VII

Memorias Caídas

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-¿Estabas del lado de quienes ganaron?
-Ninguno ganó. Los perdedores se encontraban enfermos con un parásito en sus intestinos debido a las malas condiciones en las que se hallaba su comida.
-Enfermaron... -claro que lo hicieron. Así fue más facil matarlos y apilarlos. Algunos pocos estaban sanos y no intentaron atacarme aquella vez. Se rindieron y dejaron sus armas en el suelo, los demás infectados, que no me enfrentaron... murieron a los pocos días. -Me da miedo preguntar, pero ¿tú lo hiciste?
-¿Matar? Es lo más fácil del mundo. Me has visto hacerlo. -¿A qué se refería?
-No, sus cabezas... las estacas.
-¿Tú qué crees? -le di un trago a la fuerte bebida -Ella no despertará, Ceres. No te mentiré, está a gusto del otro lado, junto con su familia. Sabe que si vuelve, no podrá caminar, hablar o moverse... será una carga para todos, en especial para ti.
-Lo sé...
-¿Le tienes miedo a la soledad? Creí que eras más lista. Mira a tu alrededor y piénsalo de nuevo. Avísame cuando estés lista para dejarme acabar con esto. Me fui. Cualquier otro lugar era mejor que estar allí.
Algo en su cerebro hizo click y como por arte de magia, a la hora se abrió la puerta permitiéndole a la luz chocar contra la pared del gran y ostentoso pasillo. Una sombra de baja estatura la interrumpió, Ceres dio un paso al frente, y luego otro y otro. Con los ojos húmedos y los cachetes rojos había dejado atrás una parte muy importante de ella, su hermana. Que en paz descanse. Se dirigió a paso tembloroso hasta la sala, que habitualmente no usábamos demasiado, y se sentó en el sofá en un estado de shock leve. No se relajaba, estaba contracturada, dura como estatua, rígida mirando el suelo mientras apretaba con fuerza la tela de su pantalón con ambas manos. Enojo.
Al final sucedió lo inevitable... Aquila murió. Llevé su cuerpo hasta la colina junto a tori... así siempre estaría acompañada y desde allí podrían cuidarnos. Dolía.Su cuerpo se desvaneció y de él, una pequeña luz azul se elevó con delicadeza. Las flores blancas danzaban de un lado al otro... festejaban la paz del muerto. Una pequeña parte de ellas, las que estaban al lado de Victoria, se marchitaron hasta convertirse en cenizas llevadas por la brisa. De ese vacío lugar que desentonaba con lo demás, nacieron ellas. No me Olvides. No lo haré. Esas hermosas flores rojas que acompañaban a la marca carmín de tori de entre aquel campo blanco...
El día lleva a la noche y la noche al día. Así ocurrió, perdí la cuenta. Tal vez dos semanas o un mes de luto. La casa era diferente, ¿habrá sido así cuando tori murió? Me largué y no pude ver como se desmoronaban. Notaba el lugar sombrío...
No podía soportar dos complicaciones a la vez, debía deshacerme de una o por lo menos aliviarla ¿Caleb se alegrará si lo visito? ¿Me preocupa? ¿Me preocupa que no haya llamado o me haya enviado algún mensaje? Preocupar... rara palabra. No me tomaría más de un paso o menos ir a verlo... Me dirigí con total normalidad a mi cuarto para que nadie molestara ni notara mi ausencia aunque era algo difícil puesto que siempre me rondaban como las moscas. Abrí un portal y me paré frente a él nerviosa. Avanza idiota, avanza. Cerré los ojos y di un paso adelante con el corazón en la garganta. Terminé en el segundo piso y al instante noté un olor metálico... observé el lugar con mayor atención.Las luces estaban apagadas, las cosas se encontraban en su lugar, pero quedé en shock al ver las paredes y el suelo con sangre. Salpicaduras, manos, charcos. Tragué saliva ¿qué demonios pasó aquí? Caminé hacia ese olor que me causaba angustia y sed. Lo vi, escaleras abajo. Todos los sirvientes. Sus cuerpos amontonados a un costado pero estos no tenían ojos ¿dónde? Miré con detenimiento y logré divisarlos en una esquina, en la lejanía con dirección a la puerta de salida. Estaba nerviosa... Me temblaban las manos y comencé a sudar. No quería saber si Caleb estaba allí, no deseaba imaginarme lo que le pudo haber ocurrido. Suspiré para calmarme. Escuché pasos provenientes del pasillo por lo que abrí un portal y huí. Miedo, eso fue miedo. Aparecí en la cocina con Aramis preparándose un sándwich, me daba la espalda. No sé cómo lo hice, pero oculté mi inseguridad y nerviosismo para que él no lo notara.
-Así que ya saliste. -dijo. Me tomó por sorpresa.
-¿Salir? -dije mirando el bol de frutas. No había manzanas.
-De tu cuarto, te encerraste de nuevo. -le dio un mordisco a su sándwich.
