Capítulo 18 - Fractura total

La verdad secreta

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El descanso que Yeik había tomado para antes de ir hacia la academia habían resultado totalmente inútiles. Llegó cabizbajo, almorzó en silencio mientras su madre le hacía incesantes preguntas y luego se echó en su cama, esperando aunque sea poder dormir un poco.
No obstante, eso no había ocurrido. Era imposible hacerlo con todo lo que quedaba pendiente en su cabeza: ¿Cómo iba a hacer las paces con Yésika? ¿Y con Gache? ¿Habrá sido verdad todo lo que Rai dijo sobre él? ¿O simplemente era un engaño? De todas formas, aunque llegase a cualquier conclusión, ya era demasiado tarde para hacer un análisis; las acciones ya habían sido concretadas, y a pesar de que fue quizá un intento desesperado de alejarse de los problemas, la realidad era que Yeik ahora sentía una mochila mucho más pesada, en la cual cargaba la rota amistad de Gache.
Ese fue el constante pensamiento del combatiente de pelo azul durante las dos horas en las que intentó dormir y no pudo pegar los ojos ni siquiera por cinco minutos. No obstante, cuando salió de casa y mientras se dirigía hacia la academia para cumplir con su deber de enseñar a los principiantes, otro pensamiento brotó dentro de su mente.
Pensó que si había tomado la decisión de alejarse de Gache para evitar las confusiones en su cabeza, también tendría que hacerlo con…
—¡Yeik! ¡Que bueno encontrarme otra vez contigo! —dijo entusiasmada la pequeña muchacha.
—Oh... Arlet… —contestó el chico, casi sin mirarla—. Sí... qué cosas.
No pudo soltar más que una lastimera risa, que más había parecido un lamento. Arlet, en tanto, no se dio por vencida y volvió a hablar con alegría:
—¿Qué haremos hoy, Yeik? ¿Practicaremos defensa? ¿O podremos comenzar con las técnicas de ataque? ¡No! Ya lo sé… ¡Practicaremos con armas! Eso si sería genial.
—Emmm... No lo sé muy bien. Depende de...
Yeik finalmente miró la cara de su pequeña amiga y saltó del susto al notar unas enormes y moradas ojeras, que trataban de ser disimuladas en vano mediante una deslumbrante y vívida sonrisa.
—Arlet... ¿Segura que estás en condiciones de practicar magnen? —dijo Yeik, preocupado—. ¿No estás…?
—¿Cansada? ¡Claro que no! De hecho, tengo  absolutamente todas las energías para entrenar, ya que tus clases son lo más, Yeik ¿Por qué lo preguntas?
—Emmm... bueno... tus ojeras...
—¿Ojeras? —contestó mientras se refregaba los ojos rápidamente—. ¡Ah! ¡Las ojeras! No pasa nada con ellas. Estoy teniendo noches duras de estudio, pero es todo. Solo me da un poco de sueño a la hora de las clases.
—¿”Un poco de sueño”? Arlet, casi te la pasas durmiendo en clases y tus ojeras están cada vez peores—cuestionó el chico—.  ¿Qué estudias tanto por la noche? Aún no es época de exámenes.
—Oh, no es para el instituto. Solo estudio ese raro libro negro del que suelo hablarte de vez en cuando ¡Mira! Aquí lo tengo.
Arlet, quien llevaba una mochila en su espalda, inmediatamente la acomodó al frente suyo y la abrió para sacar un libro negro, el cual no tenía ninguna letra, solo el dibujo de una estrella en el medio. Y si bien el de pelos azules quizo reaccionar con entusiasmo, no tuvo la voluntad suficiente para hacerlo, ya que ese culposo pensamiento seguía dando vueltas dentro de su mente. La pequeña, en tanto, sintió que la expresión de Yeik mostraba un total desinterés, al voltear la mirada hacia otro lado.
—Yeik ¿Te sucede algo? Te noto un poco extraño.
Pero lo único que obtuvo como respuesta fue un silencio apático. Arlet, entonces, perdió el espíritu positivo que llevaba con ella y decidió abrazar a su libro negro, a su vez que apartó la vista hacia el suelo:
—Lo… lo siento, Yeik. Solo preguntaba.
—Es complicado de explicar, Arlet —dijo el de pelo azul—. No es personal.
—No te preocupes —insistió la muchachita—. No tienes por qué hacerlo.
Continuaron caminando. Al parecer iban a completar su camino hacia la academia en un eterno e incómodo silencio. Pero lo que Arlet no sabía, era que Yeik estaba desatando una enorme batalla en su mente. Y cuando esa batalla terminó, se detuvo en seco y dijo con total seriedad aquello que iba a determinar cómo continuaría su camino para recuperar a Yésika.
Y, quién sabe, quizás también para determinar el resto de su vida:
—Ya no podemos seguir viéndonos.
