Capítulo 28 - El gran tributo

La verdad secreta

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2:45 am. La lluvia caía torrencialmente, los rayos iluminaban por instantes y los truenos aturdían sin cesar a toda la ciudad capital.
Las tres muchachitas, Ali, Eli y Odi, se encontraban atadas de manos y pies, cada una en una silla. Tenían cortes por todo el cuerpo y, además, cada una estaba separada a casi un metro de la otra, rodeando a lo que creían que era una niña; a pesar de que un débil foco iluminaba lo que era un pequeño cuarto de libros, no pudieron distinguir mucho más sobre ella. Lo único que sabían era que se encontraba en el medio de aquél lugar, arrodillada y con una espada en la cintura, recitando palabras incomprensibles frente a a un libro negro y abierto.
Más allá de eso, no tenían idea de qué era lo que ocurría. No sabían dónde estaban ni tampoco sabían por qué. Solo estaban allí, gritando auxilio mientras sus voces eran calladas por los estruendos estrepitosos de la tormenta.
Finalmente, llegado el momento, Rai abrió la puerta de la habitación, descendió por unas escaleras e ingresó con algunos pañuelos, dispuesto a taparles la boca a las rehenes. Cuando solo faltaba callar a Ali, ésta comenzó a gritar:
—¡Exijo una explicación ahora mismo, imbécil! ¿¡Qué diablos quieren de nosotras!? ¡Te voy a hacer pagar todo lo que me estás haciendo!
—Entonces quédate quieta, que aún te falta mucho por cobrarme.
Rai acercó el pañuelo a su boca con el fin de callar cualquier otro ruido molesto que proviniera de Ali. Pero entonces, Arlet habló:
—No, Rai. A ella todavía no. Déjame hablarle un poco.
A pesar de que él no entendía el motivo, se apartó de la rehén mientras la pequeña de pelo largo se acercaba lentamente hacia Ali. La pelirroja había reconocido al instante a aquella chica, de manera que largó unas carcajadas:
—Oh... ya comprendo. La debilucha nenita de primaria buscó ayuda para desquitarse de mí —dijo, despreocupada—. Para que sepas, esto solo te vuelve una cobarde.
De repente y en cuestión de segundos, Arlet apuntó con su ondulada y puntiaguda espada a los ojos de la rehén. En su rostro había desaparecido cualquier rasgo de alegría y relajación.
—Mucho más cobarde es golpear a "nenitas debiluchas" que no saben defenderse ¿No crees?
Ali, a pesar de tener el arma al frente de sus narices, desvió su mirada hacia la pequeña muchachita. La pelirroja no entendía por qué, pero ya no podía identificar a su captora; no por su apariencia física, sino porque sentía que la inocencia que solía apreciarse en ese frágil cuerpecito ya no era tal.
Sentía que no era Arlet. Sentía que no era ella la que estaba sosteniendo esa espada.
No obstante, Ali no quiso dejarse intimidar. Entonces, para que el miedo no se propagara en su cuerpo, ella hizo la cabeza hacia un lado y desafió a la pequeña con altanería:
—Vamos ¿Crees que te voy a creer? Solo eres una estúpida perra miedosa.
No fueron las palabras más acertadas. Arlet no dudó ni un instante en pasar rápidamente la afilada punta sobre el costado de la garganta de Ali, quien dio un alarido de dolor y comenzó a sentir cómo su sangre bajaba con lentitud hasta la base de su cuello
—Más vale que cierres tu inmunda boca —dijo Arlet, de manera severa—. O te prometo que ese corte va a ser más profundo.
Además de adolorida, Ali se sentía muy confundida ¿Cómo alguien como ella podía cambiar tan drásticamente? ¿Cómo se había transformado en una persona capaz de lastimar sin duda alguna?
