Capítulo 35 - Despedida

La verdad secreta

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El momento había llegado.
 
Luego de que la profunda investigación de la policía y luego del detallado cuestionario al que sometieron a Yeik Lix, la justicia había determinado que era totalmente inocente y que quedaba en libertad. Tal como pensó que iba a ser. A su vez, la policía comenzó a buscar a los posibles verdaderos asesinos, aunque Yeik sabía que jamás iban a encontrar ni a Rai ni a Ártika.
De todas formas, él ya tenía otro asunto más importante por el cual preocuparse, es decir, el viaje hacia Orbis Surgens.
Lo primero que hizo fue volver a su propia casa para tomar todas las pertenencias que podría necesitar para el viaje. Sin embargo, a partir de aquel momento, sintió que todo lo que estaba a su alrededor  había comenzado a retenerlo. Todos aquellos recuerdos habían empezado a revivir dentro de su cabeza y le decían a gritos que se quedase.
Pero no lo hizo. Luego de tragarse una profunda tristeza y angustia, Yeik se convenció a sí mismo de que tenía una obligación que cumplir. Por tal motivo, una vez que terminó de preparar todas sus pertenencias, cargó con un suspiro su valentía y se fue directo a un vehículo que lo esperaba afuera de su hogar; éste pertenecía a la estación interplanetaria de Stella Amoris, el cual lo llevaría directo hacia allí, donde lo esperaban sus dos amigos.
Entonces, como habíamos dicho al principio, el momento había llegado.
8:56 pm
Una vez que arribó a su lugar de destino y luego de haber dejado atrás todo lo que había formado parte de su vida, Yeik se encontraba frente a Yésika y a Gache. Estaban dentro de una gigantezca habitación cerrada, la cual tenía una altura que triplicaba el ancho del mismo. Además de eso, las pertenencias de Yeik se encontraban junto al transbordador que iría a Orbis Surgens, que tenía una forma de un cohete y no medía más de 5 metros de ancho y de largo. Y aunque los tres sabían que era su último momento juntos, las palabras habían quedado atoradas en el nudo de sus gargantas.
No obstante, a pesar de no poder hablar, Gache fue el primero que se animó a desatar esa dolorosa atadura para romper el silencio:
—Bueno, pibe… esto… está un poco difícil, je…
—Yo… no sé que decir —contestó Yeik con dificultad y con lágrimas en los ojos. —Gracias por todo, chicos.
Gache secó inmediatamente una lágrima que había escapado de sus ojos, pues no quería que el último recuerdo que tuviera su amigo sobre él fuera una cara destrozada. Yésika, en su lugar, mantenía la mirada en el suelo, conteniendo con todas sus fuerzas la tristeza que la invadía.
Los tres habían callado de nuevo. No encontraban la forma adecuada de expresarse y cada segundo que pasaban en silencio les dolía en el alma, porque sentían que se les escapaba tiempo muy valioso. Sin embargo, el canoso se esforzó una vez más.
—Te he traído algo, Yeik.
Fue recién en ese momento cuando el de cabello azul había notado que Gache tenía puestos sus guantes blancos. Pero antes de poder preguntarle por qué los traía en sus manos, su amigo ya se los había sacado para sostenerlos al frente de él:
—Tomá. Quiero que te los quedés.
—¿Qué? —contestó Yeik, sorprendido. — ¿De verdad me los vas a…?
—Claro que sí. No sé cómo es ese planeta al que te vas… pero vas a necesitar estar protegido, por cualquier cosa que pueda llegar a pasarte.
—Pero te vas a quedar sin los guantes, Gache. No puedo aceptarlo.
—Pff… —Luego de hacer un ademán con sus manos, el canoso desestimó la preocupación de su amigo. —No te hagás drama, puedo crearme otros. Además vas a poder acordarte de mí cuando los usés.
