Capítulo 25 - Desde cero

La verdad secreta

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Como había indicado el pronóstico, una leve lluvia comenzó a caer por la ciudad de Gaudiúminis, a pesar de que recién comenzaba.
Ya eran las 6 pm. y Yésika aún se encontraba en la sala médica del gimnasio del instituto; era una habitación amplia y larga, como si fuera un gran pasillo. De un lado había diez camillas, mientras que del otro lado se podían contar veinte tubos de dos metros y medio de altura, separados por aproximadamente medio metro entre ellos.
Mientras los tubos se usaban para curar heridas superficiales, las camillas se utilizaban para suturar cortes profundos, perforaciones y cualquier otro tipo de daño que se produjera en los órganos internos; a pesar de que esto último no estaba permitido en el magnen, aquel lugar siempre estaba disponible para recibir cualquier tipo de accidente.
Pero más que un daño físico, Yésika estaba sentada en la camilla tratando de detener una herida dentro de sí misma. Miraba con mucha tristeza una espada que yacía en sus manos, en tanto su compañero Rai se recuperaba en el tubo que se encontraba al frente de la muchacha.
El arma que ella sostenía, manchada con sangre seca y malos deseos, no era nada más ni nada menos que la espada de Yeik Lix, que había quedado en la sala médica. A pesar de que habían atendido al joven de cabellos azules, la academia le había quitado cualquier derecho de portar o usar un arma. Y todas las armas que no tenían el cuidado de sus dueños, eran mandadas a una caja de utilería que tenía ese lugar.
De allí Yésika había obtenido la espada. Y se fijaba en ella como si se tratara de una abundante fuente de recuerdos, que le hacía rememorar lo feliz que había sido con Yeik. Pero a medida que trataba de recordar, las manchas que habían quedado en la hoja metálica también manchaban sus pensamientos; entre recuerdos bellos del pasado, imágenes horribles y violentas del presente se comenzaban a filtrar en su cabeza.
Entonces, tomó el borde de su corta musculosa y la acercó al arma con el fin de sacarle un poco la sangre. Pero antes que eso ocurriera, el entrenador de magnen había entrado repentinamente a la sala de curación, mostrando un cierto apuro.
—Ya ha pasado una hora y media ahí dentro, ayúdame a sacarlo.
Yésika inmediatamente dejó la espada y fue en dirección al tubo, el cual estaba lleno de líquido celeste. Dentro de él estaba Rai, con un respirador cubriendo las vías respiratorias y con el torso desnudo, totalmente sano.
El profesor pulsó un botón al costado de este cilindro y el líquido comenzó a vaciarse. Seguidamente, dio unos golpecitos al vidrio para despertar al chico. Y una vez que el líquido se fue del todo, el cristal se corrió a un costado y lo dejó salir. No obstante, lo hizo con dificultad, pues a pesar de que se habían sanado sus heridas, el tubo no quitaba la sensación de dolor hasta después de unas horas.
Una vez que ayudaron al chico a sentarse en una de las camillas, el maestro acercó unas toallas allí sin dejar de mostrar lo apurado que estaba:
—Bueno Rai, quisiera quedarme, pero la lluvia parece que será muy fuerte y tampoco tengo mucho tiempo.
—No se preocupe, entrenador —intervino Yésika—. Yo quedaré cuidando de él.
—¿Y qué harás con la tormenta?
—Mis padres me vienen a buscar, quédese tranquilo.
—Bien, un alivio entonces —contestó el profesor mientras se ponía una campera—. Te lo agradezco, Yésika. No se olviden de llevar su armamento antes de irse.
Así, el entrenador se cubrió la cabeza con la capucha de su campera y se fue con el mismo apuro con el que había entrado. Actuaba como si la lluvia realmente fuese a ser muy dura.
No obstante, a la chica no lo importaba, ya que en ese momento quedó atendiendo a Rai, quien estaba totalmente empapado y tratando de secarse con una toalla totalmente mojada:
—Toma esta, Rai —dijo la joven suavemente mientras le extendía una toalla seca—. Esa que tienes ya no te sirve.
El de pelo celeste lanzó de manera brusca la que estaba usando y tomó la de Yésika para seguir secándose.
—¿Te sientes bien?
