IV

Memorias Caídas

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-Se fue. -me puse de pie y entré al baño. Me di una ducha y me coloqué los vendajes en el cuerpo y en mis puños. -¿A qué hora llegan los invitados? -salí del baño lista para vestirme con un precioso vestido corto de flores oscuras, pero antes de hacerlo, vi mi espalda en el espejo... la cicatriz era grande. Mi ala tardaría años en volver a crecer de nuevo. Suspiré resignada. Divisé en el reflejo la expresión culpable de Ceres ante mi herida. -no fue tu culpa, nunca lo será... Así que deja de mirarme con esa... lástima prefabricada en tu rostro porque no me ayuda a olvidarlo. -asintió viendo al picaporte.
-A las once de la mañana. -dijo seria. Faltaban cuatro horas.
-Bien. No le digas a nadie lo que te conté. Cuando sea el momento les diré. -no hallaba la manera de hablarle bien para que no se sintiera mal y lo único que pude hacer fue ser directa y una odiosa como siempre. Este temperamento de mierda me tiene harta.
-De acuerdo. -cerró la puerta y continuó con su camino. Por otro lado, traté de descansar un poco más y al final me quedé dormida. De nuevo.
-Tres cadenas, tres plegarias lanzadas al viento. -¿qué significaba? ¿tres plegarias?Estoy demasiado distraída como para pensar en esas cosas.
Desperté con un recuerdo. Las 10 de la mañana y Ceres estaba a mi lado a punto de picarme la cara.
-Hablabas dormida. -¿le parece extraño? Es lo más normal de mí en este punto. Sonreí de lado.
-Ya no me impresiona. -continuaba agotada. Mentalmente me sentía fatigada si no me controlaba ella saldría y esta vez no sería de manera amigable.
-¿Quién es Tata? -preguntó curiosa. Significaba que aún parte de ella era una niña. -le sonreí.
-¿Tata? No lo sé, cuando me sienta mejor trataré de escribir lo que recuerde. En este preciso momento no quiero saber nada de mí. -suspiré.
-¿Has hablado con Aramis?
-Sí. El idiota estaba preocupado, eso era todo.
-Ese idiota jamás te dejará de vigilar. -me imitó. Buscaba mi aprobación... o lo hacía a propósito.
-Tú no hables así. Nada de insultos para ti o deberé lavarte la boca con jabón.
-Pero tú...
-¿Si salto por un acantilado tú también lo harás? -la interrumpí ofuscada.
-No.
-Debes ser siempre tú misma y que lo demás se vaya al diablo. -no hagas lo que yo por favor.
Me levanté adolorida y me peiné un poco, la verdad no importaba mucho ya que siempre seguía su camino.
-Debes desayunar. -parecía casi una orden.
-Uh... -asco.
-Sé que no te gustan los panqueques ni la miel ni el jugo de naranja. La verdad, no te gusta nada. Te traje esto - sacó de su mochila una botella de whisky junto a una manzana y mantequilla de maní.
-Eso sí me agrada más. ¿Qué haremos con lo otro? -dije viendo la bandeja de comida en mi escritorio.
-Pues yo me lo comeré, no desayuné nada a causa tuya. -rió.
-¿Estás nerviosa?
-Ansiosa. -levantó sus manos y se sacudió su cabello.
-Espero que sean buenos porque me llevaré a dos conmigo a Tábita.
-Piensa con cuidado lo que harás. -me advirtió.
-Lo sé. -le di un mordisco a la jugosa manzana roja.
Y pasaron las horas con naturalidad para quienes habitaban fuera de la casa porque para Ceres y a mi, que vivíamos allí, fue un infierno con Eruca y Aramis hablando y yendo de un lado a otro por el nerviosismo. Solo eran reclutas, nada especial.
Caminamos alejados de ellos y para cuando llegamos ya habían descendido y estaban en formación. No eran muchos, conté diez. Olían a plumas... hay más como ellos. Abrí los ojos con sorpresa.Me acerqué sin que me importara el espacio personal. Nadie me interrumpía, simplemente se limitaban a observabarme en silencio como si fuese una niña fascinada por los nuevos juguetes. Miraba de pies a cabeza a cada uno de ellos estudiándolos maravillada hasta qué...
-¿Qué hace este idiota aquí? -Pensé. Avancé sin darme cuenta hacia él. -No pensé que enviaran a inútiles que apenas pueden caminar. -necesitaba desquitarme con alguien y él salió ganador. Todo lo que pasó aquel día fue una mierda.
-¡Scarlet! -Eruca me llamó la atención. No me importó.
-Me hizo caer mientras buscaba a Ceres aquel día... -susurré sin dejar de mirarlo a los ojos. Cuestiones del destino, jamás lo entenderé.
-Y tú la perra que no sabe ver por donde camina -dijo en voz baja. Me percaté de la poca distancia que había entre ambos.
-Ajá -dije desinteresada por su comentario. Volteé en dirección a casa, no había nada interesante en ellos.
