Capítulo 9 ; La infiltración

Cuentos de Media luna

visibility

239.0

favorite

0

mode_comment

0


Nidavellir, gran montaña del norte.
comienzo del Alba.
 
 
 
 
Nidavellir, el mundo de los enanos, ese era nuestro primer paso en  este viaje, pero el uso del baifrost fue peor que subir a la montaña rusa.
Apenas habían pasado unos minutos desde que pisamos tierra firme, acabamos en una desolada y nevada montaña. Jay explicó que el baifrost nunca era preciso pero no esperaba que nos dejase tan al norte, nos sentamos alrededor de una fogata y comenzó la reunión.
 
 
–Vale, estamos en la gran montaña del cuerno helado. 
 
–¿No es esta la morada de uno de líos tres dragones sagrados?
 
–Hindel – dije con la mirada perdida.
 
–¿Cómo lo sabes? 
 
 
Cuando mi mirada se cruzó con la de Alissa no supe que contestarle, había hablado por inercia no por conocimiento certero, me preguntaba si era porque estaba  comenzando a recordar .
 
 
–Sea como sea, así  es  Hindel vive en la cima, es un dragón noble y sabio.
 
–Eso mismo dijiste de Wagner y cayó en manos de Baelödar .
 
–Eso es distinto  – salté  en su defensa – Wagner arriesgó su vida por mi.
 
–Calmaos  tenemos algo mucho más importante entre manos, estamos muy alejados de la ruta prevista, necesitamos llegar como sea a los bosques de sillöpher.
 
–Nuestro enemigo  principal es Hreidmar el rey, aliado de Lunafreya, si raza quien le suministra las armas, debemos detener eso.
 
–Sus hijos no nos lo pondrán fácil en especial Fáfnir.
 
–En la última guerra masacro el sólo al Ejército de la  reina Elfaria.
 
–Elfaria… – un fuerte dolor de cabeza me sacudió con violencia, obligándome a agarrar mi cabeza con ambas manos.
 
 
Todo me daba vueltas, los oídos me pitaban, y caí en la inconsciencia oyendo amortiguadas voces de pánico a mi alrededor. La oscuridad  me llevo y cuando nuevamente abrí los ojos me encontraba en un paraje totalmente distinto y a la vez familiar.
 
Mis ojos bajaron por aquel lugar de frondosa vegetación, exuberantes árboles rebosantes de vida, maravillosas y desconocidas flores, todo tipo de criaturas extraordinarias. Pero hubo un movimiento a mi derecha se captó de inmediato mi atención, una muchacha.
 
 
 
–¡Elfaria! ¡salid, necesito hablaros! – su cara denotaba  gran preocupación, miró a todas partes buscando.
 
–Si es la asesina favorita de los Aesir – se escucho una voz maliciosa y alegre.
 
 
 
Una mujer de dorados cabellos y ojos esmeraldas, salió de entre los árboles, era realmente atractiva, curvilínea hasta más no poder, sus alas cual mariposa eran gráciles y esbeltas en un tono aguamarina, brillaban con intensidad, con un rostro fino y delicado, labios carnosos y de color rubí, se movía con gracia y altivez demostrando su rango de alta cuna.
 
 
 
–¿Qué busca una enemiga de los Vanir de la reina de las hadas? 
 
–Ayuda… se avecina una terrible guerra, Lunafreya  buscará  la ayuda de los elfos oscuros y eso, mi querida reina es algo que nos afecta a todos.
 
–Es imposible sacarlos de ese lugar… – la inseguridad se reflejó en su bello rostro – debes apresurarte, ve al cuerno helado y visita Hindel, el nos dirá lo que nos deparará el futuro.
 
 
Con un atisbo de temor en sus temblorosas manos, Elfaria se retiró, Nébula la observó marchar pero ella también rebosa temor.
 
