Capítulo 33 - La última elección

La verdad secreta

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2:06 am
Hasta ese entonces, Yeik había estado inmóvil en un lugar bastante pequeño y oscuro. Lo único que iluminaba aquél lugar era la brillante luz de la pequeña luna de Stella Amoris.
Luego de todo lo ocurrido, allí fue donde él terminó. Junto con Gache, llevó a casa a Yésika y ahí se recuperaron por completo en el cilindro de curación. Y aunque los padres de la muchacha quedaron aliviados ante la aparición de su hija, no todos podían compartir el mismo sentimiento.
Por tal razón el de cabellos azules estaba en aquel lugar. Por más que intentaron animarlo, nadie podía detener el incontenible llanto del joven Lix. Ya nada ni nadie podía reparar el daño que estaba hecho dentro de él por la pérdida de su ser más preciado. Entonces, mientras los demás descansaban dentro de la casa de Yésika, el chico pidió estar a solas en la pequeña casa del árbol.
Pero luego de descargar todo lo que tenía en su interior, quedó sin fuerza alguna para continuar llorando. Y a causa de la terrible tristeza que lo inundaba, tampoco podía dormir. Simplemente quedó acostado en el suelo de la casa de madera, observando con una mirada vacía el techo de la habitación.
Cuando llegaron las 2:06 de la madrugada, Yeik supo que no era el único que no podía dormir.
—¿Yeik? ¿Cómo estás? —dijo Gache asomando su cabeza por la puerta— ¿Estás mejor, pibe? ¿Podemos pasar?
La respuesta de su amigo fue solo un débil asentimiento. El canoso, entonces, subió a la casa junto con Yésika, tomaron un almohadón cada uno y se acomodaron al lado de su compañero.
No obstante, parecía que nadie sabía realmente qué decir. La muchacha y Gache había acordado llevarle una botella fresca de agua a Yeik, para intentar mostrar su apoyo de alguna manera. Pero no lograron más que hacer que bebiera un trago. Luego de eso, él continuaba con una mirada inexpresiva y sin mover ni un músculo.
—Yeik… emmm… no sé qué hacer. Me siento terrible por… —. El canoso detuvo sus palabras, pues no quería nombrar a su madre. No obstante, encontró otras con las cuales seguir—. Todo es mi culpa. Lo siento mucho.
Yeik, con un moviendo lento y desganado, miró a su amigo. Luego volvió su mirada al mismo lugar:
—Todo es mi culpa, Yeik. Si yo no me hubiera puesto los guantes blancos… Y todo porque te dejé inconsciente —dijo Gache mientras bajaba la mirada, avergonzado—. Y si no hubiese tomado la estúpida decisión de dejarte allí solo con…
—Cállate, Gache.
Si bien Yeik continuaba inexpresivo, Gache sí se volteó a mirar a su compañera, asombrado. Su expresión mostraba que no se había esperado en absoluto la interrupción de Yésika, quien continuó:
—No voy a soportar que te eches la culpa. Tú lo único que buscaste es el bien de nosotros dos. Es lo que siempre buscaste para nosotros desde que somos amigos. Sería demasiado cobarde de mi parte que esta vez, después de todo, no aceptara mis errores.
La joven, luego de dar un profundo suspiro y tragarse su orgullo, comenzó a hablarle al de pelo azul, aunque no se atrevía a mirarlo directo a los ojos:
—Yeik… yo… estoy muy confundida. Pasaron tantas cosas que no comprendo… pero te debo la vida —. A medida que hablaba, cada vez alejaba más su vista de su inexpresivo compañero—. Y luego de lo que pasó con Rai no encuentro las palabras que expresen lo afligida que estoy por… no creerte… por dudar de ti y hacerte daño.
