2: Preparativos

Las Crónicas de Ondine: El Reino de las Hadas

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Fueron muchos los que murieron en la larga batalla librada en Ondine, cuando un oscuro ser de abrumador poder apareció de repente, hace diez años. Los reyes fueron dos de las muchas víctimas y, cuando todo terminó, la única persona que quedaba para heredar el trono era una chiquilla asustada de seis años que no sabía nada sobre gobernar. Ante tal fatídica situación, muchos pensaron que en cualquier momento podría haber un golpe de estado o un atentado contra su vida, por lo que el valido de los fallecidos reyes decidió esconderla y reinar en su lugar hasta que cumpliera dieciséis años. La llevó al único orfanato del reino, donde a nadie se le ocurriría buscarla. Allí creció como una chica normal donde a excepción del director nadie más sabía quién era en realidad. Sólo los dos mellizos lo averiguaron cuando la propia princesa se lo confesó un tiempo después debido a la fuerte amistad que forjaron.
     Sin embargo, el día del cumpleaños número quince de la chica, un noble apareció. Los cocineros habían estado preparando la mejor comida posible, los sirvientes habían decorado el gran comedor lo mejor que habían podido y todos los niños estaban ilusionados, pues pasarían toda la tarde celebrando el cumpleaños de la chica. Pero ella no apareció. No comió lo que con tanto esfuerzo le habían preparado, no vio la decoración en la que tanto trabajaron todos y por más que los niños gritaron su nombre, no llegó. Cuando el director del orfanato les contó que se había marchado junto al hombre. todos se negaron a creerlo y la buscaron con desesperación por todas partes, especialmente Si y Escai. No la encontraron. Los más pequeños lloraron durante días y los mayores tardaron varias semanas en volver a sonreír. Pero, al final, todos volvieron a ser los mismos. Excepto los mellizos. Ellos eran los mejores amigos de la princesa. Pero ella se marchó sin despedirse de nadie, ni siquiera de ellos. Y un año después, cuando se anunció a todo el reino la boda entre la princesa Mari y el héroe Lion, no llegó ninguna invitación.
 
 
A la mañana siguiente, tras salir del orfanato trepando por un árbol del patio trasero y bajando por varias ramas situadas sobre el exterior del muro que protegía la institución, Si y Escai se adentraron en el frondoso bosque situado enfrente de ellos. Antes de seguir corriendo y perderse entre la extensa vegetación, se dieron la vuelta y contemplaron el hogar donde habían vivido desde que tenían memoria, sin haber salido nunca salvo durante algunas excursiones a la ciudad, granjas o bosques. Aunque tenían pensado regresar antes del anochecer y suponían que serían severamente castigados por escaparse, tenían un mal presentimiento. Por alguna razón, sentían que estaban a punto de marcharse mucho tiempo. O para siempre.
 
                                                                                     
Todos los habitantes del reino estaban emocionados. Finalmente, después de diez años, los vacíos tronos del palacio real volverían a ser ocupados.
     En estos momentos, su alteza se encontraba en sus aposentos, sentada enfrente de un tocador. Su cabello era largo, sedoso y de un rubio tan brillante que parecía estar siempre bañado por la más pura e intensa luz del sol. Sus ojos, azules y brillantes como dos zafiros y sus labios rosados y pequeños. Llevaba puesto su vestido de boda y estaba siendo maquillada por una de sus sirvientas al tiempo que otras dos aguardaban tras ellas a la espera de alguna orden. Eran las once de la mañana. Sólo faltaba una hora para la boda.
     De repente, alguien llamó a la puerta. Era el hombre que había estado gobernando durante diez años y quien ahora se convertiría en el valido de la nueva reina. Cuando la joven le permitió pasar, entró en la habitación y se dirigió hacia ella.
     —Si me lo permitís, su alteza, os diré que estáis preciosa —dijo al mismo tiempo que hacía una reverencia.
     —Gracias —respondió con voz dulce pero fría.
     —Venía a deciros que todos los preparativos están listos. Podemos irnos en cuanto lo ordenéis.
     —De acuerdo. Podéis retiraros.
     El noble hizo una reverencia y se dio la vuelta. No obstante, tras pensar unos segundos, se volvió de nuevo hacia ella.
     —Todavía falta una hora para la boda, señorita.
     —Soy consciente de ello.
     —Aún estamos a tiempo. Si lo deseáis, pedidlo y enviaré un mensajero al orfanato. Podrían estar aquí a tiempo para...
     —Podéis retiraros —le interrumpió con voz cortante.
     El valido hizo una reverencia y se marchó entristecido.
     La mirada de la princesa carecía de emoción o sentimiento alguno. Sólo esperaba tranquilamente la hora de marcharse.
 