 
–¿Qué planeáis hacer madre? – Su mirada se elevó al cielo  – Oh… Igdrix ojalá  estuviese aquí… 
 
 
 
Me quedé petrificada ante la verdad que asomaba por aquellos hermosos ojos azules iguales a los míos, Nébula amó a Igdrix y resultaba que Igdrix era Jay. Amaba a la misma persona que en antaño, no daba crédito a tal verdad y sin embargo no podía negarla no cuando veía la tristeza y el mismo anhelo que yo misma había sentido al pensar en el.
 
 
–Igdrix…. Igdrix… ¿dónde te has marchado? No puedo hacer esto sola…– se derrumbó de rodillas al suelo, con ambas manos cubriendo su rostro, su llanto me partió en dos.
 
 
 Lágrimas se derramaron por mis ojos y la desesperación brotó de mi, una chica enamorada a la que habían abandonado justo antes de la batalla. No pude soportarlo y grité todo lo que pude, pero seguía en el mismo lugar ante la misma desgarradora imagen, no quería seguir viéndome a mi misma llorar por el. 
 
Un pequeño dragón de unos cuatro metros descendió desde los cielos hasta pisar tierra y envolver con un ala a los temblorosa Nébula. 
 
 
–No llores, el volverá – dijo consolándola un joven Wagner.
 
–Deberías estar con el tío Thor, necesita de ti para seguir investigando a mi madre.
 
–Sentí tu angustia, no pude evitarlo.
 
–Llévame al cuerno helado – dijo poniéndose de pie.
 
 
El dragón se agazapo esperando que su dueña se montará sobre su lomo, decidí seguirla y subí en el, pronto nos elevamos con brusquedad entre las nubes, el sol  brillaba radiante en el horizonte,, con una mirada cansada Nébula alzó la mano derecha y conjuro el Baifrost .
 
 
–Adelante – susurró Nébula.
 
 
Atravesamos aquel arcoíris de una forma más pausada que la que usamos nosotros para llegar a Nidavellir, la joven seguía algo triste pero tenía algo que yo no, y era sentido del deber, sabía apartar sus sentimientos y hacer lo que debía hacer.
 
 
–¿Lograste ver a Elfaria? – preguntó Wagner.
 
–Parecía tan asustada como el abuelo, sea lo que sea lo que pretenda mi madre, no es nada bueno Wag. Debemos detenerla.
 
–Nebú… no te fuerces. – dijo con tristeza.
 
–Debo hacerlo, no se trata de nosotros, sino de todos, todos… 
 
 
 
Su mirada perdió de nuevo la resolución, hasta ese instante no lo entendí, ella había tenido que aceptar una pérdida tras otra, una traición tras otra y seguía de una pieza. Buscaba detener a su madre, la persona en la que supuse más debió confiar, aquella que le dio la vida, planeaba traicionarla y abandonarla a su suerte. Nunca imaginé el gran dolor que eso debió causarle. Y aún así era capaz de sonreír.
 
El viaje continuo en el más absoluto silencio, la cumbre era blanca e imponente, franjas de hielo punzantes eran visibles a lo largo de la montaña, estaba nevando con suavidad y el sol comenzaba a ocultarse en aquel desértico lugar.
 
Aterrizamos en la zona más alta, y todos nos mantuvimos alerta esperando a que aquel misterioso dragón apareciese.
 
 
 
–Hindel, el sabio y guiador de los nueve mundos, muéstrate se acercan tiempos aciagos y necesitamos de tu ayuda, tus predicciones pueden guiarnos en estos tiempos oscuros.
 
 
 
El viento soplo con fuerza logrando que nos encogiéramos y cerrásemos los ojos con fuerza, un imponente dragón de escamas doradas y zafiras apareció ante nosotros.
 
 
 
 –Dime que deseáis heredera de los cielos y la tierra.
 
–Necesito que escudriñes entre mi futuro y me brindes respuestas, te lo ruego .
 
 
 
El dragón miró con suma aflicción a Nébula para luego alzar la mirada al cielo nocturno, hubo un silencio sepulcral durante segundo si parecieron eternidades.
 
 
 
–Tu camino esta lleno de muerte y dolor pequeña. Pronto ter enfrentaras a una terrible elección, el peso de lo nueve mundos recaerá sobre ti.
 