No obstante, Yeik continuaba inmóvil. No reaccionó ante ninguna de las palabras que su amiga estaba pronunciando para él, y eso no le pareció una buena señal; cuando lo miraba por el rabillo del ojo, podía sentir que la vida y la alegría que habitaban dentro de él estaban totalmente ausentes.
Yésika no quería eso para él. Ella quería arreglarle de alguna manera su alma partida:
—Yo soy la culpable de todo. De no haber sido por mí, nada de esto hubiese pasado.Yo fui la que confió en la persona equivocada. Si no hubiese sido por todo esto que hice… tu madre…
Guardó silencio. Finalmente había entendido qué era lo que había provocado. Y en ese instante una inmensa culpa comenzó a emerger dentro de ella. Una culpa que comenzaba a quitarle el aire, a llenarle los ojos con lágrimas y quebrantar su voz:
—Perdón, Yeik. Por favor, perdóname. Soy una persona espantosa. Tú hiciste todo para estar conmigo y yo solo te alejé. Te cerré todos los caminos y aún así me buscaste para protegerme. A pesar de lo infeliz que te hice, tú aún buscabas mi felicidad…
En ese momento, Yésika no pudo soportar más la culpa que la castigaba en su interior. Así, se tapó los ojos con ambas manos y quebró en llanto sin mayor consuelo:
—¿Por qué, Yeik? ¿Por qué te arriesgaste por mí? ¿¡Qué hice yo para que me buscaras!? ¿¡Por qué no dejaste que Rai y Arlet me secuestraran!? Si no fuera por mí, a tu madre jamás le hubiese pasado nada ¡Yo soy la culpable! ¡Yo debería haber muerto! ¡No ella! Soy una basura, Yeik. Lo siento ¡Soy una basura!
Yeik, aún continuaba sin expresión en su rostro. Pero las lágrimas que bajaban lentamente por sus mejillas, denotaban un gran dolor dentro del él. Y Gache, que no podía estar ajeno a todo lo que estaba pasando, no pudo evitar que una enorme tristeza lo invadiera. Los conocía muy bien a ambos, tanto que sabía exactamente lo que sentía cada uno respecto al otro.
Era aquella inevitable situación que ambos pasaron innumerables veces, cuando el lazo tan fuerte que los unía se rompía. Era aquella inevitable situación en la que ambos querían recuperar su vínculo, pero ninguno sabía cómo hacerlo. Su amistad estaba tan rota que, por más que quisieran recuperarla, no tenían derecho alguno a hacerlo. Ambos sentían que no merecían otra oportunidad.
Pero Gache, por una razón en particular, sabía que su amistad siempre volvía. A pesar de que ambos sentían que no merecían la confianza del otro, la oportunidad para unir ese lazo siempre aparecía una vez más. Y Gache conocía perfectamente el por qué.
Porque el amor, a pesar de todo, perdona:
—No quiero que vuelvas a decir que deberías estar muerta ni que eres una basura, Yésika —dijo finalmente el de cabellos azules, quien dirigió su entristecida mirada hacia su amiga. Luego de eso, miró a su amigo de pelo blanco—. Y tú tampoco tienes la culpa de nada. Ninguno de los dos la tiene.
Luego de unos segundos, Yeik tomó con sus brazos a sus amigos y los abrazó con mucha fuerza, dejando escapar un repentino llanto de impotencia y profunda pena:
—Gracias, chicos… gracias por estar siempre… Gracias…
Seguido de su sollozo le continuó Yésika, quien puso su frente sobre el cuello de Yeik para intentar contener el dolor. Por último, al sentir el sufrimiento de sus dos amigos, Gache no pudo hacer más que abrazarlos a ambos y soltar una lágrima.
 
