PRIMERA PARTE - Capítulo 1 - Grandes amigos

La verdad secreta

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Luego de escapar de una clase sobre la historia y sobre el pasado, Yeik había vuelto con mucha energía al presente, año 3026. Pues sabía que iba a encontrarse con sus inseparables amigos, Yésika y Gache.
Entonces, luego de devorarse por completo el almuerzo que su amiga le había prometido, los tres se dirigieron nuevamente a la gran academia estatal de Gaudiúminis. Ya eran las cuatro de la tarde cuando el trío se encontraba en aquel gigantesco gimnasio para tener su clase de magnen.
Esto consistía en un deporte de combate de habilidades libres, el cual se llevaba a cabo en decenas de círculos que estaban distribuidos en el suelo. Aquellas figuras de veinte metros de diámetro estaban repletas por alumnos que practicaban y combatían, aunque había otros que simplemente observaban desde las gradas que conectaban con el segundo piso del gimnasio.
Sin embargo, lo que más llamaba la atención en ese momento, era la pelea entre los tres grandes amigos. Yésika sostenía una espada en su mano izquierda y un brazalete en su antebrazo derecho. Y mientras daba saltitos rítmicos, llena de energías, se enfrentaba sola contra la veloz espada de Yeik y contra los puños de Gache.
 
—¡Maldición! —exclamó Yeik, luego de otro ataque sin éxito—. ¿Cómo logra cubrirse de nosotros dos?
Yésika dio una carcajada, satisfecha consigo misma. Era una luchadora completa en lo que ataque y defensa se refería. Una cualidad que no tenía nadie más en esa academia.
—¡Tendrán que doblar sus esfuerzos si quieren hacerlo mejor!
—¡Así será! —le respondió Gache, aceptando el desafío—. ¡Yeik! ¡A la cuenta de tres!
Gache era mayor que sus dos compañeros por un año. Si bien no era el mejor embistiendo a su rival, sí lo era a la hora de la defensiva.
Yésika, en tanto, no parecía comprender qué estaba a punto de ocurrir.
—¿”A la cuenta de tres”?
—¡Tres!
Luego de gritar el número, Gache inmediatamente se abalanzó sobre ella y comenzó a atacarla con gran velocidad. Ella, sin llevarse siquiera un rasguño, rechazó cada uno de sus golpes y embistió con su espada al costado de su atacante. Pero para su sorpresa, su amigo se agachó y la empujó con todas sus fuerzas. Consecuentemente, Yeik saltó sobre el hombro de Gache y obtuvo el impulso suficiente para un potente golpe sobre su contrincante.
—¡Veamos si te resistes a esto! —gritó Yeik en lo más alto de su salto. Esta vez tenía la total certeza de que finalmente podría vencer a Yésika. Aquel magnífico movimiento planeado no podía fallar. Pero cuando estaba por concluir su jugada, una voz retumbó en todo el gimnasio:
—¡Todos aquí, Ahora!
Yésika se hizo a un lado rápidamente y dejó que Yeik se estampara contra el suelo. No había tenido el tiempo suficiente para detenerse.
—¿Qué está esperando el resto? ¿¡Una invitación!? ¡Acérquense rápido! —volvió a escucharse. Era el entrenador de magnen.
Yésika y Gache ayudaron a Yeik a levantarse y se unieron a  la gran ronda, que rodeaba al maestro. Todos notaron que al lado del profesor se encontraba una presencia poco usual: era más corpulento que cualquiera de la clase. Su cabello era de un predominante color celeste y tenía unos intensos ojos azul marino. Pero lo que más se podía destacar de él era la expresión de seriedad que tenía en su rostro. Podía sentirse un aura de odio que irradiaba alrededor de él.
—Che ¿Y a este chico qué le pasa? —susurró Gache a sus dos amigos con su particular acento.
—No lo sé —le respondió Yeik—. Yo me preguntaría por qué está ahí.
Yésika puso los ojos en blanco. A veces no entendía cómo logró ser amiga de esos dos.
—Lo van a presentar —susurró Yésika—. Siempre sucede cuando viene alguien nuevo ¿No lo recuerdas?
Dicho y hecho, el entrenador comenzó a presentar al nuevo integrante:
—Él es Rai Apraiz —gritó para todos sus alumnos—. Vino a entrenar magnen aquí por su prestigioso nivel de combate. Así que espero que lo respeten y que tanto su nivel como el de ustedes sirva para que todos mejoremos ¿Quedó claro?
—¡Sí, entrenador! —se escuchó al unísono en todo el gimnasio.
—¡A trabajar entonces! —ordenó, haciendo que todos se dispersaran—. Recuerden que hoy trabajarán con la misma pareja durante toda la clase ¡Así que muévanse!
Gache volteó inmediatamente la vista hacia todas las direcciones, pero sus dos amigos ya habían desaparecido.
—Maldición. Me dejaron solo de nuevo —se quejó.
—¡Gache! —gritó el entrenador, dándole un pequeño infarto a Gache—. Vas a entrenar con Rai.
—¡Sí, entrenador!
El instructor desapareció y dejó a Gache con el chico nuevo que, luego de mirarlo con una gran repulsión, se dirigió a las gradas del gimnasio, en dirección al segundo piso. Gache dio un suspiro a modo de relajación. Mientras se dirigió hacia su nuevo compañero, susurró unas palabras para sí mismo.
 —Bienvenido... Señor simpatía.
 
