Capítulo 2 - Nuevos... ¿Amigos?

La verdad secreta

visibility

263.0

favorite

1

mode_comment

1


La Academia Estatal de Gaudiúminis era una de las más grandes que existían en aquella ciudad, ya que ocupaba una manzana entera y contaba con tres pisos de altura. Pero lo que hacía que aquella estructura fuese tan agradable a todos lo que estaban adentro, era el gran y enorme jardín que se encontraba en el medio del edificio, que parecía un pequeño bosque arbustos y árboles de baja estatura. Todo eso era posible gracias a que el instituto poseía la forma de un gran coliseo.
Simplemente era maravilloso. Un edificio de tres pisos de gran altura que rodeaba de manera mezquina un bello y cuidado terreno repleto de flora muy variada.
Pero si bien a los alumnos en general les encantaba tener mucho espacio, no todos estaban de acuerdo con esa idea. En especial Yésika, que cada vez que tenía que ir a comprar comida a sus amigos debía atravesar todo el inmenso patio y adentrarse en uno de los edificios de la academia para llegar al único lugar en donde vendían algo para comer.
Luego de conseguir la comida, caminó de regreso a encontrarse con Yeik y Gache, usando los altos y largos pasillos de adentro del edificio mientras cargaba con los tres sándwiches. A pesar de que estos tenían su iluminación correspondiente, había ciertos espacios donde no podía vencer a la oscuridad; eso, sumado al eco que daban sus pasos y a un centenar de puertas sin abrir, le daba un aspecto bastante solitario.
Sin embargo, antes de que su camino se bifurcara, se encontró con una chica peliroja y pecosa, apoyada en una esquina, de uniforme desarreglado y con dos chuletas en el cabello que pretendían acomodar un poco su descuidada melena. Su nombre era Ali, quien tenía dieciocho años de edad y era una conocida alumna bravucona del último año, la cual siempre iba acompañada por sus dos fieles amigas. Sorprendentemente, ahora se encontraba sola.
—¡Ey! ¡Tú! —le dijo a Yésika, quien solo soltó un suspiro de resignación. Ya sabía lo que estaba a punto de venir:
—Hola, Ali —respondió, deteniendo su marcha—. ¿Sucede algo?
—Pues verás... hoy me olvidé de traer comida. Y estoy hambrienta ¿Podrías darme un sandwich?
—Aquí vamos de nuevo —susurró para ella misma. Luego siguió en voz alta—. Lo siento Ali, pero no son para mí.
—Hmm... Entonces veo que tendré que hacerlo por las malas.
—Argh, Ali, no. Por favor —dijo Yésika, fastiadada—. No tengo tiempo para esto.
Yésika quiso continuar su camino cuando este fue obstruido por Eli, quien con un cuerpo robusto y su peinado de hongo apareció repentinamente por una de las puertas y evitó cualquier tipo de espacio libre para avanzar. Yésika quiso tomar el otro camino, pero en este ya se encontraba Odi, una chica con uniforme desarreglado, cabello dorado y recojido.
Finalmente, Ali se puso a sus espaldas para terminar de rodearla y dar su ultimátum.
—¿Vas a darme tu comida o tendremos que quitártela?
Yésika, como si fuese un chiste de mal gusto, blanqueó los ojos y frunció el ceño.
—Bien, escuchen. Esto va a terminar mal para ustedes y lo saben ¿En serio van a hacer esto? ¿Otra vez?
—¿Te extraña? —resonó una voz en algún lado de los pasillos. A pesar de eso, nadie pudo identificar de dónde venía.
—Ahora... si hay algo que realmente no entiendo, son a aquellos padres que se toman el lujo de pagar una academia tan cara a sus hijas, pero no pueden darle dinero para un simple sándwich.
