Capítulo 15 - En la cuerda floja

La verdad secreta

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Las clases de todas las mañanas seguían su curso normal, con la única diferencia de que Yeik y Yésika ya no se sentaban juntos; la joven de cabello puntiagudo había intercambiado de asiento con Rai, de manera que se había acabado la convivencia entre aquellos mejores amigos.
El resto era la misma rutina de siempre: Yeik intentaba prestar atención a la clase, Arlet dormía sobre un libro negro y Rai y Yésika escuchaban lo que la maestra decía con total indiferencia. A pesar de que el de pelo azul no dejaba de pensar en las recientes palabras que había recibido de su entrenador, intentaba atender a la clase de todas formas. O eso era lo quería hacer cuando notó que Rai le había dado un pequeño papel a Yésika, que inmediatamente ella leyó.
—¡SEÑORITA TRÁPAGA! —pegó un grito la profesora, quien hizo exaltar a todos—. ¡Me parece una total falta de respeto que usted esté durmiendo mientras estoy dando la clase!
No obstante, Arlet era la única que ni se había percatado siquiera de que había una persona gritando al frente del aula. Estaba sumida en un profundo sueño, por lo que tampoco reaccionó ante la insistencia de la instructora. Entonces, Yeik utilizó un lápiz he hincó la cabeza de su compañera:
—Ey, Arlet. Despierta.
Con muchísimo esfuerzo y como si su cabeza pesara más que todo su cuerpo, ella levantó la mirada y dejó al descubierto su cara totalmente desfigurada por el sueño. La piel estaba marcada por los bordes de la tapa del libro, sus ojos estaban rojos e hinchados y sus ojeras eran tan enormes como moradas.
Sin embargo, ya nadie se sorprendía por eso. Todos se habían acostumbrado a ver a la pequeña Arlet en ese deplorable estado, aunque reconocían también que cada semana se la veía peor.
—Mmm... ¿Maestra?
—¡Esta es la tercera vez que la llamo! —dijo la profesora a la somnolienta alumna—. ¿Acaso piensa dormir en todas las clases?
—Disculpe... he tenido malas noches últimamente.
—¡Eso no es de mi incumbencia! Si usted no puede venir a prestar atención, mejor no venga ¿Me escuchó?
—Pero...
—¡Pero nada! Estoy cansada de que siempre sea la misma historia con usted. Así que, o se sienta bien, o...
De repente, el timbre de recreo comenzó a sonar y todos los alumnos del aula inmediatamente salieron disparados hacia afuera. Con el sermón de la maestra interrumpido, Arlet dejó caer su cabeza contra el libro y continuó con su siesta:
—Hmmm... para que sepas, no habrá otra oportunidad, señorita Trápaga.
Pero su mensaje se fue al aire. La joven alumna ya se encontraba en un profundo sueño como para escuchar algo de lo que había ocurrido a su alrededor. Así, con el aula casi vacía, la maestra tomó sus cosas de mala gana y se fue, dejando solos a Arlet, a Rai y a Yeik:
—¿Y? —dijo Rai, rompiendo el silencio— ¿Qué te dijo el entrenador?
—Y a ti qué diablos te importa.
A diferencia de la rabieta que tenía el de pelo azul, el de pelo celeste contestó con una sonrisa y un notable buen humor, tanto que generaba desagrado.
—Ey, qué antipático. Al parecer Gache tenía razón, tienes mucha angustia encima de ti.
—Rai, Gache dijo eso mucho antes de llegar al instituto ¿Acaso estuviste espiándonos?
—No lo llamaría espiar... —dijo tomándose la quijada—. Yo le diría "escuchar casualmente".
—¿Ah, sí? ¿De la misma manera que "escuchas casualmente" todo lo que pasa?
El chico de cabello claro pronunció su sonrisa y dejó escapar una pequeña carcajada. Luego comenzó a negar levemente con la cabeza, como si estuviera escuchando tonterías:
—Dime, mi querido amigo Yeik ¿Hace cuánto eres amigo de Gache?
—¿Y eso qué tiene que ver con lo que te estoy preguntando? —contestó, molesto.
—Yo no confiaría tanto en él.
—Rai ¿De qué estás hablando?-
—Hablo de lo que pasó en el baño el primer día, Yeik.
—¡Ey! —interrumpió el joven Lix—. Ten cuidado con lo que dices, ella está aquí.
—No te preocupes, ella duerme. No podrá escucharnos.
Yeik, como para corroborarlo, miró por unos segundos a Arlet, quien dormía como un tronco sobre su libro. Entonces, recordando las palabras que ya había dicho su no tan querido compañero, contestó:
—¿De dónde inventaste que me he metido en la casilla del baño con ella?
—Quizás si prestaras más atención a lo que te dije desde el principio, entenderías.
—¡Mierda, Rai! —gritó el de pelo azulado— ¿Podrías simplemente ser más claro en lo que tratas de decirme?
