Capítulo IV: No hay ruta

Las crónicas de Ninque

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Habían caminado durante días con la misma rutina, no habían variado su dirección en todo el tiempo. Su lógica era simple; si caminaban recto, jamás lo harían en círculos. Por lo que, tarde o temprano, a algún punto en concreto deberían llegar, de eso no les cabía la menor duda.
Aquel día era un tanto tenebroso, una profunda niebla había embaucado a las llanuras, y apenas se podía ver a cien metros de distancia. Aunque cien, doscientos o trescientos metros de visión poco importaban allá, dado que el paisaje se había tornado totalmente igual, no habían puntos en los que coger ningún tipo de referencia, el terreno plano, sin vegetación, sin construcciones,... Totalmente virgen.
Saagi levantó la mirada nuevamente, posicionando su mano en posición estirada en sus cejas, tratando de vislumbrar algo entre aquella especie de extraña niebla, la cual llevaba una luminosidad increíble, y un calor sofocante.
-Dios mío... Yo no creo que esto sea niebla.- Habló Ninque mientras se sentaba en el suelo un momento a tomarse un respiro.
-¿Y entonces, si no es niebla, qué es?- Le preguntó su amigo.
-No lo sé, ¿tierra? Es muy marrón, y no hay humedad...-
-¿Cómo va a ser tierra? ¿Y qué hijo de satán habría levantado esta polvareda?-
-No sé Saagi, no me hagas caso, estoy muy cansado.-
Ambos se sentaron en el suelo, sin mediar más palabras, tan sólo mantuvieron la mente en blanco, con la mirada ausente, sin percatarse del tiempo que iba en su contra, ni de todos los factores que iban a hacer de su vida un auténtico infierno.
Si en algún momento escucharon un silencio absoluto, ese era el momento preciso y justo para haberlo hecho. No existía la más mínima señal de vida, el sonido había muerto, y el silencio se había adueñado de aquellos parajes sin remordimientos.
-¿Oyes eso?-
Poco a poco, en ese increíble silencio, empezó un extraño ruido a sonar, ¿caballos? No estaban seguros a ciencia cierta de qué estaban escuchando, pero ambos, sin más, se levantaron y comenzaron a caminar, curiosos, con las manos en tensión, y la cabeza levantada, como perros de caza cuando van a detectar a la presa.
Aceleraron su ritmo, a pesar de ya no tener casi fuerzas para andar después de todos los días que llevaban fuera de su hogar. Nada les iba a hacer retroceder, bajo ningún concepto iban a dar media vuelta y regresar a allá de donde vinieron.
Sus oídos se afinaron y cada vez sintieron el ruido del galope de los caballos, se sentían vivos al fin, se sentían enormes, extraordinarios de haber hecho un hallazgo que, aunque no grande, era el mejor que habían hecho en muchos días, sin duda alguna.
Ninque miró al suelo por un momento, y una nauseabunda y asquerosa mano, agarró su tobillo.
Dio un grito inmensamente grande, tanto que el mismo Saagi se asustó también, y con el impulso que fue agarrado por esta roñosa mano, cayó al suelo.
-¡AAAH! ¡CIELO SANTO! ¿¡Qué ha sido eso!?- Gritaba Ninque en el suelo, corriendo hacia atrás a cuatro patas.
-¿Pero qué te ha pasado?-
Ya no existía ninguna mano. Tal vez, Ninque se lo habría imaginado todo, a pesar de que no había ninguna piedra.
Sin pensárselo demasiado, retomaron rápidamente el camino, notando como el viento se hacía contínuamente más fuerte, y unos gritos, graves y realmente imponentes, sonaban de fondo, como los violines de un acto de burgueses.
Ninque miró continuamente hacia atrás, y ahora procuraba no mantener los pies en el suelo por mucho tiempo seguido. Probablemente, si hubiese sabido volar, lo hubiese hecho.
En no mucho tiempo, la polvareda del aire se disipó poco a poco, dando paso a una sombra lejana, que parecía ser de donde provenían aquellos ruidos de galope, y pronto distinguieron otro sonido de rozar el suelo. La sombra se fue haciendo más grande, y a medida que se acercaba, se dividía en otras siluetas.
Ambos entrecerraron los ojos, no sabían exactamente qué pensar. Y pronto, muy pronto, observaron cómo decenas de carretas tiradas cada una de ellas por dos o cuatro caballos, venían a toda velocidad hacia ellos.
-¿Carretas?- Dijo para sí Ninque.
Saagi adelantó varios pasos, esperando vislumbrar algo. Cuán fue su cara de asombro, sin duda, un verdadero poema, cuando observó que misteriosamente, las carretas, no llevaban ninguna clase de conductores. ¿Era una mala observación de Saagi, o eran decenas de caballos desbocados sin rumbo alguno?
Observaron fácilmente que los caballos no tenían intención alguna de cesar su increíblemente rápida marcha. Pero lo mejor vino después, cuando una enorme sombra, gigantesca, cubría lo suficiente el sol que había por encima de aquella extraña niebla. Una extraña forma, que jamás habían visto, y sin duda, no era nada inerte, ya que llevaba consigo unos increíbles y rápidos movimientos, que contínuamente hacían que se acercase cada vez más y más hacia su posición.
-¿P...p...pero...q...qué es eso!?- Gritó Ninque con suma desesperación, entre un viento y tierra levantados que estaba dañándole los ojos.
-¡¡Yo no me quiero quedar a averiguarlo!!- Le respondió a su amigo, tirándole entonces del antebrazo. -Saltaremos a las carretas, no me sueltes por nada del mundo.-
Ninque tenía mucho miedo, y aunque Saagi también estaba harto, apunto de echarse a llorar por semejante presión, era él el que debía ser fuerte por los dos, así que se metió en su papel, se endureció como una roca, e hizo que Ninque se sintiese un poco más seguro de lo poco que lo estaba ya.
-¡¡En cuanto lleguen al lado nuestro, salta y agarrate muy fuerte a los laterales, con todas tus fuerzas!!- A Saagi estaba apunto de llevársele el viento que se había levantado, sin duda, en cuestión de minutos, aquello había cambiado súbitamente.
Ambos se agarraban fuerte uno al otro, deseándose suerte sin mencionarla, esperando cautelosamente y acercándose a la ruta que seguían los caballos, para apartarse y seguidamente, aferrarse como si les fuese la vida en ello.
Y cuando por fin estuvieron cerca de los dichosos animales, se apartaron, con el tiempo justo para saltar.
-¡¡Vamos!! ¡¡¡AHORA!!!!-
 

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