Capítulo 3 - Más problemas

La verdad secreta

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Aquel día era el último antes de comenzar el fin de semana. Y ya llegado el mediodía y terminada la jornada, era de esperarse que el trío galleta conformado por Yeik, Yésika y Gache se esperaran mutuamente en la puerta de entrada de la academia para ir a comer. Pero mientras ella aún se dirigía hacia dicho lugar de reunión, el otro par de amigos quedó apoyado en una pared, en silencio y mirándose de reojo cada cierto tiempo.
—No me mires así —dijo Yeik al fin—. Comienzas a ponerme nervioso.
—¿Y cómo querés que te mire? ¿Sos loco vos?
—¿Me vas a dejar que te explique aunque sea?
—¡No deberías ni preguntármelo! —recalcó Gache.
—¡Lo que pasó es que...!
De manera contradictoria, el delgado amigo le hizo señas para que no hablara. Yeik no comprendió lo que sucedía hasta que vio a Rai caminando a lo lejos hacia la salida de la academia. Inevitablemente, este notó al par de amigos y se acercó a ellos con una leve sonrisa. Se puso exactamente al frente de Gache e hizo un breve silencio.
—¿Se te ofrece algo, señor alegría? —dijo el canoso con cierta apatía.
—¿Cómo te quedaron los brazos?
—Igual que tu madre, imbécil.
Ante la torpeza de la respuesta de su amigo, Yeik decidió intervenir:
—Ey, Gache, tranquilízate. No es para que reacciones así.
Su amigo no contestó. Acto seguido, Rai dirigió su mirada lentamente hacia el de pelo azul y luego volvió a clavar su mirada a quien tenía en frente. Su sonrisa aún se mantenía en el rostro.
—Luchador de magnen... ¿Y necesita que otra persona lo controle?
—¿Acaso no tienes otra cosa que hacer que molestar? —volvió a intervenir el combatiente de cabellos azules ubicándose al frente de Gache, quien ya comenzaba a mostrar signos de impaciencia. A pesar de eso, Rai siguió ignorándolo.
—Por eso siempre perdiste ayer, Gache.
—¿¡Podés rajar de una vez!? —explotó el canoso con un grito— ¡Me importa una mierda lo que me digas!
Luego de aquel rugido, Yeik quedó congelado, mirando a su amigo y estupefacto ante su repentina furia. De igual modo, todos los alumnos que pasaban por allí en ese momento quedaron mudos, observando desconcertados aquella situación. El chico nuevo solo se encogió de hombros y dejó escapar una pequeña risa.
—Nos vemos a la tarde.
Así, el nuevo alumno se retiró de la academia y dejó al público en una gran confusión. Mientras tanto, a Gache se le podían notar los tensos puños que iban relajándose de manera paulatina:
—Es un pelotudo.
—Ya está, amigo —volvió a insistir Yeik—. Tranquilízate, no es para que te sobresaltes.
—¡Gache! —gritó Yésika, apareciendo por fin por el lugar— ¿Qué pasó? ¿Qué fue ese grito?
—Solo fue Rai. Se acercó a provocarlo. Es todo.
—Sí... es todo... —reafirmó Gache. No obstante, Yeik notó nuevamente como sus puños volvían a ajustarse, así que decidió cortar el tema por lo sano y dirigirse hacia las afueras del instituto. Pero no sin antes encontrarse de frente y de manera muy repentina con la pequeña Arlet.
Sobresaltarse del susto le resultó, al de pelo azul, algo prácticamente imposible de disimular.
—¿Podrían...? ¿Puedo....? Emmm... Necesito pedirles un favor.
Yeik y Yésika quedaron expectantes y miraron con curiosidad a Arlet, que parecía esperar una respuesta de alguno de los presentes. La pequeña joven, viendo que nadie contestaba, decidió proseguir con su pedido:
—¿Podrían... no contar nada de lo que pasó hoy?
—Tranquila Arlet —respondió Yésika con una sonrisa—. A todos nos ha pasado alguna vez.
—Eso es cierto —siguió su compañero, guiñando un ojo—. No te preocupes, no diremos nada.