Finalmente y en contra de todo pronóstico, Yeik consiguió con su perseverancia y con la fuerza de su propia voluntad, obtener aquello que la vida le había dicho que jamás iba a recuperar: la amistad de sus mejores amigos.
 

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A pesar de estar profundamente dormido, un pequeño ruido lo despertó. Era su teléfono celular, el cual había marcado las 3 am. Yeik, luego de revisarlo, dejó el aparato en un rincón y miró a su alrededor; él, junto con sus dos amigos, habían caído dormidos en el suelo de la casa del árbol.
—Qué extraño ¿Ese sonido tan leve me despertó? —susurró para él—. Hmm… quizás es insomnio. Intentaré dormir de nuevo.
—No es insomnio, Yeik.
El de cabellos azules dio un alarido al instante, pues había reconocido esa voz muy bien. Y al ver de dónde provenía, pudo identificar de inmediato a la persona que había irrumpido en la habitación; apoyado al lado de la puerta de salida se encontraba Rai Apraiz, apoyando la espalda contra una pared.
Yeik buscó su arma de inmediato, pero recordó que esta vez no la traía consigo, de manera que se encontraba totalmente desprotegido. Sin embargo, notó que los más desprotegidos, en realidad, eran sus durmientes compañeros, de manera que comenzó a gritarle con todas sus fuerzas.
—Tranquilízate. No voy a hacerles nada —dijo Rai con serenidad.
—¡Chicos! ¡Despierten! ¡¡Despierten!!
A pesar de su esfuerzo por sacudirlos, ninguno de ellos siquiera reaccionaba.
—¡¡¡Chicos!!!
—No te esfuerces. No van a despertarse —volvió a responder el de pelo celeste.
—¿¡Qué diablos les hiciste!?
—Nada. Simplemente estamos en un estado de tus sueños. Nada que yo les haga será real.
Yeik se detuvo a observar desconcertado a sus amigos. Lo cierto era que por más que los tocaba, no podía sentirlos. Yeik se había vuelto consciente de que estaba soñando.
—Entonces ¿Vas a dejar de gritar? —preguntó Rai, irritado.
—¿Qué quieres? ¿Qué diablos haces dentro de mi cabeza? ¿No te parece suficiente con todo lo que ya hiciste?
—Lo de tu madre no es mi culpa. Hice todo lo que pude para ayudarte.
—¡¿“Hice todo lo que pude”?! ¿¡Es un chiste!?  —. De repente, Yeik se puso de pie y enfrentó a su enemigo—. Hiciste que Arlet me odiara. También lo hiciste con Gache y lo mismo con Yésika. Además de eso hiciste que me suspendieran del magnen y del instituto ¡Todo esto es TU CULPA! ¡Si no hubiese sido por ti, nada de esto habría pasado!
—Ya te dije que hice todo lo que pude para ayudarte.
—¿¡Tú crees!? Entonces dime… ¿Por qué metiste a mi madre en esto? ¡Este asunto era entre nosotros, maldito cobarde de mierda!
—Escucha una cosa, estúpido —respondió Rai, alterado—. En primer lugar, yo no fui el del plan. Y segundo, tú no ibas al molino de Werner a rescatar a tu madre. Fuiste allí a rescatar a Yésika. Y si no hubiese sido por mí, la policía te habría atrapado y además de perder a tu madre, habrías perdido a Yésika.
Yeik comenzó entonces a hacer memoria de los sucesos ocurridos. Fue allí cuando recordó el momento en que corría hacia el molino, preguntándose por qué Rai había accedido a ayudarlo. Y lo que él acababa de decirle le aclaraba algunas dudas, pero aún había mucho que no entendía.
—Un “gracias” no estaría mal —dijo Rai, mirando de manera acusadora a Yeik.
—Pero… No lo entiendo ¿Por qué  me ayudaste? ¿Qué ganaste tú ayudándome?
—¿No te diste cuenta aún?
Yeik cayó del susto y miró a uno de los grandes almohadones que estaban a su derecha. Allí estaba Ártika, sentada con los brazos y las piernas cruzadas mientras esbozaba una leve sonrisa de picardía:
—Bien —dijo ella—. Déjame entonces que te lo recuerde.
La habitación comenzó a desvanecerse, como si todo alrededor del chico se convirtiera en humo negro. Pero luego de unos segundos, toda aquella humareda comenzó a cambiar de forma, de tal manera que conformaron imágenes del pasado. Allí, al frente de sus ojos, podía verse a él mismo cargando su espada mientras enfrentaba a Rai, quien tenía ya unas cuantas heridas en su torso. El de cabello celeste, mientras tanto, pronunciaba unas palabras:
~
—Tú tienes algo que yo quiero… Momento ¿Tienes ese "algo"? Ah, no. Cierto que ya no tienes a Yésika.
~
De repente, en un abrir y cerrar de ojos, todo volvió como al principio. Rai seguía apoyado en el mismo lugar, la pequeña muchachita seguía sentada en el gran almohadón, y Yeik, quien aún estaba entre sus dos amigos, empezaba a comprender:
—Entonces… ¿Rai me ayudó solo por…?
—Así es. Al parecer el chico aún no se acostumbra a recibir mis órdenes —dijo la muchachita con tono desaprobador, mirando a su compañero.
Yeik observó esto con mucha curiosidad, pues a simple vista, la diferencia entre ambos era notable: mientras el cuerpo de su antigua amiga era pequeño y de apariencia muy débil, el del chico era robusto, fibroso y envidiable para cualquier luchador de magnen. Sin embargo, eso parecía no tener importancia entre ellos dos.
—No comprendo —dijo Yeik, dirigiéndose a su contrario de pelo celeste— ¿Por qué Arlet te da órdenes? ¿Qué amenaza representa ella para ti si no la obedeces?
—Ya viste que puedo hacer cosas muy malas, Yeik —dijo la muchachita, respondiendo por su compañero—. Y eso es porque ya no es Arlet la que domina este cuerpo. Como te dije, mi nombre es Ártika.
—¿A qué te refieres con que ya no eres Arlet? ¿Acaso… cambiaste de personalidad o algo así? —respondió el joven Lix, confundido.
—Ella no ha cambiado su personalidad… —. Esbozando una mueca pícara, la joven de cabello oscuro se convirtió en humo. Pero luego de un instante, reapareció al frente de Yeik, esta vez, con una sonrisa de dientes afilados y con unos grandes ojos rojos—. Ella ha cambiado su alma.
El de cabello azul quedó inmóvil, espantado ante lo que estaba presenciando. Con solo tenerla cerca podía sentir cómo todo su cuerpo tiritaba y cómo un frío insoportable recorría toda su espalda. Él se dio cuenta de inmediato que aquello que estaba junto a él, era algo mucho más oscuro de lo que pensaba.
—¿Q…qué hiciste con ella entonces? ¿Qué le sucedió?
—¿Qué le sucedió? ¡Ja! No actúes como si no lo supieras, Yeik. Sabes perfectamente lo que pasó.
Ártika, lentamente, se alejó de él y comenzó a rondar por toda la casa del árbol:
—Arlet tenía una vida miserable. Ella no tuvo padres comprensivos como lo era tu madre, ni un hogar tan cálido como el tuyo, y mucho menos tenía amigos como los tuyos. Tú sabías a la perfección que ella jamás había tenido amigos, que utilizó en vano muchos años de su vida tratando de conseguir tan solo un poquito de afecto. Y justo cuando la aceptaste, justo cuando creyó encontrar a la única persona capaz de darle ese afecto… esa cierta persona decidió alejarse de ella y destruir todas sus esperanzas.
Yeik bajó la mirada. Se sentía avergonzado, triste, y sobre todo culpable. No obstante, a la joven no le importó en absoluto su reacción y prosiguió:
—Pero mientras su oportunidad para ser feliz se desvanecía contigo, ella iba viendo en mí su última alternativa para obtener lo que quería: dejar de sufrir ¡A que no adivinas dónde encontró aquella oportunidad!
Como si de un truco de magia se tratase, Ártika comenzó a hacer florituras con sus manos hasta que, luego de dar una vuelta sobre sí, sacó un libro de tapa negra que Yeik reconocía perfectamente:
—El libro de Arlet… ¡Tú le hiciste hacer a Arlet todas esas cosas horribles que estaban dentro del libro!
—No lo creo, pequeño Yeiky —respondió la muchachita con picardía—. Arlet estaba a punto de contarte sobre el libro cuando decidiste dejarla. Justo cuando ibas a tener la oportunidad de separarla de este ejemplar, decidiste destruirla para siempre. Y mientras tú solo le causabas más dolor, yo le ofrecía la única forma en que ella podía ser feliz.
Ártika, antes de continuar con sus palabras, miró a Rai y extendió ambas manos hacia donde él estaba, como si lo estuviera presentando:
—¡Pero cómo olvidarlo! Nada hubiese sido posible sin la ayuda del bruto y estúpido chico que ayudó a Arlet a decidirlo ¡Hurra por Rai!
—¿Cómo dices? —respondió Yeik, asombrado.