Pero no se había terminado ahí. La rehén comenzó a sentir nuevamente aquella punta, que ahora estaba acariciando diferentes partes de su cuello y de su cara. Y a medida que aquella punta se arrastraba en ella, a Arlet se le iba dibujando lentamente una escalofriante sonrisa que, en tanto se acentuaba, parecía menos humana.
—Je... jeje... Mira a quién tenemos aquí... No creas que te he olvidado, Ali —dijo la pequeña mientras guardaba la espada en su estuche—. ¿Sabes? Te veo bastante disgustada, y a mí me gusta tener a mis invitados contentos. Quizás un pequeño truco de magia te alegre.
Así, la muchachita empezó a hacer florituras con las manos. Luego tomó los cachetes de Ali y, deslizando las manos, se dirigió hacia sus orejas. De allí sacó un reloj de muñeca totalmente destruido:
—¡Oh! ¡Miren que impresionante! ¿Quién sabe de quién es?
Arlet miró a todos los que estaban en su habitación, pero no recibió respuesta. Ambas prisioneras observaban a la chica con grandes ojos abiertos, pero sin mover siquiera un músculo. Rai, en tanto, solo revisaba seriamente la hora de su muñeca, como si estuviera esperando algo.
—Sí, Ali. Este reloj es mío. —dijo abandonando unos segundos su sonrisa—. O lo era. Porque ya no sirve para nada.
Arlet observó con cierta melancolía al pequeño artilugio, quizás recordando el mal momento por el que había pasado. Pero un par de segundos después, le dirigió la mirada a la pelirroja y su sonrisa volvió a aparecer:
—Por favor, Ali, intenta no gritar.
—¿Eh?
—Rai, ábrele la boca.
Repentinamente, el de cabellos celestes tomó por sorpresa a Ali y la jaló del pelo, de manera que su cabeza quedó volteada hacia atrás. Acto seguido, tomó su boca con ambas manos y empezó a forcejear con ella. Pero para hacer las cosas más fáciles, Arlet decidió intervenir:
—No, no, no, querida Ali. No seas torpe. Rai tiene la fuerza suficiente para arrancarte la mandíbula si así lo desea. Yo, en tu lugar, cooperaría. Claro, si quieres evitar un posible... accidente —dijo sin poder evitar reírse.
Sin embargo, la prisionera comenzó a forcejear aún más mientras gritaba lo más fuerte que podía. Fue entonces cuando Arlet volvió a usar su arma contra el cuello de su víctima, apoyando la punta con cierta presión y sobre la herida reciente.
—Te dije que no gritaras.
Ali se había quedado sin opciones. Dejó de ofrecer resistencia y permitió que Rai le abriera su boca al límite. Mientras sus amigas veían espantadas aquella situación, la opresora levantó la remera de la prisionera con su espada y observó su ombligo:
—Je... veo que en presión no te dan de comer muy bien. Pero no te preocupes, yo te daré algo que va a satisfacerte.
Y no se hizo esperar. De manera brusca metió el reloj que tenía en su mano adentro de la boca de la aprehendida. Una vez allí, Arlet comenzó a empujarlo con su pequeña mano para que el artilugio se introdujera en su garganta, por lo que Ali empezó a dar arcadas instantáneamente.
Sin embargo, no pasó de allí. La represora trató de empujar aún más el reloj atascado, pero ya no podía hacerlo. Su corta mano ya no llegaba a esa parte del conducto digestivo:
—Ops... parece que tendré que recurrir al plan "B".
Arlet sacó su mano de allí y, sin hacer desaparecer su extraña sonrisa, ajustó la espada en su mano y apuntó directo a la boca de la rehén. Ella comenzó a hacer movimientos súbitos de desesperación:
—Relájate o vas a lastimarte. Mientras más rápido te tragues ese reloj, mejor será para ti, estúpida perra miedosa.