Arlet relajó los músculos de su cuerpo y de su cara luego de escuchar esas palabras, mostrando un poco más de tranquilidad. Pero no le duró mucho al ver que las personas que ella tenía en frente estaban esperando una respuesta de su parte, lo que hizo que intentara gesticular algunas palabras que terminaron diciendo lo mismo que nada. Entonces, ante su dificultad para expresarse, recurrió a un escueto "gracias" y se fue corriendo hacia las afueras de la academia. Yeik y Yésika se miraron entre ellos sin comprender qué era lo que había ocurrido. Luego de unos segundos, la muchacha rompió el silencio.
—Esa chica es rara
—Me voy a mi casa—interrumpió el canoso para sorpresa de ambos—. No estoy de humor y no me siento bien.
—¿Qué? —respondió Yésika— ¿No vas a comer con nosotros? ¡Pero mi madre iba a cocinar hoy tu...!
—Ya te dije que no. Y no me interesa mi plato favorito, Yésika. Me vuelvo a mi casa.
Esas fueron las contundentes palabras de Gache, quien después de acomodar su mochila en su espalda, se dirigió hacia las afueras del instituto sin desviar la mirada. A pesar de eso, Yeik intentó levantar un poco los ánimos del ambiente con su característico buen humor:
—Bueno, no te preocupes, Gache ¡Nos veremos a la tarde!
—Tampoco voy a hacer magnen a la tarde. Estoy enfermo ¿Te acordás? —. De espalda a sus amigos, los saludó con un vago movimiento de su mano—. Nos veremos mañana. Que se diviertan.
—¡Suerte! —dijo Yésika para intentar levantar los ánimos también—. Ojalá te... re...cuperes...
Sin siquiera inmutarse de sus palabras, Gache ignoró por completo a su amiga y la dejó con el brazó levantado a medio saludar. La muchacha, ya con las malas energías asimiladas a su cuerpo, dejó caer su brazo y soltó un suspiro de decepción.
—¿Tan malo fue?
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Luego de una extraña jornada, ambos se encontraban ya en casa de Yésika Warlk, que era gigantesca gracias a que la familia Warlk era una de las familias más adineradas de todo Gaudiúminis. Los padres de Yésika no eran nada más ni nada menos que los dueños de una empresa productora de las mismísimas armas de magnen.
Por tal razón es que ella contaba con todas las comodidades: una gran habitación solo para ella, una gran sala de juegos, una gran biblioteca y, lo más destacable de todo, su enorme salón de entrenamiento, donde tenía todo el espacio necesario y todas las armas disponibles a su alcance.
Estos últimos beneficios y muchísimas horas de práctica con sus dos mejores amigos eran lo que la habían convertido en la mejor combatiente de la academia de Gaudiúminis. Y quizás de todo su distrito.
A pesar de poseer todas esas comodidades, para Yésika el lugar más reconfortante de todos seguía siendo la casita del árbol de su extenso jardín: no era más que un refugio de madera, donde se distribuía un par de muebles en un espacio de cinco metros cuadrados.
Éste era su rincón de relajación, el cual compartió con Yeik desde que eran pequeños. Tenían apenas seis años cuando Yésika se había mudado desde Arúmenis hacia la ciudad capital. Ambos se conocieron en la academia y desde entonces hacían la tarea juntos en la casa del árbol. Aunque ese día, cumplir con sus obligaciones no era lo que hacían en absoluto:
—Yess... Me quedé pensando en lo de Gache.
—Yo también, Yeik —contestó Yésika, acostada frente un cuaderno—. Pero creo que ya se le pasará. Quizás solo fue una mala mañana.
—Tuvo que ser una muy mala —remarcó el chico—. Algo más debió haber pasado.
—Bueno, tampoco creo que sea para tanto.
—¡Claro que sí! —Yeik, quien estaba acostado en un puf, se inclinó hacia adelante— ¿Acaso recuerdas cuándo fue la última vez que Gache se enojó con alguien?
Yésika lo pensó unos segundos.
—Cierto. Cuando teníamos once años.
