Tata

Memorias Caídas

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Era una niña...
Tenía un año cuando caí. Recuerdo ver el rostro de mi madre peleando mientras intentaba protegerme. No sé que pasó después de eso. Abrí los ojos en pleno llanto. No había mucho ni poco, lo justo. Casi nada o quizá nada. No existía el firmamento, la noche era siniestra y oscura. Lo único que nos iluminaba era la Luna y a veces ni siquiera se atrevía a salir. Me encontró un gigante que me crió con tanto amor y compasión, fue un padre para mí, yo le decía Tata a pesar de que su nombre fuese Skarn de donde quizá se basaría para colocarme un nombre aunque lo dudo por mis ojos. Me educó y enseñó lo que a las demás criaturas se les negó. Siempre intuí que fue porque el hombre de las nubes se lo pidió y sin más remedio tuvo que acceder a ello.
Me mantuvo alejada de los otros seres por un tiempo, en particular de uno, el ser humano. 
Los gigantes no se hablaban mucho entre sí, se mantenían alejados unos de otros viendo a los humanos de cerca y enseñándoles lo necesario para sobrevivir. Pues así eran ellos, los únicos a quienes se les había otorgado la sabiduría de todo a nuestro alrededor, pasado, presente y futuro... contenido en una raza gentil y bondadosa. 
Esos seres parecidos a mí, apenas crecían a mi paso. El círculo rúnico y conocimientos ancestrales de los gigantes rocosos me fueron concedidos con la intención de proteger a aquellas criaturas extrañas que no comprendía, los humanos. 
Siglo I, no recuerdo fecha puesto que era una cría y no le daba atención a esas cosas. Skarn me dio de techo una hermosa cueva donde los suaves rayos de sol tocaban hasta el extremo más oculto del lugar y eso para mí era más que suficiente. Rodeada de enredaderas, luciérnagas y un pequeño riachuelo con el que jugaba cuando estaba aburrida, solía arrojarle flores y ver como se las llevaba la débil corriente hacia fuera.
Ellos me cuidaban, ellos me protegían, insertaron en mí un sentimiento ajeno al de mi raza, el interés propio. Crecía y me sentía más y más atraída por su complejidad y simpleza... eran tontos e inteligentes al mismo tiempo, fallaban y nuevamente lo intentaban, eran humanos ¡Sorprendente! Se permitían sentir y aprendían de todo lo que les rodeaba. Quizá el error de los gigantes fue darles más conocimiento del que podían manejar... quién pensaría que alguien sabio podría ser ignorante.
Tres años y caminaba descalza por la fértil y húmeda tierra. Estaba jugando con las luciérnagas de luz oscura durante el trayecto que hacíamos cada día. Íbamos a visitar a una pequeña tribu de humanos que en meses creció a gran velocidad. Habían hecho grandes cosas para el tiempo en el que vivían. Pensaban, hablaban, imaginaban, contaban interesantes y divertidas historias que no me perdía por nada durante el tiempo en el que estábamos allí. Que criaturas admirables, parecía que la maldad en ellos no existía.
-Tata, ellos son como yo. -dije muy crédula.
-Lo parecen, pero no lo son. Ellos son y serán tu responsabilidad algún día. -habló con su grave y cálida voz.
-¿Por qué? -no entendía, era curiosa y preguntaba mucho.
-Porque así lo decidió Evren. Él es quien nos creó y dio este maravilloso mundo. -me explicó con brevedad. 
-¿Los humanos también? -seguí.
-Sí, los humanos son su creación favorita. Tan imperfectos que parecen perfectos, debes tener cuidado y respeto hacia ellos. -me advirtió con cariño en la mirada. -Debes proteger la vida como un tesoro único. -abrió su mano mostrando un pequeño huevo con manchas oscuras. 
-Sí Tata. -asentí sin comprender lo que dijo, poca atención le había puesto a mi querido Tata... y acepté la responsabilidad de proteger a la pequeña criatura. 
Para ese entonces comencé a darme cuenta de ciertas cosas. Cada vez que íbamos a visitarlos las alegres risas cesaban, las sonrisas cambiaban y sus ojos, las intenciones en ellos eran atroces. Parecían dibujarnos un cuento. Comenzaban a tener hambre de jugar a ser Dios. Aprendieron a cazar y esa vil forma de hacerlo, de golpear al animal hasta dejarlo casi moribundo, cortarle el cuello y ver como se desangraba me causaba una sensación extraña en el cuerpo, despertaba un sentimiento nuevo en mí.