–¿Sobre mi?
 
–Enfrentaras un sacrificio pero, haz de saber que aquel a que esperas también sufrirá Las consecuencias de tu decisión.
 
 
 
Una vida de sufrimiento muriendo una y otra vez a cambio de nada, entendía bien lo que se estaba jugando, el bien mayor, un sacrificio, una oportunidad.
 
 
–El… – empezó con voz quebrada – ¿hallará la felicidad a pesar del dolor?
 
–Su futuro es incierto heredera, el ya a elegido su destino ahora, te tocará a ti decidir el tuyo, los hilos del destino han sido tejidos es decisión vuestra unirlos o deshacerlos. 
 
 
 
Una luz nos cegó,  Hindel había desaparecido dejando una confusa Nébula en aquel inhóspito lugar, su cara era un reflejo de sus pensamientos, ella había encontrado su respuesta.
 
Sentí de nuevo un fuerte dolor de cabeza que me hizo derrumbarme  en el suelo jadeando, todo se hizo borroso y la oscuridad volvió a llevarme. Desperté arropada por los brazos de Tyler y una manta, el debía haberse quedado dormido mientras velaba mi sueño.
 
Pasee mis ojos observando, Jay estaba frente a la fogata con la mirada perdida contemplando meditabundo las rojizas flamas, un dolor punzante atravesó mi pecho, sentí un profundo nudo en mi garganta y las lágrimas se agolparon nuevamente en mis ojos dándome la sensación que ardían.
 
 
–No tienes que fingir que estas dormida… – susurró Jay aun con la mirada perdida.
 
 
El silencio volvió a instalarse entre nosotros, era más que obvio que no podíamos seguir así, yo no podía seguir de este modo al ver a Nébula pude entenderlo un poco. Había mucho en juego  como para  estar llorando a todas horas, debía hacerme con el control y tomar las riendas.
 
 
–No le hables a tu superior sin su permiso, soldado.
 
–¡¿Eso soy ahora un simple soldado para ti?! 
 
–Nada más que eso – dije con frialdad – soy tu capitana y como tal, te exijo que dejes aún lado todo y te ciñas a cumplir tus órdenes.
 
 
 
Jay guardó silencio antes mis crueles palabras pero no podía esperar nada más, cerré nuevamente los ojos y me acurruque más cerca del calor y la paz que Tyler me brindaba, tenía aún algo pendiente más debía actuar con cautela y paciencia.
 
Espere lo que parecieron horas hasta que todos incluido Jay estuvieron dormidos, salí de los brazos de Tyler con sumo cuidado y emprendí mi larga travesía hasta la cima. Cuando llegué el sol ya se vislumbraba por el horizonte cegándome con su luz.
 
 
 
–¿Qué buscas de mi, tu que llevas tan pesada  carga ? – preguntó Hindel que reposaba de un cristal de hielo a mi espalda.
 
–Busco respuestas a mi aciago destino, Hindel, guiador de los nueve reinos.
 
–Tu destino predije eones atrás heredera, la espiral de muerte que te atormenta, puede ser quebrado, pero el camino que buscas con ahínco te traerá dolor y pérdida una vez más me temo, que te hallaras pronto ante una nueva elección.
 
–¿Cómo puedo recuperar la daga? ¿qué debo hacer? Por favor, por favor sabio dragón dame respuestas – lágrimas quemaban mis frías mejillas.
 
–Quisiera tener todas las respuestas que necesita tu atormentada alma, pero el cielo guarda silencio ante tu futuro, sólo tu puedes abrir el camino,  lo único que puedo decirte es que consultes a Eir tal vez ella pueda ver más allá de tu maldición.
 
–¿Es por la condena de Lunafreya que no puedes escudriñar mi futuro?
 
–No pongas esa cara joven guerrera, pronto muchas cosas se os revelaran. 
 
 
 
Tras sus últimas palabras desapareció como arte de magia, me enfrentaría a una situación como la de Nébula, una elección ser la cual sospechaba llegaría tan rauda como el triste amanecer que se cernía sobre mi… sin embargo ahora debía centrarme en buscar respuestas.
 
