo, el general Aurelio II, me tratarían con lujos. Pero a veces debía pagar con otras cosas...
-Quítate la ropa... -su voz resonaba en mis oídos. Obedecía sin resistirme. A decir verdad, sí, estaba más caliente que el agua de la tina y él me gustaba un poco. Él me trataba bien, siempre se fijaba si necesitaba algo y esto era lo mínimo que podía hacer para retribuirle su ayuda.
Alair solo aparecía en el campo de batalla y su presencia no me alteraba en ll más mínimo. Las cosas iban bien.
Los humanos son tan frágiles... mi amo no quiere que socialice con ninguno. Pueden morir en guerra y yo me vería afectada por dicha tragedia. A decir verdad, creo que todos los humanos deberían morir.
Algo curioso que me está ocurriendo es que cada vez que ella aparece Aurelio me quita la daga y la esconde, no entiendo sus razones, pero confiaré en él. Siempre que vuelvo en sí, estoy herida, con moretones y golpes por todos lados... ¿Qué sucede cuando me voy? La frágil soy yo, pero lo bueno es que desaparecen a los pocos minutos. Me fui a dormir, estaba cansada por alguna extraña razón. Había cenado y bebido vino. Me pesaban los ojos y con suerte llegué a la cama, caí a un lado de ella. Eran las dos de la mañana y noté que no estaban los guardias ni tampoco mi general. Olfateé y lo restreé hasta el Palacio Real. Me escabullí entre la multitud con una capa negra. Necesitaba mi daga. Sentía peligro en el aire. Estaba en el lugar correcto.
-Muy bien, nos hemos reunido esta noche para celebrar la conquista de nuestra futura nación, país, hogar, como deseen llamarle. Aunque por suerte podremos vestirnos diferente a nuestros súbditos.  -rió con diversión. -¡Najiv! Todo gracias a la astucia y sacrificio de los presentes.
-¿Qué hará con el ángel si se entera? -habló un hombre bien vestido del fondo.
-Nada, es mi prostituta y mi arma. La encontré por casualidad y miren donde estamos. -todos rieron.
Salí de allí en cuanto pude sin que me notaran. Abrí los ojos. ¿Tan ciega podía estar por un plato de comida y placer?Corrí, lejos. Me tropecé y en cuanto me levanté vi el desastre que estaba haciendo. La pobreza de las personas, su hambre, la resignación de no poder hacer nada, heridos de guerra que iban ilusos al campo de batalla para morir por mí. ¿Qué he hecho? Escucho disparos a la lejanía, me acerqué con cautela...
No, no, no, no, no, no...
Fusilamientos públicos. Esto es una dictadura y yo soy quien les está dando victoria.El olor en el aire, no lo había notado... plumas. Estamos haciendo algo mal... ángeles y demonios por igual.
Podía ver el aura de las personas, blanco o negro, no existía otro color. Mis ojos se llenaron de lágrimas e hiperventilaba de los nervios. Se están corrompiendo.Hice una masacre creyendo en la paz. Me temblaban las manos. Las miré y caí en cuenta de mis heridas. Aurelio me había estado golpeando, ella sabía lo que ocurría e intentaba defenderse... No. Sí. Soy un monstruo. Yo hice algo horrible... he corrompido a mi amo. Lo he vuelto mi reflejo sin darme cuenta cumpliendo sus órdenes. Debo hablar con él.
Regresé a mi carpa y él estaba allí, esperándome.
-Debí poner más droga en tu comida. Despertaste muy temprano. -susurró.
-Tenemos que hablar... -imploré con respeto.
-Encontré una pluma blanca y brillante en el Palacio. -Me ingonoró.
-Aurelio -levanté un poco la voz.
-¡Silencio! -gritó. -Te he dado comodidades, comida y agua. Lo único que pido es obediencia. ¿Acaso quieres que te castigue como a ella?
-¿Recuerdas cuando nos conocimos? -sus palabras me hirieron. Preferí contestar una pregunta con otra.
-Cómo olvidarlo. Intentaste matarme dos veces. Yo te tomé del cuello y te dije que te calmaras. -sonrió tenuemente.
-Luego me mostraste el panorama de la situación.
-Sí, aparecieron criaturas extrañas que comenzaron a generar tensión entre todas las naciones y yo quería paz. Casualmente el último heredero al trono de Inglaterra muere en Estados Unidos y puff, las rutas de comercio se cerraron poco a poco por seguridad, y la tensión concluyó en disputas internacionales. -su manera de decirlo, fue como si hubiese estado allí.
-Estalló la guerra.
-No cualquier guerra primor, La Primera Guerra Mundial. -cerró su puño con fuerza.
-Fuiste tú. Soy tan idiota. -Me dije.