Mientras la muchachita introducía lentamente la hoja dentro de Ali, ella trataba de anular todo movimiento de temblor que su cuerpo realizaba, producto del espanto. La espada se adentró y se adentró hasta que, con su puntiagudo extremo, empujó el reloj y lo mandó directo al estómago de la pelirroja.
No obstante, a pesar de la aparente cautela de la represora, ella sabía qué era lo que iba a ocurrir después: el temblor de Ali provocó que las paredes del conducto digestivo rozaran con el filo de la espada. Por consecuente, comenzó a dar nuevas arcadas que presionaron la ondulada hoja con fuerza y de manera reiterada; su interior, así, iba cortándose mientras el afilado objeto salía sin apuro de su interior.
Rai procedió a soltar el pelo de la chica y dejó que ésta se inclinara abruptamente hacia adelante, lo que le permitió toser sangre con fuerza. Pero para su mala suerte, la prisionera volvió a sentir algo puntiagudo, esta vez sobre su cabeza:
—Siéntate bien. Y no lo repetiré dos veces.
Ali siguió sus órdenes y se puso erguida. Luego de unos segundos y con todo su cuerpo tembloroso, ella comenzó a llorar de la desesperación junto con sus amigas, que también estaban horrorizadas. Lentamente, Arlet movió la punta de su espada hasta llegar a apoyársela en la boca del estómago, por lo que la víctima comenzó a llorar más fuerte:
—Mírate —dijo Arlet, burlona—. Antes eras una abusadora... ¿Y ahora? Ahora solo eres basura.
Solo con un poco de presión, ella bajó repentinamente su arma y rajó la remera de la bravucona, dejándole todo el vientre descubierto.
Guardó su arma; ya había terminado con la pelirroja. Así, la sonriente Arlet dirigió su mirada hacia la temerosa Eli y comenzó a acercarse hacia ella, provocando que se agitara de repente mientras forcejeaba inútilmente. Sin embargo, Ali aún no había terminado con Arlet:
—¿Qué mierda sucede contigo? —. La pequeña se detuvo y volteó su cabeza lentamente hacia la primera rehén, quien llena de odio redobló la apuesta con un grito—. ¡¿Qué diablos piensas hacerle, maldita puta?!
A Arlet no le tembló el pulso. Desenvainó su arma y le produjo otro corte en el cuello, aunque éste era más grande y profundo que el anterior. Entonces, la victimaria dio su advertencia:
—Dicen que la tercera es la vencida, Ali. Y como todavía te necesito, no voy a dejar que haya una tercera oportunidad para que me insultes. No quiero un tercer corte —. Mientras volvía a dirigirse hacia Eli, le dio una indicación a su compañero—. Rai, ahora sí tápale la boca. Veamos cómo se las arregla para toser.
El combatiente tomó nuevamente el pelo de la rehén e inclinó su cabeza hacia atrás para ponerle el pañuelo. Mientras tanto, la pelirroja sentía cómo la sangre comenzaba a descender y a escurrirse por sus vías respiratorias. Por ende, la joven no tardó en comenzar a toser de manera compulsiva para luego tratar de vomitar los fluidos de su interior. No obstante, no logró más que ahogarse con su propio vómito, pues el pañuelo le impedía expulsar el líquido de manera eficiente.
Entonces, ya sin interrupciones, Arlet se acercó a su nueva víctima y apoyó la mano sobre su cara. Luego empezó a refregarla de un lado hacia otro, intercambiando el dorso y la palma.
Eli solo sentía cómo algo viscoso quedaba sobre ella; se trataba de la saliva que había quedado en la mano de la captora,
—Mírate tú también —dijo sin detenerse, aún con su mueca sonriente—. A pesar de que eres la chica más corpulenta que vi, siempre te limitaste a estar bajo la sombra de tu estúpida "líder". Y ahora observa dónde has terminado por seguir sus pasos.
