Capítulo 27 - Callejón sin salida

La verdad secreta

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Miraba atentamente el reloj que se encontraba en su oficina. Hace ya un tiempo había comenzado a ojearlo, esperando a que indicara que ya debía volver a casa. Sentado frente a su escritorio, con la puerta de entrada abierta hacia el exterior, observaba como el temporal se volvía cada vez más y más salvaje.
Sin embargo, mientras pensaba en lo mojado que iba a quedar si salía, sonó aquel pequeño pitido que marcaban las doce en punto de la noche.
Empapado o no, el oficial iba a volver a su hogar para descansar.
Tomó el enorme manojo de llaves que se encontraba en un cajón y aseguró la gran puerta metálica que se encontraba detrás de él, que tenía cinco grandes seguros. También cerró las ventanas, aseguró los cajones de su mismo escritorio y fue directo hacia la puerta para cerrarla e irse finalmente del lugar.
No obstante, antes de que pudiera siquiera salir, dos muchachas llegaron repentinamente  hacia la entrada y empezaron a hablar simultáneamente y en voz alta, de manera que no se entendía lo que decían. El oficial entonces llamó a la calma:
—¡Ya! ¡Tranquilas! ¡Ya! Bajen la voz, que estoy al frente de ustedes.
—Señor oficial, por favor, necesitamos hacer una visita —contestó la de menor estatura, desesperada.
El oficial dio un suspiro y las miró con seriedad.
—Lo siento. Las visitas se terminan exactamente a las 12 de la noche. Vuelvan mañana, y más temprano, por favor.
—No pudimos venir antes —contestó la más grande de las dos—. Vivimos muy alejadas de aquí. En la ciudad de Arúmenis.
—Lo lamento, niñas. Pero ese ya no es mi problema. Tengo órdenes que cumplir.
—¡Por favor! ¡Por favor! —volvió a insistir la misma muchacha—. Solo serán unos segundos.
—¡Sí, sí! Solo serán unos segundos ¡Menos de un minuto! —añadió la otra joven.
El oficial hizo silencio y dio otro suspiro a modo de resignación. Se inclinó levemente hacia atrás y observó con un poco más de detalle a las dos visitantes.
Estaban empapadas por la lluvia y jadeantes por una probable carrera realizada contra el reloj. Además, si era cierto que venían de la ciudad vecina, el no abrirles la puerta convertiría su largo viaje en nada más que una pérdida de tiempo.
Entonces comenzó a dudar:
—¿Y en tan poco tiempo quieren verla?
—Sí, solo queremos entregarle unos bombones ¡Mire!
Luego de que la más chica de las dos respondiera, la más grande mostró una caja cuadrada que tenía el tamaño de sus dos manos. Así, el oficial sedió a extender unos minutos más su jornada de trabajo:
—Tendrán solo tres minutos. Le dan la caja y se largan ¿De acuerdo? —. Las muchachas gritaron de la emoción y se metieron rápidamente a la oficina. El oficial, en tanto, sacó el seguro de uno de los cajones del escritorio y puso una planilla sobre la mesa. Además, también sacó una pluma—. Díganme sus nombres.
—Gretchen —respondió entusiasmada una de ellas—. Mi nombre es Odi Gretchen.
—Y el mío es Eli Krazán.
—Bien… —dijo el hombre de seguridad—. ¿A quién vienen a visitar?
—Venimos a visitar a Ali Krafter.
El hombre terminó de escribir su planilla, tomó su manojo de llaves y fue directo a destrabar los seguros de la puerta metálica.
—Síganme. Y manténganse cerca.
Así, Eli y Odi fueron por detrás del oficial y caminaron a lo largo de un amplio pasillo, el cual era iluminado por luces blancas que se iban encendiendo a medida que avanzaban. Hacia ambos lados, se podían ver una multitud de celdas con sus respectivos prisioneros dentro. Algunos de ellos dormían, pero otros se acercaron rápidamente hacia los barrotes para observar silenciosamente a las visitantes.
—¡Celda 103!
La voz del uniformado retumbó por todo el predio. No obstante, nadie daba respuestas:
—¡Celda 103! ¡Tienes visitas!
Caminaron un poco más y finalmente llegaron a dicho lugar donde vieron a Ali recostada en una cama, con pantalón largo y una camiseta mangas largas de color gris. Entonces, con aparente entusiasmo, las visitantes despertaron a su amiga mediante gritos.
—¡Cállense, idiotas! ¡No soy sorda! —respondió Ali, enfadada. Luego se sentó sobre la cama de su celda y miró a sus amigas con ojos somnolientos—. ¿Qué diablos quieren a esta hora?
—Perdón la demora, amiga. Te trajimos esto para que no te sientas sola.
Al finalizar las alegres palabras de la rubia, Eli sacó su caja de atrás de la espalda y se la enseñó, emocionada. Sin embargo, la pelirroja no mostraba el mismo afecto:
—Han venido a esta hora… ¿Por esto?
Ambas visitantes asintieron. Ali observó al oficial con cierto fastidio, como quien hace mal su trabajo, y volvió a dirigirse hacia Odi:
—Supongo que…Gracias de todas formas.
La prisionera abrió los brazos y comenzó a acercarse hacia su rubia amiga, quien hizo el mismo gesto. No obstante, cuando la visitante pasó los brazos por medio de los barrotes, Ali no dudó en tomar con rapidez sus muñecas, lo que produjo la sorpresa de la misma:
—Ali… ¿Qué… Sucede algo?
—Sí —respondió la presa con tono severo—. No vuelvan a molestarme en este lugar con sus malditas estupideces.
Repentinamente tiró de los brazos de su amiga y la hizo chocar contra los barrotes. Acto seguido, la tomó del cuello con ambas manos y comenzó a ahorcarla y a sacudirla, por lo que el oficial tuvo que intervenir inmediatamente y forcejear entre las muchachas.
No obstante, no fue del todo necesaria su intervención.
Eli, quien estaba ajena a lo que sucedía, se puso en acción. Abrió la caja que ocupaba en su mano,  sacó una pesada piedra de su interior, y la estrelló en la cabeza del oficial con sus dos manos.
Quedó tendido en el suelo, totalmente desmayado. Entonces, luego de que los presos cercanos vieran la situación y comenzaran a formar alboroto, Ali soltó las muñecas de su amiga mientras la robusta muchacha buscaba la llave correcta en el cinturón del uniformado.
—Argh... mi cara... ¡Ali, idiota! ¡Lo hiciste demasiado fuerte!
—¡Oh! ¡Cuánto lo siento, Odi! Ahora sáquenme de aquí.
Eli tomó el manojo con la llave correcta y abrió la celda correspondiente, lo que produjo que inmediatamente todos los presos se escandalizaran y comenzaran a gritar.
—Todo salió según lo planeado ¡Eres una genia, Ali!
—Los elogios para después, Eli. Ahora salgamos de este lugar, que ya hemos llamado demasiado la atención.
Sin embargo, cuando emprendieron rápido camino hacia la salida, se oyó una tercera voz desconocida:
—¡Son unas estúpidas!
 
