La Falla Temporal

Géneros: Acción, Aventura, Ciencia ficción

Tras vivir una arriesgada misión que casi acaba con su vida, y luego de lo que debía ser la batalla final, Tony ha reaparecido en su vida normal, creyendo que todo había sido producto de su imaginación. Sin embargo, al notar que algunos de sus compañeros también recuerdan lo sucedido durante el Programa Explorer, será él quien vaya detrás de lo incierto y se aventure en busca de respuestas al lugar en el que su vida cambió, pero no será ese el lugar en donde protagonizará otra misión que se verá obligado a cumplir. La OMSA enviará a Tony, acompañado por un equipo conformado por varios de sus viejos amigos y por algunos nuevos integrantes, a un sitio que ha permanecido en secreto hasta el momento; un sitio en el que, sin necesidad de atravesar la brecha, se sentirán nuevamente viviendo un infierno. ?

Prólogo

La Falla Temporal

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Durante una noche común, en una ciudad para nada común, todos los habitantes dormitaban tranquilamente, como durante cualquier noche, a excepción de varios jóvenes que habían protagonizado un extraño suceso del que sólo ellos habían sido testigos, y que ahora lo único que quedaba de todo aquello estaba en sus cabezas.
Entre esos jóvenes, uno en particular sufría encerrado en su propia mente, envuelto en la bruma y en los recuerdos que habían tomado forma de pesadillas.
Había intentado por todos los medios evitar todo aquello, esquivar esas palabras, esas imágenes, y todo lo que tuviera que ver, pero ahora no podía escapar de su propia mente, que lo mantenía cautivo en sí misma, obligándolo a huir de peligros imaginarios.
Sentía como si en cualquier momento algo fuera a atacarle, o como si  faltaran segundos para que una alarma se disparase y tuviera que correr por su vida.
Desagradables imágenes saltaban de un lado a otro; sangre, terror, muerte.
Monstruos y criaturas horrendas a las que no enfrentaría cualquiera. Amigos muy cercanos muriendo.
Dolor, miedo, odio, ira, sed de venganza y una eterna incertidumbre.
Tanta desgracia, tantos sentimientos y emociones negativas, ¿cómo podía estar todo eso junto?
¿Por qué él?
Quería que parara, que se detuviera. No quería sufrir más, no soportaba un segundo más.
A punto de gritar, se sintió salir violentamente de la pesadilla. Se incorporó de golpe, y miró a su alrededor.
Sobresaltado, esperaba encontrarse en aquel terrorífico mundo, pero tuvo una sorpresa un poco más agradable, aunque mucho más confusa.
Y mientras él estaría a punto de quedar envuelto nuevamente en grandes misterios, acontecimientos inciertos y otro montón de indeseables sucesos, otro hombre se preparaba.
Muy alejado de la ciudad, en el interior de un gran edificio custodiado por decenas de agentes, y del que sólo tendrían conocimientos un puñado de personas a nivel global, el hombre en cuestión observaba atentamente las manecillas del reloj, pensando detenidamente en lo que se vendría, como quien piensa en qué pieza mover durante una partida de ajedrez.
Entonces, el hombre se levantó, caminó fuera de su lujosa oficina y se encaminó a través de los cientos de pasillos que conformaban a la base central de supervisión de anomalías.
No había ni un alma a la vista, cosa que al director de la Organización le resultaba tranquilizante, y complacientemente conveniente para pensar con calma. Su bata blanca ondeaba a medida que se desplazaba.
Llegó frente a una gran ventana, encontrándose por primera vez durante aquella caminata con otro hombre. También llevaba una bata blanca, como de laboratorio. Traía una tablet en sus manos.
Ambos se quedaron de pie frente a la ventana, mirando lo que había del otro lado; un gran rectángulo en el que había muchas mesas, suficientes para todos los chicos que utilizaban las habitaciones que rodeaban al gran recinto.
—Es raro verla aquí, en los dormitorios —comentó el otro hombre.
