VIII

Memorias Caídas

visibility

23.0

favorite

0

mode_comment

0


-¿Eso es para mí? -era hermosa. Alguien me dio un regalo trampa. No sabía cómo sentirme exactamente. 
-Sí, es de parte de todos... sólo queríamos darte algo para felicitarte. -sonrió de oreja a oreja.
-¿Por?
-Estás... diferente. -miró al suelo sumergida en una felicidad que camuflaba a la tristeza interna que aún no se iba.
Me coloqué la tobillera sin prestarle atención a los detalles, quería mostrarles que la usaba. No fue mucho trabajo lucirla... ya que siempre estaba descalza. No usaba zapatos de ningún tipo, excepto en el cumpleaños de Caleb... Victoria me obligó. Y mis botas que lancé a la mierda. Un día me vi los pies y me dije "¿por qué mis pies están atrapados?" Eso fue después de lo de Aquila, desde entonces voy descalza quizá para recordar mi anhelo de ser libre por completo.Salí de mi cuarto y me encaminé por el gran pasillo. Detrás de mí venía Chispitas a paso firme, estaba furiosa.
-Me acaban de llamar del Consejo... los reclutas no vendrán.
-¿Y eso?
-La disconformidad de algunos, es una carga pesada para otros. -auch. Olvidé que estaban las cámaras de mierda con su audio de mierda. Carajo. -sabías que era algo importante para nosotras y lo arruinaste ¿a propósito?
-Vayamos a Tábita mañana y cambiaré de opinión sobre los reclutas. Dame tiempo. Un mes y que vengan los que quieran.
-Es curioso como al final, no importa cuan irritante y molesta seas con tus ideas, siempre terminamos haciendo lo que quieres.
-Yo también te quiero. -sonreí.
-Vete a la mierda. -creo que esa fue la primera vez que me mandó a algún lado que no tuviese arcoiris ni unicornios.
Así fue como la frustración de Chispitas se tragó su alegría en un segundo... un agujero negro. Se había enfadado momentáneamente. Llegó la hora de la cena y la verdad, no tenía hambre, pero conocí algo nuevo. Nadie quería cocinar por lo que optaron por hacer un sándwich de mantequilla de maní con jalea.
-¿Qué es esa cosa? Parece mierda. -dije asqueada.
-Scarlet, estamos comiendo... -balbuceó Ceres raspando los costados del frasco de jalea.
-No puede saber mejor de lo que se ve. -toqué un poco con mi dedo índice. Realmente parecía mierda.
-Pruébalo o cállate, estamos comiendo. -bociferó Aramis. Es curioso como se enfada él conmigo cuando su novia lo está. Lo voy a matar un día de estos si continúa con dolor de ovarios. Idiota.
-Dame esa cosa. -le quité el frasco de matequilla al tarado. Lo probé. -bien, disfruten su jalea. -Estaba delicioso. Lo agregaría a la lista de comidas favoritas. Me fui comiendo la mantequilla por las escaleras, pero me detuve a la mitad de mi paso al escuchar que golpeaban la puerta. Miré el reloj de la pared y eran las once y veinte ¿quién podría ser? Dejé el frasco en la escalera y avancé hacia el pomo de la puerta.
-Yo voy. -saqué mi daga y la coloqué detrás de la espalda. La abrí lentamente. Era Caleb, había vuelto. Lucía agotado, tenía bolsas bajo los ojos y estaba pálido. Me abalancé sobre él. Estaba feliz de verlo ¿lo estaba? Era una manera de fingir que todo estaba bien. Con cariño le di besitos en su mejilla que no obtuvieron mucho resultado, simplemente me apartó de él.
-¿Cómo estás? -algo le ocurría. -déjame pasar, necesito ir al baño con urgencia.
-Está bien... -le di paso.
-Caleb, has vuelto -Aramis. Como siempre vigilándome.
-Ahora no, necesito el baño.
Dio un paso al frente e ingresó a casa. Antes de seguir su curso, me dio un beso en la mejilla. Al parecer no fue su intención alejarme, sólo quería ir al baño...Me recosté en mi cama mientras comía mantequilla. Habría que comprar más luego. Una nueva distracción de lo que debería de arreglar con él.
-¿Puedo pasar? -La voz de Caleb resonaba detrás de la puerta.
-Adelante. -se sentó junto a mí.
-¿Cómo has estado? -intentó entablar una conversación.
-La pregunta es ¿qué ocurre contigo? Te fuiste hace un mes sin darme explicación y vuelves como si nada.