Al contrario de Ali, Eli no se animaba a realizar ninguna clase de resistencia. Solo dejó escapar una una lágrima en medio de su sollozo, la cual Arlet tomó con un dedo para contemplarla por unos segundos:
—Oh... No sabía que una bestia como tú podía tener sentimientos. Pero admito que es una linda lágrima.
La víctima sintió alivio por unos segundos. Pensó que el tono amable con el que habló la pequeña podía significar, quizás, que iba a tenerle piedad. Sin embargo, su sensación de alivio desapareció al instante cuando vio que sus ojos emanaban una oscuridad eterna. Una oscuridad que no permitía ver rastro alguno de bondad dentro de Arlet.
—Si te gusta llorar, tengo otro truco de magia para ti, Eli.
Comenzó a hacer movimientos con las manos, se dirigió a la primera rehén y finalizó con una caricia por detrás de su otra oreja, de donde sacó una pequeña cuchilla. Eli, al ver el objeto, quedó inmóvil, esperando lo peor:
—Mira lo que me dio tu líder. Parece que quiere que la uses... Y con gusto aceptarías sus órdenes ¿No es cierto? —. Inmediatamente después, la pequeña muchacha se dirigió a su compañero—. Rai, sostenla.
El chico procedió a tomar el cabello de la prisionera e inclinarlo hacia atrás, a su vez que ella comenzó a forcejear en un inútil intento de zafarse. No obstante, Arlet intervino nuevamente con sus palabras para poder hacer más fácil su tarea.
—No, corazón —dijo entre una pequeña risa—. Si te mueves te vas a lastimar más. Así que te recomiendo que sigas el ejemplo de tu amiga.
Ella tomó su cara, la movió hacia un costado y abrió uno de sus ojos con fuerza, dejando el globo ocular totalmente indefenso. Acto seguido, apoyó la cuchilla en la V externa de sus párpados y comenzó a presionar.
El sufrimiento estaba por comenzar.
De manera pausada y paulatina, fue desplazando el filoso objeto metálico en dirección al oído de Eli, quien gemía de dolor mientras intentaba a duras penas no moverse. Luego de unos segundos, el caudal que se iba generando en su piel comenzó a sangrar y a llevar sangre directo hacia su ojo. Y aunque la víctima intentaba cerrarlo por ardor, Arlet se lo impedía bloqueándole los párpados con sus dedos.
Sus amigas no podían soportar lo que estaban viendo. Ali luchaba contra las cuerdas mientras Odi solo lloraba, espantada. Ninguna podía hacer algo al respecto.
La represora, cuando estaba a punto de llegar al oído, decidió terminar su trabajo desplazando la cuchilla súbitamente y alejándose de la víctima. Como consecuencia, Eli dio un alarido, cerró su ojo y se inclinó hacia adelante, desparramando toda la sangre sobre su mejilla.
Entonces, sin levantar la mirada, ella comenzó a llorar nuevamente mientras la pequeña de pelo oscuro se inclinó para tomar una de sus teñidas lágrimas:
—Son tan bonitas... al final resultó que sí tenías sentimientos.
Sin más reparos en Eli, Arlet volvió a tomar su espada y le rajó la remera, dejando su vientre descubierto. Así, la pequeña dejó llorando a su segunda víctima y procedió a acercarse a la tercera, quien no pudo evitar un desmesurado temblor por todo su cuerpo:
—Y finalmente estás tú... ¿Sabes? No te veo muy contenta. Y como sabrás, me gusta tener contentos a mis invitados. Permíteme ayudarte —. La muchachita procedió a quitarle el pañuelo a Odi mientras daba otra advertencia—. Eres la última. Creo que ya viste suficiente como para saber qué es lo que va a ocurrirte si hablas.
La rubia eligió el silencio. Mientras tanto, ella solo observó cómo Arlet, con su incansable y extraña sonrisa, acariciaba con cierta ternura las heridas en el cuerpo de Ali. Acto seguido, presionó su dedo pulgar sobre un corte de su cuello y se dirigió hacia Eli; con ella hizo lo mismo, presionando su otro pulgar sobre el ojo lastimado.