-¿Qué te pasó? -¿eh? Él no dejaba de verme, en especial mis brazos. O tal vez sí...
De repente sentí una puntada en mi cabeza y mis heridas presionaron. Estaba tan débil como para detenerla que terminé cediéndole el control. La luz del ambiente se filtraba en la oscuridad y se perdía, los ojos se teñían de odio y sangre acompañados de las inmensas ojeras que me recordaban el descanso que jamás tendré. Ella estaba furiosa.
-No... ¿matarlo te hará feliz? -murmuraba perdida -Quizá. -sonreí. -los buenos están escasos. -la voces me repetían que no hiciera nada estúpido, quizá él jugaría un papel interesante como tal vez no.
-El relicario Ceres. -murmuró Aramis a lo que ella señaló su cuello. Debían abrirlo.
-¿Qué le ocurre? -preguntó un joven recluta.
-Luego les explicamos por lo pronto hagan silencio y retrocedan con tranquilidad.
-¿Por qué tan asustados? Yo no soy el monstruo ¿o sí? -rió a carcajadas por un momento hasta que su rostro se ennegreció de una perturbadora seriedad -aquí no es seguro. -miró a Eruca. -Hay enemigos ¡me vendieron! -gritó furiosa. Dio la vuelta y sujetó a Ceres del cuello quien intentaba quitarle el collar a toda costa.
-Scarlet cálmate. -Aramis trataba de razonar. Las ojeras se complementaban con la expresión cargada de ira que había en mis ojos. La solté y cayó en busca de oxígeno. La niña no era la mala del cuento. Contemplé a mi alrededor tratando de encontrar a ese villano y no lo hallé.
-¿Que me calme? -abrí mi ala repleta de remordimiento. Mi ropa se rompió en cuestión de segundos -¿cómo esperas que lo haga cuando permitieron algo como esto? ¡no podré volar de nuevo! -lágrimas caían acompañadas de una risa enfermiza. Miré a cada uno de ellos con detenimiento, me causaban asco. -confié en ustedes. -ella hablando de sentimientos y traición... extraño. Los reclutas se limitaron a contemplar mi ala con un sentimiento compartido de tristeza. Quizá otros no sintieron nada, pero ¿qué eres cuando te quitan la esencia de tu existencia?
-¿Qué harás al respecto? -dio un paso adelante. Ese chico... el idiota de aquella vez.
Abrí un portal bajo sus pies y comenzó a caer desde las nubes sin inmutarse, parecía mantener la calma.
-Pajarito... detente. -suplicó Ceres.
-Debería dejarlo morir. Ver como su sangre se expande en el suelo sería gratificante. -sonrió de oreja a oreja, era excitante.
-¡Scarlet! -¿eh? Reaccionó. Aramis gritó. Ella no deseaba matarlo ¿Qué intentaba hacer realmente?
-Alto... -murmuró. Se detuvo a dos metros del suelo.
-La próxima vez procura ver por donde caminas. -lo miró desafiante.
-¿Qué... demonios? -pensó Eruca para sus adentros. No comprendía la razón de haberlo dejado vivir con la rabia nublando su vista.
-Hay olor a plumas en todos ellos. -dijo asqueada. No eran reales.
-¿Qué quieres? -preguntó chispitas esperando una respuesta, pero ella se negó a hablar, ni siquiera la miró.
Volteó lista para irse. El chico cayó de rodillas en la última distancia que le quedaba. Sin apartar el brillo de sus ojos oscuros de su puño se preparó para atacarme. Su brazo se electrificó absorbiendo la vida de la tierra. El pasto y sus alrededores morían, podía sentirlo a pesar de no observarlo. Un círculo de muerte lo acompañaba siempre que usaba su poder.Di la vuelta desentendida con aquella sensación en el aire, pero él ya estaba a pasos de nosotras listo para golpearnos en la cara. Lo detuve sin mucho esfuerzo con una mano.
-Imposible. -dijo sorprendido. -Nadie ha... -me miraba a los ojos buscando una explicación al igual que yo de él.
-No puedes purgar a La Muerte si ese no es tu destino. -dijo ella con diversión como si fuesen amigos de toda la vida. Por un momento no hubo intenciones oscuras en el brillo de sus ojos ni en su tenue sonrisa.Lo analizamos detenidamente, ¿cómo es que funcionaba?
¿Él era como yo?
-¿Y cuál es? -preguntó desafiante. La paz no le abandonó ni siquiera con ese enojo frente a ella.
-¡Lisandro! -Chispitas interrumpió con fuego en sus manos. Fruncí el ceño. Siempre vigilando, lo odiaba -¿quieres volver a Pandora? Contrólate. -lo solté y me marché en silencio.
-¿Quién se cree que es? Por su culpa muchos de mis amigos están muertos. -gritó furioso. -Luchamos por la paz y ella la destruye en un segundo.