-En efecto. Yo mandé a asesinar al príncipe y gracias a eso, muchas zonas en diferentes países decidieron independizarse de sus naciones para aliarse con otras. Tomé la oportunidad y te tomé a ti junto a tus poderes para engendrar esta bella monarquía absoluta con una sociedad perfecta. Najiv, El Rey de las Espadas.
-Eres un tirano. Y lo peor de todo es que yo ayudé a que te desviaras de lo que realmente querías.
-¿La paz? Eso fue un pretexto para tomarte. Quería poder y ya lo tengo. Ahora simplemente eres...
-Tu prostituta y arma.
-Exacto. Los ángeles son tan fáciles de engañar, abren sus piernas al primero que dice "te amo". -cuanto sarcasmo y mierda compactadas en un solo ser humano. Ira. Tenía mucha ira.
-Con la diferencia de que jamás escuché esas palabras de ti. -balbuceé con tristeza.
-Alistate, es hora de ir al campo. -demasiada repulsión dirigida hacia mí. Odio. Tenía odio. -Najiv nacerá antes del amanecer.
Me preparé contra mi voluntad y esperé en silencio junto a la carpa de mi general. Noté que salió apresurado junto a un grupo de soldados, una pequeña turba enfurecida exigía que nos largáramos. Tenían razón, no era nuestra tierra y les habíamos arrebatado todo sustento. Tributo a su comquistador autoproclamado rey . Todos murieron fusilados a las 03:53 de la mañana.Aproveché la conmoción para entrar y ver los planes de Aurelio.Mi corazón se detuvo un momento al observar todo el territorio bajo su control...
¿Qué hice?
Si esto continúa así, ya no habrá nada que salvar. Él será dueño de un territorio y yo de una masacre. ¿Esta es acaso la razón de mi existencia? Me sumí en mis pensamietos sin apartar la mirada del mapa marcado con tinta roja. Trataba de recordar sus palabras, las de aquel día en que me aseguró que deseaba la paz.
Jamás las dijo. "Quiero acabar con todo este sufrimiento que ves a tu alrededor". Tomó mis palabras y las hizo suyas... solo para usarme. La humanidad no debería existir. No debería.
Estaba cansada, necesitaba mi daga y sentía inquieta por no tenerla.
Caminábamos en la orilla del río. Bella tarde. Nos encontramos con el cadáver de un niño de diez años. Al parecer se había caído río arriba y se ahogó. Tomé mi daga y la clavé en el suelo. La luz, el alma, se dirigió como si danzara en el aire hasta el firmamento y desapareció.
-¿Eso ocurre cada vez que alguien muere? -asentí. -Es hermoso.
-Les da esperanza a la humanidad, de que sus errores pueden ser corregidos. Las luces azules me persiguen a donde quiera que vaya.
-Como si fueras La Muerte. -dijo sorprendido. Sacó su propia conclusión de ello.
-Hay que hablar al pueblo. -lo ignoré. La verdad siempre es ignorada hasta último momento.
-No importa, de igual modo, no lograrían reconocerlo. Ya vámonos, este olor me hará vomitar. -parloteó tapándose la nariz.
-Con el tiempo te acostumbras...
-¿Qué ocurre si no lo haces? -preguntó curioso.
-Las almas quedan en sus cuerpos incapaces de obtener paz. La tierra se opaca a su alrededor, el ambiente se tensa y pierde sus colores, la muerte en gran cantidad es algo maravilloso, pero si no hago mi trabajo, las personas de alrededor sufren y se ven afectados por el ambiente.
-¿Maravilloso? -parecía perturbado. La falta de expresión en mi voz confundía a la gente. Era normal.
-Hablo de las luces. -aclaré.
A los pocos días de esa charla él me ofreció el contrato y acepté. Sus palabras parecían tan reales...
-Dame tu daga. -extendió su mano. Será un símbolo de confianza.
-Pero ¿cómo haré para...
-Las personas que morirán, serán de lo peor. Ellos no merecen ir a ningún lado. Deben pasar su condena aquí. -parecía tan real su forma de hablar. Le creí. Le di mi puñal sin dudarlo.
Todo es una mentira. Sentí que me jalaban fuertemente el cabello y me tiraban al suelo. Aurelio.
-¿Qué haces aquí? Responde. -estaba furioso.
-Miraba el mapa. -chillé del dolor.
-Da igual, vamos al Palacio Real, tu nuevo hogar, por supuesto que antes de la última batalla. -tenía una mirada tan enfermiza, me dio miedo. No me atreví a mirarlo a los ojos.
Nos dirigimos allí. No podía soportar más. Aurelio me tiró como si fuera carne para los perros. Sus hambrientos amigos ricos me violaron. Mi ropa estaba rota, mi cabello alborotado, tenía moretones y chupones por todo el cuerpo. Aún así, había memorizado sus rostros a la perfección. La ira ocupaba mi alma.
