II

Memorias Caídas

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Siglo XVI.
Sé que es mi cumpleaños porque las luciérnagas me persiguen. Tener siete y despertar en un cráter.Suspiré. Me levanté con ambas manos exhausta y vomité agua salada. Algo más estaba allí, metí mi mano y saqué un alga de mi boca. Asqueroso.
Tomé aire y al voltear los vi. Tenían las alas cerradas y me observaban al pie del cráter con superioridad. No eran más de cinco u ocho. Pero poco me importaba ya que estaban malditos y esa "superioridad" no era más que un escudo para protegerse de los puros.  Solo dos de ellos se acercaron a darme ayuda. A uno le decían Leviatán por su extraña habilidad de copiar los poderes de otros y de alguna manera era el único que permanecía sin cadenas. Me mantuve al margen con él o ella pues no lograba diferenciar su apariencia ya que siempre se asemejaba al dueño de quien robaba el poder. Leviatán era mi amigo o amiga, no lo sé. Me cuidaba mucho al igual que Jacarta, ella se convirtió en la madre que nunca tuve. Era una mujer joven de unos treinta años, lo cual para mi raza era apenas una adolescente. Ese lugar estaba junto a unas enormes montañas donde los sonidos se escuchaban sin fuerza. El eco te acechaba constantemente en forma de susurros que te acompañaban para no dejarte solo. Nada crecía en ese lugar, nadie quería vivir allí. 
-¡Vamos a jugar! Anda Scarlet, no seas aguafiestas. -me animó Levi.
-No quiero jugar Levi... eres muy bruta. 
-Necesitas aprender  a defenderte. A menos de que quieras que te proteja por siempre. -me guiño el ojo. 
-No. No necesito que nadie me proteja. -exclamé.
-Eres aburrida y pareces una vieja. Pareces Jacarta. -se estiró el rostro en señal de aburrimiento.
-No me molestaría ser como ella. -expresé con sinceridad. -Ella nos cuida y protege, al igual que todos en casa. -sonreí.
Los tres vivíamos con otras cuatro personas de las cuales tres eran ángeles y uno era demonio. De hecho, Levi era un ángel y Jacarta un demonio. Todos ellos estaban malditos por razones que decidieron llevarse a la tumba. No recuerdo sus nombres, no parecían importantes hasta el momento de su muerte.
 En cuanto regresamos de jugar vi un enorme tazón con sopa y carne de ciervo. Ellos debieron acostumbrarse a la comida mortal. Lo vi sobre la mesa con desprecio. Sentí su aroma, las arcadas comenzaron a dar presencia. 
-Oh, lo siento Scarlet, debí avisarte. Ven, vamos afuera. -Ella me guió hacia fuera.
-Yo la llevaré, ustedes coman tranquilos. -Levi buscó una manzana verde consigo. Odiaba las verdes, pero no quería menospreciar su ayuda la comí. 
-No entiendo por qué no puedes comer comida humana. -se preguntó.  
-Soy alérgica. -mentí. 
-¿A todo? -se sorprendió ante tal confesión.
-Sí. -ella era muy inocente. Se creía todo lo que salía de mi boca. 
-Me gustas. -no supe que contestar. -Es una broma. 
-Oh. -reí nerviosa.  
La noche llegó y me fui a la cama. 
-Jacarta... -mi amigo continuaba despierto viendo como ella tejía. 
-¿Si cariño?
-¿Por qué Scarlet no come lo mismo que nosotros? -siempre fue bueno para saber si mentía.
-¿Recuerdas cuando la encontramos? 
-Sí. Estaba herida y apenas podía mantenerse en pie. -rememoró.
-Ella reencarnó, pero fue condenada a olvidar. Tiene un fuerte trauma. Hace mucho tiempo hubo criaturas llamadas Rocetas... Cosas malas ocurrieron y ella terminó comiéndolas sin darse cuenta. Desde entonces le da asco. Nosotros deberíamos comer lo mismo que ella...
-Pero estamos malditos y a nuestro cuerpo no le alcanza con manzanas ni vino. -Leviatán se sintió furioso por mis mentiras. Aún así, no le dio mucha importancia al pasar los días. 
Jacarta era la única persona a quien le había contado sobre mi maldición y mi vida pasada, algo que a Levi no le agradaba mucho. No compartía sus cosas a menos de que se aburriera de ellas.
Un día estábamos jugando en la llanura de las montañas y unos humanos nos vieron.  
-Ven, deben ser amistosos. 
-Los humanos no son amistosos Leviatán. 
-¿A qué le temes? no te darán carne. -Rió despreocupado.  
Nos acercamos a una de sus carpas a observarlos... Y así fue como nos encontraron. Leviatán idiota. 
-Mira -dijo una mujer señalándonos a su marido -¿Qué hacen dos niños rondando por este desolado lugar? Vengan a cubrirse del frío. -Eran personas amables de las que dudaba a no más poder.  
-Levi, ¿en qué nos has metido? -Le susurré sin que pudieran oírnos.