A Yeik, en tal caso, no le pareció una mala idea; aunque no quería llevarse la invención de Gache, le pareció bueno obtener un último recuerdo de su parte. Y de la misma manera que su compañero le había ofrecido un regalo, el joven Lix pensó que lo mejor era hacer lo mismo con él.
Así, el chico fue a urgar su equipaje en búsqueda de aquello más preciado que poseía:
—Toma, Gache. Sé que también te será útil.
El canoso, como si le estuvieran dando una fortuna, quedó con los ojos desorbitados de la sorpresa:
—No. Vos estás loco. No pienso agarrar tu espada. Si te estoy dando los guantes es para que tengás más protección, no para que quedes igual que antes. No seas boludo, no voy a aceptar.
—Vamos, Gache. Con tus guantes estaré más que bien. Además, así tú también tendrás algo con qué recordarme.
El chico delgado se secó otra lágrima que escapaba de sus ojos y tomó con mucha suavidad el arma que le estaban entregando. Acto seguido y con una combinación de orgullo y tristeza, se colgó la espada en su cintura.
—Más te vale que regresés pronto, che. Acá te vamos a estar esperando.
—Claro que voy a volver —respondió Yeik con determinación y esperanza. —Además, investigaré todo lo que pueda sobre Ártika. Entonces, cuando volvamos a encontrarnos aquí, la venceremos de la única manera que siempre vencimos a todos.
En ese momento, Yeik extendió su puño al frente de sus dos amigos y ambos entendieron de inmediato lo que eso significaba. Y aunque Yésika no se sentía con la misma energía que Yeik y Gache, los tres teminaron juntando sus puños mientras decían una palabra al unísono:
—¡Juntos!
Luego de hacerlo, Yeik se acercó a sus compañeros y les dio el abrazo más fuerte y largo que pudo; ellos respondieron igual, de manera que todos trataron de unir los pedazos rotos que cada uno tenía en su interior. Sin embargo, el canoso no permitió que el abrazo se alargara por tanto tiempo:
—Bueno, me encantaría poder quedarme un poco más de tiempo, Yeik. Pero Yésika quería decirte algo a solas. Así que voy a esperar afuera ¡Mucha suerte, chavón!
Gache le pegó un suave puñetazo amistoso al hombro de Yeik y se alejó de allí. Y una vez que salió de aquella gigantezca habitación y cerró la puerta, quedaron solo el chico de pelo azul y la muchacha de pelo puntiagudo, uno frente al otro.
El joven no entendía bien qué tenía que ocurrir, ya que Yésika no había podido hablar. En su lugar, ella continuaba con la mirada baja, tratando de contenerse de manera totalmente inútil; sus lágrimas cayendo por sus mejillas y su voz temblorosa, delataban sin escrúpulos el infinito desconsuelo e impotencia que ella sentía. De todas formas, a pesar de las dificultades, logró librar sus palabras al extender una pequeña carta que tenía atada a su pantalón:
—Hice esta carta… para ti. No olvides… que te estaré esperando.
—Yésika… yo…
Sus cuerdas vocales se paralizaron. Al ver el sobre, Yeik tuvo miedo. Miedo a que su más preciada compañera expresara, en sus últimas palabras escritas, nada más que preocupación, desaliento y, sobre todo, culpa. No obstante, también quiso pensar su regalo con optimismo: si ella realmente pensaba que él volvería a Stella Amoris, lo más probable era que sus letras expresaran sentimientos sinceros de confianza, seguridad y convicción. Yeik, entonces, tomó la carta con la ilusión de haberle dejado esperanza dentro de su corazón. Eso era lo único que él quería para ella.
Pero apenas el de cabello azul tomó la carta, Yésika agarró su remera con fuerza y explotó en llanto encima de su pecho:
—¡No te vayas, Yeik! ¡Te lo suplico! Soportaré lo que sea ¡Que Ártika me haga lo que quiera! Déjame que pague de alguna manera el daño que te causé a ti y a tu vida. Lo que sea… pero por favor ¡No te vayas! ¡Te quiero a mi lado! Por favor… no te vayas…
Yésika quedó sollozando sin consuelo alguno. Y a pesar de que Yeik envolvió con sus brazos a su compañera, no pudo sentir lo mismo que en el abrazo grupal; en lugar de sentir que unía piezas rotas dentro de ella, él sentía que trataba de detener pedazos de su alma que solo se desmoronaban hasta convertirse en escombros.
