IV

Memorias Caídas

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-Púdrete. -susurré con dolor, rabia, una maraña de sentimientos mezclados que me dejaban avanzar con facilidad hacia él. Sus alas le ardían, se marchitaban como una flor, despedían un olor repugnante a muerte, le fallaban y cayó al suelo sin más opciones. 
Alvar y Eleonor divisaron en el cielo desde el otro lado de la costa las luces flotantes que viajaban entre las nubes. La general del bando opositor también las vio e hizo un gesto de sorpresa y desconfianza.
Con cada paso que hacía, mis alas se abrían más y más en punta. Estaba furiosa. Mi daga se elevó y se dirigió hasta mi mano. Leviatán se parecía tanto a ella, imitó su voz.
-Scarlet, por favor... no me hagas daño. -clavé mi daga justo al lado de su cabeza varias veces. No podía hacerlo. Era como asesinarla a ella. 
Las luces se desvanecieron a la vez que se diluía mi paciencia. David estaba cerca de mí, a unos metros... Sus ojos mostraban asombro ante mi persona tanto que intentó alcanzarme. PERO. La general atacó y él cayó al suelo para cubrirse. ¿Por qué siempre hay peros? Usé mis alas como escudo. No me importaba sangrar un poco con tal de atravesarle la cara de un golpe con mi daga. Miraba su rostro y no era ella. Sentía una presión en el pecho que me consumía, era una sensación horrible que se repetía con frecuencia como si te golpearan con algo punzante... imagina eso siete veces más. Había voces que se mezclaban con el fondo, alguien se escuchaba por encima de las municiones y gritos de guerra. Su voz me causaba migraña.  
-Para ser tu hermana la imitas como la mierda. -lo golpeé en la cara y le quebré la nariz. Me lancé sobre él y lo sujeté de ambos brazos. Estaba vulnerable. Grité. Sus ojos explotaron, su cara estaba en carne viva, sus dientes rotos. Ya no era el ser asexuado más hermoso que existía. Eso fue su perdición.
 Era un monstruo sin su máscara. No sanaba por una extraña razón. Me puse de pie y me marché sin matarlo porque fue mi culpa el no protegerla... Debí haberla mantenido lejos de todo esto. Fallé. La guerra ya no tenía propósito para mí, nunca lo tuvo... Participé por ella y ya no estaba. 
Escuché un grito que rompió con la barrera del sonido y me trajo de nuevo a la realidad. Volteé la vista a gran velocidad y en ese milisegundo lo vi balbucear algo como "ayúdanos" o "cuidado" no lo sé, a decir verdad, nunca lo sabré porque ese milisegundo no duró lo suficiente como para entenderle ya que explotó detrás de mí. David había muerto. Su muerte significó el final de la guerra y con ello, los victoriosos deseaban libre albedrío. 
-Somos los vencedores de una ardua batalla. -Vociferó victoriosa la general, no presté atención a su nombre o sus medallas, poco me interesó, por lo que le mi interés duró la mitad del tiempo en el que David habló. Se pavoneaba vencedora y caminaba como si su orgullo estuviera fragmentado, con sarcasmo y odio combinados.
Vio a Eleonor y Alvar abrazarse con tristeza. Ambos se amaban. Ambos odiaban la idea de tener que dejar sumir al mundo en caos significativo, eran uno de los pocos que comprendían el sentido de un orden y un destino. La general no asimilaba la idea de su dolor, les parecía una deshonra no aceptar los términos de dicho acuerdo, más asco le daba que un ángel se rebajara al nivel de un demonio pues la superioridad estaba delimitada por quien barría la mugre del otro como si de un sirviente se tratara. Odiaba la idea de que ellos pudieran ser felices mientras que su amor acababa de morir. -Ustedes dos... irán como sacrificios para Evren. -se contaminó. No lo pensó, salió de su boca casi como un suspiro.
-¿Sacrificios? eso no fue lo acordado. -se quejó Alvar. 
-El vencedor es quien manda y que mejor manera de ponerle fin a esto que con un sacrificio a Evren. -Nadie parecía concordar. La ignoraban celebrando el final de la guerra y ayudando a los heridos. Debe ser duro ser ignorada por quienes obedecían tus órdenes, más duro debe ser haber perdido a tu amor verdadero por orgullo y mucho peor ha de ser el no entender por qué lo permitiste. "Pobre..." debes estar pensando... No, pobresito no es nadie. La lástima no existe en quienes son conscientes de sus decisiones.