-Eso no es correcto. -habló Tata. -matar está mal. -regresé a la realidad sin percatarme de que varios de ellos notaron mi presencia.  
Aunque es mucho más complejo que decir está bien o mal, es correcto o incorrecto... más si tu vida depende de ello. Sobrevivir te haría cometer acciones impensables. 
-Debemos comer, vendrá el invierno pronto. Moriremos de frío. -se quejó su líder.
-La tierra proveerá lo necesario. -reprochó.
-No, no queremos. Nos gusta la carne. -ellos habían cambiado drásticamente para Tata, pero yo los había visto con más atención siempre que podía. Sabía que esa manera de responder, aquella intención de comer carne era una excusa para rezar a los paganos. Sus historias inventadas acerca de cómo se creó el Sol y la Luna no eran más que un intento de explicar y llenar el vacío que sentían en su interior. Un vacío que los gigantes jamás se molestaron en saciar. 
Skarn me colocó en su palma y nos marchamos en silencio. Cada vez que nos íbamos lograba escuchar murmullos, el gigante rocoso me decía que las conversaciones ajenas no se oían, que era de mala educación. Pero ellos planeaban algo malo. Pasaron los días y no volvimos, Tata me dio un obsequio. Una daga de plata bendecida por ángeles y demonios, con incrustaciones de rubíes. No pregunté por qué, pero él parecía preocupado por algo. Aunque era de suponer, me mantuve en silencio.
-Los humanos son tontos, no por eso debes de odiarlos ni amarlos. Hay un límite para todo. Cada vez que nos vamos ellos bajan, ellos suben. Se hacen cargo y les indican su camino.
-¿Quiénes? -pregunté curiosa.
-Criaturas como tú. Tú eres resultado de su ambición, la mitad de cada uno. Ante los ojos de Evren eres perfecta, eres superior y debes mantener un equilibrio sino todo lo que conoces desaparecerá. La paz dejará de ser paz y los demás pagaremos un alto precio.
-Yo no quiero que sufran... -me dije en voz baja. Luego me recosté al lado de un pastizal y una roca rodeada por luciérnagas oscuras. Me causaban tal nostalgia que terminaba cantando una canción que juraba no conocer. Mi voz callaba a todo ser cercano que se permitiera disfrutar del dulce sonido. Tata me observaba no muy lejos con el rostro cansado, su piel se volvía gris oscura con el pasar de los días. Así fue... aunque yo no quise, pagamos el precio de la ignorancia.
-¡Tata! está rompiendo el cascarón. -dije exaltada de la emoción. -¡mira, es muy feito! -rió por mi comentario.
-¿Has pensado en qué nombre le pondrás?
-Alair. 
-Ese será su nombre. Él te protegerá con su vida si tú lo haces también. 
Mi amigo Alair me seguía a todas partes. Era mi amigo, mi único amigo. Jugábamos siempre que podíamos en las ramas de los árboles, pero cuando estos despertaban de su sueño se sacudían para quitarnos de encima y caíamos al suelo. Skarn siempre nos sermoneaba de no molestar a los árboles cuando duermen y más de una vez ha ido a disculparse por nosotros. Comíamos manzanas y a Alair le encantaban las frambuesas. 
Cumplí cuatro y algo había cambiado en mí. Tata me permitía ver a esos ángeles y demonios hacer su trabajo, la razón de su existencia siempre y cuando no mostrara mis alas ni los molestara. 
-Niña, ¿qué haces aquí? Eres muy joven aún para bajar. -habló con dulzura y paz. Él era un ángel de cabello castaño y moreno. Sus alas eran pequeñas. 
-O para subir ¿qué eres? -preguntó ella, su amiga rubia de alas despeinadas y oscuras, mientras me olfateaba.
-Soy Scarlet y tengo cuatro años -levanté mi manito mostrando el número cuatro. Mi amigo se posó en mi cabeza. Estaba emocionada de que me hablaran los de mi raza.
-Bien, Scarlet -sonrió la rubia viendo al ave -¿de dónde vienes?
