VI

Memorias Caídas

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-Sanguijuela. -escuché una voz familiar detrás de mí. Bajaba las escaleras con tranquilidad, "no escuché nada". -¿ahora te crees superior maldita sanguijuela? -volteé de repente y a pocos centímetros de mí estaba él. -grita y la asesino. -¿a quién? Lo conocía, pero no podía. -no me digas que aún no me recuerdas. -rió. -hermosa, soy yo, tu amiga Leviatán. -rió desaforadamente. -la niña de ojos de sangre, lindo nombre ¿recuerdas?
Él era alto, su pelo de un intenso color marrón y ojos avellana, su piel pálida... típico de un demonio. Tengo su imagen en mi mente, está borroso.
-Pajarito -Eruca entró por la puerta principal con bolsas del mercado -, ¿te gustaría comer fruta o... -se plantó en seco. Vio lo que yo, por fin alguien lo hizo. Dejó caer las bolsas, se quitó los guantes lentamente y cerró sus puños.
-¡No! No uses tus poderes. Ella lo copia... lo quiere todo. ¿Cómo demonios volviste? -tenía rabia, estaba harta de que me tuvieran como una idiota.
-¿Ella? -extraño a los ojos de Chispitas que veía a un "él".
-Él me trajo para jugar un poco, además, ambos te odiamos a muerte. -rió enfermizo. Azar, ya me lo imaginaba...
-Yo te vi morir. -las cadenas apretaban lentamente. Me advertían.
-Actuo increíble, como tú. Al parecer me recuerdas. -abrió sus putrefactas alas, subió un poco las escaleras y se apoyó en el barandal.
-Tu rostro. -no hice nada, no debía de hacerlo. Ella era peligrosa, me causaba respeto y miedo.
-Es hermoso. -se acarició la cara. Su cuerpo se deformó, dejó la cáscara de aquel demonio atrás como si cambiara de piel una serpiente y tomó la forma más similar posible de mí. Ella imitaba. -Pero no tan lindo como el tuyo. -afirmó odiosa. -Lo quiero. -su nombre le hacía honor. Un trozo de sus alas cayó al suelo. El olor a descompuesto era realmente asqueroso y a ella no parecía importarle.
-Ni en tus sueños. -Eruca avanzó con cautela hacia mí. La temperatura de su cuerpo se había elevado, estaba lista para quemarla viva.
-¡No! -volteé a verla desesperada, la detuve. Nuestras miradas chocaron con fuerza.
-Es curioso como siempre que alguien viene a casa trata de aniquilarnos. -Me estaba sermoneando en un momento como este. La ignoré, giré y regresé mi atención nuevamente a las escaleras, pero ella había desaparecido.
-Lo siento -extendí mis brazos -, es mi sagrada costumbre de odiar a las personas. -dije enojada, le dimos la oportunidad de escapar. -Me genera muchos enemigos.
-Ya veo... -se dio cuenta de que nada de lo que me dijera podría ser peor de lo que yo me decía.
-Ella estaba en el pasillo aquel día. -no estaba alucinando. -Cuando ve un poder que le gusta lo imita a tal punto de parecerse a su dueño.
-Eso explica el por qué no la vimos.
-Él podía ser visto por quien quisiera. Me drogaron como si estuviera loca.
-¿No lo estás? -me sonrió molesta, era su venganza.
-Vete al diablo Eruca.
-Oigan, ¿no han visto a un niño por aquí? Lo vi entrar, pero le perdí el rastro. -Ceres eres muy inoportuna. Suspiré resignada.
-Lo que me faltaba... un idiota de negro, un demonio podrido y un niño entrando a casa. -Me restregué los dedos en la cara. Estaba cansada.
-Santiago se fue hace dos días pajarito. -dijo inocente, ella desconocía lo que ocurría. No tenía la culpa.
-¿Qué esperaba ver aquí? -Me pregunté ofuscada.
-A decir verdad, dejar a casi todo un país en silencio, es algo aterrador.
-¿Tanto fue? Wow, soy genial -hablé sarcástica -¿Y este mocoso cómo es?
-Tiene cabello castaño, ojos verdes y estaba un poco sucio.
-Sucio como cuando juegan en el lodo o sucio como cuando vas a la guerra. -realmente estaba cansada y la paciencia no tenía reserva de ningún tipo por lo que se me dio por molestarlas.
-¿Es en serio? Lodo, simplemente lodo. -oh, hice enojar a Chispitas.
-Bien. -puse mala cara. Amo cuando se enoja, es divertido. Reí en voz baja. -¿Edad? Continué.
-Cinco o seis años. De igual forma, lo verás. -renegó. -Es alguien que no conocemos. Ve con Aquila, Ceres y yo recorreremos aquí; Aramis en el segundo piso. -la jefa dio órdenes muy claras.