Volví al campamento improvisado, viendo que aún todo el mundo dormía, cansada me recosté en el  regazo de Tyler y me sumí en un profundo sueño. 
 
 
 
Has sufrido durante milenios, vidas tras vida atada a sufrir una muerte cruel en pos de la maldad y la tiranía de otros…
Cada vez pierdes tus recuerdos… tu esencia… tu pasado… tu alma atormentada que emerges  desde las profundidades de la más negra oscuridad es tiempo que reluzcas como antaño solías  hacer, vuélvete un único ser nuevamente… tu llave que abrirá la puerta, aquella luz que heredará todo, despierta.
 
 
 
Me desperté sobresaltada aún resonando aquella misteriosa voz en mi profundo sueño, mis ojos asustadizo buscaron a Tyler con desesperación, estaba despierto y alerta.
 
 
–¿Algo va mal? – su mirada me inspeccionó en busca de respuestas.
 
–He ido a ver a Hindel… – dije agachando la mirada.
 
–¿Qué te ha dicho? – dijo con suavidad acariciando con cuidado mi cabello.
 
–Tengo que hablar con Eir.
 
–Eir  ve  el futuro – asintió con la cabeza.
 
 
 
Me ayudó a incorporarme  para dirigirnos unos metros más adelante donde dormía Eir, su esbelto cuerpo yacía  envuelto en una manta blanca que se camuflaba  bastante bien con la propia nieve del entorno.
 
 
–Levanta, te necesitamos.
 
 
Eir se incorporó con ojos somnolientos, nos observó con los ojos entrecerrados tanteando con cuidado sus palabras.
 
 
–¿Qué queréis de mi?
 
–Te necesito – atrape  sus manos en las mías.
 
–vaya, vaya, la gran Nébula y Cerberus me piden auxilio, en otras circunstancias me  habría hecho gracia, sin embargo es hora de tabajar juntos – asintió – ¿Qué necesitáis?
 
 
 
Comencé a explicarle todo, mi sueño, Nébula, Hindel y su Consejo de acudir a ella, dado que el cielo guardaba silencio ante mi futuro.
 
 
–No puedo creerlo… – la tristeza y la pena eran obvias en su rostro – pero no puedo ayudaros.
 
–¡¿porqué no?! Dijiste que estábamos en el mismo equipo.
 
–Las sagradas runas me fueron robadas por los antiguos nibelungos, esos malditos enanos, están en el Castillo de  Hreidmar, al sur de la montaña.
 
–Entonces, infiltrémonos  – dije con mis ojos clavados  en ella – háblame de ellos, cualquier cosa que sepas.
 
–Podría ser peligroso.
 
–No importa, debemos saber que nos espera, además íbamos hacerle una visita antes o después.
 
–Si estas tan decidida… bien, su rey una vez trató de  acercarse a ti, todos ellos son seres depravados y salvajes, pierden la cabeza por las mujeres menos por las suyas.
 
–Vaya cerdos. 
 
–Eso es quedarse corta querida.
 
 
 
Guarde silencio mientras pensaba, el enano se encapricho una vez de Nébula, aunque quien  no lo haría, una idea fugaz cruzó por mi mente.
 
 
–Se como hacerlo, vayamos.
 
–Que se te ha ocurrido.
 
–Fingiré ser Nébula – al ver la cara de impaciencia de ambos añadí – a como solía ser, me presentaré como si nada fingiendo que he cambiado de lado en esta guerra, y lo seduciré y serviré de distracción vosotros tendréis que hallar las runas. 
 
–¿Tu, seducir? – dijo con sarcasmo Jay.
 
–No me ves capaz – rete. 
 
–No mucho, esto no es tu Universidad y el no es ese quarterback mediocre.
 
 –Tiene gracia, cuando tú ni siquiera  sabes de que soy capaz, no soy tu Nébula. Ademas antes de que me encontrarás se me daba muy bien, nosotras– dije mirando a mis chicas – sabemos muy bien como jugar nuestras cartas.
 