Un estruendo espantoso retumbó en todo el edificio y las luces se apagaron repentinamente. El alboroto de los prisioneros se convirtió en diminutos murmullos de confusión, en tanto las jóvenes habían quedado totalmente confundidas:
—¿Qué diablos fue eso? —preguntó Eli, alterada.
—Es solo un estúpido trueno ¡Vámonos ya, mierda! —añadió Ali.
—En este lugar hay cámaras. Incluso hay un maldito papel donde son notados los nombres al entrar ¿En serio pensaban que iban salir tan fácil?
Lo único que daba iluminación a ese lugar era la puerta de entrada hacia las celdas, que había quedado abierta. Pero no tardó mucho tiempo hasta que, sin motivo aparente, la puerta se cerró y dejó en penumbras la enorme habitación. Ni siquiera las altas ventanas mostraban luz alguna de lo que afuera era una oscura tormenta.
—Ay, no. Ali, nos descubrieron ¡Ali, nos descubrieron! ¿¡Qué vamos a hacer!? —gritó Odi, desesperada.
—No quiero ir a prisión ¿Qué hemos hecho? ¡¿Qué hicimos?!—dijo Eli de la misma manera.
—Argh, carajo ¡Cállense ya!
De repente, una luz comenzó a titilar e iluminó el frente de la puerta metálica. Todos los prisioneros quedaron en silencio. El trío quedó inmóvil, sin saber cómo reaccionar ante lo que veían:
Había alguien allí.
Su ropa estaba totalmente empapada y dejaba caer sus gotas hacia el suelo, de manera que estas se podían escuchar en todo el oscuro edificio. Además de eso, portaba unos pantalones largos y holgados al igual que su buzo, el cual poseía una capucha que reposaba en su cabeza y hacía sombra en su rostro. Pero no era nada de eso lo que realmente inmovilizaba a las jóvenes, sino la espada que se resguardaba en la cintura del desconocido.
En esas extrañas circunstancias, una espada podía ser un arma peligrosa.
—¿Q… quién… quién eres? —preguntó la pelirroja, quien finalmente comenzó a intimidarse de la situación.
—Soy el que les viene a dar un aviso: Hoy no van a volver a sus casas.
Ali sintió un escalofrío en toda su espalda, a su vez que sus amigas comenzaron a tiritar del susto. Esas palabras solo podían significar que aquella arma iba ser usada contra ellas.
—¡C…Contesta bien la pregunta! —gritó la líder, tratando de disimular su temor—. ¿¡Quién diablos eres!?
—Je, sí que son torpes. Pero si quieren saberlo…
 
El chico solo levantó la mirada hacia ellas y se sacó la capucha de la cabeza, mostrando su rostro y su característica cabellera de color celeste:
—Soy solo una visita.
Con una sonrisa siniestra que invadió su rostro de manera instantánea, empuñó su espada y se dirigió velozmente hacia ellas, quienes inundaron la cárcel de Gaudiúminis con un grandísimo alarido de miedo y desesperación.
 
Ya nadie iba a salvarlas.

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