III

Memorias Caídas

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-Tan real como tú quieras. -dio un paso adelante y nos encontramos a un metro de distancia. Frente a frente. Sus ojos me evaluaban con atención e intensidad.
-Bien, se quedarán aquí por una razón -enfatizó en ello. y exactamente en veintiséis horas se irán de aquí. -miré hacia ambos lados, estábamos todos juntos.
-¿Quién es él? -habló Caleb. Miré de reojo.
-Oh, él es mi ayudante temporal. -su chiste, su risa. -Su nombre es Dimitri. -Curioso nombre. Él era de mi altura, tenía el cabello y los ojos tan oscuros como la noche y la piel tan pálida como la nieve.
-¿Son familiares? -preguntó Aquila. Ella notó cierto parecido.
-No. -respondió Alejandro en seco.
-Sé quienes son. Los hemos observado desde que llegué a este estúpido lugar. -solo quiero irme y regresar a casa. Aquella cosa -Me señaló entre parloteo. -necesita ayuda para "levantarse de su triste e infernal vida a la que fue condenada por casualidades del cosmos y el universo". - su voz era irritante para mis oídos. -de tanto observarte me sé tus diálogos.
-Por favor, Dimitri, los modales. -el señor sin cara golpeó el suelo con su pie. Ja, al tiempo se le agota la paciencia. Divertido, reí en voz baja.
-Me importan una mierda. Me iré con ustedes. -decretó. -No soporto más estar aquí sin recordar nada.
-Bien, pero te dejaremos a las afueras de Roma. Aquí nadie puede vernos. Harán preguntas. -Ceres, tienes miedo ¿El Consejo les hizo algo malo? No, no lo hizo. Sira rondaba por estos parajes. Su carácter y enojo le causaba un poco de miedo a mi querida Ceres.
-¿Seguros que desean llevarlo? Cada uno es dueño de sus decisiones pero jamás de las intenciones de otros. -rió divertido. Maldito, me agrada.
-Queremos ver sus recuerdos -dijo Aramis impaciente. ¿Él no los vio? La suerte está de mi lado, que cliché.
-¿Los míos? -se señaló a sí mismo.
-No, los de Scarlet. -refunfuñó.
-¿Quién es Scarlet? -preguntó seriamente.
-¡Ella! -gritó desesperado.
-Pero si no se llama así. -respondió con sinceridad.
-Como sea, muestrenos. -reclamar con enojo no es la respuesta.
-¿Y por qué debería?
-Por favor... ya no sabemos que hacer. Ella debe...
-Yo sé que debe hacer ella, todos los saben, excepto alguien, ella. Si mostrar lo que vivió les ayuda, sería muy fácil para "Scarlet" ¿Se han preguntado cuánto puede mentir alguien que no tiene "memoria"?
-Pajarito no nos mentiría. Ya no...
-Ya lo hizo, aunque no quiera admitirlo. Ni siquiera sé si mentir es la palabra indicada para la situación. Tiene tantas habilidades como secretos.
-¿Admitirlo? -sonreí mirando al suelo con frialdad.
-¿La culpa de qué? -preguntó Ceres.
-Siempre lo estás diciendo, pero jamás lo revelas. Sí sabes lo que hiciste. -sí, el odio en sus ojos era tal que parecía una hoguera. Me golpeó en la cara con el puño cerrado. Aramis la apartó de mí y Caleb se acercó para tomarme del brazo. No quería pelea.
-Yo... No aceptaré la culpa -dije. Había vuelto. Las ojeras desaparecieron junto con esas oscuras intenciones y sed de sangre.
-¿Culpa de qué? ¡De qué se supone que no eres culpable!
-Todo... lo que ocurre. Ella me lo repite una y otra vez. Ya no lo soporto más. -Grité. Me rascuñaba los brazos. Abría heridas, sangre.
-Cuánto tiempo más dejarás que las cosas continúen así... No es bueno para nadie. Además, ¿para qué quieres tus recuerdos? No hay nada útil en ellos. -Alejandro sabía lo que dije y lo que diría. Sus preguntas aclaraban el panorama de respuestas incorrectas.
-Lo hay... una solución, la hay. -volvió, estábamos peleando otra vez. Sus ojeras aparecieron con un aura muy oscura que me alejaba por completo. -Por algo esta estúpida no quiere recordar -sonrió fríamente. Ambas somos una, ella lo sabe.
-El cambio de personalidad es una salida muy práctica, pero no muy útil si no hablas.
-¿Cuál es la "vida" que recuerdas por completo?
-Todas. Ella ninguna. Ya lo había dicho. -desapareció. Jalaba mi revoltoso cabello. Suspiré
-Bien, algo que me llamó la atención fue cuando te tragaste las plumas de las alas de ángeles muertos por una "peste". No moriste, pero eso querías. También cuando aprendiste a hablar con runas nórdicas, y entendiste lo que significaba matar a los cuatro años. A los cinco comenzaste asesinar por gusto y a los seis, te volviste sexualmente activa para sobrevivir. La vida es dura y el tiempo no alcanza para solucionarlo.
