Un último recuerdo

Memorias Caídas

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¿Tienes idea de lo que es despertar sin saber dónde estás ni recordar quien eres, tu familia, lo que hiciste, a donde vas o de dónde vienes? ¿Acaso alguna vez te ha pasado que quieres borrarlo todo y comenzar desde cero? No es algo que pueda recomendar... no es algo que le desearía ni a mi peor enemigo.
Imagina despertar en medio de la nada, para ser más precisa, una isla deshabitada, en la que no hay salida ni lugar al cual ir porque no tienes como hacerlo. En mi caso, el volar me haría caer al agua y me ahogaría en segundos. La verdad, ustedes no tienen idea de lo que desean hasta que se cumple. Para ustedes, el ir en bote sería la misma perdición. Esa puta isla está rodeada de huracanes todo el año. Continuemos con el hecho de estar herido y con apenas una pizca de conciencia, ya deja de ser divertido, ¿cierto? Se va asemejando a un pesadilla. Luego te levantas del suelo con la poca energía que tienes y gritas del dolor,  te percatas de que tienes los huesos rotos, una costilla te presiona contra el pulmón, tus piernas estás volteadas y tu brazo tiene una fractura expuesta. Debes hacer algo, debes sobrevivir porque no sabes que tan peligroso es aquel lugar. Te acomodas como puedes y evitando morderte la lengua para no arrancártela. Respiras, te da un ataque de pánico del cual no puedes salir y no sabes que hacer. Es emocionante ¿verdad? No, para nada. Buscas algo de lo cual sostenerte, buscas por doquier en tu cabeza y los nombres, lugares, personas, momentos... desaparecen "Tata", "Alair" alguien. No vale la pena intentarlo. Tomas el único objeto que puedes reclamar como tuyo, lo único que te ata a la cordura, un objeto creado para hacer daño y poner orden donde nadie más se atrevió a la edad de los cinco años. Cinco años, un caos al cual ningún niño debería acercarse, el cual no debería tener noción siquiera de ello. ¿Sigue siendo emocionante borrarlo todo y comenzar una y otra, y otra, y otra vez?
Siglo VIII.
Ponte en mis zapatos.  
 ¿Sabes lo que es despertar con tantas heridas, huesos rotos y preguntándote quién demonios es Tata mientras intentas levantarte con cuidado? cuando apenas logras acomodarte los huesos en su correspondiente lugar instintivamente. Luego levantas la vista ante el sol que te quema la piel en medio de un cielo despejado. Te encuentras en un inmenso y profundo cráter que no llega a definir sus límites con seguridad. Abres tus alas y te elevas hacia el borde. De repente sientes una punzada que te sacude el cuerpo entero de dolor porque no tienes permitido volar. Una voz se repite en tu cabeza como una tortura sin parar.
"¿Qué está pasando? ¿dónde están las luciérnagas?"
Corres hasta el árbol más cercano a pedir ayuda, pero es inútil, nadie responde. Sientes un olor peculiar en el aire, sal. Continuas corriendo desesperado por el bosque hasta llegar a la orilla. Bienvenido a Tábita.
Te falta el aire, el cuerpo no te responde como quisieras. No importa cuánto trates, se desvanece todo lo conocido. Si intentas ver, el dolor regresa más fuerte que antes. No hay muchas opciones. Te resignas, te ves débil, caes en la playa viendo a las olas arremeter contras rocas tomando lugar en la arena de a poco. Te caen lágrimas sin pensarlo, sin sentir o dimensionar lo que acaba de pasarte. Olvidaste. Sueltas tu daga, no la quieres cerca aunque eso signifique abandonar lo poco que te quedara de aquella vida. Cierras los ojos para no ver al agua acercarse a ti con la intención de llevarte lejos donde nadie más pueda hacerte daño o eso crees. 
Al agua no le importaban las quejas de la arena, simplemente se resignaba a los hechos y aceptaba los términos de la naturaleza. Eso hice. Quizá ese era mi futuro.