-Ya levántate. -ellos se habían ido. Me tomó del cuello y me empujó contra la pared. Frente a frente. Comenzó a besarme el cuello, nada más lindo que seguirle el juego. Rojo. Había mordido su garganta. La sangre salpicada todo mi cuerpo.
Tomé la daga de su cinturón.
-Lo bueno de desangrarse es que no puedes hablar. -la frialdad en mi mirada era absoluta. -¡Sí! Mi turno de divertirme. Nada de castigos ni órdenes. -reí desaforadamente. Una enorme sonrisa se posó en mi rostro. Estaba desquiciada...Vi a la distancia un pequeño depósito de armas. Tomé un machete.
-Dime, ¿qué se siente ser el amo y estar dominado por una maldita basura como yo? -pregunté con ironía. -Cierto, no puedes contestar. -levanté mis brazos sosteniendo el machete con ambas manos. Corté su brazo derecho. Reí. La sangre me salpicó la cara y Aurelio lloraba. Sus ojos querían salir de sus cuencas. Seguí con sus piernas, y cuando solo quedó su torso unido a la cabeza, lo decapité. Apilé sus miembros como si fuera leña para la chimenea, tomé un baño y antes de irme, agarré su cabeza y jugué un poco. La lancé al aire y con una de mis flechas la clavé justo en la puerta. Si hay un alma que debe sufrir aquí, será la tuya. Caminé asesinado durante toda la noche a los muy hijos de puta que me habían violado. Cada uno de ellos era partícipe de todo esto y financiaban a Aurelio. Sabía que ellos estarían ahí por lo que meterme a la carpa de él fue necesario. Ser violada es un pequeño precio a pagar contra la destrucción de una cruel tiranía. No quería dejar rastros. Ya no tenía dueño.
-Muere. Muere. Muere. Muere.
Una palabra acabó con todo. A las cinco de la mañana los soldados fueron alertados de mi alta traición y se armaron con la intención de enfrentarme. No hubo ganadores. Simplemente una enorme pila de cadáveres y sangre. Me senté en lo alto mientras la lluvia limpiaba mi cuerpo de todo ese color carmesí. La sangre de los cuerpos era arrastrada por el agua que pronto formaría un inmenso charco rojo. Podía oler el metal en el aire.Había vencido a mis compañeros antes del amanecer. Guardé mi daga en la bota, no podía hacer mi trabajo, pensar en ello me causaba ganas de vomitar. Las seis de la mañana y la fuerza enemiga observaba el panorama que yo tanto ignoraba. Se acercó su general junto a unos escoltas armados.
-¿Tú hiciste esto? -di un salto y abrí mis alas en señal de advertencia. No quería pelear. -¿todos están muertos? -no le causaba miedo.
-Solo quienes creían en una falsa victoria. Los demás aceptan su rendición. Están empacando. Las armas se encuentran apiladas detrás de este montículo de mierda humana.
-Ya era hora de que esto terminara. -parecía agradecido.
-Sólo tengo una condición... el territorio que Aurelio conquistó, ya se consolidó como independiente. No accederán a regresar a lo que eran. Najiv, debe existir.
-Eso se verá hoy en la Junta de Naciones Unidas.
-Ja, esa mierda no logró frenar una guerra. ¿Qué mierda planea ahora? -sarcasmo, el mejor sistema de defensa que se pudo haber creado.
Al final terminé yendo con ellos en una inmensa jaula hasta la gran reunión. Muy observada. Encrespé mis alas. Ciento noventa y tres banderas...Discutían, se amenazaban, no había orden. Me desesperaba su inutilidad.Grité y todo cayó al suelo al igual que las personas que me custodiaban. Tenía su completa atención.
-Cinco nuevas naciones, cinco nuevos poderes. No sean tan estúpidos y piensen. Salí de allí con las alas cerradas. A los pocos días me condecoraron falsamente para mantenerme distraída y luego me incriminaron de asesinato. Culpable. Se aseguraron de que no quedara rastro alguno de mi presencia. Libros, pinturas, información e incluso personas que afirmaban mi presencia desaparecieron sin dejar rastro. Permanecí en un oscuro calabozo bajo el Palacio Real. Había regresado a Najiv.
Allí permanecí solitaria... hasta que Alair, que de alguna incomprensible manera había logrado entrar, me recordó que tanta paz cuesta una vida. Ese día se me condenó a muerte por asesinar a las mismas personas que deseaban en final de todo. Ataron mis alas, las manos y piernas, también se me tapó la boca, sin duda sabían que era un peligro inminente. Aún así, no conocían mi fuerza, pero no me importó, acepté morir para mantener una paz momentánea.
Las nuevas cinco naciones se convertirían en las más grandes potencias mundiales, la ONU se disolvió y se creó el Consejo de Seguridad Internacional dirigida por estas cinco. La humanidad estaba junta para enfrentarse al azar de las cosas y yo fui enviada a la horca.
 

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