-No lo sé. Tata me dijo que un día caí de las nubes. -pensé. Pero mi atención se desvió a las actividades de sus otros compañeros. -¿Qué hacen?
-Guiamos a los humanos por el camino indicado. -dijo él de manera serena, casi sin sentir nada.
-Ellos matan. -me molestó lo que dijo.
-¿Quién? -Se me acercó ella y me apretó las mejillas con ambas manos. Alair graznó en su cara para alejarla. No me tomaban en serio.
-Todos ellos. Lo veo en sus ojos, pronto harán un caos. -les advertí. No importa cuanto lo intente, sus rostros continúan sin aparecer, los visualizo, pero no veo más que un borrón oscuro. Los he bloqueado por completo sin darme cuenta. 
-Son humanos, no hacen mal. -no escucharon. -son fáciles de manipular. 
-Yo lo vi. -me desesperaba y las lágrimas se juntaban en mi rostro. Podía ver lo que ocurriría si no hacían algo. 
-¿Tienes alas? -cambiaron de tema sin olvidar que podía llorar y no era un demonio, tampoco un ángel. Volvió a graznar mientras revoloteaba a mi alrededor, no le gustaba la idea de que vieran mis alas. 
-Sí, Tata dice que son muy grandes para mi edad. -sequé mis ojos mientras las abría. Eran tan blancas y puras que ambos quedaron sorprendidos, pero luego mi mirada se tornó roja como la sangre y esa sorpresa se convirtió en curiosidad. -Tata dice que no debo sacarlas, asusta a los demás.
-¿Quién eres? -Preguntaron al unísono. Ambos sabían que era una cruza entre ambas razas. El problema era que no se llevaban muy bien entre ambos y algunos pocos se hablaban amistosos.
-Ya se los dije, soy Scarlet. -sonreí. Alair lucía más alterado. 
-Ven con nosotros arriba, deben verte. -dijo el ángel sujetándome del brazo con fuerza a lo que Alair lo picoteó. Me solté.
-No es buena idea, duele. -las guardé de prisa y retrocedí. -Tata dice que las maldiciones son la envidia de quienes te temen. 
-¿Estás maldita a tan temprana edad? -preguntó el ángel sin cambiar su expresión del rostro.
-Sí. -respondí temerosa. Di otro paso, su mirada me incomodaba. -Ya debo irme.
Ese ángel y aquel demonio iniciaron algo que no tendría retorno. Provocaron odio en mí. Su curiosidad fue tal que intentaron hacerme volar para ver que era lo que tenía, a veces las palabras "no" y "déjenme en paz" no son suficientes para entenderse. Se obsesionaron, venían todos los días y me buscaban cuando me alejaba de Tata por momentos para molestarme. Tiraban de mi cabello, me golpeaban con rocas, escondían mis pocas cosas e incluso aplastaban a las pequeñas luciérnagas oscuras... ¿por qué siendo protectores de la vida desprecian hasta lo más pequeño e inofensivo? Mi amigo se interponía en medio de algunas y terminaba lastimado. Una vez se le rompió un ala. Recuerdo haber llorado tanto cuando pasó que lo tomé en mis brazos con cuidado y le di un beso en su cabeza. En ese momento tomé conciencia de mis poderes curativos. 
Todo ocurrió al mismo tiempo en el que aprendía de los humanos. No soporté más, era una niña, llorar era siempre el final hasta que lo vi en ellos, los humanos podían desear cosas, se peleaban, se defendían y atacaban ¿Por qué yo no? Ellos regresaron. 
-Vamos, ya me estoy cansando de esto. -el demonio habló entre risas.
-No hacen lo que deben. Váyanse. -les dije con la nariz sangrando. Me habían lanzado una roca.
-¿No entiendes que eres un bicho raro y queremos saber por qué eres diferente? Si vienes con nosotros... -Era la excusa.- podríamos ayudarte -Se contaminaron ¿Yo lo ocasioné? ¿Fue mi culpa el que se volvieran así? Ellos habían caído en cuenta de que era ambos seres en uno y no querían ceder ante la posibilidad de que una niña les diera órdenes en un futuro. Me desesperé, ellos seguían balbuceando cosas que en mi cabeza no tenían sentido y no lo resistí más.
-¡Quiero que mueran! -Grité con odio cargado en la sangre. Esa tarde descubrí nuevas habilidades. Quisiera haberlo sabido en otras circunstancias. 
