IV

Memorias Caídas

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Todo iba bien. No me los había topado en ningún momento.Eso es bueno, para mi piel.
Fui a la sala de máquinas, ellos le dicen "computadoras". Busqué información sobre lo que ocurría.Nada.No tenía una puta idea de como usar esto.
-¿Aún no has aprendido? -sonrió de lado en la puerta.
-¿Por qué no han ido antes a patrullar? Desde que estoy aquí dicen que no pasa nada. Sé que es mentira. -golpeaba el monitor esperando a que se encendiera.
-Se quedan a cuidarte. Es su misión. Hay cientos de grupos como el de tori en todo el mundo. Sí hubo pequeños problemas, pero recuerda que Victoria obedece órdenes del Consejo.
-¿Cómo sabes todo eso maldito nerd? -reí sorprendida. Aramis ha madurado.
-Eruca. -rió nervioso.
-Sí que te gusta. -levanté una seja.
-Sí. -sonrió como tonto.
-Entonces no tengo de qué preocuparme. -estaba feliz por él. Me levanté contenta y frustrada con esa inservible computadora.
Fui al baño, quería lavarme las manos. Me sentía sucia, esa mierda tenía mucha tierra. Salí en busca de una manzana y algo fuerte. Caminaba sola en el pasillo y Caleb al parecer continuaba dormido. Todo iba bien. Hablé rápido. Las voces comenzaron a molestar, me partían la cabeza... caí de rodillas al suelo. No podía gritar.Levanté la vista y lo vi, Aurelio frente a mí. Se fue caminando con lentitud escaleras abajo.Lo seguí sin control, yo lo había matado, ¡lo descuarticé! Bajé corriendo y no había nadie. Salí y vi a mi Amo junto a las flores. Estaba aturdida, desorientada. Tenía miedo, me temblaban las manos y el sudor frío recorría mi frente, estaba alerta. Lancé mi daga y se clavó en el árbol. Él ya no estaba. Escuché risas a mi alrededor. Se reían, disfrutaban verme así. No podía hablar ni gritar. Vi la luz del cuarto de Aramis encendida, pero no importaba cuanto lo intentara, no tenía voz. Miedo, enojo, dolor, todo se mezclaba con la desesperación. Lágrimas de locura retenida se posaban en mis mejillas. Me sentía impotente. Divisé en la colina nuevamente a Aurelio.
-Pajarito... -susurró.
Me acerqué corriendo con odio. Saqué la daga del árbol y me acerqué sin pensar en nada más. Morir. No podía gritarlo. Clavé el puñal con fuerza, reí desaforadamente y salté de la alegrías. Cayó al suelo de rodillas. Di la vuelta y quité la daga de su abdomen. Justo en el centro. Lo tomé con ambas manos y me preparé para clavárselo otra vez. Deseaba sangre. Él no tenía poder en mí.
-¡Ah! -un grito desgarrador me distrajo. Provenía detrás de mi espalda. Sira lloraba y gritaba desconsolada. No entendía qué le pasaba, no le presté atención. Miré de nuevo al hijo de puta para matarlo.
¿Qué hice?
Victoria estaba en el suelo desangrándose con rapidez. Abrí mis ojos como platos, una parte de mi murió.Dejé caer la daga con miedo de lo que hice, mis manos estaban llenas de sangre y mis ojos empapados de lágrimas. Me abalancé hacia ella. La tomé con cuidado. No lograba sanarla. Su hora fue mi culpa.
-lL siento, lo siento, perdón. -giré a ver a Sira, estaba llorando desesperada. -¡Sira! Perdón... Fue mi culpa.
-Tranquila pajarito... Todo va a estar bien.
-No sabía que eras tú. Yo...
-No tienes nada por lo que disculparte... ya sabía que no me quedaba tiempo.
-Vas a estar bien, lo prometo.
-¿Ellos me están esperando? -tragó saliva con dificultad.
-Sí, ellos están esperando con alegría... -susurré con calidez.
-Amor... -se quedaba sin fuerzas.
-¿Si? -Sira se acercó impulsiva, torpe.
-Volveré a verte. Reggina. -algo se quebró en Sira. Y jamás logró sanar.
Qué estaba sucediendo. La había asesinado... mi culpa. No. No es mi culpa, jamás lo será. Algo raro estaba sucediendo. Ilusiones de personas que aparecían y luego no. Definitivamente es culpa de Azar.No conseguí pensar con claridad, todo lo que había logrado, se desvaneció con el color rojo. Sira gritaba y lloraba desesperada. En la lejanía, Aramis se acercó volando hacia nosotras. Intentaba averiguar lo que sucedía.
