Realidad

Memorias Caídas

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Me di una larga y rica ducha. El color carmín abandonaba los mechones de mi blanquecino cabello. Me había puesto los guantes. El olor metálico se mezclaba con el dulce aroma del shampoo aunque comenzaba a disgustarme lo que fue lo poco o justo como para no percatarme de las disimuladas lágrimas que se entrelazaban con las gotas de agua...¿Por qué hago esto? ¿fue realmente necesario matar así? Quitar la vida de esa manera... ¿qué me da ese derecho? Alguien que me ayude, por favor, ya no lo soporto más... Me lamenté el resto de la madrugada sin dejar de lavarme las manos, no importaba cuánto las frotara con el jabón, continuaban emanando sangre aunque todo estuviese en mi mente hasta que el frío me obligó a salir de allí trayéndome a la realidad nuevamente. Once de la mañana y mis ojeras no podían ser más inmensas... ni hablar de los estornudos.Carajo, creo que me enfermaré. Me coloqué una pijama cuyo estampado era un unicornio en el centro ¿Quién hacía esos dibujos? Los unicornios no eran animales dóciles ni adorables, tenían un fuerte temperamento, eran violentos si se los molestaba. Divagaba de un pensamiento a otro y de la nada surgió una responsabilidad que había olvidado: Tarjaman.
Creo que debería encontrar un sitio seguro para dejar la biblioteca... Tábita sería uno de ellos. Nadie molestaría, supongo que esa es la razón de ir, a lo que el libro se refería en realidad. Me duele la cabeza de tanta información.Me recosté en mi cama a comer mantequilla de maní junto a una botella de whisky, manjar de los dioses, en lo que me decidí por releer el texto del libro que mamá me dejó. No había palabras solo el dibujo de un precioso reloj de cuerda como colgante y al parpadear tomó materialidad.Lo abrí con la curiosidad comiéndome la cabeza. Realmente era precioso y algo en él me resultaba familiar. Una melodía comenzó a resonar con tal delicadeza y afinidad en el cuarto. Tristeza. Duele, mi pecho duele. Aquella canción que cantaba cada vez que necesitaba calmarme... la había dejado de lado. Cerré el colgante y me lo coloqué; ya no quería continuar sintiendo aquel sentimiento. Este libro estaba repleto de sorpresas.Pero los demonios no cantan...
Me quedé pensativa, no podía creer que intentaran engañarme con un rastreador, lo había notado de inmediato. Ellos a veces olvidan que tengo buena vista y eso me dio gracia por lo que me lo dejé puesto, quería darles el gusto aunque sea un poco.Azar se está debilitando... pero ¿cómo controlar algo que no puedes tocar? No tiene cuerpo...¿Caleb no estuvo en su casa por una semana o realmente hizo lo que no logro creer? Me encuentro sumergida en una ilusión, su ilusión. Él no es bueno, los humanos se contaminaron. Sus decisiones no fueron suyas sino de alguien más. No lo culpo. Debo decirles, pero soy tan idiota que no lo haré, por lo menos hasta que logre conseguir más pruebas, seguramente su casa ya está limpia... ¿por qué él?
Finalmente me quedé dormida. Las horas transcurrieron a su paso y aunque intentara descansar tranquila, las pesadillas me entretenían a tal punto de no poder despertar.
-Tres cadenas, tres plegarias lanzadas al viento. -su voz resonó junto al golpe del agua en las rocas. No lograba ver sus ojos. Había sangre en la húmeda arena. Ella sonreía... solo eso, su sonrisa. No se apartaba de mi mente. Duele. ¿Quién era ella?
Desperté alterada y con lágrimas sin sentido sobre mis mejillas. ¿Qué mierda fue eso? ¿un recuerdo? Sentí mi cuello pesado y un ruido metálico llamó mi atención. La cadena de mis alas me rodeaba el cuello. A veces me preguntaba si realmente era una cadena de mi maldición ya que en ella se demostraba mi enlace con Caleb pero también ardía cuando volaba. Quizá es ambas... nunca lo sabré. No lo sé todo.
Me lavé la cara y me tranquilicé, no quedaba de otra ya que eran como las cuatro de la tarde. Alguna vez quisiera poder dormir en paz...
Pasó una semana o tal vez dos, el plazo de tiempo se me reducía. No fuimos porque me sentía mal, estaba débil. Eruca traería a los reclutas si no íbamos a Tábita dentro de la fecha pactada o impuesta por mí. Je, je.
-Tienes gripe. -miraba el termómetro. Cuarenta y dos.
-Mierda... -tosí.
-No descansas lo suficiente, no comes bien, no te abrigas, vas descalza por la vida como si nada. ¿Por qué dejaste de usar las botas? Da igual, te enfermaste por idiota. -se quejaba. Ella comenzaba a parecerse a tori...