Arlet tuvo que deternerse repentinamente. Su rostro no mostraba más que desconcierto cuando observó que Yeik no mostraba ninguna mueca que indicara que estaba bromeando.
—¿Qué…? ¿Cómo? Creo que no… comprendo…
—Por favor, Arlet. Sé que sí lo comprendes —dijo el de cabellos azules cerrando los ojos y frunciendo el ceño, como si le costaran las palabras—. No hagas esto más difícil de lo que es.
—Pero… no lo entiendo ¿Qué ha pasado?
—Sabes perfectamente qué es lo que ocurre —. Mientras él juntaba valor para continuar, Arlet esperaba confundida y expectante—. Conoces mi situación con Yésika. Sabes que estoy tratando de hacer lo imposible para que volvamos a ser amigos y sabes también que uno de los principales problemas son los celos que ella te tiene a ti.
El tiempo parecía haberse detenido. Arlet se había congelado de tal modo que no se la podía notar ni pestañar ni respirar. Simplemente, se había convertido en una estatua.
—Pasamos demasiado tiempo juntos —continuó Yeik—. Y si sigo así, lo más seguro es que pierda cualquier posibilidad de volver a estar con ella. Yo no…
—¿Ju…Juntos? —interrumpió la joven—. ¿Tanto tiempo?
—Arlet, tú conoces bien que desde que empezaste magnen nos hemos vuelto bastante cercanos en tan solo un mes. Y sé que eres una gran amiga, pero me temo que ni Yésika ni el resto del instituto nos ven como tal.
La pequeña muchacha, aferrada con más fuerza a su libro y con una mirada llena de tristeza, comenzó lentamente a humedecer sus ojos. De a poco, iba comprendiendo qué era lo que su compañero estaba tratando de decirle.
—Pero solo será por un tiempo —dijo el de pelo azul en un intento de evitar lo que él mismo sabía que iba a ocurrir—. Sé que todo comenzará a…
—¿Vas a dejarme?
Yeik no pudo simular más su seriedad y dejó al fin que sus cejas se amoldaran al sentimiento de aflicción que sentía. Elevó su entristecida mirada hacia la de Arlet y pudo ver, a través de sus ojos, cómo su dulce e inocente alma comenzaba a desmoronarse de manera lenta y agonizante.
—Yeik... no... no puedes hacerme esto ¡Eres mi único amigo aquí! No puedes dejarme.
—Como te dije, solo será por un tiempo —repitió el joven Lix—. Hasta que todo se arregle. Y prometo que luego todo volverá a ser normal.
—Entonces yo… ¿Soy… una amiga segundona? —dijo la muchacha, que había comenzado a agregar un tono de reclamo a sus temblorosas palabras—. Solo dime. Cuando consigas de nuevo estar con Yésika ¿Qué te hará volver con esta inútil y estúpida Arlet?
—Por favor no compliques más las cosas —contestó Yeik, casi a modo de súplica—. Eso no va a ocurrir. Confía en mí, por favor.
—¡No puedes hacerme esto, Yeik! Tú… tú sabes que soy incapaz de hacer amigos. Y que eres el único en el que realmente puedo confiar... Y que yo… Contigo… es el único momento donde puedo ser feliz. Y tú… tú…
—¡Arlet, ya basta! ¡Ya no tengo otra alternativa!
Luego del grito del de cabellos azules, vino un silencio abrumador. Las manos de su amiga no pudieron evitar tensarse fuertemente alrededor del libro negro, a la vez que sus ojos se hinundaban de lágrimas de angustia.
—Lo siento —lamentó el chico—. En serio lo siento mucho. De verdad no quiero hacer esto, y desearía que nada de esto tuviese que ser así. Pero esta podría ser mi única chance. Espero sepas comprenderme.
A medida que hablaba, Yeik podía notar cómo cada palabra que decía iba derrumbando lo poco que quedaba de pie dentro de la frágil y desconsolada compañera.
—Todos aquellos secretos… no te los había contado por nada, Yeik —dijo la joven en un susurrro agonizante—. Y de verdad pensé que serías mi última oportunidad. Me… lo… prometiste…
—Arlet, yo...
El de pelo azul cerró la boca y se negó a decir siquiera una palabra más. Sin embargo, ya era demasiado tarde. Toda esa porción de felicidad y cordura que quedaba en la pequeña y tierna muchachita se había esfumado para siempre.
La tristeza más aguda que transmitían sus ojos se convirtieron en el más profundo odio; la fuerza de sus manos llenas de impotencia se transformaron en endurecidos puños llenos de ira; y su lastimero sollozo que solo anunciaba dolor y sufrimiento mutó, inmediatamente, en un poderoso grito de furia que anunciaba el definitivo cambio del destino para siempre.
—¡Te vas a arrepentir de hacerme esto, Yeik!
¡¡¡Te juro que lo lamentarás
toda tu vida!!!

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