-Tranquila, mientras no muestres tus alas, todo estará bien. -rió despreocupado.
-¿Que hay de mis ojos a la media noche?
-¡Ups! -No lo pensó muy bien. No parecía importarle de igual manera.
No sé cómo, pero logré safarme de que me vieran a la cara durante dos noches seguidas. No lográbamos escabullirnos. 
-Debemos salir de aquí. Jacarta y los demás deben estar preocupados. -estaba nerviosa. Ya había pasado por esto antes, lo sentía a pesar de no recordar nada.  
-No lo están, ellos saben que si no volvemos es porque de seguro estamos muertos. Si quieres irte, solo abre tus alas y vuela lejos, pero yo me estoy divirtiendo. Ninguno de ellos se arriesgará en buscarnos porque son más temerosos de los humanos que cualquier criatura.  
-Desde que llegué no las he usado. -lo único que él quería era copiarlas. -Además, cuando te gusta "algo", lo destruyes. Eres un ángel malo o mala, ya no lo sé. No voy a darte el gusto.
-Un día lo harás. No entiendo tu preocupación, canta para ellos si se te acercan. Es mucho más sencillo lidiar con ellos cunado están adormecidos. -el problema era que si yo cantaba, todo a mi alrededor en kilómetros sería afectado. 
El sol cayó y la noche nos cubría. Mis ojos brillaban y había una celebración sagrada alrededor de la fogata dirigida a un dios desconocido para mis oídos. 
-Ya no saben que inventar para mantenerse cuerdos. -me dije expectante de su baile.
Un niño se aproximó a la fogata para calentar sus manos, lo observaba desde la oscuridad de la carpa. No había mucho que hacer, solo esconderme y esperar a que todos se emborracharan. Leviatán cantaba y todos se embobaban con su dulce melodía, los controlaba. Regresé la vista hacia el niño y este desapareció. Volteé del susto al verlo junto a mí. 
-No hagas ruido o nos escuchará y hará lo mismo con nosotros. -No miró mis ojos por suerte. Los mantuve cerrados ante todo.
-Él no nos hará nada. Es mi amigo. -le expresé sin preocupación para calmarlo. 
-Es un ángel. Si está en la Tierra, está maldito. No tienen intenciones buenas hacia nosotros. 
-¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que nos son ustedes los de las malas intenciones? 
-Oigan, ¿qué hacen aquí? -levi entró con una sonrisa plástica. 
-Shhh. Te van a oír. -susurré.
-Tranquilos, están encantados. Se han dormido. Ahora pueden salir. -miró de reojo al niño. 
-Bien, salgamos. -intenté desviar la conversación y los celos de Levi a otra cosa. -Espero que tengan manzanas. No he comido en días. 
-Tenemos algunas en la carpa de suministros. -Lo seguimos hasta allí. -Ten, supongo que odias las verdes, son ácidas. -Rió. Extendió su mano con la fruta. -Son muy feas.
-Tienes razón, las rojas son mis favoritas. -le sonreí.
-Vamos, ¿qué les parece jugar a las escondidas de noche? hay más lugares para ocultarse. 
-Tu cuentas Scarlet. -dijo el niño sin preocuparse. Jugar con Leviatán es arriesgarse a perder más que un juego.
Ambos se ocultaron, pero solo hallé a Leviatán imitando al niño. 
-¿Dónde está? ¿qué has hecho con él? -me hervía la sangre y eso parecía gustarle. 
-¿Con quién? hemos sido nosotros dos desde siempre. -Sacó una manzana roja de su bolsillo y la mordió. 
-Estás enfermo. -me alejé. En ese instante la idea de matarlo por voluntad propia y no por situaciones injustas del destino me atraía. Levi se sintió triste y con eso su poder se debilitó. 
Las personas se levantaron de su profundo sueño furiosos y entendiendo que habían sido engañados por dos ángeles. Salieron en nuestra búsqueda con antorchas y tridentes. 
-¡Encontré a Nahuel! -gritó un hombre de barba larga y gris. -Él está... no sé que le pasa. -el joven niño había quedado tirado en el suelo con la mirada perdida y sin control de su cuerpo. No podía hablar ni hacer nada por propia voluntad. Le caía baba de la boca y apenas lograba mover un dedo de su mano derecha. La madre desconsolada gritaba por ayuda y venganza. Inició nuestra persecución. 
Abrí mis alas y volé unos cinco metros, pero cuando volteé vi a Leviatán parada mientras me observaba con fascinación. Cuanto más grandes y blancas las alas, más poderosa es la criatura que las porta. Las personas se le acercaban con odio y al mismo tiempo terror hacia mis alas. Lo rodearon y esperaron a ver si hacía algo. Bajé a buscarlo. 
Querían venganza. Les daría algo de qué vengarse pronto. 
Nos llevaron a unas jaulas que con poco esfuerzo podríamos quebrar, pero por seguridad nos mantuvimos al margen. 
-Debes admitir que tienes unas alas magníficas. -no tenía noción de lo que pasaba. 
