III

Memorias Caídas

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-Si así fuera, no explotarían tan seguido. -avancé. Me miró desentendido. Ambos.
Seguimos caminando hasta que por fin nos encontramos con ¡nada! Eruca no estaba del otro lado lo que me heló la sangre. Si algo le pasara no sabría qué hacer. Aramis me mataría.
Vi una señal en el cielo, una bola de fuego ascendente que se desvaneció al cabo de unos segundos. Estaban del otro lado, marcharon en dirección contraria a la acordada ¿por qué lo harían? Abrí un portal y cruzamos con rapidez.
-¡Llegaron! -la risa enfermiza interrumpía lo que trataba de decir. -Sabes, es increíble la cantidad de sorpresas que traes encima. ¿Qué demonios hiciste aquí para que haya un templo en tu honor? -abrió sus brazos asombrado. Vi detrás de él y se hallaba un gran muro que se extendía de lado a lado y no se sabía que tan alto era ni cuánto de la isla rodeaba. La altura del muro al parecer no era regular en todos los sectores por alguna incomprendida razón. Le roca sólida fue tallada con gran precisión. Una joven cargando a un cuervo sobre sus brazos. De sus ojos cerrados el agua de un río acaudalado subía haciendo que toda lógica desapareciera al contemplar el panorama. Iba inexplicablemente en reversa.
-Azar...
-Por favor, más entusiasmo. -habló con franqueza. -Pensé que ya éramos amigos, incluso compartimos un maravilloso viaje como este. -sonrió con malicia.
-¿Te divertiste? ¿Dónde están ellas?
-La verdad es que no tengo idea, deben vagar por aquí o por allá en la isla. -señaló en varias direcciones mientras retorcía su cuerpo para marcar el camino. Y terminó por abandonar el cuerpo de Joel que ahora se había convertido en una simple envoltura sin nada que cubrir. -Espero que las sombras no las atrapen. A veces pensar que todo es real hace que todo lo sea. -pensó en voz alta.
-Deja de decir estupideces. -me sentía impotente. Realmente quería darle un golpe el la cara.
-Tienes razón, al final nadie escucha las palabras de un loco. -su sonrisa se extendió de oreja a oreja de una manera perturbadora.
-Tú serás lo que sea, pero no estás loco, un concepto no puede ser más que eso.
-¿Aplica para ti también? -entrecerró los ojos con recelo. Mi corazón se apretó con dolor.
-¿Qué quieres? -es frustrante saber que puedes borrarlo todo con una palabra menos a tu mayor enemigo.
-¿Yo? Divertirme, ¿tú? -me vio fijamente a los ojos.
-Quiero que mueras. -salió de mi boca sin pensarlo. Lissandro y Alex se mantenían al margen de todo. Le temían a su poder y las advertencias que les habían dado no ayudaban a combatirlo. ¿Cómo destruyes algo que no se puede tocar? Debe ser sellado.
-No, tú quieres tantas cosas que de todas ellas la última es esa. Pero en este momento lo que deberías querer es evitar que Eruca pierda el bebé. -rió divertido.
Y junto con todas las desgracias que pudieron ocurrir, una de las peores decidió manifestarse ese mismo día... De repente la isla dio una fuerte sacudida que nos hizo trastabillar.
-Qué coincidencia que haya un temblor en este momento. -sarcasmo, sin duda ese tipo era más irritante que yo en mis mejores días.
-Hijo de...
-Anda, ve a buscarlos, yo cuidaré de tus amigos. -me despidió como una dama de la primera guerra mundial, hasta tenía un vestido y un pañuelo. Que tipo extravagante y estúpido.
Busqué a Eruca por todos lados de portal en portal y no la hallé hasta que los árboles notaron mi desesperación y la respiración entrecortada que no me ayudaba a controlar los nervios ni aquellas insoportables voces que se arremetía unas contra otras sin darme la oportunidad a encontrar un camino viable a ellas, una señal, algo, lo que sea. Comenzaron a quitar sus raíces, ramas y lianas del camino... Me indicaban hacia donde ir con gran precisión. Avancé a paso firme y llegué a una cascada oculta tras dos gigantescos árboles cuyas copas eran inmensas y tan densas que dificultaba visibilizar el agua que descendía. Al parecer varios ríachuelos y arroyos brindaban un abundante caudal a la cuenca principal del río que asciende hacia la roca tallada.
-Primero me quieren alejar y luego atraer. Decídanse.
Caminé con cuidado de no pisar sus enredadas raíces para no lastimar e incomodar a la naturaleza de ese misterioso lugar. Trepé por ellos hasta quedar detrás del agua que se sacudía con abundante brutalidad ante su descenso.Allí estaban. A salvo. Respiré. Y de alguna manera ya no veía a Aramis dándome una paliza por perder a Eruca de vista.