-Es que me dio hambre, además odio ver esa penumbra aquí. Se supone que ellas son las que sonríen y yo odio a todos. -hablé en serio.
-Dales tiempo. -alivio... No se percató. A veces agradezco que seas un poco idiota.
-¿Qué demonios les pasa Aramis? -pregunté confundida.
-Se llama tristeza, Scarlet. -suspiró.
-No entiendo, ya ha pasado un mes y no lo superan.
-Era una niña, Scarlet. -estaba molesto.
-¿Estás enojado conmigo?
-Sí.
-¿Ahora qué hice? -mierda.
-Ser impaciente. Trata de ser más humana con estas cosas. La muerte para ellos es algo grave.
-Para mí es la cura a muchos males. -sentencié con los ojos sombríos.
-Ah... -suspiró nuevamente. -algún día lo entenderás. -sus esperanzas a que yo comprendiera tantas cosas aún no se extinguía. Entender los sentimientos humanos era algo complicado que me atraía y me desesperaba.
Nuestra raza lloraba y se permitía sentir dolor con la muerte de un cercano no más de un día. Era algo inevitable, pero para mí quizá un poco más... había convivido con ellos desde pequeña.
Una mañana Chispitas se levantó enérgica, más de lo habitual. Dolor de cabeza. Para todos.Su alegría me gustaba hasta cierto punto "pajarito, ¿podrías alcanzarme esa caja?" "Ven, te enseñaré a usar la computadora" "es hora de comer" "no puedes vivir solo de manzanas y whisky" En fin, estaba de un lado a otro limpiando, abriendo las cortinas y ventilando cada habitación... ¿día de limpieza general? Revisaba el celular siempre que terminaba de hacer algo. En eso recordó que en una de las cajas viejas había una especie de cinturón para la pierna. Allí podía colocar mi daga y unos cuchillos ya que siempre usaba faldas o vestidos... además, había tirado mis botas y no tenía cómo llevarla conmigo. Si usaba falda no se notaba que cargaba con un arma en mi muslo.
-Pajarito, necesito que te organices para eso de las cuatro. -Me entregó el cinturón. Tomó la escoba apoyada en la pared y se puso a barrer un poco.
-¿Qué es lo que pasa que todos estamos movilizados? -esquivé a Ceres con unos jarrones.
-Aire nuevo. -¿eh? Me coloqué el cinturón y guardé el puñal en él. Muy práctico.
-Gracias por el cinturón y mmm... iré por Aramis para ver si me puedo ir sin que te des cuenta. -sonreí aunque mis ojos estaban descontentos.
-No te escaparás esta vez. -habló en serio. -Él se encuentra en el segundo piso -Me indicó -, acomodando las sábanas.
-¿Otra vez destrozaron su cuarto? -Me eché a reír. Ella se sorprendió al verme carcajear, era extraño.
-Idiota. -se sonrojó de la vergüenza -No, a las cuatro te quiero ver en la entrada.
-Está muy lejos. -me quejé. -No entiendo por qué hacen una puerta de metal de entrada tan lejos. -jalé mi cabello.
-Es para dividir los terrenos, y es un portón de reja. -continuó barriendo -Piénsalo como las murallas de un reino.
-¿Como los romanos? -arqueé una seja -Da igual, es tierra. Victoria dejó tierras a montón. De seguro cuando iba al baño hacía pipi de oro compraba por internet. -balbuceé, me apoyé en la pared.
-Sí, como los romanos -voleó los ojos.
-Es que no tiene sentido, es una puerta en la lejanía, una puta puerta. -Me fui balbuceando mi desentendimiento.
-Un nuevo comienzo... -dijo para sus adentros.
Tábita. Más allá de toda distracción, ese lugar rondaba por mi mente. Debo ver el momento correcto para hablar de esto, no quiero arruinarle la felicidad a Ceres que por fin ha aceptado la muerte de su hermana. Chispitas intenta levantarle el ánimo. Caminé con lentitud por la casa.Mis pensamientos rondaban sobre Caleb, una parte de mí intuía lo que había pasado allí, pero otra aún tenía esperanzas de que él estuviera a salvo. Cada vez que pensaba en él sólo podía ver la sangre y esos ojos en un florero de cristal. ¿Quién?
-Aramis... ¿tienes un minuto? -miré al suelo. Regresé a la realidad por un momento. Me decidí por no hablar al respecto de ello, aún había cabos sueltos que necesitaba resolver.
-Sí, claro. ¿Qué ocurre? -colocaba unas almohadas sobre la cama.
-¿Cómo sabes que pasa algo?
-Lo intuyo cuando bajas la cabeza y juegas con tus manos. -no es tan idiota como creí.
-Tábita. Debo ir allí.
-No puedes decirle nada a ellas ahora. Apenas superaron lo de...
-Lo sé. Por eso es que te lo digo tarado. Apareció en el libro de mamá.
-¿Qué quieres que haga? -dijo esperando una respuesta como si él no pudiese darme la ayuda que tanto necesitaba.
