Capítulo 0

La verdad secreta

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Sus dedos trabajaban a mil por hora mientras se encontraban frente a la pantalla de aquel enorme aparato. El sudor corría por sus frentes mientras dos hombres, de aproximadamente treinta y ocho años, intentaban desesperadamente ganarle a una cuenta regresiva de veinticinco segundos. Una cuenta que disminuía a paso lento, pero seguro hacia su inminente destino.
Aún así, con ese poco tiempo de sobra, lograron ganar aquella carrera; el aparato soltó todo el aire que contenía en su interior de manera suave y progresiva.
Ambos, con el alivio de haber desactivado un explosivo de aire comprimido capaz de destruir el edificio, se sentaron en el suelo y suspiraron largamente. Y para liberar un poco la tensión, el más delgado de ellos, cuyo nombre era Abrah, le extendió el puño de manera amistosa a su compañero Yakson. Este, quien acomodaba sus largas y extensas patillas, decidió responder a su seña con una sonrisa en el rostro, de manera que pudo relajar su ejercitada musculatura.
Pero el descanso no les duró por mucho. Un pequeño dispositivo circular que colgaba en la cintura de Yakson comenzó a reproducir una voz femenina:
—¿Abrah? ¿Yakson? ¿Están ahí? —se escuchaba desde el pequeño aparato— ¿Cómo van con el explosivo?
—Ya terminamos —dijo el hombre, quien tomó el aparato y lo llevó cerca de su boca—. Ya desactivamos el del “Gran molino” y ahora el de este molino de apoyo ¿Hay alguna noticia sobre Malfrei Poptrop?
—Solo malas —le contestó la voz del otro lado—. Todo el planeta de Stella Amoris lo está buscando, pero es como si se lo hubiera tragado la tierra. Desapareció apenas nos dimos cuenta que él puso las bombas. Y aún hay más.
—¡Ese maldito canalla…!
—¿Qué otra cosa sucede con él? —intervino Abrah, acercándose al artilugio de Yakson.
—Acabamos de enterarnos que dejó un tercer explosivo. Está en el segundo molino de apoyo, al otro lado del principal.
Yakson, del enojo, estuvo a punto de estrellar el aparato contra el suelo. Pero antes de que eso sucediera, Abrah se lo quitó de la mano y continuó la conversación:
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Creemos que tres o cuatro minutos, pero no estamos seguros. Además, es probable que haya hombres de Poptrop esperándolos dentro. Puede que sea muy arriesgado que intenten desactivar el aparato.
Ambos compañeros se miraron, casi esperando a que el otro le concediera una respuesta ante aquel problema. Era cierto que arriesgaban sus vidas ante la posibilidad de no detener la bomba, pero no intentarlo podía llevar a una consecuencia más grave: reiniciar una etapa de desgracia en el mundo.
—Debemos hacerlo —respondió Yakson al fin—. El gran molino quizás pueda sostenerse ante una onda expansiva de tal magnitud, pero es muy probable que reciba daños irreversibles de todas formas. Si el molino deja de funcionar, las ciudades hermanas quedarán sin agua y sin recursos de nuevo. No podemos arriesgarnos ¡Todo Stella Amoris depende de nosotros!
—Bien. Entonces, por favor, cuídense. Son lo mejor que tenemos.
—Lo haremos, no te preocupes.
Cortaron la comunicación y cuando salieron, a punto de ir al tercer molino de agua, vieron a un gran grupo de personas que se encontraba a unos quinientos metros, lo que consideraba una distancia segura. Allí podían ver a la fuerza policial y militar de todo el planeta, esperando por su regreso.
Lejos de agregarles presión a los combatientes, los aliviaba. Todos confiaban en que iban a lograrlo.
Ante la posibilidad de encontrarse con guardias de Malfrei Poptrop, ambos ajustaron sus armas al cuerpo y se largaron a correr: mientras Yakson guardó su mediana espada en el estuche de su espalda, Abrah enganchó a su cintura una ballesta de aire comprimido que simulaba ser una pistola.
Con la velocidad que poseían, característica únicamente de los guerreros de aquel mundo, no tardaron más que unas décimas de segundo en alcanzar dicho lugar. Y una vez que ingresaron, observaron fugazmente su entorno: era una enorme habitación que contenía grandes engranajes y, de manera aleatoria, muchas cajas de madera. Estas no tenían un orden de distribución exacto y la mayoría de ellas se encontraban apiladas a los costados de la entrada.