-Ella la mató. -Me señaló con ira. Gritaba.
Yo me encontraba incrédula en semejante situación, no escuchaba lo que sus bocas modulaban, parecía perdida. Todo iba lento, estaba mareada.Tomé aire, cerré mis ojos y las lágrimas cayeron sin preguntar. La daga se elevó y Sira se escondió detrás de Aramis, me temía. No la culpo. Yo también me tengo miedo.Levitaba frente a mis ojos como si esperara algo de mí. Yo continuaba desorientada, la realidad se distoriconaba y el ruido, los gritos... No los escuchaba.La tomé con ambas manos. En ese segundo, volví de una sacudida a la realidad. Podía oír el llanto desgarrador de Sira, Aramis gritando cosas. Se sentía tan natural... mi misión, mi ser, todo lo que soy se encontraba en esa bella daga que sostenía. Enterré su filo platino en la seca tierra. Tenía demasiado odio, ira, tristeza y compasión peleando en mi interior. Un inmenso círculo de luz se expandió con gran velocidad por todo el prado seco. Las runas eran inmensas, cuánto poder. Aramis tomó a Sira Dura en sus brazos y abrió sus alas. Voló a unos metros del suelo, tenía un poco de miedo, podía olerlo en el aire. Estaban atónitos. Las runas rojas y azules luchaban por el orden. Yo iba a decidir. Azul.Mi cabello flotaba, mis ojos brillaban. Decidí que alguien como ella, debía irse de la manera más importante y sagrada. No habría purgatorio. Directo al firmamento, con sus seres queridos. Era lo menos que podía hacer aunque yo supiera que su odio y acciones no fuesen suficientes para lo que hice.Varias estrellas bajaron como si danzaran en la suave brisa, aparecieron, venían por ella. Las risas de felicidad se podían escuchar con facilidad. Me puse de pie y el cuerpo de Victoria se desvanecía con rapidez convirtiéndose en una luz más del grupo. Iban flotando como luciérnagas en la noche, en paz. Se detuvieron en seco, en la lejanía.Bajaron directo hacia mí, me rodeaban. Cuánto poder. Mi Rubí se incrustó en mi frente, era parte de mí. Podía ver en el cielo a tori, su luz en el aire bajando a gran velocidad. Ella se detuvo frente a mis ojos, me dio un beso justo en el Rubí y desapareció.Las luces, las pocas que quedaban, se desvanecieron en el cielo sin dejar rastro. Caí de rodillas. Me apoyé con una sola mano mientras que con la otra tocaba mi rostro.
-Protégelas...
Me incorporé con lentitud. Eso fue extraño. Las lágrimas se secaron y al darme cuenta, el enorme círculo dejó flores por todo el prado, todas blancas. Rodeaban a unas pocas de rojo, allí donde estuvo su cuerpo antes de irse para siempre. No me olvides...
-Todas son la misma flor. -Estaba nerviosa, sabía que esto era el intermedio de algo grande. Me sentí observada. Di la vuelta y lo vi. Caleb me miraba con una grotesca sonrisa, sus ojos no mostraban señales de vida, desprendía un aura siniestra. Me dio piel de gallina. Volteé, regresé a la situación en la que me encontraba.Salí de allí, abrí mis alas y volé no sé a dónde. Quería estar lejos de todos, de todo.No dejé que nadie me detuviera, silencio, lo necesitaba.Terminé en un lugar tan muerto... el suelo cuarteado, el viento tan aspero y cortante que llevaba las súplicas de ayuda consigo. No había plantas, solo rocas inmensas. El cielo ardía. Me quemaba la piel. Bajé y me posé en una de ellas, las cadenas no tardaron en hacerme sufrir, no tanto como antes, pero aún así dolía. Terminé vomitando.Estuve allí sola, sin beber agua ni comer... mirando a la nada absoluta. No fue mi culpa. Dos días pasaron y no conseguí descansar. No tenía lágrimas ni palabras para decir, simplemente disfrutaba del silencio.Cuatro días y continuaba sin moverme, estaba muriendo sin morir.¿Se llama culpa a eso que sientes en el pecho cuando haces algo mal o se llama dolor? No había comido y mi cuerpo ya me lo estaba reclamando, me consumida. Mis huesos se marcaban en la piel. Tenía los labios partidos.Cerré los ojos, quería sentir lo que me rodeaba... La brisa, los insectos, el pasto seco, el agua que corría debajo de las rocas, el sol, la vida. Algo tan increíble, tan perfecto que nadie puede describirla.
