LA SECTA DE RAMMSTEIN

Géneros: Fantasía

Existe una secta peligrosa al otro lado del río, donde habitan espíritus, hadas negras, vampiros y demonios. ¿Qué harías si no tuvieras otra opción que la de ir para salvar tu futuro?

PREFACIO

LA SECTA DE RAMMSTEIN

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1820. Año del dragón según la astrología china.
 
   Sólo tenía diecisiete años, y ya había sido testigo de varias atrocidades humanas. Su nombre era Margaret. Aquella alma perdida llevaría consigo un secreto que no debería decir ni oír. 
 
   Su atuendo, completamente gris, consistía en una pelliza muy sofisticada y un abrigo largo forrado de piel con mangas abullonadas y ceñidas desde el codo hasta los nudillos. De pie e inclinada, tenía los codos recargados al borde de un ventanal de cristales opacos. Nada se veía, a excepción de su reflejo. Aunque en todas partes había espejos mugrientos y cuadros estropeados, colgados en cada una de las paredes agrietadas.
  
   Su plan era salir de aquél lugar para siempre.
 
   Durante una hora después, fue inevitable que llegasen a ella ideas terribles. Pensamientos atroces rondaban hacia su cabeza de cabellos revueltos y sucios; se obsesionaba por saber si lo mejor era suicidarse. Pero estaba casi segura de que, quizá, le convendría arriesgarse a la precipitada e inhóspita realidad: el mismo destino al que estaba condenada para siempre.
 
   —Siento tan repentina tu huida —dijo el ama de llaves, a espaldas de Margaret.
 
   —No se trata simplemente de huir, es hacer que las cosas pasen, y que dejen de hacer tanto daño.
 
   —Todos aquí sabemos lo malo que es adentrarse a la garganta del bosque. —Suspiró y luego prosiguió—: Espero lo logres, querida.
 
   —Espero lo mismo.
 
   «No es culpa del bosque —pensaba reiteradamente Margaret—, nadie es culpable».
 
   El ama de llaves dio media vuelta y se marchó. A los pocos minutos regresó. Extendió sus arrugadas y temblorosas manos a aquella joven ensimismada, y le ofreció un objeto cuadrado envuelto en papel.
 
   —Tome esto, señorita Margaret. Le esperará un chico en cuanto logre atravesar el lago, responde al nombre de Johan —dijo con suma lentitud.
 
   Dieron las seis en punto, y, con tal cuidado, Margaret se dirigió a la única puerta que había alrededor; le procedía un salón desagradable, con unas veinte o treinta camas de hospital (todas estaban vacías y al revés).
 
   Continuó caminando, mientras llevaba bajo su ropa, con máximo recelo, lo único que le daba fuerzas para escapar: un collar poderoso. Y, en el bolsillo derecho del abrigo, tenía un viejo papel, que contenía una frase escrita en tinta azul, que decía: «El tiempo nunca es mucho ni poco, pero se puede ahorrar si se quiere llegar pronto».
 
   Margaret estaba decidida: escapar era la mejor idea que había tenido desde su nacimiento. Lo había planeado desde hacía años, aun con todo el temor de fracasar. Nada había para perder. Sus ojos reclamaban no ver más de lo que ya habían contemplado con agonía y crudeza. Su alma estaba cargada.
 
   —Señorita Margaret —dijo una vocecilla en un tono casi inaudible, entre la oscuridad que ya se había acostumbrado. Se volvió en sí, y vio a un pequeño de no más de seis años a escasos centímetros de detrás, mientras ella atravesaba las puertas de un enorme vestíbulo, con algunas antorchas encendidas en las esquinas.
 
   Margaret utilizó el lenguaje de señas, y le explicó que debía salir a tomar una manzana del árbol.
 
   —¿Cuál de todos los árboles, Margaret? —preguntó tiernamente, conservando el tono bajo al hablar.
 
   De pronto, Margaret empezó a temblar desde la nuca hasta la quijada. Quería irse sin dar explicaciones. Pero lamentablemente, se le había presentado un obstáculo apenas sin haber llegado a la mitad del camino. Por consiguiente, volvió a hacer señas, explicándole que Aurora (la ama de llaves) le había encargado una tarea especial, que sólo ella podía cumplir.
 