Si está hecho, es destino. 
Una flecha se disparó quien sabe donde como sinónimo de desacuerdo ante su política, golpeó contra el casco de un muerto cambiando su rumbo contra el escudo de un ángel que buscaba protegerse de su impacto casi desprevenido y rebotó por cuestiones del azar. La flecha se enterró, lo hizo justo como se supone que lo hagan pues es su finalidad. Se clavó justo en lo más profundo de su pecho. 
Ella sintió la falta de aire y algo que la empapaba. Bajó la vista en shock y encontró su muerte acechándole de cerca, pero no se dejaría llevar tan fácil. La rabia la consumía al mismo tiempo que el rojo carmín se expandía en su tórax. Se quitó la flecha sin importarle el dolor pues ya nada le quedaba en vida por lo que seguir luchando. Parece la misma historia, pero tomamos rumbos diferentes.  
-¿Quieres hacer un trato?  -extendió su mano con una sonrisa asquerosamente perturbadora incrustada en su rostro mientras soltaba risitas repletas de diversión. No lo culpo, hacía mucho tiempo que no se divertía. 
-Maldigo a su primogénito -gritó. Nadie la veía, celebraban el final de la guerra. Ya no importaba su cargo menos aún quien era, eso te ganas cuando te creer más que tu propio respeto. Pero para Eleonor y Alvar quizá hubiese sido mejor permanecer del otro lado en lugar de escuchar esas horribles palabras. Lo siento. -fruto de una felicidad que me arrebataron. Te pesarán las alas para que no puedas volver -tosió sangre. -, olvidarás todo lo que fuiste y no tendrás permitido recordar -la sangre en su pecho se expandía -; tu cuerpo permanecerá sujeto a cadenas que no serás capaz de quitar, -se consumía. -arderán como el infierno si intentas desobedecer; -vio la flecha empapada de sangre. -cuando desees beber agua, esta se teñirá del color de mis entrañas; y mi descendencia te dará final. Está maldito. -sentenció y se convirtió en un polvo negro que se esparció por doquier como si lo empujara el viento.
Trato cerrado. 
¿Quieres saber cómo morí? Porque sí, lo hice, no voy a mentirte. Digamos que luego de la guerra todos debieron irse por miedo a la ira de Evren quien no tardó en enviar una peste que acabó con los que se negaran a regresar. No tenían permitido volver. Los pocos que permanecieron en la Tierra fueron refugiados que al tiempo se vieron contagiados y terminaron pereciendo en unas cuantas semanas. Me quedé con ellos esperando su hora... aunque al parecer quedar sola me termina matando y no es algo que pueda admitir abiertamente...
Pasaron muchas cosas en el campo de las que no soy capaz de pensar siquiera. Incluso me desayuné a Alair porque no había comida para todos. Lo sé, parece un chiste de mal gusto, pero fue así. Y quien pensaría que todo pasó porque yo fui quien envió a mi grupo a esa zona, yo estaba al mando, yo di la maldita orden de atacar.
Yo fui quien dio inicio a este caos. Mi maldición fue mi culpa. Esta destrucción es mi culpa. Entonces es con toda esta mierda que comprendes de una puta vez por todas que las acciones de uno pueden condenar a muchos y a ti mismo. Dime ahora, ¿te parezco alguien increíble aún? ¿Quieres ser como yo cuando seas grande? ¿Dices que sí, pero harías las cosas mejor? No. No podrías aunque quisieras porque ya conoces la historia y ser como yo implica no saberlo. Y si todavía no me odias, pronto lo averiguaremos.
Enfermé y con ello me vi obligada a terminar con algo que no tenía cura. Ya no lo soportaba más, mi piel ardía, la cabeza me daba vueltas, vomitaba sangre, estaba débil y mi piel verdosa y repleta de berrugas que al roce liberaban veneno. Evren hablaba en serio, apenas lograba mantener el control con los humanos si es que así podía llamarse, no se dejaría impacientar ni molestar por otra creación más. Lo odio más por el veneno que por todo lo demás. 
En fin, estaba tirada sobre los cuerpos repletos de moscas y comencé a arrancar sus plumas para luego tragarlas.
Así es como termina:
Feliz doceavo cumpleaños para mí. 
 

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