 
 
Jay retrocedió molesto como si acabase de abofetearlo y las chicas y yo chocamos los cinco en señal de victoria, después de aquello nos pusimos manos a la obra para planear el golpe, elegimos una ruta discreta, y Eir me enseñó unas cuantas cosas sobre la antigua Nébula. 
 
 
 
–Debes ser inteligente pero suave.
 
–Lo tengo.
 
–Adúlalo cuanto puedas los enanos  les encanta que les suban el ego.
 
 
 
Usamos la magia de Eir para llegar a los alrededores del Castillo pues inclusive la mía parecía haber sido restringida. Uso maquillaje que le presto Alissa, dibujando una serie de runas en mi mejilla lo cual daba el efecto a todas luces de que Nébula había regresado. Jay se preparó cuando me vio ponerme en pie pero negué sutilmente con la cabeza y señale a Layla quien estaba a mi derecha.
 
 
–Ella vendrá conmigo, tu, soldado quedas bajo las explícitas órdenes del teniente.
 
–No te preocupes yo te cubro las espaldas.
 
–Más te vale, eres mi segundo a bordo.
 
–Es hora de irse.
 
–Si…
 
 
 
Mi mirada no se separó del rostro desolado de Jay , pero ¿ qué más podía hacer? Ni siquiera debería haberlo traído después de saber que sólo busco hacerme daño por un motivo aún desconocido para mi, sólo una persona tenía las respuestas y seguía dormida en un profundo sueño gracias a Bael. 
 
Layla me guió a través de la entrada hasta el portón dos guardias a cada lado con semblante duro y calmado,  nos acercamos hasta ellos quienes se quedaron descolocados al verme. 
 
 
–¡¿Lady Nébula?! – preguntó uno de ellos con ojos desorbitados.
 
–No sois capaces de reconocerme soldado – erguí mi espalda aún más recta en un acto de solemnidad.
 
–¡Dejad de perder el tiempo, soldado! ¿No veis se mi Lady ansía una audiencia con vuestro señor a que esperáis? ¡dejad de importunar a la diosa! 
 
 
Gracias a Layla los dos guardias confusos parecieron reaccionar e hicieron una reverencia ante mi, sentí la presencia de los otros a mi espalda, la tensión en mis venas aumentó.
 
 
–Perdonadnos mi señora, entended que son demasiados siglos sin veros, más estáis radiante nuestro señor estará más que gustoso de brindaros una audiencia.
 
–Acompañadme por favor.
 
–Muy bien – dije con calma, una calma de la que no disponía en realidad.
 
 
 
El enano nos guío por los pasillos silenciosos del castillo, había grandes retratos de guerra en las paredes, abundantes habitaciones, armaduras en los pasillos junto con todo tipo de armas, más que un castillo parecía un Museo de guerra.
 
Nos hizo pasar por una bien puerta de madera noble color rojizo y nos dejo al umbral de lo que parecía la sala del trono, supuse. Avanzó hasta llegar a su señor dijo unas palabras que desde la distancia no pude oír y luego volvió hasta nosotras.
 
 
–El rey desea veros Mi señora.
 
 
Hizo un gesto y avanzamos sin temor, el corazón me martilleaba con fuerza la caja torácica dándome la idea que iba a salírseme del pecho de un momento a otro. Los nervios empezaron a carcomerme viva Layla me dio una fugaz sonrisa de apoyo, cuando llegamos frente al trono vislumbre un hombrecillo que no era lo que tuve en mente.
 
Era un hombre apuesto, pero de una belleza rústica y salvaje, de apariencia vikinga, calculaba que me llegaría a la altura de la cintura, su boca se curvo con cinismo al percatarse de mi análisis.
 
 
 
–Que los dioses me lleven, realmente eres tu, pensé que mi siervo mentía y sin embargo aquí estas.
 
–Yo también me alegro de veros, mi Lord.
 
–No seas condescendiente conmigo -¿qué te ha llevado hasta mi, Nébula? En nuestro último encuentro dejaste claro que yo no era de vuestro agrado.
 