—Creo que ya te enteraste que él también recurría a la sabiduría de estos libros —dijo la joven mientras continuaba caminando por la habitación—. Y cuando supo que Arlet también había comenzado a tomar interés por estos tomos, la escuchó y conoció sus desgracias. Porque por la misma razón él había terminado allí.
Yeik, quien no podía salir de la sorpresa, miró a Rai inmóvil y con la mirada baja. En ese momento, el de cabellos azules se dio cuenta que, ciertamente, jamás había conocido nada de Rai ¿Cómo terminó en la academia de Gaudiúminis? ¿De dónde provenía? ¿Tenía padres siquiera?
—Pero así pasó. Él comenzó a sentir tanta empatía por la pequeña Arlet que confió demasiado. Él hizo todo para que ella pudiera obtener lo que quería. Y cuando ella ofreció su alma para traerme a este mundo, Rai no contó con el hecho de que él debía participar en el ritual junto con las tres bravutontas.
—Momento —interrumpió Yeik—. Pero Ali, Eli y Odi estaban… emmm… muertas cuando yo las vi. Si Rai también participó ¿Significa que él también…?
Ártika soltó de repente una risita picaresca entre dientes.
—Dudo que realmente lo entiendas si te lo explico, pequeño Yeik. Pero podríamos decir que ni él ni las bravuconas están muertas… o por lo menos no del todo.
Como ella lo anticipó, el de pelo azul no logró comprender con exactitud a qué se refería ¿Qué implicaba “no estar muerto del todo”? ¿Significaba que cuando vio a las tres chicas en el cuarto oscuro, ellas no habían muerto todavía? Sin embargo, sea lo que sea que significara, la violencia brutal con la que habían sido tratadas no era propia de Arlet. Ella sola no podría haber causado todo eso y mucho menos contra Rai, quien estaba completamente sumiso en aquel momento.
Yeik, de a poco, se iba dando cuenta del peligro que Ártika representaba:
—¿Qué diablos eres? —preguntó el de cabellos azules, desafiante— ¿Por qué estás aquí? ¿Qué quieres de mí?
—Oh… me encantaría poder responderte todo eso, Yeik —contestó la muchacha—. Pero me temo que será algo que descubrirás más adelante, cuando te vayas.
—Espera ¿Cuando me vaya? ¿Qué significa eso?
—Oh, cierto —dijo la jovencita, tapándose la boca—. Casi me olvido de esa parte.
Ártika comenzó otra vez a realizar florituras con sus manos, acercándose de manera paulatina hacia el chico de cabellos azules. Una vez que llegó hacia él, hizo una caricia dentrás de su oreja y sacó algo muy parecido a un ticket:
—Era una sorpresa que tu madre tenía para ti. Sería muy descortés de mi parte no dártelo. Y creo que sería muy malo de tu parte también si no lo aceptaras.
Yeik tomó aquel billete y lo revisó. A pesar de eso, entendía mucho menos qué era lo que estaba tratando de decirle:
—¿”Destino a Orbis Surgens”? ¿Qué diablos es esto?
—¡Parece que alguien anda olvidadizo el día de hoy!
La muchacha comenzó a reírse a carcajadas mientras todo alrededor de la habitación comenzaba a convertirse en humo negro una vez más. Segundos después, todas aquellas partículas comenzaron a recrear la habitación del joven Lix, en la cual podía verse a él mismo charlando junto a su madre.
Yeik reconoció al instante aquel recuerdo. Luego de que Amanda Lix le brindara sus palabras de apoyo, ella le comentaba sobre la gran alegría por saber que Stella Amoris, finalmente, tenía su estación interplanetaria.
~
—¿Y por qué es tan importante tener esas estaciones aquí, ma?
—¡Porque traerán todo tipo de beneficios, hijo! —dijo la mujer con un grito de emoción—. Solo imagina… los demás planetas podrán compartir sus tecnologías, sus avances científicos ¡Al igual que nosotros lo haríamos con ellos!
—¿Y podrían traer algún otro deporte de combate? Sería interesante saber cómo viven en otros planetas.
—Eso es lo que más me emociona, cariño ¿Cómo vivirán ellos? ¿Qué maravillas podríamos ver en su mundo? ¿Tendrán algún “Gran Titanus” como nosotros? Me encantaría poder viajar algún día a otro planeta ¡A cualquiera!
—¿Pero eso no sería muy costoso?
—Probablemente, hijo. Pero eso no significa que no lo vaya a conseguir.
 