Por último, lo que más les llamó la atención fue su lugar de destino. Detrás de una barricada hecha de más cajones, se ubicaba el enorme dispositivo explosivo, igual a los que habían desactivado.
—¡Cuidado! —dijo Abrah mientras empujaba a su compinche hacia un costado. Acto seguido, sacó el arma de su cintura y disparó fugazmente contra dos hombres de campera negra que habían iniciado fuego contra ellos, cubiertos detrás de unas cajas.
Aún así, eso no iba a ser suficiente, porque el ataque había comenzado desde todos lados. Eran alrededor de quince personas que resultaron estar escondidas y que dispararon sin pensarlo a aquellos que se disponían a salvar el molino.
No obstante, no tenían tiempo de enfrentarlos a todos; con su impecable destreza y velocidad, eludieron todos los ataques y avanzaron rápidamente hacia la barricada, donde Yakson se encargó de abatir con su espada a aquellos que protegían la bomba.
—Tú entiendes mejor cómo funciona. Desactiva este aparato ¡Yo te cubro! —dijo Yakson mientras mantenía la espada en alto detrás de la barricada.
—Toma entonces la pistola. Te van a servir más que a mí.
Abrah le lanzó el arma a su compañero y este retuvo a los enemigos como le era posible, cortando a los que se acercaban y disparando a los que estaban lejos. Entonces, como ya había hecho anteriormente, Abrah se arremangó y se fue directo a la pantalla de comandos del explosivo, que tenía una cuenta regresiva de un minuto.
El hombre, a pesar de que los nervios no lo dejaban pensar del todo, sabía que solo era cuestión de mantenerse concentrado ante lo que tipeaba en el teclado. Ya lo había hecho dos veces y podía hacerlo una vez más. Solo necesitaba ser constante mientras su compañero se encargaba con audacia del enemigo.
O por lo menos eso creyó.
De manera inesperada, el monitor donde Abrah introducía los comandos fue atravesado por un disparo de flecha; al voltearse, pudo ver que la barricada cedía ante las potentes armas contrincantes, pues sus puntiagudos proyectiles estaban perforando y destruyendo las cajas.
—¡No, no, no! ¡Mierda! ¡No puede ser! —gritó Abrah mientras apretaba todos los botones del teclado, sin recibir respuesta alguna.— ¡Yakson, debemos irnos ya!
—¡Hago lo que puedo! —contestó su compañero, desesperado.
Pero fue inútil. Los hombres de campera negra derribaron lo que quedaba de la barricada y quedaron enfrentados a sus víctimas. Abrah, quien había quedado desprotegido, tomó rápidamente la ballesta de un guardia abatido, pero luego entendió que todo había acabado. Al frente y desde diferentes ángulos, ambos estaban acorralados por veinte reclutas armados.
—No se preocupen, somos los últimos seguidores de Poptrop —dijo con una sonrisa burlesca el sujeto más cercano, quien parecía ser el líder—. Entréguense a él y apagaremos el explosivo.
Ninguno de los combatientes contestó. Ambos eran conscientes de que sus enemigos no iban a poder apagarlo por más que quisieran. Por lo tanto, si querían sobrevivir, debían entregarse y salir de aquel lugar inmediatamente.
Se quedaron inmóviles pensando en las casi nulas posibilidades que tenían de escapar de las garras del nefasto Malfrei Poptrop. Y luego de mirar un poco su entorno, buscando aunque sea una mínima nueva oportunidad, decidieron que había una sola opción.
Esta vez tocaba ceder.
—Espero sea cierto que son los últimos hombres de Poptrop… —dijo Yakson, quien comenzó guardar su espada en su estuche, a modo de rendición. Sin embargo, cuando los hombres estaban por capturarlos, Yakson dijo sus últimas palabras—… porque ninguno de ustedes volverá a quitarle la paz a Stella Amoris.
Acto seguido y teniendo el impulso suficiente desde su espalda, Yakson lanzó su espada con todas sus fuerzas hacia la montaña de cajas que se ubicaban al lado de la entrada; y de manera casi simultánea, Abrah disparó con el potente artefacto hacia el mismo sitio. De esa manera, lograron que la pila de cajones se desmoronara y bloqueara por completo la puerta, algo que los mismos guardias miraron con terror.
A diez segundos de la inminente explosión, los combatientes sabían lo que habían hecho. Todos habían quedado atrapados en el molino.

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