—¿Eh? —dijeron al unísino las tres chicas. De repente, Rai se encontraba ahora a solo unos metros de distancia de Ali:
—Al fin y al cabo, lo único que hacen es gastar un dineral para convertir a sus hijas en unas mugrientas delincuentes.
—¡¿Y este quién diablos es?! —dijo enfurecida la peliroja.
—¿¡Y quién se cree que es!? —le siguieron en conjunto las voces de Eli y Odi. Las tres bravuconas se voltearon y enfrentaron a Rai, quien no se inmutó en lo absoluto. Yésika, en tanto miraba algo intrigada lo que estaba ocurriendo, pudo notar perfectamente en su mirada que no estaba para bromas.
—Eso no les importa. Lo que importa ahora es saber quiénes se creen ustedes para tratar de enfrentar a la mejor combatiente de magnen de esta academia ¿Acaso son estúpidas?
La joven Yésika quedó sorprendida. No tan solo porque se dirigía a las matonas con una bravura que podía resultar bastante imprudente para alguien nuevo, sino también porque sabía quién era ella, a pesar de no haber siquiera practicado juntos.
Rai, quien había notado un reloj en lo alto de la pared que separaba el camino bifurcado, vio que una de las agujas llegara a las doce. Entonces, Rai comenzó a avanzar hacia Ali.
—Bien, es el momento —dijo Rai sin cambiar ni por un segundo su expresión de seriedad. Pero Ali no sedía tampoco. No iba a dejar que alguien la tratara así. Entonces, ella enfocó la enorme espada que él cargaba en su cintura y lo desafió
—¿Acaso crees que por tener una espada puedes intimidarme? —respondió instintivamente la bravucona—. Si te crees tan hombre ¡Pelea sin la espada!
—¿Espada? —respondió el de cabello celeste—. Ni siquiera la necesito para deshacerme de unas inmundas y patéticas bravuconas como ustedes.
—¡Vete al infierno!
Explotando del enojo, Ali le lanzó el puñetazo más fuerte que podría haber dado. Sin embargo, Rai detuvo el golpe con suma facilidad, tomando su muñeca con mucha fuerza y produciéndole un intenso dolor mientras se la apretaba más y más.
—¡Sueltame! ¡Maldito imbécil! ¡Sueltame! —chillaba mientras forcejeaba inútilmente.
—Como lo desees.
Sin pensarlo más, tomó la muñeca de la peliroja con su otra mano también, dio una vuelta sobre sí y la lanzó con una fuerza descomunal hacia Eli, que no pudo evitar ser arrastrada por la enorme fuerza que Ali traía consigo. Odi, en tanto, solo miraba espantada a sus dos amigas que estaban en el suelo. Y cuando quizo decir algo, notó que Rai la estaba mirando fijamente, por lo que decidió tragarse sus comentarios.
—¡LARGO DE AQUÍ! —le gritó el chico a la última matona que quedaba de pie. Sin más resistencia, las tres huyeron del lugar mientras insultaban a Rai en medio de un desesperado llanto. Él solo se limitó a verlas correr mientras fruncía el ceño Se tranquilizo lentamente mientras Yésika lo miraba con un inmenso asombro.
—De nada —dijo el nuevo alumno a la muchacha.
—Rai... No era necesario que te metas en un problema como este...
—No importa —respondió. Luego comenzó a alejarse mientras echaba un último vistazo al reloj de pared.
—Podría haberme encargado de ellas yo sola —insistió Yésika—. No tenías que...
—Lo sé —contestó Rai—. Pero no iba a ser divertido.
Corto de palabras, Rai abrió una de las puertas de aquel pasillo y desapareció del lugar. Yésika, sin entender mucho más de lo que había visto, dio un suspiro y continuó su camino, pero no sin ver antes el reloj de pared que tanto miraba su compañero:
—¡El recreo va a terminar! Debo apurarme.
 
