SEGUNDA PARTE - Capítulo 8 - ¿Quién es el villano?

La verdad secreta

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Gache se econtraba, como siempre, echado cómodamente en su piedra preferida haciendo sus anotaciones en un cuaderno. Sin embargo, algo que no era natural, era que Yeik le estuviese hablando de manera tan insistente. Entonces, debido a que eso no le permitía concentrarse apartó un poco la mirada de su cuaderno y comenzó a charlar con él sobre un tema que había quedado al pendiente.
—¡¿Cómo que no le vas a hablar a Yésika?! —se exaltó el de pelo azul— ¡Me dijiste que ibas a hacerlo!
—Solo fue un vil engaño de mi parte para que te tranquilices —dijo el canoso—. Ahora que estás bien, tenés que hablarle vos.
Yeik comenzó a realizar un forzoso intento para dar un argumento razonable. Pero como solía sucederle, cada vez que intentaba hacerlo, sus ideas se transformaban en una maraña de palabras que terminaban saliendo de su boca como un ruidoso y caótico balbuseo inentendible. 
—Escuchá, Yeik —interrumpió Gache con su sereno y modesto tono de voz, que combinaba la sabiduría de un anciano junto con la paciencia de alguien que tenía que resolver el mismo problema una y otra vez—. No es que no quiera hacerlo, pero sos vos el que se mandó la cagada. Las disculpas van a perder todo su valor si te escondés detrás de mí.
El de pelo azul quedó en silencio, reflexionando aquellas palabras.
—Además ¡Es tu mejor amiga! —recalcó con énfasis el canoso—. No te va a guardar rencor para siempre. A menos que no pidás disculpas. Ya sabés como es ella...
Yeik se adentró en su mundo y terminó de procesar lo que había escuchado. Su amigo, como siempre, tenía la razón.
—Sí, mejor iré a disculparme —dijo Yeik cambiando la desesperación por optimismo—. Aprovecharé que ahora ella se fue sola al negocio.
—De paso traeme un sándwich. Ese es el costo por mis servicios de emergencia.
Yeik, luego de dar una carcajada, corrió en busca de su amiga, lo que permitió a Gache volver a concentrarse al cien por ciento en su cuaderno.
Los gráficos iban cobrando mayor sentido, las ideas iban fluyendo cada vez más y los cálculos comenzaron a resolverse a la perfección. Todo coincidía. Sin embargo, luego de unos 5 minutos de pura focalización, apartó la vista del cuaderno debido a que algún sexto sentido le indicó que había una presencia a menos de diez centímetros de su cara.
—¿Y qué hago si Yésika no me escucha?
Gache, asustado por la repentina aparición, cerró su cuaderno y se lo estampó contra la cara de Yeik, que no tuvo la más mínima oportunidad de reaccionar.
—¡¿Qué hacés, pelotudo?! —le gritó el canoso, sin contenerse—. ¡No te aparezcás de la nada! ¿¡Sos loco vos!?
El de pelo azul, que trataba inútilmente de superar el dolor, articuló algo muy parecido a la palabra "perdón", y sin reclamar nada, volvió sobre sus pasos y fue nuevamente en busca de su compañera.
 
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Recién salida del negocio con su paquete de galletas, Yésika comenzó su ardua batalla contra el envoltorio, el cual no estaba dispuesto a abrirse. Para comenzar, la pequeña tira que tenía la función de abrir el paquete estaba completamente pegada, hasta tal punto que Yésika dudó si relamente no era solo una pintura. Pero cuando logró tomar una milimétrica parte de esta, jaló de ella de manera que solo pudo arrancar una pequeña porción del envoltorio:
—¿En serio? —se quejó.
Sin darse por vencida, esta vez intentó abrir las galletas con la uña de sus dedos por la pequeña parte que había logrado arrancar, pero la fuerza que ella le aplicó fue la suficiente para romper la mitad de todas las galletas que se encontraban allí adentro. De todos modos, el paquete seguía cerrado:
—Carajo...
—Veo que tienes problemas.
Al voltearse hacia la voz de origen, pudo observar a Rai sentado al pie de un pilar. Como otras veces, este observaba fijamente a un reloj de pared que se encontraba a lo lejos.
—¡Rai! Qué sorpresa —dijo la joven, esbozando una sonrisa amistosa—. Pues sí... un pequeño problema...
Sin pronunciar ni una palabra, Apraiz extendió la mano, y le pidió implícitamente el paquete de galletas que Yésika tenía. Ella, al comprender su intención, se lo dio y observó cómo éste lo escondía detrás de su espalda mientras realizaba algunas maniobras con sus manos. Pero al de cabello celeste no le interesaban las galletas exactamente:
—Me refiero a otro problema —dijo escuetamente—. ¿Qué pasó con Yeik?
—¿Con Yeik? Oh... nada. Nada realmente importante ¿Por... por qué lo preguntas?
—Es obvio. No se hablaron en toda la clase.