Así, Arlet tomó el rostro de Odi y dibujó con ambos dedos una silueta. Una en cada lado de la boca.
—Ahora te ves mejor ¿Sabes lo que te he dibujado?
La rehén no quería hablar, pero respondió negando con la cabeza:
—Lo que te hice en el rostro es una sonrisa. Quizás la sonrisa que quisieras tener en este momento —dijo, en tanto acercaba lentamente su cara hacia la de ella—. Una sonrisa que quizás no vuelvas a tener jamás... por querer ayudar a tus imbéciles compañeritas.
En cuestión de segundos, la cuchilla se reposó al costado de la boca de Odi, lista para seguir la silueta marcada.
—Ahora sufre las consecuencias.
—¡Arlet!
Un estruendo rugió en el cielo cuando esa voz se hizo escuchar, lo que detuvo la acción que la pequeña estaba a punto de ejecutar. De esa manera y sin apartar la cuchilla, se volteó lentamente hacia el origen de la voz.
First of the year- Skrillex (Oficial)
*
Clavó los ojos en Rai. Y a pesar de que éste mostraba una mirada seria y segura, supo de inmediato, al ver sus ojos, que algo no estaba bien en ella; lo que tenía en su interior ya no era un simple sentimiento de venganza. Había algo más que él no podía distinguir con exactitud.
—Deja de perder el tiempo. La hora se está a punto de cumplir —dijo seriamente el de cabellos celestes.
Arlet no le contestó. Ni con palabras, ni con gestos. Ella solo volteó su mirada hacia la rehén y despegó la cuchilla de su piel:
—Tienes suerte, Odi.
Sacó la espada rápidamente y rajó la vestimenta de la rubia para descubrir su ombligo. Y luego de alejarse para contemplar a las prisioneras, dio un lastimero suspiro:
—Llegó la hora. Ya sabes qué hacer.
Él notó un cambio drástico en su mirada. Ese "algo" que se encontraba dentro de Arlet ya no estaba, había sido cambiado por la mirada auténtica de la joven, que solo emanaba preocupación.
No comprendía, pero él procedió a realizar lo que estaba acordado. Rai comenzó inmovilizando a Ali, envolviéndola con sus brazos por detrás de ella, de manera que no se pudiera sacudir o realizar movimiento alguno. Y en tanto lo hacía, Arlet se acuclilló frente a ella y empezó a dibujarle, con el pequeño objeto afilado, una estrella en el vientre.
Continuaron con las otras dos prisioneras. Él las inmovilizaba y ella dibujaba con su pequeña hoja de metal. Y una vez que las tres quedaron marcadas, su opresora dejó caer la cuchilla al suelo y se ubicó en el medio de la habitación; tomó el filo de su espada con una mano y se hizo un profundo corte con un breve y veloz movimiento. Por último, con la sangre que derramaba, hizo líneas en el suelo, las cuales Rai miraba con cierta rareza a un costado de la habitación.
Arlet terminó el dibujo. En el suelo había quedado una gran estrella de cinco puntas: una apuntaba hacia el ejemplar de tapa negra y las otras apuntaban hacia las prisioneras. Acto seguido, ella se arrodilló en el centro de la estrella, miró fijamente las páginas del libro y empezó a recitar palabras incomprensibles.
El de cabellos celestes, a medida que observaba los detalles, entendía menos qué era lo que estaba ocurriendo. Su compañera estaba tiritando, su voz sonaba temblorosa, las lágrimas brotaban de sus ojos de manera descontrolada y la expresión de su rostro no mostraba más que temor.
—Arlet ¿Qué diablos te pasa?
Pero no respondía. La joven había ignorado por completo la pregunta que le habían hecho y siguió rezando, aunque apuró sus últimas palabras.