-Ya... no molestes. -Me cubrí con las sábanas. -Me duele la cabeza.
-Bien, cuando mejores irémos a Tábita.
Carajo, odio admitirlo, ella tiene razón. Tiré mis botas luego de lo de Aquila. Pero sentía mis pies enjaulados...Mis ojos estaban hinchados y húmedos, me picaba la garganta y casi no tenía voz de tanta tos.Ceres cuidó de mí. Me dio sopa... la odio.
Estuve en cama otra semana y el mes se había cumplido... Me levanté con la intención de salir a caminar un poco. Odiaba estar encerrada. Me puse un vestido corto, suelto y de color blanco... Eruca, jamás volveré a dejar que escojas mi ropa otra vez, parezco un puto fantasma.Noté un particular silencio que me distrajo de mis pensamientos, de ese tipo que incomoda... No había nadie en casa. Busqué una nota, algo. Nada. Vi la puerta de la sala de máquinas entreabierta que permitía a la luz roja de la inmensa pantalla en la pared sobresalir un poco. Entré de curiosa y me acerqué al mapa titilante desentendida.Las luces... Nos atacaban. Mierda.El mapa de Najiv presentaba más y más luces en todos los sectores. Los derterios nos atacaban en masa. Me sujeté la cabeza con ambas manos mientras caía en cuenta de lo que significaba. Salí corriendo escaleras abajo mientras gritaba.
-¡Aramis! ¡Aramis! -él no estaba. Al idiota le permitían ir, pero a mí no ¡Estúpida!
De pronto recordé que Ceres sería un blanco más fácil sin su hermana peleando junto a ella. Abrí un portal con la idea de buscarla. Estaba hiperventilando. En ese momento no me importaba.Lo atravesé. La calma se fue en ese segundo... lo recuerdo con tal claridad... que todo iba en cámara lenta, que mi cabello se elevaba al compás de la brisa. El cielo se hallaba rojo, las nubes se tiñeron de negro y las cenizas caían de ellas como el llanto de una viuda. Se escuchaban los gritos de los habitantes huyendo despavoridos y aterrados de un lado a otro sin sentido, las jaulas amarillas de contención que iban de edificio a edificio indicaban un pequeño rayo de esperanza que era intervenido por la cantidad de criaturas asquerosas que me rondeaban. Las imágenes de aquella vez, esa guerra se entremezclaba con la realidad, se confundían y lograba ver a ese grupo de soldados que me acompañaba siempre. Esos amigos murieron hace mucho tiempo fusilados por mi amo... odiaba verme sonreír con otros y yo lo acepté pensando que era lo correcto porque si él era feliz yo igual. 
El olor era muy fuerte, no podía respirar sin que me causara arcadas por lo que arranqué un trozo de mi vestido y me lo até cubriéndome la nariz y la boca. Mucho mejor, aún así el olor continuaba siendo fuerte, pero podía soportarlo. No abriría mis alas, recordé lo que me habían dicho... quedar pegadas y ver como se derriten.
-¡Ceres! -grité. Corrí entre las criaturas y las personas. Choqué con un idiota del escuadrón y caí al suelo. -ten más cuidado imbécil.
-Perra. -no hubo tiempo para responder una grosería mayor, la niña era de alguna inexplicable manera más importante.
Los soldados venían en sus naves y disparaban unas balas enormes. Los derterios las tragaban y a los segundos explotaban. Sus restos salían volando a gran temperatura y velocidad... al caer, quemaban lo que tocaran.Algunos no se salvaban de aquel líquido viscoso y sus gritos eran señal de ello. Se podía oír a mis alrededores una alarma que me inquietaba. Resonaba constantemente, alertaba a los ciudadanos del peligro. Vi a Ceres en la lejanía reteniendo a varios derterios a la vez que le impedían la huida a una pareja. Lianas gruesas brotaban con violencia del suelo y le negaban el paso a esas putrefactas bestias que deseaban más y más. Ella era fuerte, pero distraída.
Lo escuché, el cielo parecía cubierto de mosquitos que zumbaban sin parar... las naves estaban cargadas de ellos con armas. Me quedé de pie, estática admirando como caían del cielo dejando una estela blanca entre aquel turbio y carmín "cielo" que se asemejaba a lo que llamaban "infierno".
El silbido del disparo en la cercanía no me trajo de vuelta a lo que sucedía sino el derterio a punto de explotar. Fuego. Se acercaba. Se acercaba a ella. La mataría si la tocaba. Corrí. Corrí con todas mis fuerzas pero no llegaría. Ceres, voltea ¡maldita sea, voltea!No hubo tiempo, me lancé sobre ella y abrí mis alas.