 
La boda se celebraría en Spica; la capital del reino, dentro de la única iglesia que había. Las calles estaban abarrotadas de personas dirigiéndose al lugar, pues incluso si no estaban invitados, después de la boda los reyes se asomarían unos minutos por el balcón para saludar a sus súbditos.
     Entre toda la multitud, los dos hermanos caminaban solos, tratando de esquivar a la gente y aguantando los empujones que recibían, ya que al ir vestidos con harapos, casi todos les trataban como insignificantes mendigos. Por suerte no tardaron mucho en apartarse del gentío entrando en un callejón que no conducía hacia la iglesia, sino hacia unas calles desérticas llenas de tiendas cerradas. Se detuvieron al final de este.
     —¿Qué hacemos aquí? —preguntó Si desconcertada—. Si no nos damos prisa, la boda empezará.
     —Aún falta una hora, más o menos. Tenemos tiempo. Si intentamos colarnos en la iglesia, nos atraparán y entonces todo habrá sido en vano. Necesitamos una invitación.
     —¿Y la encontraremos aquí? —preguntó con desconfianza.
     Al no tener más familia que ellos mismos, siempre habían estado muy unidos y, por más veces que peleaban, siempre se reconciliaban rápidamente. No obstante, Si sabía perfectamente que los planes de su hermano casi nunca tenían éxito, lo que llevaba a que ocasionalmente fueran regañados por las institutrices del orfanato, por lo que no podía evitar dudar de él.
     Escai esbozó una sonrisa confiada. Ella odiaba cuando lo hacía porque solía ser el presagio a los problemas.
     —Según me ha contado el abuelo —así era como la mayoría de los niños llamaban al bibliotecario, pues era tan bueno con ellos que todos le querían como si lo fuera—, durante las bodas reales, los invitados se reúnen en el palacio real y, cuando llega la hora de la boda, marchan en sus carruajes hacia la iglesia.
     —¿Y?
     —Que no todos llegan a marcharse. Durante el tiempo que los invitados están en el palacio, muchos galanes bien vestidos se cuelan en el palacio y cortejan a cuantas damas pueden para luego robarles sus invitaciones y dirigirse a la iglesia.
     Si arqueó una ceja.
     —No funcionaría. Eres muy joven y vas mal vestido. Además, el palacio no está por aquí.
     Su hermano enrojeció de rabia y respondió:
     —No me refería a eso, boba. Después de que los galanes consiguen las invitaciones, se esconden en calles vacías y luego, cuando la boda va a empezar, se reúnen con los demás nobles ya frente a la iglesia para darle su invitación al guardia. Esta es la ruta más tranquila que hay desde el palacio hasta la iglesia, por lo que estoy seguro de que pasarán por aquí.
     —Sigo sin entender qué hacemos aquí.
     Escai volvió a sonreír, esta vez con malicia.
     —Si me haces caso, tendremos dos invitaciones enseguida.
     Tras escuchar lo que tenía que hacer, Si se ruborizó.
     —¡No pienso hacer eso!
     —Tranquilízate o nos descubrirán —le advirtió su hermano mientras miraba a su alrededor para asegurarse de que nadie les había oído—. No es para tanto. Créeme, no te costará nada.
     —¿Que no es… para tanto…? —murmuró ella temblando de furia, conteniendo desesperadamente sus ganas de gritar.
     —¿Quieres una invitación para la boda o no? —preguntó con una mirada totalmente seria y decidida.
     La chica suspiró resignada.
     —De acuerdo… Pero como esto no funcione me las pagarás.
     Escai sonrió.
 