-Ambos sabemos quién destruyó más ese día. -no me justifiquen, no me justifiquen, no lo hagan. -Ellos sabían que la capital estaba repleta de ciudadanos sin evacuar y aún así continuaron, el país completo lo estaba. -es cierto... la capital tuvo un mayor número de sobrevivientes gracias a mí y ni siquiera me importa. -Tú sabes quién es el enemigo aquí.
-Y tú me amenazas con regresarme allí. -murmuró para sus adentros. -eso no le da el derecho de...
-¿Hacer su trabajo? -él no comprendió a lo que se refería. "¿qué trabajo?" Se preguntó durante todo el día, necesitaba saber y era bueno con la persistencia. -debes comportarte, sabes cual fue el trato. Si no lo haces por ti, hazlo por ellos. -Vio a sus amigos preocupados ante su estupidez. Ya habían pasado por muchas cosas como para volver atrás. Eruca estaba ardida. Lo tomó del cuello de su camiseta negra y esta comenzó a quemarse progresivamente. -será mejor que todos ustedes comiencen a mover sus putas piernas en silencio hacia la casa. -lo soltó y se colocó los guantes.
-Amo cuando te pones así de ruda. -le susurró el baboso de su novio al oído mientras avanzaban.
-Cállate... -dijo avergonzada de su comentario.
Cada uno llevaba una valija con sus pertenencias básicas, a los días llegarían las próximas y por fin sería una mudanza definitiva.Diez putos nombres que aprender... simplemente no sabía cómo lo haría.Me quedé en mi habitación meditando. Recuperé la consciencia al haber llegado al pórtico. Espero que no haya asesinado a nadie. Reí. El olor a plumas era intenso, debo acostumbrarme.
Escuchaba al idiota hablar y hablar sin parar por lo que me decidí en bajar a ver que ocurría. A veces tener los sentidos muy desarrollados no es lo mejor. Parecía una campaña presidencial.
-Muy bien, el día de hoy será completamente suyo, -habló Aramis en el salón principal. Descendía sin hacer un solo ruido mientras los reclutas me observaban en silencio. Shh... no me delaten, les hacía señas -hagan lo que deseen y si quieren, conozcan los alrededores. Mañana a las quinientas horas comienza su entrenamiento. Los que tengan intenciones de aprender más sobre ciertas cosas en batalla o sobre lo que sea que tengan dudas y mi conocimiento pueda ayudar, estaré en la biblioteca listo para responderlas lo mejor que pueda. -se hacía respetar. A Chispitas la volvía loca por dentro verlo como todo un general. Ambos se divertían, se distraían un momento de la nube de problemas que traía conmigo. Avancé hasta pararme a su lado, realmente estaba concentrado en su discurso que no notaba mi presencia. -Las áreas de entrenamiento están disponibles a toda hora y las habitaciones, espero sea obvio, que tengan seguro, no está permitido el ingreso sin autorización de Eruca o mía. -caminaba de un lado a otro con voz firme. -Se los llamará a comer en sus respectivos horarios, deben presentarse aunque no tengan apetito... será como tomar asistencia. Las misiones se asignarán dentro de dos días.¿alguna duda?
-¿Acaso perteneces a la derecha o eres zurdo? -reí cruzada de brazos. Algunos reclutas rieron, pero eso no alcanzaba para borrar la primera mala impresión que dejé. Aramis suspiró tranquilo.
-Pueden retirarse. -dijo y ellos se esparcieron en todas direcciones.
-¿Te sientes mejor? -dijo preocupado.
-Sí, el olor a plumas fue intenso, eso la trajo.
-Debes hacer algo con ella, está fuera de control. -como si no lo supiera genio.
-Ella sólo está... -no hallaba la palabra correcta para ese sentimiento.
-Molestando. -¿así lo veía él realmente? una molestia... ella era una molestia, yo lo era.
-¿Hablas en serio? -no le permití responder. Me fui al área de entrenamiento para descargar esa frustración.
Sé que soy una carga, pero no hacía falta que me lo recordaras ¡idiota! Bajaba las escaleras un poco ofuscada con ganas de golpear algo.
-Así que te dignas en aparecer. -habló el idiota de esta mañana, creo que su nombre era Lissandro. Él estaba acompañado de una chica alta de unos veinte, piel morena y ojos celestes cerca del cuadrilátero de los elementos. Veía sus intenciones de entrar allí incluso sin el permiso de Aramis. Mal inicio.
-Lo que me faltaba, un virgen puberto con aires de grandeza jugando con los juguetes de otro.
-Por lo menos no soy una desquiciada que disfruta de la tortura ajena. -odio. Quería herirme.
-Prefiero ser esa maldita desquiciada que salvó tu trasero de morir agonizando a no tener bolas -guiñé un ojo. -dudo que algo como eso pueda conmigo -miré sus pantalones. Reí silenciosa y él no supo que responder, pero me daba la sensación de que pronto me lo devolvería...
 

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