–¿Quién es ahora el condescendiente? He recuperado mi ser pero , con una gran diferencia.
 
–¿Y eso es? – dijo con impaciencia.
 
–Esta vez, quiero cambiar de bando.
 
 
 
Su rostro fue cambiando desde el recelo, a la sorpresa hasta la ira y nuevamente a la precaución, su mirada era dubitativa y sabía que estaba meditando con sumo cuidado su siguiente elección de palabras.
 
 
 
–¿Crees que voy a creer que después de seis milenios de lucha simplemente has decidido cambiarte al otro lado de la balanza así, sin más?
 
–¿Sin más? – respondí con fingida indignación – ¿acaso olvidas a todo cuanto tuve que renunciar, no he perdido ya suficiente? Lo peor señor rey es que perdí a cambio de nada.
 
–Buena respuesta – dio una palmada y un criado apareció por un pasillo a su derecha– que dispongan la gran mesa, esta noche celebraremos y, acompáñalas al ala este y que dispongan lo que deseen.
 
–Como ordenéis mi señor.
 
 
El sirviente se retiró tras una reverencia y lo seguimos, el ala este era caucásico, con pintorescos cuadros de paisajes inhóspitos y más bien muertos, de colores opacos y tristes, no me imaginaba quien viviría en aquella parte de aquel enorme castillo, nos acompañó hasta el interior de una amplia y lujosa habitación, nos enseñó el guarda ropa y nos explicó que podíamos cambiarnos de ropas  para la cena, una vez salió Layla y yo compartimos sendas miradas.
 
 
 
–Soy yo o esta habitación tiene mal royo – su mirada se paseó por la opaca habitación.
 
 
 
Pasee por el  lugar rozando con las yemas de mis dedos los muebles cubiertos de polvo, había algo extrañamente familiar, pero por más que busqué una pista no la halle.
 
 
 
–No lo se, pero hay que centrarse, ese enano nos está probando o esa es la sensación que tengo, así que es hora de disfrazarse.
 
–No me gusta esto … – dijo apretando los puños a ambos lados.
 
 
 
 
La entendía, ser obediente o prudente nunca fueron virtudes que yo poseyera así que tenía reconocerlo a mi tampoco, estábamos apostando demasiado sin conocer el resultado de ante mano y eso me preocupaba sobremanera, de nosotras dependía que la misión fuese un éxito o un fracaso total, necesitábamos esas runas como el sediento el agua si queríamos asegurarnos una victoria tendríamos que asumir la situación y hacer la actuación de nuestras vidas.
 
 
–Yo tampoco quisiera, pero…
 
–No hay segundas opciones, lo se, así que hagámoslo capitana.
 
 
 
Los ojos de mi compañera refulgieron con seguridad y una sonrisa secreta asomó mis labios, Layla me devolvió una cómplice y en el silencio que acompañó aquel lugar de luz tenue por la única vela que lo iluminaba dos vidas se prepararon para cambiar sus destinos.
 
******************************************** 
 
Sentí transcurrir el tiempo con plena lentitud torturadora. Cada minuto me iba robando la poca paciencia que en mi permanecía.
 
Mis pensamientos vagaban distraídos asaltándome con una pregunta que trataba de enterrar en un recóndito y olvidado lugar de mi mente. Pero todo intento era en vano, no podía evitarlo ahora que comenzaba a dar pasos hacia delante en mi pasado y aquella pregunta me daría una nueva pista ¿que habría  sido de mi padre? Según Tyler mi padre era nada mas y nada menos que el dios del tiempo, pero sobrevivir a una amante tan mezquina y letal como lo era Lunafreya suponía una reto incluso para los mas valientes, si bien lo sabían Thor o Loki la peor experiencia se la llevo Odín .
 
Era una bruja llena de ambición, capaz de llegar a los mas sucios y oscuros trucos para alcanzar sus ideales y sin embargo había sido amada. Y Nébula era la prueba viviente de ello.
 
Mientras más perdida estaba mi mente más absorta de todo estaba, tanto que no presté atención cuando llamaron a la puerta y aún menos cuando aquel sirviente entró .
 