—Arlet, te hice una pregunta —volvió a insistir el chico—. ¿Qué diablos te sucede?
Finalmente se detuvo, pues ya había terminado. Por consecuente, tomó su espada con ambas manos y con todas sus fuerzas mientras la elevaba al frente de ella.
—Rai... necesito pedirte dos favores.
—Dime de una vez qué mierda está pensando, Arlet.
—Primero, perdón...
—¿Perdón? —exclamó el de cabellos celestes—. ¿¡De qué estás hablando!?
La muchachita fue elevando el arma lentamente hasta que quedó por arriba de su cabeza. Mientras tanto, seguía ignorando cualquier tipo de pregunta que llegaba a sus oídos:
—Y segundo, si realmente quieres que todo salga bien...
—Arlet, por última vez ¡Contesta lo que estoy preguntando!
 
 
Pero fue inútil. Y demasiado tarde.
 
 
—...por favor, no me detengas.
Inmediatamente después de sus palabras, volteó la espada hacia abajo y se atravesó el estómago con todas sus fuerzas. Rai, atónito ante la situación, quiso detenerla, pero el favor de Arlet se lo impedía. No sabía en qué creer. Él solo podía ver cómo la sangre comenzaba a esparcirse en el suelo mientras ella movía el arma de un lado hacia otro, mientras trataba de contener de forma inútil los gritos de dolor.
Las rehenes habían comenzado a gritar, pues las heridas de cada una se habían intensificado aún más: las estrellas caladas en sus vientres, el vómito sanguíneo de Ali, la herida del ojo de Eli y las recientes siluetas dibujadas de Odi, las cuales habían comenzado a abrirse.
Pero eso no ocurría en vano. Todo el fluido rojo que emanaban sus cuerpos comenzó a moverse en dirección a la estrella, entrando por cada una de las puntas que las señalaban.
A la vez que eso ocurría, Arlet comenzó a dar arcadas vacías que, después de un tercer intento, terminó en una extensa y abundante expulsión de sangre, la cual comenzó a mezclarse con la de las prisioneras.
En ese momento, y para su infortunio, Rai dejó de ser un espectador.
Un dolor muy intenso se apoderó de su abdomen y provocó una gran mancha roja en el buzo que tenía puesto. Al revisarse, pudo ver con asombro y con cierto temor que él, al igual que las rehenes, tenía dibujada una estrella en el vientre, y que la poca sangre que tenía también se dirigía hacia la estrella.
No lograba comprender por qué tenía esa marca allí. Sin embargo, lo entendió a la perfección cuando elevó la vista y vio la última punta de la estrella señalándolo a él: sea lo que sea que Arlet estaba haciendo, él también estaba incluido.
—No... no, no, no. No puede ser.
Volteó de nuevo hacia su compañera. Ella seguía arrodillada en medio de su propio dibujo y mirando a la nada, en tanto esa siniestra sonrisa ajena se apoderaba de ella con más intensidad que nunca. Entonces, sin pensarlo ni una vez más, Rai decidió intervenir en la situación inmediatamente:
—¡Arlet! ¡Termina con esto AHORA! —gritó, tomando la empuñadura de la espada de la chica.
—¡¡¡Te dije que no me detuvieras!!!
Con un grito distorsionado, ella sacó la espada de su abdomen y cortó, con una fuerza inhumana, el pecho de Rai. Éste se estampó contra una de las bibliotecas de aquella habitación y quedó aturdido y desorientado. No obstante, tendido en el suelo y con mucho dolor, observó con espanto lo que parecía ser el objetivo final de Arlet.
Toda la sangre que se encontraba en el interior de la estrella se dirigió directamente hacia libro negro, que se mantenía intacto. Y una vez que absorbió hasta la última gota, éste permitió la salida hacia el exterior de un enorme espectro con cuernos, deformes dientes afilados y unos intensos ojos rojos.