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Yeik y Yésika se miraron mutuamente ante el asombro. De pie, frente al salón de clases, Rai les devolvía a todos una mirada seria cargada con la misma aura oscura que habían percibido el día anterior en el gimnasio.
—Hoy les quiero presentar a un nuevo alumno, quien será su compañero por el resto del año.
Ninguno de los dos esperaba que él también formara parte de su rutina diaria de clases.
—Su nombre es Rai Apraiz, como algunos sabrán —continuó la mujer—. Espero puedan integrarlo a su grupo de estudio. —Luego volteó la mirada a Rai y, con una sonrisa en el rostro, concluyó—. Bienvenido, puedes ir a sentarte.
Sin pronunciar absolutamente ninguna palabra, el nuevo alumno fue con cierta lentitud a ubicarse en un asiento de al lado de Yésika. Yeik pensó en ese momento que Gache le susurraría algún chiste si estuviese en su misma aula, pero al ser un año mayor que sus pares, se encontraba en otra aula.
La maestra estaba a punto de comenzar a dar la clase cuando unos pasos apresurados resonaron afuera del curso, seguido de un tropezón por detrás de la puerta. Ante el alboroto, todos voltearon a mirar en la dirección donde se escuchaba el sonido.
—No seas idiota —escucharon de una voz femenina—. Cálmate y no hagas el ridículo. Será tu primer día aquí. Tienes que dar una buena impresión, pequeña Arlet ¿Cómo está mi pelo? ¡Maldición! Me lo desacomodé... espero no se note tanto.
La puerta se abrió suavemente y una chica de aspecto adorable se mostró con una pollera y camisa mangas cortas con encajes blancos.
—¡Buenos días profesora! Perdón la tardanza —saludó con entusiasmo.
La maestra casi se olvidaba de que iba a tener una nueva visita.
—¡Oh! ¡Llegaste! ¡Entra, por favor!
Con un libro en brazos y con una sonrisa deslumbrante, se puso al frente de la clase junto con la profesora. Todo el curso la observó en silencio.
—Ella es Arlet Trápaga —la presentó la maestra, acomodando sus lentes—. Ella también los acompañará el resto del año.
—¡Hola a todos! —dijo la chica entusiasmada
A diferencia de Rai, ella emanaba mucho optimismo desde su pequeño cuerpecito. Combinaba perfectamente con su dulce sonrisa y sus llamativos ojos color amatista. Pero al parecer, eso no había sido suficiente para romper el hielo. Nadie le había contestado.
—Ve a sentarte, Arlet —concluyó al fin la maestra, para poder comenzar la clase.
Arlet obedeció. Pero por más que intentó simular optimismo, su expresión había cambiado notablemente. Comenzó a caminar en dirección al asiento más cercano mientras miraba el suelo, molesta.
—Te dije que no hicieras el ridículo —gruñó para sí misma— ¿No podías esperar aunque sea a tu segundo día?
De repente, cuando estaba por llegar a su pupitre, una mochila tomó por sorpresa a uno de sus pies y la hizo tropezar torpemente.
—¡Ey! ¿Estás bien?
Cuando Arlet pensó que sin duda había comenzado con el pie izquierdo, pudo notar una mano dispuesta a ayudarla. Ella la tomó con cierto alivio y, al elevar su mirada, vio unos grandes ojos celestes y una cabellera de color azul.
 —Eso creo —respondió—. Gracias por preguntar…
—Yeik Lix—se presentó—. Mi nombre es Yeik Lix. Un gusto.
 