Un ruido detrás de ti te despierta del trance de las olas y te alerta peligro. Mantienes la calma sin perder el sonido de las pisadas. Un instinto natural comienza a aparecer sin darte cuenta. Giras de prisa y tomas la daga con ambas manos apuntando hacia lo que sea que se te aproxime a no más de cinco metros.
-¿Quién está ahí? -gritas asustada. El corazón te late a mil y apenas puedes evitar que se te salga por la boca.
-¿piensas lastimar con ese objeto entre tus manos? No creo que haya sido concebido para tal cosa. Es muy hermoso y brillante. -una anciana con los ojos cerrados se te aproxima con una sonrisa en el rostro.
-¿Quién eres? -no bajes la guardia piensas mientras un cuervo sobrevuela las alturas del cielo.
-Esa es una buena pregunta, muy difícil de responder en una tarde, pero más me interesa saber quién es la criatura que ha caído en la isla en la cual vivo. Incluso agrandaste la costa. -ella ríe amistosa. Siempre lo parecen, pero eso es algo que aprenderás con el tiempo.
-Yo... -¿quién soy? te preguntas y esas voces reaparecen "Ojos de sangre "repercute en tu cabeza sin opción. -Scarlet. Mi nombre es Scarlet. -tragas saliva.
-Ese es un nombre peculiar. Muy bonito. -se acerca un poco más y no haces nada. Esa persona tiene un aura superior a la tuya, te eclipsa.
-¿Dónde estoy?
-Estás en Tábita. -¿qué era eso? En tu interior sabes la respuesta.
-¿Cómo salgo de aquí?
-Otra interesante pregunta, no lo sé. Jamás he querido salir de aquí. Es tranquilo y nadie logra entrar... Ven, te quemarás aquí. Eres tan blanca como la arena de esta playa.
La seguí. Grave error. Cosas malas pasan a quienes confían rápido, pero ¿qué esperas que haga una niña de cinco años sin opciones?
Debes tener hambre. -te da un tazón con una extraña sopa de verduras con carne. -Si quieres luego te mostraré la isla para que no te pierdas. -Asientes con la cabeza mientras comes desesperada sin pensar si tiene veneno o algo. No analizas las cosas con la cabeza fría. Pero pronto lo harás a la fuerza.
Te muestra el lugar, te lleva a un templo donde dos hermanos murieron por culpa de otros o quizá por propia necedad. Presta atención a los detalles, porque nunca debes tocar el agua del manantial ni la fuente. Jamás. Luego llegas a un extraña zona que desentona con la isla, a la que ni siquiera la anciana se atreve a entrar, te advierte que no lo hagas si quieres continuar viviendo, parece más una amenaza que otra cosa. Pero tienes cinco años y apenas sabes ponerte de pie. Allí vive una criatura despiadada que te ataca y te consume hasta no dejar nada de ti. Terminan en un prado donde unas pequeñas criaturas llamadas Rocetas viven. Les sonríes porque no logras entender cómo entraste a través de sus ojos y la maldad no parecía existir en ellos. Aun así, te advierte que esas criaturas son atroces, venenosas. Necesitas lodo para acariciarlas. Las Rocetas parecen temerle a la anciana que les sonríe con una extraña bondad.
¿Para qué querrías tocar algo que podría matarte? La lógica de la anciana no tenía mucho sentido, pero lo aprendes para evitar accidentes. 
-¿Cuál es tu nombre? -notas que ella no ha dicho mucho en todo el trayecto, ni siquiera su nombre.
-Oh, lo olvidé, dime Mamá Gurú. -Jamás vuelves a confiar en una sonrisa tan anciana de nuevo.
Si hubieses sabido que estabas en los hilos de la locura, donde todo comenzaría a ponerse mal en tu cabeza, quizá, solo quizá podrías haberte escapado y continuar una vida más larga y sin preocupaciones ni pesadillas por la noche.
Te lleva a su pequeña y modesta casa que confundes con humildad de corazón ubicada dentro de un tronco del árbol más viejo del lugar.