Rai, entonces, dirigió sus azulados ojos marinos hacia los de Yésika. Su incisiva mirada le hizo entender que él no estaba hablando por hablar. Él sabía que algo no andaba bien.
—Ah... eso... —dijo la muchacha, desviando su mirada hacia otro lado—. Solo fue un pequeño problema, es todo.
El chico finalmente sacó el paquete de sus espaldas y se la devolvió a la joven de puntiagudos cabellos. Sin esfuerzo alguno, Rai había logrado abrir el envoltorio a la perfección.
—¡Wow! ¡Qué fácil lo hiciste! —dijo Yésika, asombrada.
—De nada.
—Te lo agradezco mucho, Rai. Soy medio inútil a veces... —concluyó a chica, acompañando su humildad con una pequeña risa nerviosa.
Luego de darle las gracias y comenzar a emprender camino hacia algún otro lugar de la academia, la joven comenzó procesar un pensamiento que no terminaba de encajar en su cabeza. Y era que si bien Rai no era la persona más simpática que había conocido, tampoco mostraba signos de que realmente fuera una mala persona. De hecho, la única vez que Yésika lo había visto recurrir a la violencia fue cuando aparecieron las bravuconas; y pensándolo bien, ni siquiera las había golpeado. Entonces ¿Cómo fue que Yeik llegó al punto de querer mandarlo al hospital?
Cuando ya se encontraba a cinco metros lejos de él, Yésika volvió sobre sus pasos y se ubicó nuevamente al lado de Rai. Y a pesar de que quería realizar su planteo, ella no sabía cómo comenzalo. Por ende, el chico dio el primer paso:
—Supongo que no viniste a que te abra otro paquete de galletas ¿Estoy en lo correcto?
—Es que... Bueno, no quiero ser entrometida. Solo quería saber qué había pasado ayer con la pelea de Yeik. Ya sabes...
—Nada en especial —respondió el de cabello celeste, quitándole importancia—. Simplemente no supimos llevarnos muy bien.
—Oh, es una pena. En estos dos días que te crucé, no me pareciste un mal chico.
—Es curioso. En estos dos días que llevo en la academia, Yeik sí me lo ha parecido.
—¿Eh? ¿De verdad?
—Digamos que no me cae bien que me reciban en una primera pelea con una patada en las costillas cuando estoy inmóvil en el suelo. Supongo que tengo suerte de que no me las haya roto. Y a pesar de que el equipamiento médico es bastante eficaz para curarme en un santiamén, creo que sabes que lo que hizo ese chico no está bien de todas formas.
—Bueno, tienes razón en eso —contestó Yésika, avergonzada—. Tendría que hablarlo con él.
—Además —agregó el chico—. ¿Qué más puedo pensar de alguien que se mete con una compañera nueva a la misma casilla de un baño?
La muchacha se detuvo a pensar un momento ¿Meterse a una misma casilla? ¿Qué había querido decir con eso? ¿Acaso él había visto aquél episodio también? No estaba segura, por lo que decidió evadir el tema:
—Las confusiones siempre ocurren... tú entiendes.
—Como sea —contestó Rai, poniéndose de pie—. Espero que no sean demasiado amigos.
—De hecho, lo somos hace mucho. Desde que éramos muy pequeños —respondió, apenada.
—Deberías tener cuidado. Nunca se termina de conocer a una persona, Yésika.
Cuando notó que la aguja del reloj había llegado a las 12 en punto, Rai se volteó y comenzó a alejarse de dicho lugar. Y aunque la joven quiso retenerlo para continuar con su conversación, éste impidió que eso ocurriera:
—Te buscan.
—¿Cómo? —dijo extrañada—. ¿De qué estás...?
—¡Yésika!
La muchacha se volteó inmediatamente para ver a Yeik, que corría a lo lejos hacia donde ella estaba. Ciertamente estaba confundida, pues Rai había desaparecido como si nunca hubiese estado allí.
Pero no le dio mayor importancia. Antes de que su compañero iniciara la conversación, Yésika se puso totalmente seria, se cruzó de brazos y volteó su mirada hacia otra dirección, mostrando lo ofendida que estaba:
—Veo que decidiste hablarme, Yeik —dijo en tono acusador.
—Bueno... Tenía que hacerlo ¿No? —respondió el de pelo azul, rascándose la nuca.
—¿Se te ofrece algo?
—Emmm.... quería... hablarte por lo de ayer.
—¿Ajam?
—Solo... Perdón ¿Sí?
De todas maneras, la joven no pensaba seder tan fácilmente, por lo que sacó una de sus manos escondidas y empezó a mirarse las uñas para expresar desinterés.
—¿"Perdón"? —dijo la joven, alzando una ceja—. ¿"Perdón" por qué? ¿Acaso me hiciste algo?
—Ya sabes... por lo de ayer. No fue mi intención tratarte así.
—¿"Así"? ¿"Así" cómo? No lo recuerdo.
—No quise gritarte de esa manera, Yess. Te traté muy mal.
—¿Ajam?