Ha pasado mucho tiempo desde que morí aquella vez. Ya no sé si quiero recordar. ¿Tanto mal hice como para darme tanto poder?
Recuerdo ese día con gran claridad. La niña había muerto esa misma tarde nublada. Era perfecta para un funeral. Corrí a la colina más cercana que encontré... quería ayuda, suplicar por mi vida como los humanos hacían cuando iban a la Iglesia o estaban apunto de morir en mis manos... Tantos dioses que ya no sé en cuál creer para salvarme de esto. Grité y grité, pero nada. Me ardía la garganta, pero no cesaba de vociferar los nombres de tantos dioses y religiones. No había esperanza. No.
El cielo comenzó a crujir de rabia; me causaba respeto y piel de gallina. Una imponente figura de un hombre cuyo cuerpo contenía al universo y más se apareció en el cielo. Sus ojos eran como dos brillantes estrellas y su piel era tan oscura como el cielo nocturno. No tenía boca, pero aún así, su voz resonaba de todos lados. Las nubes grises, esponjosas, lo rodeaban. Era un gran ser similar a un hombre conformado por estrellas. Era oscuro y sus ojos eran como dos agujeros negro. Era inmenso.En mi interior ya lo conocía, le tenía rencor y odio. Desprecio. Era un igual para mí. Sí, lo era porque cuando Él se manifestaba las palabras no tenían efecto alguno y los recuerdos que ambos compartíamos usurpaban mi mente con rabia.
-¡Por fin te dignas en aparecer! -grité de rodillas en el suelo fangoso con la poca voz que me quedaba. Estaba enojada y empapada por el agua.
-Me ofendes con tantos que no lo son.
-"Mi ifindis cin tintis qui ni li sin" -me burlé. -Ya basta. -dije seriamente. -Me sigues torturando. ¿Cuánto más quieres tomar de mí? -estaba con tanto dolor en el pecho que las lágrimas ya no brotaban.
-No he tomado nada de ti. El descanso es para quienes se lo merecen y tú no has hecho nada para merecerlo.
-Lo sé. No aguanto más... ayúdame. -supliqué. Me estaba quebrando.
-Tú pidiéndome ayuda... ¿Qué quieres?
-Cambia mi prueba para la obtención de mi enlace. No soporto más ser violada de esta forma... -Al final, salieron de mis ojos. Lágrimas se camuflaban con las gotas de lluvia. -me volveré loca.
-¿Por qué debería? Tú te has buscado esto sola.
-Y por eso... te pido ayuda... Ya me has castigado con mis propias palabras, esto no es nada... -Esperé una respuesta con algo de esperanza.
-Una flor que será olvidada. Tu favorita en este mundo.
-¿Hay alguien esperándome allí? -necesitaba tener una razón para seguir adelante. -auch.
-Aquí no hay nadie que clame tu nombre con amor. -¿qué estaba esperando realmente? -Cumple tu misión y podrás descansar o mejor aún, acepta la culpa.
-Nunca. -sentencié.
Al final todo acabó como lo había dicho, morí. En mi cumpleaños. Qué más da. Nadie me cree porque oculto la verdad. No mentí desde que Azar apareció. Ellas no me creen porque estoy loca... esto es una puta mierda. Necesito curarme.
-Mamá... papá ¿por qué ocurrió todo esto? -susurré enterrada en mis rodillas.
Leí todo el contenido del libro que mamá me dejó. Es inútil. Dos cadenas.
-Eres estúpida -una voz llena de diversión se presentó -¿Esto es lo que realmente es La Muerte? Una vergüenza. Tanto tiempo queriendo obtener tu poder y mira, tan fácil que es aburrido.
-¿Qué quieres ahora? Suficiente hiciste con Victoria. -Me jalé el cabello indignada.
-¡Oooh! pero si esta vez yo no hice nada, ¿o sí? -rió con fuerza.
-Anda, termina de una vez con todo esto. -tomé mi daga y sostuve su mano en mi cuello. -cortame el cuello y tus problemas se van para siempre. -presioné la daga en mi garganta. Una gota de sangre apareció.