-¿Qué hacen aquí? -frente a mí se encontraban empapadas con sorpresa al ser encontradas con semejante desesperación. Realmente sentí un gran alivio y caí arrodillada al suelo. Se me acercaron a corroborar que no estuviera herida de gravedad aunque simplemente era el estrés del momento.
-Los árboles nos golpearon con sus ramas y caímos al arroyo, nos separamos de Joel y cuando despertamos nos vimos detrás de la cascada.
-Al parecer todo aquí tiene conciencia.
-¿Dónde está Alex y Lissandro? -preguntó Ceres analizando la situación.
-Azar está con ellos, si los traigo, adiós a lo que sea que encontremos.
-Estoy de acuerdo. -expresó la niña.
Luego de tomar un poco de aire observé la cueva con atención. Logré divisar pequeñas runas talladas a mano en una de la paredes, casi cerca del suelo y al final de la cavidad rocosa donde la luz apenas llegaba. Maldita sea, que buena vista tengo. Me acerqué para ver con mejor claridad seguida de la mirada de Eruca curiosa como de costumbre. Ceres no apartó la vista del agua, sentía el suelo con sus pies, trataba de saber quién estaba cerca.
-La cueva se abre. Las inscripciones lo dicen.
-Scarlet. -la preocupación de Ceres y su mirada nerviosa fue dejada de lado sin querer pues estábamos ambas concentradas en varias cosas. Eruca quería comer y el embarazo ya comenzaba a afectarle el humor; por otro lado, yo estaba preocupada por el niño que cargaba dentro. Mientras más rápido terminara de descubrir lo que había en ese lugar, más rápido comería fresas en la seguridad de casa.
-Pues veamos entonces. Ya quiero regresar a casa y devorar la lacena... en especial fresas que compró Aramis para mí. Se preocupará si no como lo suficiente.
-Pensé que las odiabas.
Pronuncié las palabras talladas allí y resonaron en la cueva una gran cantidad de susurros oscuros que creía eran de mi cabeza, pero al ver que ambas perdían el color ante esas voces me di cuenta de que ellas estaban asustadas al venir conmigo a este lugar.
-Tranquilas, con el tiempo te acostumbras. -mi intención no era alterar a Eruca quien me había dejado claro con ciertas palabras que estaba en una situación delicada. Azar lo descubrió y lo usaría en mi contra. Debía protegerla. -La isla no les hará daño en tanto la respeten. -me expliqué. -Está viva y siente como nosotras. Las trajo hasta aquí y las separó de Joel. Él está muerto, Azar usó a Alex de escudo.
-¿Qué? -gritó Chispitas enfadada. Ceres no pareció impresionada, tenía sus sospechas hace tiempo.
-En casa lo hablamos. Ahora terminemos con esto para que puedas comer tus fresas y evitar que Aramis me mate.
-Continué leyendo la inscripción y los susurros crecieron en sonidos mucho más oscuros y siniestros hasta que de repente la roca del fondo, la que evitaba que fuese un inmenso túnel, se quebró en pequeñas piezas y luego se transformó en polvo.
-Scarlet, creo que deberíamos regresar a casa. -el rostro de Ceres se contrajo de horror, parecía haber visto algo que le causaba pavor.
-¿Y esa negatividad repentina? -la cuestioné, si no quería venir, me lo hubiese dicho. Simplemente no lo soportaba.
-Abre los ojos -me rogó. -, aquí... yo... no detecto vida por ningún lado. - no lograba hallar las palabras correctas ante la desesperación que sentía. -No hay nada.
-¿A qué te refieres? las plantas, los árboles y el río están aquí. -no quería aceptarlo. Me negaba a pensarlo. Soy La Muerte, veo la vida en todo ser que me rodea y su tiempo en este mundo, y aún así, me estaban engañando de nuevo.
-Abran los ojos. -gesticuló con las manos temblorosas. -Esta isla está muerta. ¿Por qué no lo ven? los ojos. Están en todos lados. -sudaba en frío y ya no podía palidecer más.
Ella lo había notado desde que llegamos a Tábita, la vegetación seca, negra y podrida, los árboles petrificados. Todo estaba muerto, la isla estaba muerta. Lo que veíamos no era más que una ilusión. Tomé aire con miedo y cerré mis ojos... di un parpadeo esperanzado a que simplemente fuese una ocurrencia de una niña que estaba aburrida y quería hacernos una broma pesada. Lo hice con arrepentimiento, como si me sirviera para despertar de la falsa realidad que me rodeaba.Mi mente se limpió de aquella engañosa niebla para comprender que lo que ella decía era cierto, que todo este tiempo fue una ilusión. No nos atacó una bestia, los árboles no nos enredaron ni me guiaron a ellas. Todo era mentira, una cruel mentira.No había tiempo que perder en sentirse mal, fue agotador, eso es verdad, pero a pesar de aquello, yo estuve aquí en el pasado. Las runas escritas en las paredes de una cueva oculta detrás de una cascada me lo dejó en claro.Estaba tan cerca de obtener respuestas... Suspiré aliviando la presión del momento junto al pánico repentino que giraba en torno a nosotras tras pensar en la cantidad de ojos que había tirado por doquier en el lugar, parecía un basurero tamaño isla.