-Iré a recorrer la isla. -Algo de ella te hace sentir incómoda. Sus ojos a la sombra eran tan siniestros y su amable sonrisa se tornaba perturbadora. Te ahuyenta y los pelos de tu cuerpo se erizan. Peligro. Ves esa aura que antes no parecía a simple vista cortar con los colores que te rodean, es malo, fuerte y no piensa en retroceder.
-Pero si acabamos de volver.
-Lo sé, pero quiero explorar a mi paso.
-Tienes hasta que el sol se ponga, luego de eso cerraré la puerta y no la abriré hasta el amanecer. -Te advierte. La luz vuelve a rozarle la cara y deja de amenazarte.
-¿Por qué?
-Hay cosas en esta isla que nadie debería ver. -¿cuántas advertencias son necesarias para darte cuenta de que algo va mal allí? No hizo nada, pero crees que lo hará tarde o temprano.
Sales a toda prisa entre la densidad del bosque trepando por los árboles con cautela de no mostrar tu posición. Allí, en ese momento, tus instintos comienzan a apoderarse de ti sin percatarte. Llegas a un claro hacia el oeste de la isla donde las nubes de tormenta acechaban con causar estragos en la costa. Los truenos suenan acompañados de un viento misterioso. Las nubes se acercan a Tábita dejando al firmamento visible y a disposición de un ser que no conocía.
Se formó en el cielo su figura, donde en sus ojos estaba contenido el universo y en su cuerpo las estrellas.
-¿Qué eres tú? preguntas curioso, pues no supones que ese ser fuera de gran importancia para ti. Eras una criatura que no comprende con quien hablaba.
-Evren. -Su voz emana de todo lo que te rodea. Es cálida y ronca. Tal vez no había conversado con nadie en mucho tiempo y tú eras una razón para ello. Una razón para desperdiciar su tiempo.
Imágenes llegan a tu cabeza con gran velocidad y las lágrimas brotan sin cesar al recordar.
-¡Tata! -gritas con un alivio efímero.
-¿Es a Tata a quién realmente quieres ver? -te cuestiona.
-No... Alair. -reaparece en tus ojos húmedos. Un cuervo se forma con el polvo de estrellas y un par de hojas del suelo recién caídas del árbol más fuerte de la isla.
-Tu amigo volverá tantas veces sea necesario, pero no podrás recordarlo como tal pues tu memoria se irá perdiendo con el tiempo.
-¿Por qué me ayudas? -no le creas, evitarías peleas futuras, pero lo haces de nuevo. Eso no se llama ayuda. Eso...
-Porque debes pagar una deuda.
Es todo lo que te dice. Como si nada el tiempo continua su curso. Las aves revolotean, el viento circula y el sonido de las olas se escucha de fondo. 
Los días pasan sin ser contados ya que eso no te lleva a ningún lado. Luego de un año atrapada allí no hay muchas esperanzas. "Quizá fue un mes o dos desde que llegué" te mientes, Gurú tiene la idea de que eres una especie de muñeca divertida que la entretiene. No te acostumbras a su humor tan cambiante. Pasas de tener cinco años a seís en unparpadeo. 
Aprovechas cada momento para irte lejos de ella y regresar a la hora de la cena aunque eso signifique escuchar gritos y alaridos que no te importen. A los que le temes porque ella está loca, siempre habla de alguien más y si no te comportas "vendrá por ti y te comerá". Le temes porque más de una vez te ha amenazado y marcado la piel con moretones "sin querer". Ja, ¿qué puede hacer una niña de cinco años que está comenzando a conocer el odio de los humanos y de eso se está alimentando?
Sigues paseando sin olvidar las advertencias de la anciana. Lo curioso fue encontrarte con árboles repletos de marcar de garra. La criatura. Las historias de la anciana te retuercen el estómago. Pisas un líquido extraño con olor a fruta.
Crees que la criatura se alimenta de plantas, al final no te arriesgas a continuar por aquel sendero y terminas en un lugar escondido. El río corre en otro sentido por lo que te empeñas en seguirlo hasta una cueva. Sientes una presencia detrás de ti desde río abajo. Tomas la daga y juntas una buena bocanada de aire para gritar. Volteas y no hay nada. Bajas la vista y notas unas pequeñas criaturas. Rocetas.