-A los seis... -rió. -irónico. -las cadenas apretaron y yo no podía dejar de reír. Me sangraban los brazos, me había herido mucho por tratar de mantener la calma.
-Eso no fue lo que me mostraste. -habló Chispitas sin entender. ¿eh? Mintió. Sentí un momentáneo alivio. -Me hiciste creer que su vida no fue tan mala. Me hiciste verla como el malo de la película.
-¿Qué es verdad en todo esto? Esa es tu lección, no busques respuestas en quién no las tiene. Ella sabe como mostrarte la verdad. La verdad fue alterada para la conveniencia de otros. -le sonrió.
Eruca comprendió que era la única persona con la verdad, pero necesitaba quitarme esas cadenas para poder hablar en paz. Estaba ofuscada, no la molesté. Al final nos fuimos como él dijo, en veintiséis horas. Jamás sabremos por qué. No nos dijo.Secretos, secretos y más secretos.Subimos a la nave con discreción.Mi atención se centró en Dimitri ¿quién carajo era? Realmente se parecía un poco a mí. Dice no recordar nada... da igual. Caleb estaba sentado a mi lado, me acariciaba el cabello. Se molestó, notó mi interés por el extraño chico sentado delante. Me jaló fuerte del pelo.
-¿Qué sucede? -auch.
-Si tanto interés le tienes, háblale. -Me dijo con odio.
-No.
-¿Por qué no? Veo que te atrae, te gusta.
-No, es mentira. -deja de decir cosas que no son ciertas. Deja de herirme.
-¿Cómo puedes tratarla así? Imbécil. Ya déjala en paz. -habló el chico de cabello oscuro.
-No te metas. -Dimitri me vio a los ojos. Sentí la tentación de tomar mi daga y clavarla en la yugular de Caleb. Este chico es raro, hay algo en sus ojos que me causa intranquilidad. Caleb Carmen se puso de pie y lo tomó del cuello. El pobre Blanca Nieves no podía soltarse.
-Caleb, ya déjalo. -gritó Ceres. Estaba preocupada. No parpadeaba, tenía la mirada enfocada completamente en Caleb. Había miedo en sus ojos. Lo imaginé, ese frívolo recuerdo de su niñez o quizá un recuerdo que no me pertenecía, jamás lo sabré.
Aramis volteó a ver el escándalo que había detrás suyo.
-Que no le haga daño. -ambos se entendían con la mirada, pero Chispitas necesitaba aclararlo y no podía dejar de pilotar. Se levantó con cautela, pero Aquila lo detuvo.
-Quieto. Está por hacerse un favor ella misma. -él no entendía. -solo espera y verás. -la niña tenía razón. Me estaba desesperando ver como alguien tomaba una vida que no le pertenecía. Estaba tensa, mis piernas estaban cargadas de fuerza, mis manos temblaban y mis sentidos estaban alerta más que nunca.Caleb se acercó a la escotilla y presionó el botón de emergencia. Se abrió. Me acerqué con lentitud, paso a paso, sin darme cuenta de mis movimientos. Sentía impotencia.
-Eres un cobarde. Idiota.
Él, lo lanzó. Eruca manejaba la nave y Aramis permanecía cerca de Aquila observando como si nada, aunque él no quería que saliera herida. Aquila ni se inmutó, no había interés en ella, al contrario de su hermana que a pesar de querer evitar eso, no había mucho que pudiera hacer más que oponerse y gritar.Alguien haga algo. Mi corazón latía a mil por hora y el joven me miró a los ojos. Me reflejó, me vi en ellos abriendo mis alas. Continué avanzando, Caleb me tomó de la muñeca, intentó detenerme. No lo miré, mi atención estaba en Dimitri que ya estaba dos metros abajo de nosotros. Me desligué de su agarre.
Salté sin pensarlo.
El viento en mi cara, no me importaba el dolor que vendría después, él no debía matarlo. Dimitri caía sin dirección ni sentido, gritaba del miedo. Logró verme bajar a toda velocidad, en picada. El suelo con cada metro que ganábamos se lograba ver con mayor claridad y precisión. Nada bueno. Para él.Él extendió su brazo en busca de mis manos. Faltaba poco para tocar tierra firme. No. Cerré mis alas casi por completo y lo alcancé.Lo sujeté fuertemente con ambos brazos. A tiempo.Suspiré. Lo dejé en el suelo hasta que consiguió calmarse... en eso yo soportaba las quemaduras de las cadenas. Mierda, sí que ardían.
-Gracias.
-No me agradezcas, no era el momento.