A pesar de que Rai y las rehenes contemplaban con terror a aquel espíritu, éste no fijaba su mirada en nadie más que en Arlet Trápaga, quien parecía estar en estado de trance.
—¿Qué... es... ESO?
Repentinamente, el ente tomó a la muchachita por sus pequeños hombros y se introdujo dentro de ella por su boca. Pero antes de que alguno de los presentes pudiera apreciarlo, la tormenta de la ciudad realizó otro potentísimo estruendo y cortó la luz.
Segundos después, el débil foco volvió a encenderse. Sin embargo, Arlet ya no estaba allí.
La habitación quedó como al inicio del ritual. Las bibliotecas estaban totalmente acomodadas y el suelo no había dejado rastro alguno de sangre, a excepción de la estrella. Mientras las prisioneras solo lloraban y esperaban a que todo hubiese terminado, Rai se levantó con dificultad y miró cada esquina del cuarto, impactado por la situación. Se puso en medio de la pieza, miró a las bravuconas, a las estanterías, a la estrella del suelo y, finalmente, vio al libro principal.
Con el conocimiento que tenía al respecto, identificó que algo no andaba bien. El libro aún se encontraba abierto, y para concluir cualquier tipo de rito, el tomo debía cerrarse por propia voluntad.
Rai, entonces, empezó a retroceder hacia las escaleras de salida:
—No.... Yo me largo de aquí.
Esquivó a las matonas y cuando quiso apoyar el pie sobre el primer escalón, la puerta se cerró súbitamente:
—Aún no hemos terminado, Rai.
Una voz retumbó en la habitación. Rai retrocedió nuevamente y comenzó a mirar hacia todos lados. A su vez, Ali, Eli y Odi comenzaron a llorar otra vez; ellas también habían escuchado esa distorsionada e irreconocible voz:
—¡Arlet! ¡Esto no es lo que me dijiste que iba a pasar! —reclamó el de cabellos celestes al cielo.
—Arlet ya no está aquí.
—¡Me dijiste que solo ibas a usar a las tres prisioneras! —insistió el chico.
—No te preocupes —se escuchó resonar otra vez en la habitación—. Su sangre ya es suficiente.
—¡Entonces dime! ¿¡Qué más falta para terminar con esto!?
En un momento dado, mientras él seguía buscando por todos lados, se volteó en una dirección y se encontró de frente con Arlet, con su característica sonrisa macabra y unos ojos al rojo vivo:
—Falta tú sangre.
—¡¡¡Aléjate de mi!!!
Rai desenvainó su espada y atacó a su compañera impulsivamente, a su vez que retrocedió y se arrastró por el suelo. No obstante, su ataque había sido en vano, pues ella había vuelto a desaparecer. De repente, los libros de las bibliotecas comenzaron a vibrar y a salir disparados contra el combatiente, quien luego de recibir un par de golpes, decidió cortar a la mitad todos los ejemplares que se dirigían hacia él.
Pero sabía que no iba a poder seguir así para siempre. Entonces, mientras evitaba los libros, comenzó a dirigirse hacia las escaleras de salida nuevamente. Peor para él, los libros formaron un muro y empezaron a girar a toda velocidad a su alrededor, dejándolo sin posibilidades de poder escapar.
Y él todavía se resistía. Sin más opciones, intentó atravesar ese muro para poder llegar a la escalinata, aunque también resultó inútil: al apenas intentar hacerlo, la pequeña cuchilla de Arlet, que había quedado en el suelo, voló hacia él y se enterró en sus costillas.
Retorciéndose de dolor, el chico gritó:
—¡¿Quién... eres?!
Y la voz contestó:
—Mi nombre es Ártika.
Repentinamente, mientras buscaba aquella voz, Rai se encontró con Arlet de frente. Y, antes de que ella atravesara la espada en su estómago, la tormenta hizo sus estragos y cortó definitivamente la luz:
—Y tu alma... me pertenece...
*
 

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