-Luego de esto, habrá consecuencias de las que no me haré responsable. 
-¿Qué harás? ¿cantarles hasta dejarlos sordos? -se mofó. Era bueno que no conociera mis poderes. Los querría y se volvería loca.
-Podemos solucionar esto de una sola manera. ¿Quién de ustedes le hizo esto a mi hijo? -La señora estaba destrozada, pero simplemente quería respuestas justas. Miré  a Levi en señal de respuesta.
-¿Tú? 
-No lo hice, ella me obligó. -el terror le invadió. Eres una criatura despreciable pensé.
-Cobarde. -le gritó la mujer y le lanzó una olla de agua hirviendo. Una mueca similar a la de una sonrisa se formó en mi rostro por un segundo. 
-pagarás con tu vida. -dijo sin dar vueltas. Levi gritaba del dolor y su piel ardía como el demonio.
-O podríamos solucionarlo de otra manera... -no podía permitir eso, Jacarta no me perdonaría que su pequeño hermano desaparezca por tal cosa. 
Pedí una reunión con los líderes de la aldea para arreglar las cosas.
Tempo se equivocó... yo comencé a los siete. Me quité la ropa y desde ese momento, todo se dio vuelta. 
En unas horas regresé con Levi y le abrí la jaula. 
-¿Qué pasó? -estaba sanando. Odiaba que ocurriera luego de lo que me vi obligada a hacer.
-Levántate y vámonos. En este lugar ya no hay nada que puedas tomar para divertirte. 
Nos íbamos a pie. Pasamos frente a la carpa donde los líderes se reunieron conmigo, donde hicieron lo que quisieron con tal de apaciguar su ira. Donde los maté. Los ojos se levi se iluminaron con mayor fuerza que antes, ya no le alcanzaba con tener mis alas porque había visto lo que era capaz de hacer.
Llegamos al amanecer cansados y con hambre.  
-Ya regresamos Jacarta... -murmuré. 
Nos castigaron como un mes por habernos largado como si nada. Lo que Levi nunca supo fue que no me atreví a quitarle la vida a ese inocente niño. Lo iban a encontrar pronto y todo se iría a la mierda misma. 
-¿Qué te ocurre pequeña? Hace días estás distante.
-Leviatán. Cuando... -y sus ojos se abrieron horrorizados al enterarse de lo que pasó. Fue aislado de todos y castigado por meses. A pesar de aquello, no me afectó como creí que lo hizo. Solo quería verlo sufrir, pero no me permitían ver como lo torturaban los demonios. Eso pasa cuando te contaminas por vivir en un mundo repleto de pecados de cualquier clase. Él ya no tenía vuelta atrás. 
Tuvimos que irnos de allí hacia la costa. En aquel lugar apenas había peces, nadie se acercaba. Los adultos prohibieron el abrir las alas en todo momento. Sino se verían obligados a cortarlas. Era una advertencia. Los humanos eran peligrosos. La guerra los había vuelto salvajes. Todo era un desastre, había hambre por todos lados. Para ese momento ya había cumplido los ocho y Leviatán había cumplido su castigo. Su apariencia había cambiado a la de una niña e cabello rubio y largo. Sus ojos eran rojos. Lo hacía a propósito. 
-Lo siento. No quería que las cosas llegaran a ese punto. -parecía arrepentido. No le creí. 
-Dirígeme la palabra de nuevo y terminarás bajo tierra. -la ira se formó en mi interior aquella noche donde maté a sangre fría a personas inocentes. Más se generaba con cada bocanada de aire que Leviatán tomaba. -Rió. Saqué mi daga y le corté la mejilla. -Sé que te amas como el mismísimo Narciso, ¿quieres que siga cortando? 
-No. Por favor no. -le aterraba la idea, pero más amaba el hecho de poseer mi poder. 
El tiempo pasó cada vez más rápido, las cosas se calmaron, Jacarta y los demás sonreían conmigo. Era feliz de nuevo. Fue un año tranquilo para tener ocho años. Las cosas parecían mejorar. 
-Has madurado a golpes. 
-Nadie me ha golpeado aún Jacarta. 
-Eso es bueno. -mirábamos el atardecer como acostumbrábamos.
Guerra. Se aproximaba. Se desataba una disputa entre el Cielo y el Inframundo. A todos les había llegado una pluma al respecto. Los malditos no tenían permitido votar, pero podían participar y si sobrevivían obtendrían el perdón y perderían sus cadenas. Significa poder regresar a casa en paz. 
-¿Por qué participar en una guerra si puedes simplemente ir a la fuente de Tábita y pedir un deseo? -parecían no escucharme. PARECÍAN no hacerlo. Luego de una semana solo quedábamos Jacarta, Leviatán y yo. 
-¿Realmente se fueron? 
-Le temen a los humanos, le temen a la guerra, ¿lo temerán a la muerte? 
-¿Por qué lo dices?
-Intuición. 
Se alistaron sin pensarlo dos veces. Me mantuve neutral con tal de no mostrar mis alas cuando mis ojos se tornaran de rojo. 

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