TERCERA PARTE - Capítulo 14 - El intocable

La verdad secreta

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En esta ocasión Yeik y Gache se encontraban caminando por las veredas de la ciudad, en dirección a la gran academia estatal de Gaudiúminis y listos para su primera hora de clases. Sin embargo, a Yeik se lo podía notar más callado de lo normal. De hecho, que estuviera callado ya era extraño; su característico buen humor siempre lo mantenía charlando y contando bromas, a la vez que se paseaba de un lado a otro.
Pero este no era el caso. La seriedad que demostraba su monótona forma de caminar y su expresión vacía mataba toda la alegría que le pasaba cerca, tanto que su delgado amigo tuvo que intercambiar papeles con él para animarlo un poco. Entonces, con una sonrisa, golpeó suavemente su hombro:
—Qué angustia llevás encima, pibe —bromeó— ¿Qué te pasa?
No pudo conseguir una respuesta, por lo que Gache dedujo que definitivamente estaba pensando otra vez en lo mismo.
—¿Sabés algo? Aunque no lo parezca, también me preocupa Yésika —dijo tomando el hombro de Yeik—. Ya se le va a pasar, chavón. Solo hay que esperar un poco más.
—¿Esperar más? —Yeik se detuvo súbitamente y le apartó la mano del hombro a su compañero—. Gache, no puedo esperar más. Ya ha pasado un mes y lo único que ha mejorado es la amistad entre Yésika y Rai.
—Bueno, che, tampoco es que se acaba el mundo por eso. No seás exagerado.
—¿Exagerado? —reclamó el joven Lix en voz alta—. Ya no comemos juntos, ya no estudiamos juntos, no entrenamos juntos ¡Ni siquiera estamos juntos en la academia! —Yeik hundió las manos en los bolsillos y comenzó a moverse rígidamente hacia adelante. Gache lo siguió—. Pero Yésika sí se encuentra con Rai, entrena con Rai...
—Y vos pasás mucho más tiempo con Arlet —interrumpió su delgado amigo.
—¿Cómo dices?
—Es a ella quien Yess le tiene celos ¿No?
—Pero con ella no pasa nada y lo sabes —le contestó Yeik con una mirada sobradora—. No digas tonterías
Yo lo sé —recalcó el de blancos cabellos, encogiéndose de hombros—. Pero dudo mucho que Yésika o el resto del instituto lo vean tan así.
—Le doy la razón.
Ambos voltearon inmediatamente hacia donde se ubicaba la tercera voz entrometida. Ya estaban frente a las escaleras de la academia cuando se percataron que aquella interrupción provenía de Rai, quien se encontraba sentado en uno de los escalones, mirando su reloj de muñeca. Luego de unos segundos, dirigió la mirada hacia los combatientes:
—¿Les digo la verdad?
—Rai ¿Qué estás haciendo aquí? —dijo Yeik, disgustado.
—Pues... nada. Ahora estaba escuchándolos —contestó chico con una sonrisa relajada—. Parecen preocupados ¿No quieren que les diga la verdad?
—¿La verdad sobre qué?
—Hablo de Yésika, Yeik ¿Te digo la verdad sí o no?
Ambos amigos se miraron y dejaron en claro que no tenían idea de lo que quería decir realmente. No obstante, el joven Lix procedió a mover su cabeza de manera afirmativa para que, luego de un pequeño suspenso, el de cabello celeste dijera las siguientes palabras:
—"La verdad".
Yeik y Gache esperaron, quizás, a que dijera algo más para tratar de encontrarle algún sentido al estúpido e inoportuno chiste que Rai había utilizado para interrumpir su conversación.
—Mira, idiota, en estos momentos no estoy de muy buen humor. Así que si no tienes nada que decirme, mejor no me hables ¿Quieres? —dijo Yeik, tajante.
—¡Ey! Tranquilo —dijo Rai soltando una carcajada—. Solo era una broma. Te diré la verdad... aunque en realidad ya te la dije.
Rai comenzó a reírse de su propia ocurrencia. Sin embargo, viendo que ninguno de sus compañeros lo observaban con gracia alguna, volvió a su seriedad de siempre:
—Gache tiene razón. Yésika no mira con buenos ojos el hecho de que te hayas hecho tan "amigo" de Arlet.
—Bueno, tampoco lo dije así —retrucó el chico delgado—. Yeik solo la entrena en magnen...
—Y habla con ella en clases, en los recreos... él sabe bien qué es lo que hace con Arlet —afirmó Rai.
—Es simple —contestó rápidamente Yeik—. Si Arlet quiere hablarme, yo no se lo voy a negar. Además, ya intenté mil veces hablar con Yésika; yo no tengo la culpa de que ella no quiera hablarme.
—Si tienes la culpa o no de que Yésika no te hable no es mi problema. Solo venía a decirte "la verdad"