—Sí —dijo el chico, de manera escueta—. Es solo que odio mojarme así.
—¿Seguro que no es por Yeik? —preguntó la muchacha con preocupación.
—Para nada. A él ya debieron darle su castigo ¿No?
—Sí. Lo dejaron con unas bendas, le quitaron la espada y lo mandaron a casa.
Yésika volvió a ofrecerle otra toalla a su compañero, que lanzó a un rincón la que usaba y tomó la de su compañera.
—¿Podrías alcanzarme mi espada? —le pidió el joven.
Ella asintió con la cabeza. Se dirigió a la caja de utilería de la sala, que estaba entre dos de los grandes tubos, y se arrodilló para buscar el armamento de Rai. No obstante, antes de volver con la espada, ella quedó arrodillada frente a la caja, apenada.
—Rai… de verdad lamento mucho todo esto. Jamás pensé que Yeik sería capaz de hacer algo así.
—No hay problema con eso —respondió el joven, despreocupado—. Recuerda lo que te dije... jamás se termina de conocer a una persona.
Aún así, Yésika no se conformaba con unas simples palabras. Mientras Rai buscaba su remera en una de las camillas, la muchacha se sentó donde estaba inicialmente, dejó la espada a su lado y miró hacia el suelo:
—No sé cómo pudo cambiar tanto. Debí haberte hecho caso. Debí haberte creído desde un principio, especialmente cuando… —. Yésika, de repente, había comenzado a apretar los puños—… me dijiste lo de Arlet…
La joven trató de aguantar, pero no pudo hacerlo. Lanzó un puñetazo hacia la camilla y, de manera involuntaria, comenzó a humedecer sus ojos con rabia y dolor.
—Soy una estúpida —dijo, dejando escapar una lágrima—. Soy una maldita estúpida.
—Ey, no digas esas cosas —respondió su compañero, acercándose a ella—. Por lo menos lo intentaste.
Cuando la de cabellos puntiagudos se fijó en su compañero, vio que éste le estaba alcanzando una toalla. Ella la tomó, secó sus lágrimas y luego hundió su cara allí para descargar todo su enojo de un solo alarido. Luego de todo ese desahogo, Yésika finalmente se sentió más aliviada, por lo que miró a su compañero con ternura:
—Gracias, Rai. De verdad te lo agradezco.
Antes de que pudiesen decir cualquier otra palabra, un estruendo sonó en toda la sala, provocando que incluso algunos cristales comenzaran a temblar:
—Bueno, debo irme, Yésika —dijo Rai, cortando cualquier tipo emotividad—. La tormenta está por largarse y debo volver a casa caminando.
—¿No quieres que mis padres te lleven a…?
—Gracias, pero tampoco puedo esperar —interrumpió el chico—. También tengo otras cosas que hacer.
—Bueno… déjame entonces que te acompañe a la salida del instituto, aunque sea.
Rai tomó su espada y la guardó en su estuche mientras Yésika bajaba de la camilla, lista para irse. Pero antes de dar los primeros pasos, sintió el llamado de su compañero:
—¿Qué harás con la espada de Yeik?
Yésika se detuvo y se volteó al instante. Rai le estaba extendiendo la espada del susodicho y ella la tomó con cierta duda. Sin embargo, luego de unos segundos y sin decir nada, la lanzó con desprecio hacia la caja de utilería y emprendió camino. Ella no la quería, y mientras no tuviera dueño, ahí era donde debía estar.
 
De esa manera, ambos llegaron a la gran puerta de entrada. Allí se despidieron y Rai apuró la marcha al bajar las escaleras, pues la lluvia se estaba intensificando y podía ser peligroso caminar bajo una tormenta.
Yésika, entonces, se acordó de algo importante. Algo que, luego de todo lo que recientemente había ocurrido, no podía dejar pasar.
—¡Rai! —dijo en tanto corría hacia las escaleras—. ¡Rai! ¡Espera!
Llegó hasta el borde de las escaleras y se detuvo, ya que ahí terminaba el espacio cubierto. Su compañero, quien ya había bajado las escaleras, ni se había inmutado de sus palabras, pues el ruidaje del aguacero le había impedido escuchar. Si lo buscaba, ella iba a mojarse, y si ella quería que sus padres la fueran a buscar de la academia, debía estar seca.
Entonces, sin otra alternativa, duplicó los esfuerzos de su voz para superar la gran tormenta que se estaba a punto de formar en todo el distrito de Gaudiúminis:
—¡Ya lo decidí! ¡Sí quiero que seamos compañeros de entrenamiento!

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