—Solo estaba enojado. Ya sabes cómo me pongo.
—Ajam...
—Emmm... —comenzó a titubear el chico, sin ideas—. Y que... fui un idiota por hacer eso.
Pero no había caso. Yésika continuaba mirándose las uñas y ahora se las rascaba. Luego de unos segundos extensos de silencio, la de cabellera puntiaguda observó a Yeik de reojo y le exigió con la mirada que dijera algo más.
Ante la incertidumbre, Yeik Lix procedió a hacer la pregunta correspondiente.
—¿Qué me falta ahora?
—¡Ejem! —carraspeó Yésika para luego presionar dramáticamente su pecho con ambas manos—. "Sabes que te quiero mucho y que jamás de los jamases te haría algo así. No soporto más este sufrimiento. Por favor ¡Perdóname!"
La joven volvió a posicionarse como estaba, mirándose las uñas. A su vez, Yeik bajó la mirada, analizando lo que estaba a punto de hacer.
—¿En serio tengo que hacerlo?
—Si estás realmente arrepentido, sí.
El de pelo azul dio un suspiro. Tomó todo el aire que pudo contener en sus pulmones y, con el dorso de la mano en la frente, comenzó una actuación digna de un artista.
—¡Por favor, Yésika! ¡Por favor! Por los valles más profundos y las motañas más imponentes ¡Te lo suplico! —dijo, llevando ambas manos a su pecho—. Nadie más que tú sabe cuánto te aprecio. Y sin ti, no soy nadie. Jamás... ¡Jamás te volvería a hacer algo así!.
Finalmente, terminó de descargar su dolorosa pena cayendo sobre sus rodillas hacia el suelo.
—Perdóname, por favor... No soporto más este sufrimiento.
Un silencio desgarrador inundó el ambiente. Los espectadores inexistentes de aquella escena ficticia estaban con los nervios a flor de piel esperando por la respuesta de Yésika. Pero, finalmente, todo terminó con una desbaratada e intensa risa de la combatiente de puntiagudos cabellos que se extendió por aproximadamente 5 minutos continuados. Y una vez que pudo controlarse, dio su calificación:
—Te salió muy bien esta vez ¡Has mejorado bastante, tontulín!
—Entonces... ¿Me perdonas? —preguntó el arrodillado pseudo-actor de pelo azul.
—Obvio, idiota. Sabes que no era necesaria toda esa actuación —dijo Yésika, cambiando repentinamente el tono de la voz a uno muy suave y comprador, mientras rodeaba con sus brazos el cuello de Yeik—. Pero es que te ves tan lindo haciendo esas cosas por mí...
—Ja-ja. Muy chistosa —le reprochó su compañero, tratando de ofrecer recistencia a los encantos que estaban apoderándose de sus sentidos. Pero terminó por rendirse al recibir un tierno y cálido beso en su mejilla.
—Te quiero, tontito. Solo no vuelvas a gritarme.
Y ella, como quien encuentra al fin paz interior, cerró los ojos y apoyó suavemente su cabeza sobre el hombro de Yeik, quien la envolvió también con sus brazos. Sin embargo, ese momento de felicidad que ambos tuvieron duró un poco menos de diez segundos.
—¡Pero mirá que sorpresa! —escucharon ambos mientras se separaron inmediatamente—. Los atrapé con las manos en la masa, rufianes.
—¡Gache! —gritó inmediatamente el de pelo azul, disimulando sorpresa—. Pensé que ibas a esperarme.
—Te anda buscando el entrenador de magnen, campeón —dijo Gache—. Parece que te quiere decir algo.
—Oh, no.
—No te preocupes, Yeik —lo tranquilizó Yésika—. Te va a ir bien.
—No, no me va a ir bien. De eso estoy seguro.
—Ey, tonto —insistió su amiga dándole palmaditas en el cachete y con la mirada fija—. Te va a ir bien. Hablé con él. No te asustes.
En aquel momento, teniendo cerca tanto a Gache como a Yésika, Yeik pensó que ambos eran unos amigos fantásticos.
—Está en la entrada del gimnasio —le siguió el canoso—. No te demorés.
—¡Mejor que no!
El combatiente de pelo azul inmediatamente emprendió camino hacia dicho lugar para no hacer esperar a su temperamental maestro. Pero antes de desaparecer, Gache se dirigió a él con un grito:
—¡Che! ¡¿Y mi sandwich?!
—¿Sandwich? —contestó Yeik, haciéndose el despistado—. ¿Qué sandwich?
—¡Me dijiste que me ibas a comprar un sandwich!
—Ah... eso... —reparó a pensar el joven—. ¡Ya recuerdo! Eso solo fue un vil engaño de mi parte... ¡Para vengarme!
Y ahora sí, sin dejar rastro alguno, Yeik se retiró del lugar imitando una risa diabólica. En ese entonces, Yésika no entendía nada:
—¿De qué estaban hablando, Gache?
—Dejá nomás. Ocurrencias.
 

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