Llamé a Aquila con el comunicador, me daba pereza ir hasta el segundo piso o abrir un portal. Ella iba delante de mí con paso firme. No le gustaba la idea de que desconocidos profanaran su hogar. A mi me daba igual, hace no más de seis o siete meses que estoy aquí y aún así, me parecía extraño que le dieran semejante importancia a una estructura de madera, ladrillos y cemento. La búsqueda del mocoso hizo que la aparición de Leviatán pareciera insignificante y nos desconcentró por completo.Vimos el lugar con detenimiento, caminamos hasta la cuarta área y nos adentramos en ella. Nada. No había nadie. Dimos la vuelta y allí estaba el niño en la escalera mirándonos sin vida. Había poca luz allí.
-Hola...
-¿Ya me olvidaste? -¿Qué? No. No lo recordaba. No sabía quién era. Están volviendo... eso es malo.
-Se fue. -Aquila habló a Eruca.
Subimos velozmente, lo vimos ir hacia el salón principal. Eruca bajaba corriendo con Ceres. Aramis no entendía lo que ocurría, semejante alboroto por un niño. Bajaba tranquilo y a su paso mientras nos miraba con cara de extrañado. Si estuviera en su lugar probablemente pensaría "¿qué demonios les sucede ahora?" A veces intuyo que sí lo pensó realmente. Nos miramos las caras con sorpresa, todos habíamos visto al niño. Salió hacia afuera y lo seguí. Aquila no me perdió de vista, iba detrás de mí. Abrí mis alas.
-Espérame. -¿por qué la necesidad de perseguirlo? En especial ella... Ceres quedó en la lejanía, pero continuaba nuestro camino. Tiempo, no hay tiempo. No quería llevarla conmigo, algo malo pasaría si lo hacía. Aleteé con la esperanza de que la ráfaga de viento la empujara. No ocurrió. Ella saltó y se sostuvo de mi pierna derecha. Iba a caer, lo haría si no bajaba. Descendí.
-¿Qué mierda te sucede? Te podrías haber lastimado o algo peor.
-¡Lo vamos a perder! Es mi primo.
-¡Demonios Aquila! -avancé hacia ella y la sujeté de la cintura. Volé cerca del suelo, no quería caer por el dolor y lastimarla.
-¿Estás bien? -preguntó preocupada.
-Sí... tú solo ve si aparece el mocoso. -jadeaba de dolor.
-Creí que había muerto. Ceres de seguro lo reconoció. -pensó.
-¿Qué con eso?
-Él estuvo con nosotras aquel día. -las palabras de Aquila tomaron vida en mi imaginación. -Su cuerpo no soportó más y murió. Los trabajos forzados y una enfermedad del corazón...
-Lo sé. Murió, todos mueren. Entonces esto no tiene sentido. -yo seguí al niño creyendo que era alguien importante de otra vida. ¿Por qué ellas?
Sentí una punzada en mi pecho y perdí el equilibrio, quedó colgando de mi mano derecha. Ella me clavó las uñas en el brazo. Las cadenas hicieron su aparición de manera inoportuna.Grité del dolor... los oídos de Aquila sangraron y por consecuencia ella cayó desde una altura de diez metros. Me miraba desesperada por ayuda. Yo no pude...No debí traerla.
De pronto el suelo tembló acompañado de un ruido parecido como al golpe de grandes rocas y una enredadera gigante se levantó en búsqueda de su creadora. En su caída, sufrió de severos raspones y cortes, la enredadera de gran prominencia y volumen logró amortiguar el golpe. Por otro lado, yo me desplomé sin piedad. La piel me ardía y pronto seguiría hasta quemarme el alma. Yo conocía el riesgo de volar, pero por un capricho mío decidí aceptarlo. Querer recordar... ¿tan malo es lo que hice? Las lágrimas desbordaban mis ojos. Mi piel se marcó de runas azules... ellas contaban una trágica historia. Muy pocas personas lograban leerlas. Ellas me recordaban la maldición que se me impuso y no desaparecían hasta que estuviese a punto de perder la consciencia. Era una sensación de dolor indescriptible. Aún recuerdo cuando aparecieron aquella vez con Caleb... fue tan claro todo. Pensé que sería una salvación para mí encontrar un amo de buen corazón. A veces sueño demasiado. Lo odio. Resultó ser que esas runas aparecieron para advertirme que mi asesino estaba frente a mí. Una mala interpretación culpa de mis anhelos.Quedé estrellada como huevo en el pasto seco, todo a mi alrededor se movía, divisé a Aquila caminar y dejándome atrás como peso muerto. Niña estúpida, te condenaste. Intenté levantarme despacio, mi brazo estaba quebrado. Mierda. Tambaleaba mareada mientras intentaba encontrarla. Logré divisarla a lo lejos, cerca de una colina de grandes rocas.
-¿Jimmy, dónde estás? -Gritó con la esperanza de que su primo apareciera, abrazarlo y decirle que todo estaba bien. Aquila creyó que quizá su pequeño primo había caído por la peligrosa colina de grandes rocas. No lo vio. Volteó y él apareció justo en frente de ella.
-Me abandonaste. -las palabras le dolieron de tal forma que sólo pudo mirarlo a los ojos sin hacer nada. No se inmutó; por otro lado, él sí. La empujó al vacío sin piedad.