   —Te esperaré hasta que regreses —dijo el niñito, y luego desapareció, escuchándose sus pisaditas alejándose entre ecos.
 
   Siguió caminando, en la oscuridad. Como si pudiera ver claramente, abrió una última puerta, muy cuidadosamente. Era un gran pasillo a lo largo, con una superficie extrañamente ascendente, y que al final se podía entrever una luz esmeralda. Prosiguió, a grandes zancadas pero con extremo sigilo. Luego se puso a hurtadillas, cuando llegó a unas escaleras, donde continuaría subiendo.
 
La oscuridad se hacía más poderosa al avanzar, y la iluminación que había al fondo era más seductora que nunca. Sin otra percepción que sus manos y pies entorpecidos, entre la fría y áspera pared y los charcos de líquido por doquier, podía oír su corazón estrujarse con fuerza, mientras el más minúsculo chapoteadero se volvía inaudible a sus pisadas, y se contenía para no exagerar la respiración agitada.
 
Lo logró. Y en aquel sentimiento de victoria y terror, la única iluminación se apagó, esfumándose por completo. Y en el último escalón que hubo sentido con sus manos, al presentir lo que podía ser un final perfecto, se detuvo. Agudizó el olfato, y abrió la boca para expirar e inhalar varias veces. Era un olor tan repugnante, moribundo y metálico, que le hizo dar un respingo: escurría sangre. Se enderezó, y colocó un pie sobre el último escalón.  
 
  Pronunció unas palabras, como en un dialecto inventado. Y entonces apareció, en toda la oscuridad inmensa, una leve luz que empezaría a entrar por debajo de lo que parecía una puerta enorme, que luego se extendería como dibujando una estela de luz, lo que parecía una señal para mostrar la forma del marco de una puerta.
  
   Era lo bastante tentador y ridículamente peligroso, después de todo el esfuerzo y cuidado que había dedicado, como para salir corriendo triunfalmente hacia la libertad. E, inmediatamente, se escuchó un silbido, y alguien dijo:
 
   —¿Qué me prometes si no vuelves antes del amanecer?
 
   Era la voz de un chico, pero no era visible ni para Margaret.
  
   Margaret volvió a hacer un lenguaje de señas, y luego asintió.
 
   De pronto, la puerta se abrió lentamente. Y entonces aparecieron unos enormes ojos rasgados, verdosos y brillantes, en una esquina. Era un chico, con un costal en la cabeza, que tenía una abertura para mostrar solamente la mirada. Margaret dio unos pasos, antes de que aquel volviera a hablar:
 
   —Me dijo Hunter que saldrías por manzanas, sé que no es verdad, sé que quieres huir. Lo he visto todo. —Margaret no respondió, pero tampoco se detuvo a avanzar. Añadió—: Te comprendo, este no es un lugar para sobrevivir. Pero te necesitamos más de lo que tu deseas salir.
 
   Margaret hizo una seña.
 
   —Si sales, será como si nunca hubieras estado —insistió.
 
   —Pero… si me quedo… será como si nunca hubiesen luchado —dijo Margaret en un tono muy bajo.
 
   Un ruido, como de varios silbidos, estremecieron a Margaret. Algo se apresuraba a llegar desde el camino que había dejado atrás: Vladimir había despertado.
 
   No lo pensó dos veces, y se escabulló hasta sentir los escasos centímetros entre su cuerpo y la puerta, imaginándose, al momento, que se cerraría y la partiría en dos, pero lo único que podía hacer era elegir la esperanza que encontraba en sus pies: correr, como si su vida dependiera de ello.
 
   ¡Lo logró, sin un rasguño! Y las transparentes lágrimas recorrieron su rostro pálido y redondo, lleno de mugre y sudor. Sus mejillas se enrojecieron junto a sus cabellos lacios, que cambiaron de color y, a la vez, se enredaban con el golpe del viento.
 
   Desaceleró, pero sin dejar de avanzar, luego de haber recorrido un poco más de medio kilómetro, para mirar sobre su hombro. Tenía detrás una vista increíble: una mansión que ardía en llamas.

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