 
 
--------------
 
 
 
Yeik finalmente había llegado a uno de los baños del instituto, listo para cumplir con sus necesidades. El lugar estaba totalmente deshabitado, por ende, era perfecto; se lavó un poco la cara, se miró un poco al espejo y justo cuando iba a entrar a una de las casillas para terminar con su labor, pudo escuchar desde adentro la voz de una chica que susurraba.
—Argh... el primer amigo que trato de hacer y ya me fue mal. Luego una quiere tranquilidad estando adentro del aula y la corren... Solo espero que nadie me moleste ahora.
—¿Arlet? —preguntó el de pelo azul, quien no tardó en escuchar un bufido como respuesta.
—Argh... lo que faltaba... ¿Qué diablos haces aquí?
—Y... supongamos que este es el baño de varones.
Silencio. Después de unos segundos, sonó el ruido de una mano estampándose contra una cara.
—¿Arlet?
—¡Ya! ¡Me confundí! —gritó la joven—. No hace falta que lo digas. Ahora dime si no viene nadie así puedo salir.
—No pasa nada Arlet. Puedes sa...
Yeik bloqueó la casilla inmediatamente cuando un grupo muy grande de chicos había entrado al lugar del hecho, justo cuando Arlet comenzaba a abrir la puerta. Para evitar problemas, Yeik apoyó su espalda sobre la puerta.
—¡Ey! ¡Chicos!—dijo con una enorme sonrisa en el rostro—. ¿Cómo están? ¡Qué alegría verlos!
Si bien la bienvenida del joven había sido muy calurosa, fue algo realmente inesperado para los que recién entraban. Ellos lo miraron extrañados mientras cada uno se dirigía a un punto estratégico de la habitación para cumplir también con sus necesidades. Todos lo hicieron, a exepción de un chico gordito, un poco más alto que él, el cual se quedó de pie frente al de pelo azul y su deslumbrante sonrisa. Él lo desafiaba con la mirada mientras un silencio incómodo comenzaba a rodearlos a ambos.
—Emmm... ¿Puedo entrar? —exigió el chico en cuestión al joven Lix.
—¿Eh? ¿A dónde?
—¿Al baño, quizás?
—¿Al baño? —dijo Yeik sin tener absoluta idea a qué se refería—. ¡Ah! ¿Te refieres a esta casilla? No, a esta no puedes entrar. Debes ir a los otros.
Pero no había otros. Todos y cada uno de ellos estaba ocupado.
—Emmm... y... ¿Por qué no puedo entrar...?
—Es que... hay alguien ahí —dijo, recordando inmediatamente que eso era lo único que no podía decir—. ¡PERDÓN! No hay nadie ahí. De verdad. Nadie.
—¿Entonces...? —preguntó el compañero, aumentando la apuesta. No se la iba a hacer fácil.
—Y... que... pues, porque... ¡Estoy por entrar yo a esa casilla! ¿No es obvio? ¡Por algo estoy al frente de la puerta!
Si bien la situación ya era extraña, los ruidos de fondo que los demás chicos producían le dieron el toque perfecto de incomodidad que le faltaba. Había demasiada tensión en el ambiente.
—Y... ¿Por qué no entras?
—¡Bueno, bueno! ¡Está bien! ¡Ya entro! ¡Si estás tan apurado...!
Y así jugó su última carta. Yeik abrió la puerta apenas lo necesario para poder deslizar sigilosamente su cuerpo hacia adentro de la casilla. Allí se encontró frente a frente con Arlet, en un espacio bastante ajustado. Los ojos de la muchachita parecían que se le iban a salir.
—¡Yeik! ¡¿Qué estás...?! —susurró cuando fue interrumpida por la inmediata mano de Yeik, que le tapó la boca. Luego de eso, comenzó con su actuación.
—¡Al fin podré estar en el baño! ¡Solo y tranquilo! ¡Sin nadie que me moleste!
A pesar de todo, sus esfuerzos no fueron suficientes. El tiempo pasaba y no hacía más que aumentar aún más la cantidad de chicos que querían hacer sus necesidades. Era típico, el recreo estaba por terminar y debían hacerlo. Y respecto al compañero gordito, éste no iba a quitarle el ojo de encima a la casilla de Yeik, pues eran demasiados chicos y ya habían comenzado a hacer fila. Así, mientras Yeik continuaba vigilando por una ranura invisible de la puerta, comenzaron los susurros nuevamente:
—Maldición, no vamos a poder salir.
—Ay no —dijo Arlet, cubriéndose la cara con ambas manos—. No puede estar pasándome esto en mi primer día de clases.
