V

Memorias Caídas

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"Las tragedias no siempre se anuncian" pensé mientras lo observaba dormir... Su rostro lucía pacífico, me hacía creer que jamás me había levantado la mano o hecho daño, ¿cómo fue que las cosas terminaron así? Yo en sus brazos y él durmiendo con la consciencia limpia. Te odio. Te odio por haberme reducido mi miserable existencia en cenizas. Mis ojos se estaban convirtiendo en algo indescifrable, un escudo ante todos. La decepción me desborda el cuerpo. Ya no tiene sentido... Seguir fingiendo un amor que no existe.
-¿Qué piensas? -habló con los ojos achinados.
-Nada, solo te miraba dormir.
-¿Qué hora es? -bostezó mientras se sentaba en la cama.
-Tres de la tarde.
-¿Has comido algo? -se estiró.
-Eso hago. -sonreí y luego le di un mordisco a la jugosa manzana.
-Sabes, creo que quiero ir a caminar un poco. Necesito estirar las piernas. -di otro mordisco.
-Está bien amor. Ve y disfruta la caminata. ¿Irás sola?
-No, pensaba ir con Eruca. Dime, ¿cómo son las misiones? ¿Es realmente peligroso si voy?
-No siempre, lo que sucede es que tu olfato está muy desarrollado... recuerda cuando intentaste salir.
-Sí, no podía respirar. -susurré.
-¿Realmente quieres ir a una? -asentí sin mirarlo a los ojos.
-Bien, ya veremos que hacer.
Bajé las escaleras con tranquilidad, estaba bien. El día se hallaba hermoso, el cielo despejado y con una suave brisa que acompañaba el frío. Parecía un día de verano si se lo admiraba desde adentro. Busqué a Chispitas por doquier y nada, al parecer no estaban en casa o casi me como el cuento.Cerré los ojos y me limité a escuchar... estaban en una habitación en el segundo piso... discutían.
-¿Qué demonios te sucede? Ella no puede ir, apenas respira ¿y si le da un ataque en plena ciudad? ¿Has pensado en las demás vidas que protegemos? -Eruca no podía hablar con él, ya no. Él le causaba repulsión.
-Tranquilízate, ella me lo pidió. -dijo tranquilo, no quería problemas. Parecía el Caleb de antes. -Si se mantiene lejos estará segura. -afirmó.
-Nadie está seguro con Azar cerca. Además, que yo recuerde, tú no mereces seguir aquí. -cerró sus puños con la intención de no levantar la voz.
-¿Qué tiene que ver mi vida personal con dejarla ir? Simplemente dale una máscara de gas y ya.
-No la dejaré. -decretó.
-No está en ti ese poder. -lo desafiaba, a él no le gustaba eso.
-Bien, entonces tampoco tendrás el poder de actuar en esta casa. A partir de hoy, no tendrás permitido armar los equipos de patrulla, ir a misiones ni permanecer en esta casa.
-Bien mamá, como ordenes. -rió con malas intenciones. -Pero si me voy, ella viene conmigo.
-No irá. -la temperatura corporal de Chispitas estaba aumentando.
-¿Quieres apostar?
-¿Por qué le haces esto? ¿qué sentido tiene? -boom.
-Eruca, déjalo. -suspiró frustrado. -Scarlet irá si yo voy con ella. Me quedaré cerca y la mantendré alejada del peligro. La contendré si pierde la razón. -Aramis intentó aliviar el ambiente.
-Bien. -avanzó con paso decidido. -pero si le tocas un pelo o si intentas algo con ella, te aseguro que su piel será negra. -sonrió con superioridad.
-Bien... - permaneció sereno mirando el suelo por un momento, pero esa tranquilidad desapareció cuando le dio un gancho derecho en el ojo. Caleb cayó desprevenido, no esperaba que Aramis reaccionara ante su comentario por miedo a que me hiciera algo... Mi paciencia no era la única que se estaba evaporando.
Me cansé de escuchar y me decidí por salir a caminar, al final fui sola puesto que no necesitaba que me taladraran la cabeza con "debes hacer algo" o "¿por qué te dejas tratar así?". Chillé.Se me dio por ir al lado contrario de la colina, hacia el sur. Nunca antes lo había hecho, me picó la curiosidad. No llevé abrigo, en verdad estaba fresco por lo que me cubría con mis alas. Terminé a unos siete kilómetros cerca de un pueblo. ¡Cómo odio los pueblos! Su gente es tan... agobiante. Se aferran a lo antiguo, creencias inválidas en un presente ambiguo, son injustos con otros por sus diferencias... son, cómo decirlo, ¿conservadores? De igual manera, ha pasado mucho tiempo desde el último pueblo que visité, por lo menos no me persiguen con antorchas y crucifijos. Es que la gente no comprende que somos criaturas libres, como ellos... pero desde mi punto de vista, nacimos para cumplir sus caprichos.