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(Capítulo 1.2)
 
El recreo había llegado, lo que significaba que Yeik y Yésika habían ido a buscar a Gache para pasar el rato, como era su eterna costumbre. Él, como siempre, se encontraba en el jardín de la academia, recostado sobre una piedra de gran tamaño. Decía que le daba firmeza para dibujar y anotar lo de siempre en su cuaderno: garabatos que sus amigos jamás lograban comprender.
—¡Vamos, Gache! —insistía Yeik—. Dime qué es eso ¡Parece interesante!
—¡Ja! ¿No que les aburrían mis explicaciones? Ahora se aguantan —contestó su compañero.
No satisfecho con la respuesta, Yeik se acercó a él y comenzó a zamarrearlo con tal de sacarle más información. Pero Yésika, contemplando un poco a Gache, inmediatamente notó algo que no era habitual en su compañero.
—¿No hace calor para andar abrigado, Gache?
—Cierto —añadió Yeik, quien paró de sacudir a su compañero—. Hoy te pusiste un buzo más grueso ¿Te sientes bien?
—Me enfermé anoche. Ando con un poco de fiebre. Ya saben... frío, calor... solo eso —concluyó el canoso cerrando su cuaderno rotundamente—. ¡En fin! ¿Qué tal la clase? ¿Aprendieron cosas nuevas o se estuvieron mandando mensajitos de amor como siempre?
—¡Gache! — reclamó la muchacha, dándole un suave puñetazo en el hombro.
—¿Qué? Es lo que siempre hacen cuando paso por su aula.
—Bueno, puede que tengas razón — intervino Yeik con una pícara sonrisa en su rostro—. Solo que esta vez no mandó tantos como de costumbre, ya que estaba muy ocupada explicándole a Rai todo lo que le preguntaba.
—¡Yeik! ¡No ocurrió tal cosa! —Esta vez la joven lanzó un puñetazo suave a su otro amigo.
—¿Ese chico está en su clase? —dijo Gache de manera algo despectiva, alzando una ceja—. Pensé que solo había venido a la academia por magnen.
—Al parecer será nuestro compañero por el resto del año. Así que Yésika estará muy ocupada con él —continuó Yeik, echando más leña al fuego.
No obstante, Yésika no iba a quedarse atrás:
—De igual manera yo esperé todos esos mensajes que Yeik siempre me mandaba —contraatacó la chica con tono acusador—. Pero él estaba muy ocupado dándole los apuntes que le faltaban a Arlet.
— ¿Arlet? —interrumpió Gache—. ¿Quién es Arlet?
—Es una chica nueva que entró hoy a clase —le aclaró Yésika—. Aunque parece un poco... rara... ¿No te parece, Yeik?
—Un poco quizás —respondió tomándose la barbilla—. Y hablando de eso... ¿Dónde estará ahora?
 