-Déjame pensar. -Me tomaba el pelo y lo peor es que no le importaba. -No. Si no te quito hasta la última gota de tu esencia será aburrido y odio aburrirme.
-Ya no quiero pelear. -solté su mano y la daga cayó en mis muslos.
-Querida, si no peleas, ¿quién lo hará por ti? -comía una manzana. ¿de dónde la sacó? -Dudo que alguien con semejante carga logre dormir eternamente en paz sabiendo que acabó con todo desde un inicio. -tiró el corazón de la fruta y se pudrió en un instante.
-Tú no eres mi padre. -Me aseguré.
-¿Qué comes que adivinas? -rió.
Agarré con gran velocidad el puñal e intenté cortarle el cuello pero desapareció. Hijo de puta.Tu existencia es molesta. Púdrete imbécil. Me levanté de la roca, quería regresar. Aunque no sabría como mirar a la cara a Eruca. Victoria me había dejado un regalo antes de irse... podía sentir tantas conexiones que me llevarían a donde yo quisiera. Portales. Estiré mi brazo y sentí en mi mano como una especie de seda tan frágil de romper. La tomé con delicadeza y con ayuda de mi otra mano, la abrí, como si fuera una cortina de muy fina tela. Lo atravesé sin miedo.Aparecí en la cocina sin explicación alguna para las gemelas y Sira. Di la vuelta, no podía dar la cara. Quería escapar.Eruca estaba detrás de mí.
-¿Cómo te atreves a irte de esa forma?- Me dio un guantazo. Sus ojos estaban tristes.Luego se acercó y me envolvió en un fuerte abrazo. Intentaba concentrarme en sus palabras, pero solo podía mirar el frutero con manzanas. Azar estuvo aquí...Abrí un portal inconscientemente y tomé una. Todos estaban atónitos. Chispitas se alejó sorprendida.
-Fue un regalo de tori. -afirmé con miedo.
-Era su pecado. -La voz de Sira resonaba tan fría en el lugar que no sabía si me lanzaría un cuchillo o me golpearía. Yo podía verlo, la repugnancia que le causaba. No la culpo.
-Ella dejó de usar su habilidad por culpa. Fue la razón que mató a Reginna. -habló Eruca.
Abrió un portal para ponerla asalvo de un ataque. Cuando pasó por él, ella estaba atravesada por una lanza. Victoria nunca se lo perdonó. Cayó en una gran depresión e intentó suicidarse en varias ocasiones. Un día sin explicación alguna se levantó y como si nada hubiese pasado, continuó con su destino. Pero jamás volvió a utilizar aquel poder. Yo lo sabía a la perfección, podía ver sus recuerdos cada vez que usaba sus poderes. Estaba triste.
Yo estaba triste.
Tenía miedo, hambre, estaba nerviosa e hiperactiva. Había tanto que debía hacer y el tiempo se reducía lentamente. Ambas hablábamos, nos poníamos de acuerdo... muy extraño. Hay que matarlo. Hay que salvarlo. Hay que obedecer. No se puede hacer nada.
-Scar, ¿estás bien? -Aramis se me acercó practicamente trotando. -sabía que volverías. -me abrazó con calidez. Me vio a los ojos. -Necesitas descansar.
-¿Dónde está Caleb? -Lo empujé paranoica. Me ardían las cadenas. Me llamaba. Mi corazón latía con fuerza.
-No quiero ir. Que deje de llamarme. ¡NO QUIERO IR! Detenganlo. Arden, arden demasiado. ¡Aaah! -gritaba, clavé mis uñas en los brazos, y se lograban ver las cadenas naranjas quedándome la piel.
-Busquen a Caleb ya mismo. -dijo nervioso Aramis.
-Aquí estoy. -apareció detrás de todos nosotros con tranquilidad. -Simplemente quería saludarla. Se fue sin mi permiso. -se acercó con lentitud. -Consideré el castigo apropiado para ella.
-Aléjate. -Aramis se le aproximó enojado. Iban a pelear si no los separaban.
-Me pertenece. -ordenó Caleb.
-¿Qué mierda te sucede maldito desgraciado? -A Aramis le brillaron los ojos, iba a golpearlo.
-Tú cierra la boca angelito. No es asunto tuyo. -no lo tomó en serio. Prácticamente lo ignoró.
-No vayas. -se dio la vuelta, su mirada me suplicaba que hiciera algo. Imposible.
-Realmente duele y ella no puede ayudarme... -balbuceé mirando al suelo. Lo seguí.
 

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