Levanté la vista y me alboroté con lo que ocurrió. Estaban muertos en el suelo. Sus oídos sangraban y sus ojos habían explotado de sus cuencas. Estaban muy cerca de mí cuando ocurrió. Corrí y corrí hacia la cueva que llamaba hogar y le conté todo a Tata con miedo mientras sostenía a mi amigo entre mis brazos. Él no sabía nada de lo que me había ocurrido y apenas entendía lo que decía entre mocos y lágrimas de niña culpable. Papá estaba triste, pero reconocía que no fue justo desde un inicio... las palabras de otro comenzaron a tomar fuerza en mí.
El amable y sabio gigante se percató de lo peligrosos que eran los seres humanos a través de mí. Había aprendido inconscientemente su comportamiento.
Siempre que podía, me escabullía a verlos, oculta entre los arbustos. Rituales paganos, sacrificios de lo más sangrientos, peleas, luchas por el poder, sonrisas, la amabilidad debilitándose, familia. Más, necesitaba saber más. Eran un revoltijo de sensaciones inexplicables a simple vista.Una noche cuando la luna salió por completo, Tata me llevó a ver el cielo en la colina.
-¿Qué sientes cuando observas el vacío? -Me preguntó mientras me acomodaba en su palma.
-Hay algo que falta. -¿a mí?
-¿Luz?
-Sí. -eso era.
-Estás aquí para eso, para llenar el cielo con incontables luces que iluminen la noche y hagan compañía a la solitaria luna. -sonrió con esperanza.
-Tata, queda poco tiempo. -le dije con lágrimas cargadas en los ojos.
Recuerdo su expresión con dolor. Sus ojos cansados y tristes tras la muerte que los reclamaba, a los gigantes, habían cumplido su misión. Su tiempo se agotaba.Faltaba poco para mi quinto cumpleaños...En ese tiempo Tata me enseñó todo lo que pudo y me reveló mi identidad.
-Ellos deberían morir. -sentencié.
-No uses esas palabras, la muerte no es algo con lo que se juega. -Se enojó, él nunca lo hacía.
Esa misma noche volví al lugar a regañadientes porque el cuervo me jalaba el cabello para impedírmelo, pero decidí caminar entre ellos. No quería ocultarme, necesitaba saber cómo actuarían con mi presencia allí. Voltearon a verme fascinados, había interrumpido su ritual nocturno. El silencio reinó. Uno de ellos se me acercó y me sujetó el rostro de forma bruta con ambas manos y se me acercó a los ojos intrigado, era uno de los que me había visto aquel día. Se apartó y gritó de alegría fascinado ¿Qué les pasaba? Habían identificado a La Muerte. Comenzaron a cantar cosas extrañas...De pronto se detuvieron y empezaron a girar a mi alrededor.
-La niña de los ojos rojos como la sangre... escarlata.  -lo repetían una y otra vez ¿Scarlet? ¿así es como me apodaron? Algo extraño sucedía, estaba comenzando a olvidar. Y esos susurros mortales se adueñaban de mi cabeza ahogándome en angustia. Mi cuerpo se marcó con runas azules. Lo decían una y otra vez, me volvían loca. Alair graznaba sin cesar buscando ayuda. Los árboles ante su súplica desesperada se levantaron del suelo con un rugido explosivo dejando a la vista sus cuerpos ramificados ante todos. Eran inmensos, pero no tanto como los gigantes, su cuerpo estaba compuesto de raíces gruesas y oscurecidas por la tierra húmeda. Con ellas comenzaron a sujetar a los humanos y llevarlos a la oscuridad. Un solo grito sirvió para que todos los demás corrieran despavoridos por sus vidas. Jamás pensé que los árboles fuesen criaturas tan hostiles y violentas. Tratando de huir de la escena terrorífica tropecé con una raíz y esta me sujetó del pie, me levantó a lo que quedé de cabeza a un metro del suelo. Comencé a gritar, pero en lugar de hacerme daño me dejó en el suave césped con cuidado. Levanté la vista y lo vi a la cara. Un rostro arrugado por los años con una mandíbula filosa y astillada, ojos negros con bolsas y un ceño enojado; era una majestuosa criatura que me dejó embobada.