—¡Y por lo de su novia! Hasta tuvimos que tomarlo de los brazos para detenerlo.
—No era una "novia". Solo le gustaba mucho... —comenzó a hacer memoria la joven—. Y ahora que lo recuerdo, el problema fue con un compañero de Gache.
—Pero no era solo su compañero —corrigió Yeik, más inclinado hacia adelante—. ¡Era su mejor amigo! Recuerdo que yo estaba contigo en la academia. Lo estábamos espiando para ver qué hacía con la chica.
—...y presenciamos el momento justo cuando le dio un pico —acotó Yésika con cierta aflicción—. Gache justo pasó por allí y ambos comenzaron a pelear muy fuerte.
—Y luego dos de los amigos del chico quisieron pelear con Gache y ¡PUM-PAM! ¡Les golpeó la cabeza entre ellos!
—No lo digas como si fuese una hazaña —le regañó la chica, viendo que la emoción de su amigo iba en aumento—. Lo expulsaron por dos años del instituto.
—Lo llamaría... "Tutorial para terminar con tu amistad tóxica".
—¡Yeik! ¡No es gracioso!
—Quizás no —acotó entre risas el chico—. Pero de alguna manera me gusta festejar que eso haya ocurrido.
—¿Qué? ¿Por qué dices eso del pobre Gache?
—Solo piénsalo, Yésika. Si la pelea nunca hubiese ocurrido, nosotros jamás nos hubiésemos acercado a Gache a darle un consuelo. Y si eso no pasaba, nosotros no seríamos ahora sus amigos.
Tratando de disminuir un poco su euforia, Yeik se desperezó y se volvió a acostar cómodamente en el puf, utilizando un cuaderno para taparse los ojos. En tanto, la muchacha se sentó en uno de los grandes almohadones, pensando y reflexionando:
—¿No crees que haya pasado algo con respecto a esa pelea? —preguntó ella.
—No lo creo —respondió su amigo encogiéndose de hombros—. Además, el problema fue con Rai. Ese tipo apenas conoció a Gache ayer. Es imposible que sepa algo sobre eso.
—¿Y no habrá sido por la pelea que tuvo ayer con él?
—Pensé lo mismo. Pero no sé qué puede haber hecho Rai para que haga explotar a Gache en menos de dos horas ¡Tuvo que haber besado a su novia o algo así!
—¡Yeik!
— Lo siento —respondió entre risas—. Me dejo llevar.
Suspiró y cerró los ojos, dando espacio a un pequeño silencio. No obstante, Yeik sabía que eso podía llegar a ser peligroso. Él sabía que Yésika iba a preguntar por lo ocurrido en el baño. Pero para su sorpresa, el tema de conversación fue otro:
—Hablando de Rai... Hoy pasó algo bastante curioso cuando fui a comprar los sandwiches.
Yeik se sacó el cuaderno de la cara y la miró con atención, sorprendido.
—Me he encontrado a Ali, Eli y Odi. Luego apareció Rai. Después de eso, Ali voló por los aires y las chicas huyeron. Por último, Rai se fue y todo volvió a la normalidad. Curioso.
Yeik quedó en silencio, esperando a que su compañera dijera algo con más sentido. Pero luego de que eso no ocurriera y de entrar en un error de sintaxis mental, reinició su mente con una pequeña sacudida de cabeza.
—Perdón ¿Cómo?
—Así como lo escuchaste —reafirmó la joven—. Las taradas querían quitarme los sándwiches de nuevo. Luego vino Rai y ¡FIIIUUUUUMMM! Lanzó por los aires a Ali y las otras dos corrieron espantadas.
Repentinamente, un alarido proveniente de las afueras del terreno de Yésika, interrumpió la paz que reinaba hasta ese entonces. Alarmados, ambos asomaron rápidamente su cabeza por una ventana de la casa del árbol y observaron lo que sucedía.
A lo lejos, en la calle, tres chicas rodeaban a una.
—Bueno —dijo Yésika en tono serio—. Parece que las he llamado. Prepara tu espada, por si acaso.