-¿Qué quieren? No me acerqué a su nido. -De alguna manera logras entenderles. Al parecer comprendes más de una lengua.
No parecían seres despiadados como Mamá Gurú relataba.
-¿Qué ocurre? ¿Quieren que entre en la cueva? ¿No van a comerme verdad? -Te planteas si acceder o no. -Bien, iré a la maldita cueva.
Dos árboles gigantes la cubrían con ímpetu. Te aproximas a la roca sólida, escribes con tu dedo abvertencias y realizas una ilusión para que nadie excepto tú y las criaturas puedan ingresar. No confías en esa mujer con ojos de plato. Tu dedo índice continúa marcando runas en la pared grisácea hasta que comienza a sangrar. No hay tinta que te ayude a recordar, solo sangre por sangre. 
-¿Ahora? -Una de ellas toca la pared y terminas en aquella fuente de agua de la cual se aseguraron no acercarse. -¿por qué me trajeron aquí? ¿qué quieren que haga?
Todas ellas se te acercan y rodean esperando algo de ti. Arrancan a sus crías del suelo sin cuidado. La alzan con sus pequeños brazos hacia ti como ofrenda.
-No haré tal cosa.
La fuente reclama algo a cambio de algo. Te acercas a la orilla del manatial y escribes con una ramita las advertencias en el lino de sus bordes sin perturbar la calma del fenómeno acuoso. Las Rocetas estaban muriendo por algo allí afuera y sabían que no podrían frenarlo aunque lo intentara.
Si sus crías morirían, preferían hacerlo a manos de la Parca y no de un ser oscuro que tomaría sus almas y las haría oscurecerse hasta no más poder.
-No quiero matar a nadie. -Ese sentimiento doloroso que te aprieta el corazón te da una sensación familiar. No de nuevo. Ellos son tus amigos, los niños no te odiarán nunca... debiste darte cuenta antes y aceptar porque lo que ellas te concedían era la opción de ser feliz, de ser feliz para siempre, pero claro... una niña no dimensiona esas cosas con facilidad.
Das un paso atrás con miedo, luego otro. Huyes de allí, siempre lo haces. Te alejas sin pensar que algo oscuro te sigue. Llegas al viejo árbol y no hay nadie, la puerta está abierta, la luz se ha ido, entras con cuidado y Gurú no está allí. Ves el cuenco con la sopa lleno y caliente. Te sientas al lado de la ventana y cuando vas a tomar el primer trago algo te detiene. Una criatura oscura que apenas logras divisar atraviesa y destroza la ventana, consigues esquivarla y te mueves hasta el otro lado. Tomas una gran bocanada de aire en lo que esa oscura criatura con olor a petróleo ingresa y absorbe los trozos de la mesa y el cuenco. Se detuvo y apenas parpadeas. Su cabeza se estira hasta llegar cerca de ti. Gritas antes de que te toque y todo a tu alrededor explota sin más alternativa, no dejas rastro de la criatura al igual que medio bosque. Eres destructiva.
Tienes miedo y trepas los árboles para mantenerte segura. Pasas la noche en las alturas pendiente de todo. La mañana te toma por sorpresa y sin pensarlo dos veces  vas hasta las Rocetas de nuevo para asegurarte de que estén bien. 
Están muertas. Así de cruel comienzas a pagar. 
-¿Qué hiciste? -Gurú tenía la boca y ambas manos manchadas con el líquido de sus cuerpos. -Las mataste.
-No he hecho nada.
-Mírate las manos, la criatura te encontró. Nos matarás a todos.
-Tú mataste a las Rocetas. -Se te acerca paso a paso con el aura oscura y una sonrisa espeluznante en el rostro.
-Debí deshacerme de ti antes de que ella te encontrara. -¿ella? Allí comenzó a infectarse tu alma con una pelea interna ajena. Como un virus… como maldad. -Fue tu culpa. Quisiste robarte lo que es mío.