Había llegado al cartel de entrada. Parecía un lugar pintoresco rodeado por un bosque de pinos, era de esperarse que el lugar cambiara, el bosque no era nativo... quizá alguna fábrica o empresa de muebles o tablones era el sustento de dicho lugar. Escondí las alas y me adentré.La gente parecía descolorida, se mantenía quieta por momentos con los ojos observando todo lo que ocurría. Clara paranoia. Estaban nerviosos y cuando se decidían en avanzar, lo hacían rápido y con miedo. ¿Esto causa el azar? No, ellos no saben de su existencia, solo de sus creaciones. Presté atención a los detalles del lugar, las ventanas estaban cubiertas con maderas, las rejas de algunos negocios eran amarillas y brillaban. Me acerqué a una de ellas con fascinación en los ojos ¿Qué era esa luz?
-Señorita, no toque eso, ¿acaso quiere morir? -una voz anciana me detuvo de hacer una estupidez.
-¿Es una broma? -que irónico cliché -¿qué ocurre aquí? -pregunté desconcertada.
-Los Derterios aparecen sin explicación alguna, se han llevado a muchos y nadie regresa. -dijo lamentándose pero sin perder su amable sonrisa. -¿quieres ver el cementerio? -no fue una pregunta o invitación sino más bien como una orden.
-Claro. -acepté como si nada. Amaba los cementerios, la tranquilidad era absoluta.
-No hay cuerpos aquí. Simplemente cruces y lápidas. -Me explicó mientras paseábamos por el sendero del silencioso lugar.
-Mmm... es todo un deporte vivir aquí. -voleé los ojos.
Las cruces y lápidas parecían de juguete, un chiste, no valían la pena si no había un cuerpo al cual recordar. Los árboles estaban muertos y consumidos, no había pasto y el suelo era tan seco que la tierra se cuarteaba ¿Qué mierda pasa en este lugar? Las nubes de tormenta amenazaban en la lejanía quizá en un día o dos llovería.
-No importa a dónde huyamos, esas cosas nos encuentran. Parece a propósito. -la tristeza le invadió.
-O casualidades de la vida. -pensé en voz baja. Para el sarcasmo nunca es tarde.
-Eso no existe. -frunció el seño y me miró desconcertada.
-Lo sé. -ella no caía en mis bromas de mal gusto. Le sonreí con la poca felicidad disponible en ese momento -Señora, ¿hace cuánto murió?
-Creo que perdí la cuenta. -habló sorprendida. Los muertos se me acercan inocentementemente o incluso al revés. -Supongo que hace diez o quince años -respondió pensativa.
-Aún no es tiempo de verlos. -le di un abrazo. Creo que lo necesitaba más yo que ella.
-Lo sé. -fue lo único que su dolor le permitió expresar.
Abrí mis alas, necesitaba saber más, conocer nuevamente el mundo que me rodeaba. Victoria. No, el Consejo se aseguró de pintarme un mundo de color rosa. Que idiota. Me mantienen controlada sin saberlo. Debería volver...Volé bajo. Llegué en cinco minutos, pero aterricé lejos, en la gran puerta de entrada de las tierras ¿por qué demonios había una puerta tan lejos?
Soporté el dolor de las cadenas, ahogué mis gritos y sollozos contra una gran roca y los altos pastizales que le acompañaban a un lado. No debí volar. Ya no importa cuanto daño me haga...Cuando sané me dirigí a casa, entré por el jardín, era más natural para mí que ir por la puerta principal. Bostecé e hice ruido para que notaran mi presencia.
-Volviste. -Aquila me tomó por sorpresa. No la escuché entrar... -¿cómo te fue en tu paseo? -traía unas bolsas con frutas y verduras, quizá para la cena.
-Bien, entretenida. -miraba los detalles arquitectónicos de la casa en busca de algo, algo que titilara, o fuese ajeno.
-¿Qué miras tanto?
-Nada, a veces ser vigilada me dan ganas de mutilar. -sarcasmo, lo amo. Caminé hasta el gran marco de entre el pasillo y la cocina. Una pequeñísima luz blanca que era casi imposible de divisar si no se tenía una vista como la mía. -en especial cuando juegan a tener poder. -golpeé el dispositivo oculto en el marco de madera. Volteé a verla -tienes cuatro segundos para decirme dónde están cada una de estas cosas. -mis ojos se tiñeron de rojo lentamente. Hablaba muy en serio.
-Ellos nos eliminarán si las quitamos. -su rostro se contrajo. Había miedo en ella... ¿qué les han hecho?
-Una palabra y ellos mueren. -Dije sincerada. No me pesaban las palabras, ellos no me importaban.
-No lo hagas. -era casi como una súplica.
-El Consejo va a... -me interrumpió una voz completamente desconocida. Parecía ser de un adulto, hombre.
En efecto, un hombre alto de aproximadamente un metro noventa cuyos ojos celestes parecían agotados. Las ojeras y arrugas no le favorecían, su cabello negro combinaba con su traje oscuro. No me agrada.