-Así que es cierto, eres La Muerte. ¿por qué te dejas tratar así?
-Porque dentro mío pienso que es la única forma de enmendar mis errores.
-Entiendo, hiciste cosas malas y ahora dejas que te traten así por la culpa. Eres estúpida. -se incorporó. Me acercó su mano.
-Un poco. Intento arreglarlo.
-¿Arreglar el pasado? Eso es imposible. Si vas a evitar la mierda que se viene, mejor arregla el presente para mejorar el futuro, tu futuro.
-Hacia allá está la entrada a Roma. No estábamos muy lejos.
-Allí está la ignorancia, otra vez. Haz lo que quieras, debo caminar como diez quilómetros...
Abrí un portal y terminé volviendo a casa. Ellos tardarían días en llegar quizá por lo que hablé por medio del comunicador a Ceres. Le dije que estaba bien... bien furiosa. Me hervía la sangre del enojo. ¿Con qué derecho intenta tomar la vida de otro? ¿quién demonios se cree? Que me haga daño, sufrir y llorar es más que suficiente, pero con qué necesidad... No, ¿con qué propósito me hace daño si me ama? ¿Por qué dejo que me lastime?
-Mmm... déjame adivinar... te gusta que sea así de cruel contigo. Amas que te domine, pero al mismo tiempo no soportas ser controlada. -Azar. Lo tenía en frente. Me acarició el cabello. -anda, admítelo, te acostumbraste a sentir dolor que ya te parece placer. No te culpo, después de todo, tantas vidas con golpes, heridas y violaciones tiene su resultado.
-¿Qué mierda quieres?
-Cuánto odio hay en ti para mí. No me alcanza, necesito hasta la última gota de tu esencia.
Mi daga se elevó hasta tocar la punta de mis dedos. La tomé con firmeza. La clavé en el centro de mi pecho. Éramos una. Mis ojos brillaban y mi voz se distorcionaba. ¿cómo combato algo que es igual que yo?
-Desaparece. -hablé. Lo hizo. Desapareció como cuando se revienta un globo. Reapareció junto a mí.
-No soy algo que las palabras puedan matar. -rió. -las casualidades de la vida dirían que el techo está flojo. -cayó sobre mí.
-Alto. -si caída era lenta. Me aparté. -¿qué quieres aquí?
-Estaba aburrido de ver, además mi viejo amigo Alejandro, tenía ganas de saber como estaba. No he podido entrar al Coliseo romano en más de mil novecientos cuarenta años.
-No me interesa. Sal de aquí.
-Bien. O mejor salgamos ambos. A menos de que quieras morir por aplastamiento.
-¿Aplataste qué?
-Eres un hijo de puta. -los simientos de la casa temblaron con ímpetu. Te mataré de alguna manera y realmente espero que grites por piedad cuando lo haga. Abrí un portal sin pensarlo dos veces. Salí en un segundo sin sorprenderme al ver como nuestro hogar se caían en mil pedazos. Me senté sobre unas rocas que se encontraban al lado del camino que llevaba a la puerta de entrada.Azar apareció junto a mí, ambos observabamos entretenidos las ruinas.
-Para ese momento, tú me pertenecerás y estarás bajo mi control.
-Sal de aquí. -dije sin interés. Bostecé. -al menos el marco de la puerta sigue en pie... -él sonrió, el marco cayó. Hijo de puta.
-Eres una criatura interesante. -rió divertido.
-Si quieres acostarte conmigo solo dilo y ya, no hace falta que destruyas la realidad tal y como la conocemos.
-Sería interesante, pero no quiero eso de ti. -voleé los ojos.
-Sabes, si no quisieras destruir todo lo que me importa quizá podríamos ser amigos.
-Sabes, si no quisieras destruirme quizá podríamos ser amigos.
-Lo mismo digo desgraciado. ¿ya me dejas en paz? -hablé desganada.
-No. Estoy aburrido. -se recostó en el césped.
-¿Es cierto que la absorbiste? -necesitaba saberlo.
-No, yo la amaba. Ella no soportó mis imperfecciones y huyó. -¿a qué se refiere con imperfecciones? ¿aires de grandeza, poder y control?
-¿Quieres mi poder para recuperarla?
-Tu poder... es poco. -no lo entiendo.
-Sé que no te importará, pero estoy perdiendo la paciencia. Deberías reconsiderar lo que haces.
-¿Es una amenaza? -sus carcajadas detuvieron el viento. La danza de las flores y el movimiento de las ramas de los árboles. - no puedes contigo misma. -lo ignoré.
Cerré los ojos y mis ojos brillaron. Susurré. La gran fortaleza se levantó pieza por pieza. Regresó a su imponente figura.
-Anissa es un lindo nombre, pero no para una chica oscura como tú. -desapareció. No me dio tiempo a responder.

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