 
–Mis mas sinceras disculpas por la espera princesa – aquel depravado enano me miraba lujurioso – mas todo ya ha sido dispuesto y el rey aguarda con impaciencia su aparición.
 
 
Comenzaba la actuación y el momento de la verdad llegó . Le miré con majestuosidad y altivez, con voz suave y seria me atreví a contestar.
 
 
–Espero que vuestro señor muestre mayor cortesía hacia mi persona – dije con unas sonrisa de suficiencia.
 
–Por supuesto, mi señora.
 
–Ahora guiadme, no hay que hacer esperar a vuestro rey.
 
 
Layla me dio un gesto de aprobación mientras el nervioso vasallo se apresuraba a abrirnos la puerta y hacer su correspondiente reverencia mientras nos daba paso.
 
El nuevo recorrido por aquellos pasillos llenos de historia perdieron su encanto, el camino fue fugaz y silencioso, cuando vislumbre el umbral del gran salón pude apreciar una suave melodía que solo podría describir como nórdica, mi estómago se tenso en respuesta y un gran dolor de cabeza me hizo doblarme agarrando mi cabeza con ambas manos temblorosas.
 
Ráfagas de imágenes bombardearon mi perturbada mente, un paisaje de un cielo completamente claro, lleno de brillantes estrellas, un castillo que haría llorar a cualquier arquitecto en reluciente cristal celeste, preciosas y fieras guerreras con alas volando por el cielo chocando espadas unas con otras, mientras la que supuse que seria su supervisora observaba con rostro impasible.
 
Pegasos de un blanco especial bebían en un precioso lago de agua cristalina y pura. Mi mirada volvió al palacio donde se escuchaban murmullos de asgardianos nobles, con ropas típicas de nobles. Una delicada voz resonaba por todo el castillo con un sonido que hizo que mis lagrimas se derramaran. 
 
Mi visión volvió fuera lo cual agradecí, mis ojos se clavaron en una muchacha joven de apenas unos diez años de edad, de grandes ojos azules y pecas que salpicaban su nariz, su sedoso cabello negro como la noche estaba recogido en una cola de caballo y sonreía al hombre que estaba a su espalda.
 
Sin que alguien lo dijese obtuve la respuesta era el padre de Nébula. Era un hombre de cabello rebelde y castaño rojizo, de ojos tan verdes como una aurora boreal, que reflejaban una dulzura y amabilidad incomparables a nada que hubiese visto antes.
 
Era muy alto, de gran musculatura, lo que se esperaría de todo un guerrero, pero aquella imagen no inspiraba fiereza sino amor y calma, Estaba a la espalda de su joven hija, la cual sostenía un arco. Estaba enseñándola a usarlo, preparándola y a la vez rezando para que jamás tuviese que usarlo.
 
Aparte la mirada sintiendo que me oprimía el pecho, y mis ojos se cruzaron con una mujer en la distancia, de largo y ondulado cabello, vestía un vestido blanco con toques dorados, mangas sueltas y anchas a medio brazo, de figura esbelta y delicada pero su rostro apartaba toda admiración de cualquiera. Su rostro y cuerpo rezumaba odio por cada poro, sus ojos reflejaban la traición, Lunafreya odio a Nébula desde su mas tierna infancia y extrañamente sentí aquel rechazo y aquella verdad como si fuese completamente mía.
 
La consciencia de un dolor penetrante volvió atravesarme con avidez, caí de rodillas y grité a causa de la tortura. Cuanto volví en mi estaba en aquel pasillo a unos pasos del gran salón, Layla me miraba con intensidad mientras el enano con preocupación.
 
 
–Estoy... Bien – logré jadear.
 
–A veces sus recuerdos se agolpan – explicó Layla por mi.
 
–Ya veo – dijo con una mirada que dudaba de mis intenciones. 
 
–Pero recuerdo lo suficiente como para  saber que me conviene – le sostuve la mirada diciéndole que mas le valía no sobrepasarse.
 