-Gracias. - El inmenso y encargado árbol asintió y regresó a la oscuridad del bosque a continuar con su profundo sueño.
El sol salió y me prometí no volver a jugar en las ramas ¿Por qué me lo permitieron? Quizá se habían encariñado conmigo o tal vez escucharon las intenciones de los imperfectos. Los humanos mienten y les sale muy bien. Luego de eso mantuve distancia con ellos aunque parecía no importarles la pérdida de algunos de los suyos. Sentía sus frías y oscuras miradas en mi nuca. Los ángeles y demonios continuaron haciendo su trabajo, no les importó la pérdida de dos, entendían de manera diferente el significado de la vida. Había un error en eso.
Se acercó la fecha de mi cumpleaños y una mañana la cueva tembló. Eran ellos. La mentira, el secreto, el plan o el resentimiento que habían generado hacia lo distinto, dio frutos. El miedo los corrompió y la masacre se impulsó. Cayeron enormes rocas que bloquearon la salida de múltiples cuevas mientras jugaba afuera como de costumbre y en cuanto vi la primera roca caer lo supe... Abrí mis alas y volé hasta mi hogar a defender a mi padre. Caí adolorida.Ellos se acercaban a mí con cautela y no se los permití, grité y muchos cayeron al suelo sin vida, otros seguían de pie con la intención de dejar caer la roca. Eran demasiados.
-¡Mueran! -y lo continuaron haciendo. No hubo otra opción y entré a la cueva. La roca cayó.
Busqué a Tata, pero no podía ver y las pocas luciérnagas de la noche que estaban allí sintieron el miedo que tenía por no poder encontrar la luz en ese oscuro lugar. Ellas comenzaron a brillar luz blanca solo para mí. Logré verlo, cansado y con los ojos entreabiertos.
-¿Tata? ¿estás bien?
-Lo hiciste de nuevo mi niña. No debiste entrar, no es tu destino estar aquí. -me senté junto a él.
-Ellos querían hacerte daño. -lloré.
-Sí... aún así olvidaste lo que te enseñé. Desde que te encontré supe quién eras, lo que significaría dedicarte mis últimos años...
-¿Qué te ocurre Tata? -hablaba muy lento.
-El tiempo se agota, tú lo dijiste. -me sonrió.
-No quiero que te vayas.
-Prométeme que serás una niña buena y no volverás a desear el mal a nadie. -Me lo pidió sabiendo que no podría, ya no había vuelta atrás, pero para él sería lo último que querría escuchar.
-Prometo que no lo haré de nuevo ¡Lo juro! -grité implorando por perdón. La soledad era cruel, le tenía miedo.
-Tú no sabes el valor que tienen las palabras... ese será tu castigo, será tu don. -dijo el gigante antes de cerrar sus ojos. Y se sumió en un sueño eterno.
No le hallaba sentido a su maldición... Me había dado una carga extra a la mochila de mierda que llevaba en mi espalda.Cayeron uno por uno, fueron destruidos por mi culpa.Sus cuerpos tapados en tierra simulaban una tumba para que nadie pudiera molestarlos nunca más. Montañas. En eso se convirtieron con el paso del tiempo. Fueron olvidados y yo no volví a hablar de más a menos de que fuese necesario. Una palabra, una vida. Tanta paz cuesta una vida.
-¡No puedes! Tengo una vida... -susurré con odio.
Me quedé llorando la primera hora hasta que no hubo lágrima que quedara por salir de mis ojos. Las rocas taparon todo hueco que permitiera el paso del oxígeno, no había forma de que lograra moverlas y el pequeño hilo de agua con el que jugaba había dejado de circular.
Las próximas siguientes horas recordé cada segundo de felicidad que pude y noté que no había mucho más que el último año... A los dos días comencé a sentir frío y la falta de aire lentamente, mi cuerpo estaba pesado incluyendo la falta de comida y agua.Me odié por no saber quién era realmente, por no prestar atención, no haber actuado a tiempo... y por caer en conciencia en el último minuto de qué era lo que había hecho mal para merecer eso. Fue mi culpa.Extendí mi mano tratando de alcanzar esas brillantes luces que habían evitado que me perdiera en la oscuridad de la cueva.Ellas no me abandonaron hasta que solo pude distinguir pequeños destellos que fueron tragados por la voracidad de mis párpados.
 

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