El director dirigió la mirada a un pequeño grupo, cinco chicos en total. Estaban reunidos en una de las mesas, mirando nerviosamente a todas partes, como temiendo que descubrieran que, evidentemente, andaban en algo. Todos rodeaban a una pequeña niña que no pasaría de los ocho años de edad.
—Recuérdeme, señor, por qué les permitimos salir de las habitaciones a todas horas.
—Curiosidad, Albert —respondió el director—. Me interesa saber quiénes son los que sienten interés por algo más que no sea simplemente obedecernos. Quiero saber quiénes sienten curiosidad.
—¿Y así lo sabría? —Inquirió el sujeto llamado Albert.
—Por supuesto que lo sabría —aseguró—. Quien no salga más allá de las cuatro paredes que se le son impuestas, no logrará nada que supere lo que ya está establecido —dijo naturalmente, como si lo hubiera estado preparando—, y necesitamos saber quiénes son los curiosos, quiénes son los que se creen capaces de desafiarnos.
—¿Entonces ya está planificando la misión, señor?
—Sí, y tienes que dejar de llamarme “señor” cuando no hay nadie presente —el director se pasó los dedos por la barba de un par de días sin afeitar—. Te has tomado muy en serio tu papel, Albert.
—Si te soy sincero, nunca creí que llegaríamos tan lejos —respondió el hombre, dándole vuelta a la tablet en sus manos.
—No te culpo —admitió el director—. Informé a uno de esos chicos de ahí —añadió señalando hacia el grupo de chicos— que pronto tendría que salir, para traer a los que faltan.
—Sigo sin entenderlo completamente, Richard —insistió Albert—. Esa misión… ¿no es un poco peligrosa?
—Claro que es peligrosa, Albert, pero no tenemos otra opción. Se tendrá que hacer así. Si la Falla Temporal realmente funcionó, todo saldrá a la perfección —ambos volvieron sus miradas hacia los dormitorios nuevamente.
Richard se llevó un dedo al oído, y presionando el auricular que traía en él, dijo:
—Quiero escuchar lo que dicen.
Albert sujetó con firmeza la tablet, y tras teclear en ella, ambos pudieron escuchar con total claridad en sus auriculares la conversación que tenían los chicos en el interior de los dormitorios.
—Tranquila —decía una chica con el cabello negro azabache que le llegaba más debajo de las caderas, a la niña que rodeaban—, sólo fue una pesadilla.
—No parece una pesadilla, Maddie —replicó otra chica, ésta era pelirroja y de piel muy clara—. Tiene recuerdos muy precisos de muchas cosas. Sabe muchísimo de la OMSA.
—No la asusten más. Creo que lo importante sería que volviera a dormir, ¿no? —le insistió un chico regordete por lo bajo.
—Andrew, nadie pide tu opinión —interrumpió otro chico. El llamado Andrew se encogió con vergüenza. 
—Bueno, bueno —volvió a hablar la chica llamada Maddie—. Nadie puede saber si fue una pesadilla o son recuerdos reales. No es de relevancia a final de cuentas.
—No puede haber sido una pesadilla —volvió a decir el chico que interrumpió a Andrew—. Ese chico que nombraste; he oído su nombre antes.
—¿Dónde lo oíste? —Inquirió la única chica que no había hablado hasta el momento. Era de baja estatura, con el cabello corto y gafas.
—Luego del entrenamiento nocturno en la Forja, los directivos solicitaron mi presencia. Me informaron de una misión, y ahora tendré que elegir a un compañero para llevarla a cabo.
—¿Qué tiene eso que ver? —Inquirió la chica de gafas.
El chico, de piel pálida, mirada sombría, cabello corto y un rostro que parecería que tuviera mucho sin expresar una sonrisa, miró con fastidio a cada uno de sus compañeros y dijo:
—Que uno de los objetivos se llama exactamente igual al chico que nombró ella al despertar.
Todos miraron nuevamente a la niña.
—¿Cómo dijiste que se llamaba ese chico, pequeña? —Le preguntó Maddie con dulzura.
La niña levantó la mirada, la dirigió hacia la ventana desde la que observaban Albert y Richard, y como si supiera que ellos estaban ahí, respondió:
—Tony.

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