Rai, luego de mirar su reloj de muñeca, se levantó repentinamente del escalón y subió cuesta arriba hacia la gran entrada del instituto. Sin embargo, antes de continuar su camino, Rai se detuvo para decir unas palabras más:
—Por cierto, es una pena que tú y Yess estén peleados, Yeik. No comprendo qué puede haber pasado para que una persona como ella esté enojada —dijo Rai, quien tomó su barbilla para simular pensamiento—. Resulta extraño ver tan enfadada a alguien tan dulce.
A Gache no le gustó lo que había escuchado. Y como sabía cómo iba a reaccionar su compañero, lo tomó inmediatamente del hombro para que no se acercara a él, algo que estaba a punto de hacer. Pero a pesar de eso, sus tensos puños y sus apretados dientes no podían ocultar el estado de irritación que Rai le había provocado en tan solo unos segundos.
—No vuelvas a decir eso de nuevo ¿Me escuchaste? —Amenazó Yeik con bravura.
—Oh... ¿Por qué? —se volteó el chico robusto con una gran sonrisa pícara—. Pensé que a ella le encantaba que se lo dijeran.
—Eh, pará un poco la mano, estúpido —intervino Gache con poca paciencia.
—¡Ja! ¿Qué vas a hacer, Gache? ¿Golpearme?
Sobrepasado de sus límites, Yeik desenvainó la espada que llevaba en su cintura y cargó directo al pecho de Rai. Pero él, que casi parecía haber adivinado el movimiento del joven Lix, sacó su arma al mismo tiempo y rechazó el ataque con potentísimo golpe ascendente, tanto que Yeik no pudo retener su espada.
Así, el armamento del combatiente dio un par de giros en el aire hasta que finalmente Rai la tomó con una sola mano, antes de que callera al suelo.
—No, no, no—rió burlón el de cabellos celestes—. Sería una decisión muy torpe de tu parte atacarme. Recuerda que ya te perdonaron una sanción y no pienses que habrá una segunda oportunidad.
Yeik estaba inmóvil ante la sorpresiva y eficaz respuesta de su enemigo, quien comenzó a bajar las escaleras para acercarse a él cuando reemplazó su irónica sonrisa por una mirada que solo irradiaba odio:
—Ten cuidado con quién te metes, imbécil.
—Creo que ya quedó claro tu mensaje, Rai —dijo Gache, interponiéndose en el medio de los dos y mirando desafiante al chico—. Me parece que te estabas por ir ¿Puede ser?
La gran tensión que se sentía en el ambiente fue rota de un respingo por el prepotente joven de cabello celeste, quien luego de una carcajada alzó la espada de Yeik en lo alto y la dejó caer por las escaleras. Después de eso, se volteó y siguió su camino en dirección a la entrada del instituto, pero no sin antes decir sus palabras de despedida:
—¡" Qué angustia llevás encima, pibe "!
Y riéndose sin escrúpulos, entró al edificio y desapareció. Gache lo vigiló hasta el último instante mientras su compañero fue a recoger su espada dando gruñidos y murmurando maldiciones; cuando Yeik se agachó a buscar su espada, no pudo resistirse al impulso de comenzar a pegarle puñetazos al suelo de manera frenética.
Sin embargo, a medida que pasaban los segundos, sus movimientos se relentizaban hasta quedar sin fuerza alguna. Y en el momento que el de pelo azul solamente quedó apoyado sobre el suelo, Gache decidió intervenir, ya que era el único momento donde sabía que iba a poder hacerlo razonar.
No obstante, no fue así. Apenas el canoso pudo acercarse a él, Yeik desahogó un grito de furia y liberó toda su energía al tomar su espada y lanzarla contra las escaleras del instituto, de manera que perforó los azulejos de la escalinata y dejó la espada clavada en la misma.
Jadeante y ya sin más energía para liberar, el combatiente comenzó a disminuir las revoluciones y a tomar más conciencia de lo que ocurría a su alrededor. Nuevamente, todos los alumnos del instituto se encontraban alrededor de él, algunos abserbándolo atónitos, otros asustados. Pero al final, pudo percatarse de lo más importante.
—Yeik... —dijo Gache, tocando el hombro de su compañero.
—¿Eh? ¿Qué sucede?
No hicieron falta las palabras. La mirada fija de su amigo lo llevó a ver el enorme portal de entrada de la academia. Y allí estaba su entrenador, exactamente en el medio de la gran puerta mientras observaba con una seriedad infinita a Yeik y a su espada, que dejaba al descubierto toda la evidencia.
—Mierda. No otra vez.
 

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