Crucé y me aseguré que no hubiera peligro para las tres. Una vez allí dentro me encontré con un inmenso cielo en repleto de cirros... debajo de un techo. Curioso. Increíble. Parecía todo un escenario puesto para contemplar horas y horas sin interrupción, estaba tan cerca... Era como leer a Julio Verne. Había gran vegetación por la humedad del suelo, un cielo con nubes blancas, raíces o gruesas lianas cubrían el techo de roca sólida para evitar que algo saliera o entrara. Ciertas criaturas se asomaron de entre las flores curiosas ya que hacía mucho tiempo que no tenían visitantes de ningún tipo.
-Son Rocetas... no creí que todavía existieran. -se me llenaron los ojos de lágrimas. La realidad se mezclaba, se entrecortaba con la fantasía... con la ilusión.
-Son preciosas ¡quiero abrazarlas!
-No las toques, son venenosas. Te pones lodo en las manos y luego las acaricias, así evitas que las toxinas te quemen la piel.
-Los guantes me protegerán.
-No entiendes, llegas a casa y tocas a Aramis o lo que sea, incluso luego de lavar los guantes. Podrías matar a alguien, sólo el lodo neutraliza las toxinas.
-Parece que no podré apachurralas, lo siento. -se entristeció. Ella no lograba despertarse de esa pesadilla donde veía cosas buenas. Tal vez era mejor a que se pusiera histérica, a gritar por semejante escenario o en un ataque de nervios que perjudicara al niño. No queríamos eso con Ceres por lo que con una sola mirada logramos entendernos.
Pues lo que nosotras podíamos observar a donde sea que volteáramos no era más que plantas de grandes hojas carnosas consumidas por la oscuridad, el suelo sin fuerza suficiente para crear vida nuevamente, forzado a permanecer húmedo debido a las filtraciones de agua que provenían de la cascada; la cúspide formidable en lo alto para mantener el lugar hermético y alejado de todo, seguro, siendo despojado de toda vitalidad por el tiempo y la falta luz entre semejante malicia que rodeaba la isla permitía su caída en pedazos.
Los globos oculares resguardados en aquel lugar, que en un pasado fortuito era considerado como un sitio de divinidad y respeto, se hallaban en grandes pilas de a montón... por donde sea que consiguieras mirar. Sucios, de todos los colores y tamaños que uno de imaginara, entre las hojas de las plantas, los juncos secos y los pastizales quemados. Un olor a carne podrida nos invadió las fosas nasales al punto de apenas contener las ganas vomitar. Por momentos una sensación de frescura proveniente de la "vegetación verde" regresaba e impedía que lo poco que me quedaba en el estómago saliera a toda prisa.
Me coloqué en cuclillas hacia una de ellas que tenía una flor celeste gigante como sombrero en su cabeza de cebolla. Tomé un poco de la tierra húmeda del suelo y la unté en mi mano izquierda. Le acaricié los pétalos y su pancita regordeta y verde.
-¿Ustedes saben por qué hay una gran figura de piedra afuera? -la interpelé con amabilidad aún sabiendo que no existía porque me destruía el corazón pensar que mis pequeñas amigas estaban muertas. Pues lo fueron ya que el sentimiento de nostalgia no desaparecía al verlas corretear de un lado al otro.
-Creo que es por eso de allí. -señaló Ceres. Volteé al notar la frialdad de su voz y me di con la espantosa sorpresa que deseé olvidar con todo mi ser.
Si continuabas caminando por un sendero de pequeñas rocas grises podías ver justo en el centro del lugar, un inmenso manantial perfectamente redondo donde apenas el agua te llegaba a no más de los tobillos, a mi parecer. En el centro del inmenso cuerpo de agua se hallaba una pequeño cayo, en el cual se posaba una fuente rodeada por ángeles y demonios amontonados tratando de alcanzar la parte superior de la misma a toda costa. Sus cuerpos aún continuaban descomponiéndose, con sus prendas haraposas pegadas a lo que quedaba de ellos. Quizá llevaban más de mil años allí, pero eso no fue lo que me dejó estupefacta, es decir, siempre estaba rodeada de muertos, lo que me inquietaba era que sobre cada uno de sus cuerpos, se enredaban diferentes cadenas que exponían el fallo que tuvieron en vida siendo la fuente que intentaban alcanzar con su último respiro de fuerza la única manera de salvarse.
Aún así, murieron malditos.
 

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