Se golpeó la cabeza con una de las rocas. Yo no estaba tan lejos, me sentí impotente al ver como caía y el miedo recorrió mi piel al escuchar como su cráneo se quebraba lentamente. Jamás olvidaré esa sensación. Nunca. Traté de ir corriendo, pero mi brazo aún no sanaba y el mundo me daba vueltas. Fui tambaleando y la vi allí en el suelo. El mocoso se encontraba a mi lado viendo el panorama. Su cabeza sangraba, su piel pálida y sus ojos abiertos... parecía muerta. Estaba atónita, shockeada, impactada, no había manera de decirlo. Dos veces por mi culpa. No podía hablar. Volteé a ver al niño de pies a cabeza, el asesino de una niña, de mi amiga... no tenía sombra. Tan real como tú quieras. Se desvaneció. Regresé la mirada hacia ella. Bajé desesperada, no me importaba el dolor. Tenía pulso.
-Aramis -dije entre lágrimas -ayuda. Por favor ayúdame. -quebré en llanto. Intenté sanarla pero no funcionaba, no podía hacer nada, era inútil. Soy inútil. Su tiempo se agotaba.
-¿Scar? ¿qué sucede? -su voz era débil desde mi comunicador.
-Prepara... una camilla... -abrí un portal que nos tragó y terminamos en la enfermería.
Ceres no se apartaba de su hermana. El cuento se estaba volviendo realidad, no quería que ella se convirtiera en alguien como yo. Necesitaba cambiarla, dar vuelta la jugada. Fui a mi habitación en busca de calma, debía pensar con claridad mis palabras. Caminé en círculos sin respuesta alguna. Me detuve y divisé en mi escritorio el libro que mamá me había dejado. Hacía tiempo no lo tocaba, no buscaba nada en él, no lo miraba porque significaba tener que aceptar las cosas de una madre que me abandonó. Apreté mis manos. Lo abrí resignada de enojo. No había nada escrito. Lo que esperaba. Esta mierda no dice nada.
-¿Qué debo hacer? -suspiré. Mis manos temblaban.
Tábita.
Fue lo único que se escribió. Me enfureció no ver una respuesta mágica a esta horrible situación. Me acosté a dormir sin comer. Caleb aún no regresaba ¿qué es lo que lo mantenía tan ocupado? Él puede irse a donde quiera y yo debo pedir permiso. Vaya mierda. Pasó una semana desde el accidente. Hay que avanzar. Las cosas continuaban su rumbo, no podíamos quedarnos atrás ni siquiera por Aquila. Fui hasta la enfermería con una manzana verde, quería probar algo nuevo, y una botella de whisky.
Realmente creí que habían sido diesicieste caídas... de seguro cuando las contaba, llegué a memorizar el número y lo confundí con mi edad. Hice quedar mal a Eruca por no pasar vergüenza. Quizá algún día se lo diga. Quizá. Reí para mis adentros. Aún así, se me revuelve el estómago al recordar mi reflejo. El cambio de personalidad...
Golpeé la puerta con suavidad e ingresé al impecable y blanco cuarto. Abrí mi botella y me serví un trago. Refrescante.
-¿Qué haces de nuevo aquí?
-Trato de no olvidarla. -Mmm... tendrá como máximo cuatro o cinco horas más de vida. Necesito apresurarme.
-Lo siento. No debí haberla dejado ir. Ella dijo que era su primo. -intenté ser lo más comprensiva posible, quise ser humana.
-No te culpo, La Parca debe hacer su trabajo. Ese niño para ti era alguien de tu pasado... todos lo vimos.
-Él no era real. -no puedo. No soy buena siendo eso.
-¿Tus historias lo son? -me odiaba.
-Claro que sí. -sonreí.
-La guerra... -rió con tristeza.
-¿Quieres saber lo que es una guerra? -la seriedad ocupó mi rostro por completo.
-Adelante, cuéntame una de esas historias que tanto amaba escuchar Aquila. -la miré por un segundo buscando las palabras correctas.
-Piensa en el color rojo... expandiéndose de los cuerpos que apuñalas para sobrevivir dos segundos más antes de ver nuevamente a la muerte a los ojos. En el campo de batalla, con las enfermedades, el hambre, el miedo y las ganas de vomitar tras ver semejante escena.Los gritos y suspiros de quienes suplican piedad en vano. Ver como se destrozan, arrancan la cabeza con odio y la elevan al aire para festejar su triunfo momentáneo, abrir los estómagos de "tus amigos" compañeros de guerra, tomar sus tripas sin pudor y usarlas para ahorcar a sus enemigos. Destrozarse unos a otros sin pensar en el objetivo, esa es mi mayor vergüenza. Escuchar la risa de los "campeones" regocijarse con maldad en la cara de los rendidos, torturándolos y clavando sus cabezas en estacas, volverlos locos. Lo desean, al poder de la súplica, clemencia de acabar con la locura y dolor, les da placer. Se ve en sus ojos.Tú querías saber cómo es una guerra humana, pero eso no existe, es un cuento de niños, los humanos no tienen guerras, tienen matanzas.
 

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