-Pajarito... -se percató del peligro luego de cubrirla con mi cuerpo.
-¡Ah! -grité del dolor. Mis alas ardían. Se derretían. -ten... m-más cuidado. -caí a un lado. Estaba a punto de perder la consciencia, pero no podía, esto estaba mal. Ceres balbuceaba cosas que no lograba distinguir, todo estaba borroso. Ellos continuaban disparando y fue en ese momento en el que me di cuenta de que había dos enemigos: Las personas corrían no sólo de los Derterios sino de sus disparos. Tiraban a matar.
La indignación era demasiada como para ignorarla. La sangre de mis alas recorría el frío y duro asfalto sin querer regresar a mí...Me incorporé con dificultad mientras Ceres trataba de ayudarme. No se lo permití.
-Vete a un lugar seguro. -rechisté un poco confundida.
-No puedo dejar mi puesto. -se opuso.
-¡Maldición! Solo haz lo que te digo. -Me vio furiosa, mi rostro se desfiguró, mis ojos se tornaron rojos. Ella simplemente asintió en silencio y huyó a la seguridad.
Levanté la vista al cielo y algunas explosiones eran cerca de mí, la mierda de derterio saltó en pequeña cantidad en mi dirección por lo que me cubrí con mi brazo derecho. Ignoré el dolor debido a la inquietante ansiedad de ser el nuevo blanco errado de mis "aliados". El viento que generaban las explosiones elevaban mi cabello con violencia.
-A los portales, ahora. -mi voz resonó entre todo ese disturbio y las personas obedecieron sin opción. Abrí una inmensa cantidad de portales a la vez en toda la ciudad. La capital.Mis ojos se iban hacia atrás, y me consumía, demasiada energía. Me sangraba la nariz. No pude más. Los saqué de allí y los envié a las afueras de la ciudad. Me tomaba más energía abrir los portales que cualquier otro poder ¿por qué? ¿Será que mi poder toma equivalencia al de tori en el momento de usarlo? Después de todo no es mío sino... heredado.
Levanté mi mano izquierda como si fuera un arma, les hacía burla desde mi punto de vista.
-Muéranse hijos de puta. -boom. Reí. El inmenso círculo de naves que nos rodeaban explotaban uno a la vez. Y sus restos descendían a gran velocidad impactando contra los Derterios.
 Caí de rodillas y vomité. Me recuperaba con lentitud. Aún quedaban algunos de ellos. El ambiente era tan sombrío y la alarma continuaba gritando de tal forma que era un factor esencial para mantenerme consciente. Traté de incorporarme. Silencio en blanco. Estaba aturdida... Veía borroso.En la lejanía alguien caminaba hacia mí. Cerré los ojos y para cuando los abrí, era Caleb. Me alejé de inmediato dos metros y tropecé. Caí sentada.
-¡No me toques! -grité desesperada. Le tenía ¿miedo? Cuando estaba vulnerable debía tenerlo. Odiaba esa sensación en mi cuerpo y lo único que podía ver reflejado en sus ojos era a mí siendo la presa.
-Tranquila... calmate Scarlet hay que salir de aquí. -me tomó del brazo con fuerza sin darme más opciones.
Lágrimas reaparecieron sobre mis mejillas. Ya no me entiendo, soy un manojo de nervios sin sentido. Me dejé caer para detenerlo, pero él no lo hacía.
-¿Por qué los mataste? -se detuvo en seco. Las rodillas me sangraban, pero mis ojos no dejaban de memorizar cada una de sus facciones.
Se me acercó y sacó de su chaqueta un pañuelo con lentitud para no ahuyentarme más de lo que ya lo estaba. Me limpiaba las rodillas.
-¿Se lo dirás? -se repetía una y otra vez en mi cabeza. Ahora el monstruo había convertido a su amo en uno peor.
-¿Por qué? -murmuré.
-Yo te amo. Pero no me creerías si te lo explico -Me negaba a escuchar. Tomó algo que no le pertenecía.
-Me hiciste matarla...
-Algo me controla. -intentó explicar.
-Fuiste tú todo este tiempo.
-Esa cosa volverá si sigues haciendo una escena. -se sujetó la cabeza con ambas manos. Había miedo en sus ojos.
-¡Una escena! Lo planeaste todo... Victoria, Aquila, Sira, tus padres... incluso tu hermano y Reginna.
-No fui yo. Debes creerme. -me abalancé y le corté la garganta con gran velocidad.
-Tan real como tu quieras... -se desvaneció. -no era él, debes calmarte. Cálmate.
Ese día regresé a casa por mi propia cuenta completamente exhausta y sin tener idea de lo que era real e irreal. No podía confiar en nadie.
¿Dónde estaba Caleb?
 

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