En ese momento, al vigoroso joven se le acabó la paciencia. Quitó inmediatamente su sonrisa y volteó a ver a Yeik con unos ojos intensamente amenzanantes.
—Escúchame, idiota. Lo que estoy diciéndote es que no estás prestando atención al problema principal —. Rai intensificó su mirada e inclinó su cuerpo hacia Yeik—. Cada problema en el que te metes hace que Yésika prefiera acercarse hacia mí, y creo que ambos sabemos que estás en la cuerda floja con ella. Así que más vale que te tranquilices o le diré a Yésika lo que hiciste con Arlet y pierdes toda posibilidad de volver a dirigirle la palabra. Y no importa si le digo la verdad o no, ella confiará en lo que yo le diga ¿Entendiste?
A pesar de que la amenaza lo enfurecía aún más, Yeik prefirió apretar los dientes y los puños para contenerse; él sabía que todo lo que Rai decía era cierto.
—Pero bueno —continuó el joven Apraiz, retomando su sonrisa burlesca—. Vamos al grano. Qué problema ¿No? Y pensar que todo fue producto de una simple confusión de la pequeña Arlet. Aunque, pensándolo bien, creo que tus problemas serían mucho menores si no fuera por alguna traviesa personita que me contó todo lo que ocurrió ese día.
—¡¿Qué...?! —dijo Yeik, con la voz entrecortada—. ¡Eso es imposible!
—Ey ¿Por qué reaccionas así? Pensaba que tu conciencia estaba limpia —rió sin escrúpulos. Luego de eso, inmediatamente volvió a mirar a Yeik con unos ojos oscuros y serios—. ¿Acaso crees que me entero de las cosas por arte de magia? ¿Qué tengo una bola de cristal que me lo dice todo? Por favor, Yeik ¡No seas tan ingenuo!
—¿Entonces cómo diablos haces para enterarte de absolutamente todo?
—Oh... Yeik, qué inocente eres —dijo Rai a manera de consuelo—. Te diré algo. Yo no creo en las adivinaciones, predicciones o en ninguna de esas cosas, pero sí hay algo que creo que es muy real y que has estado pasando por alto todo este tiempo... y es la gente mentirosa.
—¿De qué estás hablando? El único que miente aquí eres tú.
—¿Acaso es mentira todo lo que sé? ¿Acaso mentí cuando dije que a Gache lo engañaron hace unos años? ¿O que me partiste la cabeza porque no te agradé? ¿O me dirás que es mentira que te metiste con Arlet a la casilla del baño intencionalmente?
Yeik permaneció en silencio. Simplemente, no podía negar nada de lo que acababa de escuchar. Entonces, inmóvil, terminó de escuchar las palabras de Rai.
—Sin embargo, no me entero de todas estas cosas por arte de magia. Es muy fácil saber muchas cosas, sobre todo si me lo dice alguien cercano a ti ¿Cómo crees que sé lo que pasó con Arlet el primer día que ingresó?
—¿Q... qué? Espera ¿Cómo que alguien...? Eso no es cierto.
—Claro que sí —asintió chico robusto con la cabeza—. Y como sé que no estuviste prestándome atención, te lo pondré de una manera más fácil. En el momento que ocurrió lo del baño solo estuvieron tres personas: Gache, Arlet y tú ¿Cierto? Y como fuiste el que más insistencia tuvo en no decírmelo, creo que te quedan dos personas como descarte.
Yeik, con un desconcierto total de lo que estaba escuchando, miró a Arlet con una mirada de desesperación.
—No, no. —interrumpió Rai—. Frío. Te queda una sola oportunidad. Y como soy tan bueno y no quiero que pierdas tu chance, volveré a repetírtelo. Yo no confiaría tanto en Gache.
—Rai, no —negó Yeik con la cabeza—. Eso no tiene sentido.
—Si tiene sentido o no... eso ya no es mi problema. Como te dije, no creo en cosas mágicas, sí en la gente mentirosa.
El de pelo azul había notado, entonces, que Rai llevaba ya largo rato ojeando el reloj. Y cuando la aguja llegó a las menos cinco, su odiado compañero se levantó del asiento y se dirigió hacia la puerta.
—Todo es mentira —dijo Yeik, esperando inútilmente a que Rai se retractara—. Ni siquiera tienes idea de lo que estás hablando.
—Creerme o no ya queda a tu elección —contestó sin dudar—. Pero al problema con Yésika ya lo tienes encima, y yo que tú trataría de no empeorarlo más.
Con una profunda soberbia y seguridad sobre sus palabras, Rai abrió la puerta y, antes de irse al recreo, no dudó en decirle lo que serían sus últimas palabras antes de terminar la conversación:
—Nunca se termina de conocer a una persona, Yeik.
 
 
 
 
 
 
 
Recuerdito: Si usted no vota, comenta o le da gracias a diosito por un capítulo que te gusta, inmeditamente pasarás a tener mala suerte en lo que queda de tu día (Esta es la famosa maldición llamada "conejus malévulus"). Tú eliges c:
 

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