—Shhh... No te preocupes... tengo una idea. Solo no hagas ruido
Sin más opciones, Yeik recurrió a su arma secreta: la exageración.
Agarrándose el estómago, casi como si fuese un dolor real, dio un gemido de profundo dolor y comenzó a retorcerse, golpeando un poco la puerta. Los que se encontraban afuera esperando, miraron extrañados y con cierta preocupación, por lo que el primero en la fila realizó su pregunta para corroborar la situación.
—Yeik... ¿Te encuentras bien?
—Argh... Ouch, no otra vez... ¡Huyan! ¡Huyan ahora o no habrá un después!
—¡No puede ser! —le respondieron—. ¡Corran! ¡Yeik va a explotar de nuevo!
Y como si no hubiese un mañana, alzaron al cielo un grito de pánico general y huyeron. Ni uno solo quedó adentro de ese lugar a excepción de Yeik y Arlet. Mientras uno se partía de la risa, la chica no compartía el mismo sentimiento:
—¡Eres un asqueroso!
—Puede ser. Pero debes admitir que mi plan fue genial y que te salvé la vida —respondió el de pelo azul con una amplia sonrisa, que fue contestada por un leve sonrojamiento de vergüenza de su compañera.
—Bueno... sí, puede ser.
—Aunque realmente no quisiste estar en esta academia cuando todo esto me pasó de verdad —rememoró Yeik, tomándose la quijada—. ¡Eso fue catastrófico!-
—¡No necesito saberlo! Ahora salgamos de aquí. Estás apretándome y alguien podría vernos ahora —dijo sin poder esconder aún su sonrojamiento.
—Tranquila... ¿Quién podría entrar?
Efectivamente, cuando abrieron la casilla, alguien había entrado. En la entrada de los baños se encontraba Gache, armado con un papel higiénico y mirándo atónito a su amigo, casi exigiéndole una explicación. Yeik, en tanto, le devolvía al canoso una mirada que clamaba piedad y compasión. Por último quedaba Arlet, quien miraba sin parar a Yeik y a Gache, que se transferían miles de señales por segundo a través de los ojos.
—Emmm... Gache... esto... esto no es lo que...
—¡YEIK! —gritó Gache tomándose la cabeza—. ¡¿Qué carajos hacían los dos metidos ahí adentro?!
—¡Cierra la puerta en este mismo instante!
Gache pegó el portazo inmediatamente y Arlet, muerta de la vergüenza, empujó a Yeik fuera de la casilla para encerrarse allí dentro. Sin dejar su tremenda cara de sorpresa, el chico albino continuó:
—¡Me vine hasta acá porque me dijeron que estabas con problemas explosivos...! ¡¿Y me encuentro con esto?! ¿¡Vos estás loco?!
—¡No pasó nada ahí adentro, idiota! ¡Arlet se había confundido de baño!
—¡¿Y metiéndote en su casilla ibas a "Des-confundirla"?! ¿O cómo funciona?
—¡Si la dejaba sola los demás iban a saber que estaba aquí! —trató de excusarse el joven Lix. Sin embargo, la expresión de Gache recalcaba aún el hecho de que no había entendido ni siquiera un poco de su lógica.
—¡Aaaah! ¡Te explico después! Ahora ve a fijarte afuera si no hay nadie, para que ella pueda salir.
Con cara disconforme ante la razonable irracionalidad del asunto, Gache procedió a mirar a su amigo de reojo.
—¡¿Y si te apuras?! —exigió Yeik, apresurado.
—Me debés una explicación. De esta no vas a safar.
De esa manera, Gache procedió a abrir un poco la puerta de entrada para que su ojo pudiese ver por la franja que esta permitía
—¿P... Puedo irme ya? —se animó a decir Arlet.
—No hay nadie... Que salga rápido —susurró el canoso en su respuesta.
—Ponte detrás de mí, Arlet —dijo Yeik a su compañera.
Sin embargo, a pesar de la cautela, todos se llevaron una gran sorpresa al abrir la puerta por completo, incluida la joven que pasaba casualmente por allí. Como no pudo ser de otra manera, aquella chica poseía su característica pupera, una vincha que acomodaba su pelo y una bolsa con comida:
—¡Chicos! ¡Ya tengo sus...! San... dwiches...
 
  • Tomás Lobato Brotons-image Tomás Lobato Brotons - 07/08/2019

    Me ha gustado mucho, tienes un estilo que me encanta y sin ningún error Ya tienes reseña lista, espero que puedas llegar a más gente porque lo vales :D

Este sitio usa cookies para tu sesión de usuario y mostrarte publicidad.

De acuerdo