 
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—Por favor, tienes un reloj como este pero dices no tener dinero.
—¡Dámelo! —reclamó la pequeña Arlet ante las palabras de Ali. Palabras que fueron seguidas por la raspada voz de Eli, la bravucona más robusta del grupo:
—Te dijo que muestres el dinero primero.
—¡Les dije que no tengo nada! ¡Denme mi reloj!
—Revisen su mochila —ordenó Ali.
Odi, que estaba detrás de la víctima, accedió a la orden de la pelirroja y comenzó a forcejear con Arlet para quitarle sus cosas. Ante su resistencia, Eli la tomó del pelo y la lanzó al suelo violentamente. Entonces, ya sin problemas, Odi procedió a voltear la mochila y todas las cosas en su interior comenzaron a caer al suelo.
—Ah... Solo un montón de cosas inútiles, amiga.
—¿Nada útil? Qué pena —La líder dejó caer al suelo el valioso reloj que había sido arrebatado de su dueña—. Entonces esta cosa tampoco sirve para nada.
Haciendo énfasis en las últimas palabras, la pelirroja pisoteó el artilugio con una sonrisa en el rostro, sin piedad alguna y con la fuerza e insistencia suficiente para dejarlo totalmente aplastado y destruido.
Arlet, tendida en el suelo, no podía hacer más que clamar entre sollozos por su irrecuperable reloj mientras era rodeada lentamente por las tres matonas.
—Oh... no te preocupes por tu relojito, pequeñita —la reconfortó la líder con tono burlón—. Hay cosas más importantes en esta vida que las cosas materiales. Un reloj se puede recuperar comprando otro ¿No?
Simulando serenidad y amabilidad, Ali se irguió y observó a la víctima desde lo más alto de su ego.
—Pero otras cosas no se pueden obtener con dinero. Como tu cara, por ejemplo —dijo sin poder evitar esbozar una ruin sonrisa—. Yo sí me preocuparía por tu cara.
Y justo cuando alzó la pierna para patear a la indefensa Arlet, dos combatientes aparecieron repentinamente sobre el muro cercano y se abalanzaron sobre las matonas. Entonces, mientras el joven Lix quitaba a la víctima del medio de la escena, Yésika se encargó de dispersar y reducir a las agresoras.
Ali se llevó el gran premio, pues ante su resistencia a ser volteada recibió un golpe en su espalda y terminó tendida en el piso, con las muñecas atrapadas entre las manos de Yésika. Y pesar de superar a la combatiente en número, ni Eli ni Odi se animaron siquiera a acercarse a ella ni un poco, por lo que su líder lanzó la orden al aire.
—¡¿Qué están haciendo?! ¡Manga de zorras traicioneras! ¡Sáquenme de aquí!
A medida que corrían los segundos, ella comenzó a forcejear y gritar aún más, pero era inútil. Sus cómplices ya habían huído del lugar desesperadamente.
Mientras tanto, Yeik intentaba tranquilizar las lágrimas de susto y desesperación que inundaban los ojos de la pequeña Arlet. No obstante, ella logró contenerse un poco al escuchar a cierta voz repitiéndole que ya no se encontraba en peligro y que nadie iba a hacerle nada.
Se secó los ojos, los abrió y miró lo primero que tenía en frente: A Yeik, que la sostenía y le brindaba seguridad con una leve sonrisa y con un firme abrazo. Después de unos segundos de sonrojo por parte de la chica, dejó que Yeik la soltara lentamente.
—¿Ya estás mejor?
—Eso... Eso creo.
—¡Yeik! ¡Llama a la policía y ayúdame! —reclamó la de puntiagudos cabellos—. Ya tuve suficiente con esta imbécil.
—¡Imbécil tu madre! —contestó de inmediato la chica pelirroja—. Estás loca si piensas llamar a la policía ¡No pueden llevarme sin ninguna razón!
—Maltratar a alguien para robarle me parece una buena razón ¿A ti no? —. Yésika desenvainó su espada rápidamente y puso la punta en la espalda de su víctima—. Porque tendrás que explicárselo bien a los oficiales cuando vengan.
 

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