-Espero que no haga eso señorita. Asesinar a tanta gente por una cámara... Si le incomodan, las quitaremos, pero le advierto que si alguien atenta contra su seguridad, no podremos saber quién ni tampoco ayudarla. -su voz era grave y dominante. No me agrada, reitero.
-Quiten las de mi habitación. Es lo único que diré. -lo vi directo a los ojos, estaba vacío... lo perdió todo. Me miraba de reojo mientras pensaba la respuesta correcta.
-Bien. -dijo en seco.
-Ahora dime, ¿quién demonios eres? - lo evaluaba, él igual a mí. Éramos similares a la hora de desconfiar. Dos hijos y su esposa, logré verlo en lo más oscuro de su ser. Es una lástima que te quede una larga vida y próspera salud.
-¿Por qué tan alarmada? -sonrió. -Soy Santiago. Vengo en representación del Consejo. -tenía un acento extraño, de esos con los que las personas se creen superiores. Realmente quiero que se vaya.
-Al grano. -fruncí el ceño y apreté mis manos con firmeza. Trataba de calmarme, mi temperamento iba a volar en mil pedazos la casa.
-Tranquila, he venido a corroborar a la "víctima" de Sira Malcom. -me estaban vigilando. -simplemente eso.
-Vienen a vigilarme. -di un paso al frente. Hice un gesto con mis manos, como si tuviera un arma. Me disperé en la boca. Poom. Pfff por lo menos puedo molestar y divertirme a la vez.
-Velamos por su seguridad. -juntó ambas manos, las cuales soltaron un pequeño sonido que cortó el aire. La tensión subió. Él me sonreía, pero sabía que realmente quería insultarme, gritarme o recriminarme lo que pasaba. Lo que le pasó.
-Y la suya por sobre todo ¿Qué quieren de mí? -sonreí forzosa.
-Lo mismo que todos, paz. -suspiró cansado. Se restregó los dedos en la cara, sí estaba cansado. No ha dormido en días. -Nuestros ciudadanos conocen la existencia de esas criaturas, pero no de ese ser llamado Azar ¿Se imagina el caos y miedo que generaría? -despeinó su perfecto cabello con su otra mano.
-Él aparecerá cuando deba hacerlo. Así funciona, porque sí y ya. No es algo que ustedes puedan controlar.
-¿Y usted sí? -habló con un tono de enojo. Su frustración fue la gota que rebasó el vaso. Suspiré, cerré los ojos. Me había clavado las uñas en las palmas de la mano. Presioné mucho tratando de no estallar de enojo o quizá era otro sentimiento que se camuflaba con ese.
-Silencio. -hablé en seco. Perdí la paciencia. El hombre intentó responder, pero le fue inutil. Había perdido la voz. Me cansé... -¡todos hagan silencio! -grité.
Mi voz resonó en cada rincón. No solo los humanos se vieron afectados sino todo animal e insecto. La verdad jamás supe la distancia total del alcance que tuvo aquella queja, pero llamó la atención por completo del Consejo y me trajo un dolor de cabeza más grande aún. Aramis bajó las escaleras extrañado ante la situación, luego vio mis ojos carmesí y lo comprendió al instante. Había conseguido paz, excepto en mi mente. La cabeza se me partía en dos. Miré con desprecio a Santiago y me fui de allí. Mi fiel amigo me siguió con la intención de calmarme, pero fue en vano puesto que no podía hablar. No me importó lo que hiciera luego aquella extraña persona. Sólo supe que a las dos horas, la paz se iría y la vida de todos continuaría con normalidad. Eran las diez en punto. No entré a casa, me quedé en el árbol sentada esperando algo que jamás llegaría.Caleb salió a verme, sonrió y me dijo divertido.
-¿Acaso Eruca habló muchas estupideces? -rió tratando de alegrarme un poco. Él no se sorprendió cuando quiso hablar y su voz no salió, pensó que algo me había ocurrido, pero no preguntó ni dijo nada al respecto. No quería forzarme.
-No. -corté su felicidad momentánea sin que me importara. -Santiago vino a ver a la asesina de Sira Malcom. -bostecé aburrida.
-Tú no hiciste nada malo. -refutó.
-Caleb... -Lo interrumpí sin dejar de ver la luna.
-¿Si? -Me miró con dulzura. Parecía un niño.
-Pronto vas a matarme. -dije con una sonrisa en el rostro.
Bajé de lo alto y entré. Hora de dormir. Él se quedó allí mirando la luna menguante mientras pensaba en silencio. Se me agotaba el tiempo. La semana fue agotadoramente tranquila. Salí a correr, entrené con Chispitas y luego medité con las gemelas en el campo de flores. Esa era la rutina, una aburrida y estúpida rutina. Caleb se fue a casa de sus padres y no tenía intenciones de regresar. El clima no presentaba alteración, se mantenía en calma total. Algo sucedía, esto no era normal.
 

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