 
En aquella calle vacía casi por completo, todas las tiendas estaban cerradas debido a la boda y las pocas personas que pasaban por allí lo hacían para regresar a sus casas o reunirse con el resto de la gente en la iglesia. Pero aquellos jóvenes que habían logrado arrebatarles su invitación a mujeres de alta clase caminaban por allí en dirección a un callejón desde el cual acercarse a la iglesia sin ser vistos.
     Una dulce voz femenina llamó la atención de uno de ellos. Atraído por aquella cautivadora voz, volvió la cabeza hacia el callejón desde el cual la escuchaba. Sus ojos se detuvieron ante una bella dama escondida al fondo, asomándose ligeramente y saludándole con la mano e incluso lanzándole algún beso. El joven quedó cautivado al instante y, sin perder tiempo, se dirigió hacia ella. Al alcanzarla, sólo vio a una niña subida a dos cajas para parecer más alta, momento en el que recibió un golpe en la cabeza por la espalda que le hizo caer al suelo inconsciente. Escai le había atacado por la espalda con el palo de una escoba. Si no quiso imaginar de dónde lo había sacado.
     Tras abatir a su víctima, el chico registró sus bolsillos hasta hallar la invitación que estaban buscando, la cual era un sobre blanco en cuyo interior había un documento redactado por uno de los escribas de la corte y firmado por la propia princesa.
     —Ya tenemos una. Falta otra —murmuró sonriente.
     Su hermana se cruzó de brazos y le miró indignada.
     —Me dijiste que sería fácil, pero llevamos media hora aquí y este es el primero al que engañamos después de que unos diez me ignoraran. Y no sabes lo humillante que es actuar así... Se acabó. Me niego a seguir con este absurdo plan.
     El joven abrió los ojos de par en par.
     —¡Pero sólo tenemos una invitación! ¡Con esto, no nos dejarán pasar a ambos aunque digamos que vamos juntos!
     Si le arrebató rápidamente el sobre de sus manos.
     —Por haberme obligado a hacer esto, es justo que me la quede. Tú intenta cortejar a los hombres o búscate otra forma.
     —¡Oh, vamos, no seas así! ¡Seguro que conseguimos otra invitación rápidamente! ¡Venga, hazlo sólo una vez más!
     —¡No! —gritó olvidando de nuevo que alguien podría escucharles—. ¡Además, ¿qué te has creído?! ¡Te reías de mí mientras hacía esa actuación que tú mismo me dijiste que hiciera! ¿¡Creías que no me había dado cuenta!?
     Recordándolo, Escai no pudo evitar soltar una pequeña risita, enfadándola aún más.
     —Vale, vale, lo entiendo —dijo resignado—. Quédatela. Yo me colaré en la iglesia sin que nadie me vea.
     Al escuchar eso, no pudo evitar sentirse mal por él. Aun así, su decisión era firme.
     —Pero aún no podemos ir a la iglesia. Todavía tenemos que encargarnos de un asunto más.
     —¿Qué asunto?
     Escai la miró de los pies a la cabeza. El rostro de su hermana era bello, pero sus ropas y calzado no.
     —Si les enseñas la invitación así vestida, creerán que la has robado y te detendrán. Necesitamos conseguirte ropa mejor.
     —¿¡Y lo dices ahora!? —le recriminó enfadada—. ¿¡Dónde vamos a conseguir un vestido en tan poco tiempo!?
     Su hermano volvió a esbozar otra sonrisa confiada. Nuevamente la chica se temió lo peor.
     —No querrás que corteje a alguna niña para luego golpearla y robarle su vestido, ¿verdad? Porque como sea eso...
     El chico se rio, pero eso no la calmó. Conocía bien a Escai y peores locuras se le habían ocurrido.
     —Eso no será necesario, hermanita. He pensado en todo.
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Si te ha gustado el capítulo, te pido que me lo hagas saber pinchando en el corazón que hay justo debajo y me sigas para estar al tanto de más capítulos. Gracias :D

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