-Mis padres murieron. Los asesinaron. Estoy solo. -¿él no fue? Mi rostro estaba en búsqueda de una expresión, algo que transmitir, pero nada. Simplemente podía fingir no haber estado allí. Yo los vi, los cuerpos pero no los de sus padres. Tuve la esperanza de que estuviesen vivos, pero al parecer fue algo nulo.
-Tranquilo -lo tomé en mis brazos intentado que algo de mi calor le llegara -, mañana iré al lugar -pensé cada una de mis palabras con cuidado -y enviaré sus almas a descansar...
-Los cremé. -¿Qué? -sino se convertirían en derterios. -se lamentó. -Realmente no quería. -lloró desconsolado. Entonces los cuerpos ya no estarían... pero la sangre sí. Eso no explica los ojos. ¿Dónde estaba él en ese momento? Quizá no estaba en casa cuando yo fui, pero no explica la sangre seca. ¿Qué es real en esto?
-Todo estará bien... -le di un beso en la frente. -mañana partiremos a Tábita y solucionaremos esto.
-Antes debes saber algo... -habló cansado. Su voz parecía gastada y sus ojos no tenían vida.
Golpeé la pared con fuerza, casi la atravieso. Mentiras... de nuevo.Salí de mi cuarto furiosa e interrumpí en el de Eruca. No me importaba si estaba follando con Aramis, después de todo, no es algo que no haya visto antes.
-¿Por qué demonios no me dijiste que había cultos a Azar?
-¿Podrías tocar? -me reclamó enfadada. Me di la vuelta y atravesé la puerta de un puñetazo. Regresé a verla mientras se tapaba con las sábanas, Aramis se colocaba los pantalones.
-¿Contenta?
-¿Qué querías que hiciera? No tengo el poder para evitar que las personas crean en algo. Se me escapa de las manos...
-Pues a mí no. -salí de allí hirviendo de la rabia. Caminé, mas bien casi corriendo hasta la puerta de entrada. La abrí de par en par permitiéndole a la luz de la luna ingresar al lugar. Me fui de ahí sin cerrar, no estaba pensando con claridad ese tipo de cosas. En mi mente rondaba una sola opción para debilitarlo. Matar.
Me elevé a muy pocos centímetros del suelo y luego se abrió un portal que me conduciría hacia mi próximo destino. Llegué. No sabía con exactitud en donde estaba... El lugar era un templo, una fachada... una catedral siendo profanada por los paganos. Era enorme y su arquitectura remontaba quizá al siglo XIII, su estilo gótico con sus perfectos y bellos detalles me pusieron la piel de gallina, era imponente. Sus estatuas talladas a mano... sus enormes pináculos con cruces en lo más alto que pretendían alcanzar la luz de Dios. Me adentré sin que me importara si me veían. Iban a morir de igual manera. Los enormes vitrales permitían que la luz de la luna acompañara a las pocas luces de velas que daban algo de vida al lugar. Caminé por el largo pasillo hasta toparme con ellos. Una inmensa cantidad de personas rezándole a algo que era imperdonable. Le habían hecho altar de hierro masiso, hermoso para la mierda humana, desagradable ante mis ojos.
Voltearon a ver quien era el que interrumpía su ceremonia. ¿Algún sacrificio? Un pobre niño aterrado, atado de pies y manos con lágrimas recorriendo sus mejillas rogaba que lo dejaran libre... Erguí mis alas como consecuencia de dicha escena. La rabia me recorría el cuerpo.Su sacerdote pagano levantaba una daga:
-¡Es un ángel enviado por los seres de oscuridad para engañarnos! -dejó el puñal en la mesa de sacrificios y se acercó a mí mientras hablaba con descaro. Había caído en la red engañosa del azar. Sus pensamientos estaban putrefactos, le habían lavado el cerebro. -Quiere nuestras almas para crear más de esas abominaciones que nos mantienen aterrados y ciegos ante el poder de la luz de nuestro señor Azar. -levanté una seja. -ella es una criatura de oscuridad. -¿qué le pasaba a este idiota? Toda su vida considerando a mi raza como algo superior y de luz... ahora siendo denigrado a la mierda de Azar.
Mi daga se elevó hasta tocar mi mano. La sujeté con firmeza y la lancé hacia ese imbécil. Le atravesó el cuello, la punta filosa sobresalía por debajo de la nuca. Todos se alteraron, mujeres, niños y hombres gritando por el horror que estaban presenciando, lo que les sucedería. Corrían a mi alrededor para escapar, era un trayecto bastante largo, me tomé mi tiempo. Abrí un portal hacia la garganta de ese anciano oloroso, pasé mi brazo y retiré sin escrúpulo alguno. La sangre salía a borbotones. El tipo cayó de rodillas en un santiamén. Caminé hasta la mesa y vi directo a los ojos al niño que hiperventilaba. Había frialdad en lo míos. Lo analicé.