-¡Aléjate! -le temes a la criatura de la isla. Ella te dio de comer Rocetas todo ese tiempo y nunca te diste cuenta, ella alimentaba a la criatura con su carne y se bebía su sangre, ella fue quien esperó paciente a que te mostraran sus crías, ella fue quien quería el deseo de la fuente para sí misma. Ella era una pieza descartable, pero tú, tú eres más importante que todos y aún así te sientes inferior por ser una niña de cinco años que no cree poder defenderse. Ella pretendía usarte como sacrificio para la fuente, "¿qué vale más? ¿una raza que se extingue o una criatura nunca antes vista?" Te mantiene con vida para luego tomarla con derecho propio cuando menos lo esperes.
Los humanos son despreciables. 
Se lanza hacia ti como lo hizo la criatura oscura, caen al suelo mientras peleas por respirar… Te sujeta del cuello con fuerza con una sola mano mientras que con la otra desea arrancarte los ojos, pero tú tomas la daga sin más salida y la apuñalas en el cuello sin más alternativa.
La observas desangrarse en lo que suplica ayuda. Al demonio con la ayuda.
-Alguien como tú no merece piedad. Alguien como tú merece agonizar y vagar por la eternidad. -esas fueron las primeras palabras de una infección oscura.
Quitas el cuchillo y continuas por el lugar buscando sobrevivientes. Las crías y unas cuantas Rocetas permanecían a salvo debajo de una planta de hojas ostentosas.
-Tranquilas, todo está bien. -Un cuervo graznaba en la rama de un árbol no muy alto. Me incomodaba. Te tomas el trabajo de enterrar a cada una de ellas. Las crías necesitaban más tiempo debajo de la tierra para ser cultivadas. -Debo irme de aquí. Lo siento, pero no puedo tomar la vida de sus crías como si no significaran nada solo para salvarme. -"¿de qué?" Apenas estás notando que algo está mal contigo. -No es justo… Nada de lo que está pasando es justo. Así que lo que les pediré es egoísta, pero necesito que protejan este lugar hasta que regrese. Debo irme para encontrar a los de mi raza, ellos sabrán que hacer y tendrán respuestas... Volveré en unos días.
Les sonríes dando una seguridad efímera. Lo haces porque no te atreves a decirles que no sobrevivirán y tú tampoco, lo haces porque estás comenzando a ver la vida y la muerte de toda criatura, su alma, sus colores. Sus ojos.
El cuervo grazna tan fuerte que tus oídos sangran, pero no haces nada más que mirarlo con molestia porque una palabra de más y te manchas de negro. Sujetas el cuerpo de la anciana y lo llevas en tus hombros hasta la costa donde las olas se lo tragan sin dejar rastro. Te sientes sucia por haber comido de su sangre, te sientes asqueada por haber sido engañada, te sientes una miseria por haber permitido una masacre como aquella. Escuchas una risa detrás de ti, pero no hay nadie. Te sientes triste porque al final no eran como creías que eran. Necesitas marcharte y sabes el único camino para hacerlo... 
Esperas un año para tomar valentía, intentas cuidarlas lo más que puedes, pero es en vano, se marchitan muy rápido. Te destroza ver como una por una ahoga a sus crías en la playa esperando a que las tomes y hagas algo. Esperan a que te despiertes de tu estúpido sueño de amor y paz. Eso no existe, si eres La Muerte, no hay paz y amor. No hay nada. No lo soportas más, no logras detenerlas, continúan lanzándose al agua para torturate. Te niegas.Y las Rocetas fallan en su propósito.  
¿Acaso no estás matando sin hacer nada? ¿No sería lo mismo que tomes su vida y arregles las cosas? Da el mismo resultado y tus manos se mancharían de la misma manera.
"No". No sabes manejar tanto poder y semejantes responsabilidades a la edad de cinco años. Una noche te sientas en la playa a la que tanto le temes. Suspiras harta de todo, te levantas y comienzas a caminar en dirección de las violentas olas.  
Abres tus alas y te vas sin despedirte sabiendo que morirás.
 

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