–Lo lamento alteza, mis disculpas – hizo una reverencia y nos acompañó hasta el final del pasillo.
 
 
 
La sala estaba iluminada con infinidad de blancas velas y decorado por multitud de rosas blancas. Una gran mesa maciza ocupaba el centro de la sala, llena de la comida más exquisita supuse que aquel mundo pudiese ofrecer, servida en cubertería de oro.
 
Hreidmar se encontraba de espaldas mirando arder el fuego de la chimenea, Copa en mano y relajada postura, daba la impresión de estar dubitativo. Di una mirada rápida a Layla quien asintió, di pasos que resonaron por toda la estancia debido a los zapatos, en respuesta no tardó mucho en cruzar su mirada con la mía. 
 
Sus ojos me observaron con detenimiento, para no perderse ni un solo detalle de aquel vestido color Rubí de aspecto principesco, sin mangas y pomposo . Su mirada hizo que mi estómago se revolviese pero debía  resistir lo suficiente
 
 
–El rojo siempre fue vuestro color, Alteza.
 
–Estoy de acuerdo, mi señor.
 
–Mientras estabais en la estancia– dijo ofreciéndome su mano la cual acepté – me he tomado el atrevimiento de informar a vuestra madre de vuestra decisión.
 
 
Sus ojos buscaban mis dudas pero sólo se encontró con una sonrisa altiva, nos guió hasta la mesa y retiro una silla para mi, una vez acomodada hizo lo mismo con Layla, para luego sentase frente a mi.
 
 
–No va a ser fácil que los nuestros te acepten – dijo tomando un sorbo de su Copa.
 
–Y aún así ninguno puede oponerse y vos lo sabéis, yo podría ser la carta de triunfo que necesitáis en contra de Hoodum.
 
–Eso es algo innegable,  pero no bastará con la aprobación de los generales, tendrás que ganarte el respeto de nuestro ejército, para Onix será un placer volver a verte.
 
–Ojalá pudiese decir lo mismo, sin embargo es un obstáculo que superare para lograr mi objetivo.
 
–¿Y cual es ese objetivo? 
 
–El bien común claro está – dije sonriente.
 
 
 
Hreidmar no sabía hasta que punto eran ciertas mis palabras, lo estaba arriesgando todo por el bien de los nueve reinos, pestañee con encanto y no le fue indiferente, ya tenía su atención. Me coloque en una postura ya estudiada, casi pude oír sus pensamientos.
 
 
–Pero por ahora Hreidmar hablemos de otros, asuntos .
 
 
Moví mis labios con lentitud dejando exhibir mi sensual tono combinado con su forma irresistible y su tono carmín. Su garganta trago con dificultad y supe que estaba donde lo quería.
 
–¿Q-que, que temas? 
 
–Que tal si me hablas de este imponente Castillo.
 
–¿Te da curiosidad? 
 
–Quizás – dije rezumando intención.
 
–Este era el castillo de los Nibelungos, antaño grandes guerreros enanos, hasta que fueron corrompidos por un tesoro maldito, regalo de vuestro abuelo. Poseídos por el tesoro se volvieron unos contra otros y fueron la deshonra de mi pueblo.
 
–Aciagos tiempos de guerra hemos vivido todos mi señor, por otro lado no he visto a ninguno de vuestros hijos.
 
–Estaban por los alrededores de Palacio – dijo con una sonrisa maliciosa – cazando.
 
 
 
Ignore el miedo que se estaba instalando en mi estómago, y comenzamos a cenar en silencio, furtivas miradas volaron atraves de las horas entre Layla, el enano y yo. La tensión se respiraba en el aire, era demasiado listo como para fiarse y había puesto vigilancia, necesitaba mantener las formas a toda costa. 
 
 
–¿Y cuando podré ver a mi madre o al Consejo? – dije con simpleza tras dar un sorbo al vino amargo.
 
–Pronto, muy pronto princesa, vuestra madre llegará al alba.
 
 
 
 
 
 
 

Este sitio usa cookies para tu sesión de usuario y mostrarte publicidad.

De acuerdo