Volvieron a la casa del árbol. Ártika, entonces, se encontraba sentada en uno de los almohadones que allí habitaban cuando continuó:
—Ella ya había sacado los boletos, Yeik ¿Por qué crees que estaba tan emocionada? —. La muchacha, luego de carraspear, decidió cederle la palabra a su compañero—. ¿Sabes Rai? No quiero que te sientas excluido de la charla ¿No quieres comentarle a Yeik por qué le estamos contando todo esto?
Rai no se movía, parecía que no quería obedecer. No obstante, dio un suspiro de resignación, cambió su pierna de apoyo y, a continuación, elevó la mirada hacia donde estaba el chico de cabello azul:
—Ella quiere hacer un trato —dijo Rai, serio—. Quiere que tomes el viaje a Orbis Surgens.
—¿Que tome el viaje? ¿Para qué quiere que lo haga?
—No te lo puedo decir, Yeik. Pero lo que sí puedo decirte es que conocerás mucho sobre lo que se oculta detrás del origen de Ártika. Y créeme que te va a servir para no terminar como yo.
La pequeña muchachita empezó otra vez a reír con fuerza. Rai, en cambio, volvió a bajar la mirada, esta vez volteando la cabeza hacia un costado. Luego de presenciar eso, el joven Lix comprendió que su rival se sentía disgustado de estar en aquella situación, a pesar de no comprender del todo la amenaza que Ártika le representaba.
De todas formas, pensó un poco mejor lo que él le había dicho:
—¿Y que sucede si no quiero viajar? ¿Qué sucede si no quiero abandonar a mis amigos?
—Pues… es muy simple —contestó la joven—. Si no los abandonas, ellos te abandonarán a ti.
De repente, dos pequeñas humaredas se formaron arriba de las cabezas de Gache y de Yésika, los cuales terminaron conformando dos espadas sumamente finas y puntiagudas. Ambas armas quedaron flotantes en el aire, listas para caer.
—Quizás esto sea solo un sueño, pero créeme… —. Las espadas, en ese momento, cayeron sobre la cara de sus amigos. Y cuando esto ocurrió, ambos se transformaron inmediatamente en humo negro y se esfumaron—. No dudaré ni un segundo en hacerlo realidad. Así que tú decides: un viaje por un tiempo… o perder a las únicas personas que te quedan.
Yeik se mantuvo en silencio. No sabía qué contestar al respecto. Y mientras buscaba las palabras adecuadas para responder, Ártika se puso de pie y comenzó a dirigirse hacia la puerta; a medida que estaba más cerca de ella, todo alrededor de la habitación se comenzaba a convertir en humo.
Pero antes de irse, ella se volteó a ver al joven Lix. Y éste, al devolverle la mirada, pudo observar que esa sensación siniestra y escalofriante que tenía su apariencia, había desaparecido. En aquel momento, pudo identificar perfectamente a la verdadera Arlet Trápaga, quien dejaba escapar una última lágrima de dolor:
—Finalmente sabrás lo que yo sentí, Yeik. Sabrás lo que es no tener padres. Sabrás lo que es no tener lo único que te queda. Y por sobre todo, lamentarás haberme dejado… te juro por mi miserable alma que lo lamentarás toda tu vida.
 
 
Yeik se despertó de golpe. Volteó hacia todos lados y verificó que esta vez sí se encontraba en la verdadera casa del árbol. Como era de esperarse, sus movimientos también provocaron que Gache despertara, aunque no ocurrió lo mismo con Yésika:
—¡Pibe! ¿Qué pasa? ¿Estás bien? — dijo el canoso, alterado.
A pesar de las preguntas, Yeik no contestó. Él aún estaba pensativo por el reciente trato que tenía que cumplir. No obstante, él no dudaba de la respuesta, ya que para él estaba claro que no iba a dejar que nada les pasara a sus amigos. El de cabellos azules estaba, en realidad, al pendiente de otro incidente; pues si no lo resolvía, no iba a poder irse a ningún lado.
—Ey, Chavón. Te estoy hablando —insistió Gache— ¿Te sentís bien?
Yeik Lix miró a su amigo. Y luego de pensar un poco, lo dijo:
 
—Voy a entregarme a la policía.
 
 
 
 
 
 
 
***
¡Hola lector! Espero que te haya gustado y que estés disfrutando de lo poco que queda :) ¡No te olvides de darle de comer a los conejos dándole clic al corazón! Si es que te gustó el capítulo claro ¡Nos vemos la próxima!

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