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Adentro de un aula, se encontraba Rai mirando el reloj de pared atentamente. Y a dos asientos de distancia se encontraba Arlet, quien no podía evitar mostrarse nerviosa por no saber cómo actuar.
Luego de unos cinco minutos en silencio, decidió romper el hielo:
—¡Hola! ¡Me llamo Arlet! Un gusto.
—Ya lo sé. Lo dijiste al frente de toda la clase.
 
La joven quedó sin palabras, pero volvió a insistir:
 
— Emmm... ¿E...eres nuevo aquí?
—¿Realmente te importa?
 
Luego de mirarla con desprecio, volteó nuevamente al reloj, como si estuviera esperando que algo sucediera. Aún así,a Arlet prosiguió a su tercer intento de generar una conversación.
—¿Por qué no sales al recreo?
—¿Acaso te parece que conozco a alguien de esta academia? —contestó Rai con cierta irritación.
— Bueno... yo tampoco conozco a nadie —intentó convencerlo—. Podríamos hacer algo afuera.
A pesar de su probable buena idea, su compañero no hizo más que mirarla con aún más desprecio:
—¿Me hablas en serio? ¿Hacer algo afuera?
—¿Cuál es el problema?
— ¿Sabes? —dijo refunfuñando—. Si vas a seguir molestándome con tus preguntitas mejor me voy afuera por mi cuenta.
Dando así por terminada la discusión, Rai se levantó del asiento y se dirigió directamente hacia la puerta de salida.
—¡Podrías haberme dicho que te estaba molestando y...!
El nuevo alumno ignoró a la chica totalmente y se fue dando un portazo. Decepcionada, ella dio un suspiro y dejó caer su cabeza sobre el banco.
—¿Por qué me…? —ella apretó sus puños, pero se relajó casi de manera inmediata—. No. Es temprano para rendirse, pequeña Arlet. Sé que vas a lograrlo, paciencia.
Y como si no fuera suficiente, la maestra asomó su cabeza por la puerta y le dio su primer reproche:
—Disculpe señorita, no puede quedarse aquí adentro durante el recreo.
—¡Oh! Emm… ¡Ya salgo maestra! — respondió disimulando su real estado de ánimo—. De hecho, me iba al baño. No se preocupe.
 
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— Hmm... Qué hambre que me agarró, che—concluyó Gache tomándose suavemente el estómago.
— Ahora que lo dices… —acompañó Yeik.
—También tengo hambre —le siguió Yésika— ¿Qué les parece si voy a comprar comida?
—¡Genial! Yo iré al baño hasta que vuelvas —dijo el de pelo azul con marcado optimismo.
Antes de que pudieran hacer algo, Gache apoyó la mano sobre su corazón dramáticamente, a punto de ponerse a actuar:
—¡Oh! ¡Qué casualidades que trae esta vida! Los pequeños tortolitos desaparecen al mismo tiempo ¿Qué acto de amor piensan llevar a cabo esta vez?
Yésika puso los ojos en blanco y dio un suspiro de resignación:
—Gache ¿En serio no te cansas nunca de hacer esos chistes siempre?
—Bueno... no tenía un plan en realidad. Pero si ella tiene alguno… —dijo Yeik siguiéndole el juego a su compañero. Yésika, en tanto, le clavó una mirada asesina.
—Realmente no me interesa qué es lo que vayan a hacer. —Gache abrió su cuaderno y volvió a sumergirse en sus anotaciones—. Solo traten de volver antes de que el recreo termine.
—No te preocupes, amigo. No la distraeré por mucho tiempo.
Luego de su cumplido, volteó a ver a su compañera y le guiñó un ojo. Yésika no pudo evitar sonrojarse y, mucho menos, lanzar un puñetazo directo al estómago de su compañero:
—¡Ya vete al baño de una vez!

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