-Acompáñame. -fue casi como una orden. Mierda, había aprendido bastante de Victoria.
-No. -negó con la cabeza. -Si voy contigo aquel idiota te lastimará.
-No está aquí. -dije esperando un sí.
-Te lo preguntará y no podrás mentirle.
-Esta vez es diferente... -casi se me escapa.
-Hoy no iremos. -sentenció -A las cuatro hay algo importante.
-¿Qué demonios es tan importante que debemos ir a esa puerta...
-Portón. -Me cortó.
-Lo que mierda sea, está en el medio de la nada.
-Es una entrada.
-¡Aramis! -me quejé.
-Está bien, está bien. Mañana. -perfecto...
-Como sea. -suspiré. Aramis rió, estaba feliz al verme expresar palabras y gesticular el rostro. Ser normal. La verdad era, que tenía miedo y lo escondía muy bien.
Almorcé puré con carne. Odio la carne, odio el puré. La felicidad de Eruca representa un peligro mortífero para mi ser. Lo que sea que debiera de pasar a las cuatro, que pase ya. Tenía como cuatro horas para arreglarme y parecer un algo limpio.
Fui al baño y vomité la comida, realmente me caía mal. Tomé un baño en la tina. Sin guantes. Ya no me importaba la sangre, estaba acostumbrada. ¿Por qué tengo la necesidad de beberla con mis manos? Esto es una mierda... Miraba mis manos ensangrentadas disconforme, el rostro se me hundió en tristeza o era otro sentimiento que aún no reconocía.¿Qué estará haciendo Caleb? Me ha enviado mensajes, pero no es lo mismo si no está aquí y después de ver el lugar en ese estado... necesito respuestas.Asuntos familiares, esa fue la excusa que me dio aquel día; de esos temas me he salvado y por mucho. Aunque el lado bueno de que se haya ido es que mis heridas han sanado del todo. Los ojos estaban a un costado, ordenado. Los cuerpos igual... la sangre del pasillo estaba seca por lo que era algo viejo. Cuando bajé noté el olor, pero estaba tan impactada que ni siquiera respiré.No había charco en el suelo. Pasó hace días, si hubiese habido algo de luz podría haber visto el color de los cuerpos y su estado... no volveré. Debo decirles, ellos deben saberlo.
-Un último tirón y lo lograré... -suspiré.
Alguien me distrajo de mis pensamientos tocando la puerta.
-Pajarito... -Me vio en aquel líquido carmesí, era raro, pero al final se convertiría en agua. Se llamaba no resignarse, me negaba a ceder... una vez lo conseguí, podría hacerlo de nuevo. -debes apresurarte. -dijo. Me vio con una inexplicable ternura ya que la escena era perturbadora y se ofreció en ayudarme. Ella sabía mis intenciones de querer vencer la sangre. -Sabes, mejor sal de ahí y te lavo el cabello. -accedí. Odiaba tener mi cabello rojo.
Me senté en un taburete mientras ella enjuagaba mi largo y enredadizo cabello. Tan enredado que parecían ondas.
-¿Por qué nos arreglamos tanto? -pregunté curiosa.
-Visitas.
-Wow, qué expresiva. -crucé mirada a través del reflejo del espejo.
-Vendrán reclutas nuevos. Esa es la razón de que Santiago viniera. Revisaba el lugar.
-Quería saber si era apto para más personas. -susurré. -No me agrada la idea.
-Esto no es sobre ti, es sobre todos. Nos estamos hundiendo en depresión, lo necesitamos... yo lo necesito.
-Bien. -no quité mi rostro de inconformidad. Lo odiaba, la idea de poner más gente a mi alrededor no me gustaba ya que terminarían como flores... -tengo ganas de irme.
-¿Otra vez? -miedo, había miedo en sus ojos. No quería perder a nadie más ni ser abandonada. La soledad carcome el corazón.
-En un par de días partiré a Tábita. Por unos días y luego de regreso a casa.
-Nadie puede pisar allí, es como querer tocar Júpiter.
-Hay cosas que no sabes de ese lugar. El libro dijo que debía ir allí. -intenté explicarle.
-Habló la chica de los recuerdos. -rió nerviosa.
-Auch. -le seguí el juego para calmarla, no me iría. -De hecho, he leído bastantes libros en Tarjaman.
-¿Y si alguien más quiere leer?
-Deberá preguntar. Llevaré ese conocimiento en mi mente hasta que encuentre un lugar seguro para él.
-¿Me dejarás leer?
-Sólo si me acompañas.
-Bien, te acompaño. -como si nada. Realmente ha cambiado. Maduró a golpes. Creció y pronto me odiará.
-¿Segura?
-Sí. -dijo en seco.
-Partimos mañana. -Me enolví en una toalla lista para cambiarme e irme, pero Ceres olvidó decirme algo y me detuvo.
-Espera... tengo un obsequio para ti. -sacó del bolsillo de su pantalón una delicada tobillera con incrustaciones de zafiros.
 

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