-Tú no tienes nada que ver en esto. -el niño comenzó a rezar, se preparaba para su posible final. Cerró sus ojos con fuerza al ver que acercaba mi daga a él. Corté las sogas. -quédate aquí, rezando a tu dios -señalé la cruz detrás de él. -reza por las almas de estas personas que fueron condenados por otros.
-Rezaré.
Quedaban unos pocos dentro cuyos pasos estaban cerca de la inmensa puerta. Mis ojos brillaron en un intenso color carmesí y mi voz resonó en cada rincón.
-Quietos. -inmóviles, la desesperación poseyó sus cuerpos. Algunos se habían meado y otros lloraban con gemidos de dolor. No me importaban. Ellos eran basura, mierda que habían condenado a otros sin razón.
Las horas transcurrieron en paz y a su debido tiempo.Estaba empapada en sangre y mis ojos estaban cargados con odio, de repulsión hacia los seres humanos. Le estaba arrancando la cabeza con una mano a una mujer. Había niños muertos allí... todos apilados y desmembrados.Ellos por fin habían llegado. Sabía que intentarían buscarme... reabrí el portal a casa para ellos y aparecieron uno a la vez frente a la inmensa catedral. Observaron el largo sendero hasta la mesa donde se podía ver al niño rezando. Se perturbaron al contemplar las marcas de sangre en el largo pasillo, asientos, suelo y puertas... ese olor metálico cómo lo disfrutaba, pero a ellos les causaba asco. Era un matadero. Las personas que habitaban en los edificios de en frente quedaron inmóviles observando el panorama, el genocidio que había causado. Voltearon con lentitud a ver lo que había a sus espaldas.
Nuestras miradas se encontraron y un terror profundo les invadió. Tomé la cabeza y la lancé al montón, me tiré encima de ellos a descansar. Era mucha gente, una pila de unos cuatro o cinco metros de alto, a comparación con la guerra, pequeña. Pfff, un culto al Azar... faltaban veinte más. Cuando intenté abrir el portal, otros más lo hicieron al mismo tiempo, había más de estos idiotas por el mundo. No reía ni estaba seria, ciertamente lo disfrutaba. Un círculo de luz rojo rodeó los cuerpos deshechos y esas almas fueron directo al suelo. Se podían escuchar los gritos. Fue realmente horrible para los oídos de Eruca y Ceres. Aramis estaba acostumbrado a mis caprichos y matanzas mientras que Caleb parecía preocupado. ¿Quién podría dormir luego de ver algo como eso? Después de todo, eran como las cuatro de la mañana. Me levanté y fui directo a Eruca.
-La confianza es algo que está sobrevalorado. -abrí mi otra mano y dejé caer la tobillera. La frialdad de mis ojos no dejaba atrás al hielo de mis palabras. ¿Cuál era ese sentimiento? -Ya saben que hacer. -el Consejo estaba más que enterado de mis acciones y sin otra alternativa prosiguieron a acabar con estos grupos. Había que exterminarlos a toda costa.
Me fui sin decir nada más, necesitaba un baño.Ceres se apartó y vomitó dándole la espalda al montículo, el asco que le generaba aquel olor metálico y el panorama hacía parecer al horror vivido por ella uno de los problemas más simples de matemáticas...Eruca se quitó un guante y avanzó hacia la pila atónita, no podía creer lo que veía. No entendía como una cara bonita generara algo como eso.
-Hay que acabar con esto. -tragó saliva. -No creo poder soportarlo más. -tocó el montículo y este ardió en cuestión de segundos. Chispitas aceptó de una vez por todas que mi problema no era un juego.
-¿Ahora entiendes que a ella no le tiembla la mano para matar?
-¿Por qué? -la tristeza le invadió.
-No es su culpa. Fue de ellos... -señaló a los cuerpos con la mirada. -Ellos la convirtieron en eso.
-Ella sabía lo de la tobillera. -Ceres habló sin apartar la vista del suelo. -El rastreador... siempre lo supo.
 

Este sitio usa cookies para tu sesión de usuario y mostrarte publicidad.

De acuerdo