Elisabeth

Mis poesías y relatos

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–Empecemos –dijo el doctor Loras.
Elisabeth se puso el casco e intentó relajarse por completo, aunque el dolor de cabeza no se lo permitía. Aquel asiento no era cómodo para ella, pero eso no importaba.
No tenía ya nada que perder, el científico podría quitarle el cáncer cerebral que tenía, o podía matarla pero todo eso le daba igual a ella. Nadie le había dado una solución o una oportunidad excepto él, su método era experimental pero debía probarlo de todos modos. El casco empezó a darle impulsos eléctricos en la cabeza, que se sumergían hasta su cerebro, tratando de eliminar el mal interior.
Loras frunció el ceño al no ver cambio alguno en la pantalla que mostraba el encefalograma, pudiendo así ver su interior. Se sintió mal al observar que su sujeto continuaba sufriendo. Suspiró profundamente y aumentó la potencia, al cabo de un par de minutos lo elevó de nuevo.
"Toda mi vida para no avanzar una mierda... lo siento", pensó Loras dejando asomar una lágrima.
–Vamos a d... –intentó decir limpiándose la cara con una manga, hasta que algo le llamó la atención.
–¿Todo va bien? –preguntó Elisabeth preocupada.
Él simplemente aumentó la potencia al máximo.
–¿Doc... doctor? –insistió.
Solo podía sonreír al ver actividad cerebral, algo estaba pasando, había una respuesta. Pero su sonrisa se desvaneció al volver todo a la normalidad.
–¡Me cago en la puta! –golpeó todo lo que estuvo a su alcance con todas sus fuerzas. No solo se había fallado a sí mismo, sino a la pobre chica, pero algo detuvo sus lágrimas, se enjuagó con las lágrimas y miró la pantalla. El cáncer marcado en rojo estaba disminuyendo de tamaño, al cabo de unos segundos había desaparecido.
Fue hasta su paciente y le besó la frente.
–¡Ha sido un éxito! –dijo alegre.
Ella abrió los ojos ante la sorpresa, estaba cansada como para dar saltos de alegría, pero estaba feliz, le debía la vida a aquel hombre.
Intentó quitarse el casco, pero antes de tocarlo se elevó. Ambos se sorprendieron. A un ritmo alarmante, empezó a crecerle pelo a Elisabeth, debido a tantas pruebas siempre iba calva. El pelo negro azabache creció hasta la altura de los hombros. Estaba pálida, pero su piel recuperó un tono natural.
Todo a su alrededor empezó a levitar, las luces parpadeaban y Loras retrocedía atemorizado.
"El cáncer no lo he curado yo... ha sido su cerebro al ser despertado por completo... puede usar la capacidad total de su cerebro", pensó Loras con miedo por una parte, pero con fascinación por otra.
–Elisabeth –dijo Loras. Elisabeth volvió en sí y los objetos cayeron al suelo, estaba asustada.
Se acercó su paciente y la tranquilizó poniéndole las manos en los hombros.
–No pasa nada, esto es... nunca imaginé que esto pasaría –decía Loras con entusiasmo–. Esto puede salvar millones de vidas, cambiar el mundo por completo.
–Pero puede provocar muchos más males –respondió ella, las luces empezaron a fallar de nuevo–. No podemos permitir que esto se pase a nadie más.
–Pero... –Antes de que pudiera decir nada, ella hizo que todo el equipo de la sala se destrozara.
–Gracias por lo que ha hecho por mí, pero no podemos permitir que esto caiga en malas manos. Deje la investigación –le pidió Elisabeth amablemente.
Levitó hasta la ventana y traspasó el cristal. Se giró hacia el doctor y se despidió de él con una tierna sonrisa.
Loras nunca volvió a ver a su paciente, pero pudo saber de ella gracias a las noticias de una persona anónima que iba haciendo el bien por el mundo.
 

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