—Lo siento tanto, Yeik… Lo siento tanto… Daría lo que fuera para poder arreglar las cosas.
—Yess, no eres culpable de lo que pasó ¿Sí? —dijo Yeik con serenidad, a su vez que comenzó a acariciarla. —No quiero irme sabiendo que eso es lo que piensas ¿Lo harías por mí?
—Lo haré si tú prometes no olvidarme. Prométeme que no lo harás.
—Lo prometo, Yésika. Prometo recordarte siempre.
Yésika, entre lágrimas, quedó acurrucada en Yeik, que tampoco quería soltarla ni un segundo.
Luego de haber distanciado sus corazones por tanto tiempo, ambos sintieron una paz indescriptible que nunca antes habían sentido. Una paz que ninguno de los dos hubiese podido describir con exactitud en ese momento, pero que les indicaba perfectamente que ese era el lugar donde siempre habían querido estar. Esa era la paz que los dos hubiesen querido tener hace mucho tiempo atrás.
Pero ya no había más. Esa paz tenía que terminar si Yeik quería volver a recuperarla. Yeik debía irse y seguir intentando si quería volver a recuperar aquello que más valor tenía para él. Y antes de hacerlo, pensó que aún tenía algo que hacer. Al igual que hizo con Gache, el joven Lix quería agradecer de alguna forma el regalo de Yésika. Pero… ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Tenía él algo con suficiente valor para corresponder el regalo de su compañera?
Sí. Lo tenía.
—Yess… antes de irme, quería también darte mi regalo. Pero necesito que cierres los ojos.
—Está bien —respondió ella con desánimo.
Yeik comenzó a mover lentamente su mano hacia su bolsillo. Lo hizo tan lento que Yésika no pudo esperar y alejó un poco su cabeza para mirar qué era lo que estaba por hacer.
—¡Chst! No seas tramposa —dijo Yeik, en tono jovial. —No puedes portarte mal en el último día ¿Estás loca?
Yésika rio con las últimas fuerzas que le quedaban, lo que lo llenó de alegría. Definitivamente, lo último que Yeik quería para Yésika es verla triste.
—Ahora sí cierra los ojos. No hagas trampa.
—Je, está bien, tarado.
Finalmente y luego de tanto tiempo de ocultar lo que ya era obvio entre ellos dos, Yeik decidió darle a Yésika lo que ningún otro regalo iba a poder darle jamás: su amor.
Sin pensarlo ni una vez más, el chico tomó con suavidad la cara de su compañera y se asomó a ella con un largo y eterno beso de despedida, que dejaba al descubierto los verdaderos sentimientos de Yeik. Y si bien Yésika estaba notablemente sorprendida ante lo que ocurría, no ofreció resistencia alguna.
Cuando ella sintió que sus labios comenzaban a separarse de los de su par, lo tomó inmediatamente del rostro y lo besó con una pasión infinita, abrazándolo con fuerza y trantando de alargar la partida un poco más, aunque solo fueran por unos segundos.
Gache, mientras tanto, no se perdía de nada. Luego de estar observándolos desde una ventana de la habitación, el canoso se volteó, se apoyó sobre la pared y se dejó caer, tapándose la cara e intentando contener inútilmente el llanto de profundo dolor que sentía por sus mejores amigos:
—¿Por qué? ¿Por qué recién ahora?
Así fue como Yeik y Yésika, en un mar de lágrimas, terminaron de besarse y apoyaron sus frentes suavemente. Con los ojos cerrados y con el ceño fruncido por su aflicción, ambos concluyeron su despedida.
—Voy a regresar, Yésika. No importa lo que pase, juro que voy a regresar.

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