El coleccionista de recuerdos marchitos

Mis poesías y relatos

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Relato sobre el alzheimer
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Abrió el álbum y se dispuso a colocar una nueva foto. Era de dos… tres días antes, cuando se fue con sus hijos de excursión al campo, ¿o fue a la montaña? ¡Campo! Estaba seguro. Anotó la fecha y el lugar en el reverso de la foto antes de volver a olvidarlo. Dubitó una vez más, pero la dejó estar.
Le daba rabia cuando miraba el álbum y las imágenes le resultaban ajenas a su persona incluso si se veía sí mismo, como si contemplara los recuerdos de un gemelo al que nunca había tenido la oportunidad de conocer y este le usurpara la felicidad que por derecho le pertenecía.
Le entró ansiedad, no estaba seguro de si la información que acababa de anotar era correcta, cada día le costaba más retener los recuerdos, sentía como si escaparan y consiguiera volver a encerrar cada vez a menos, pues las energías se marchaban también. La mano con la que acababa de introducir la foto empezó a temblar, como si incluso ella dudara.
Almenos tenía su álbum. Fue su propia idea, eso lo recordaba, era su modo de combatir las lagunas de memoria, para así renovar aquellos recuerdos caducos que el Alzheimer le arrebataba con cada vez mayor facilidad, pues su familia era lo único que le quedaba, lo más preciado de la vida y no quería olvidarla nunca.
Algo que por desgracia no parecía abandonarle, era el desafortunado recuerdo de cómo empezó todo, unos meses antes.
 
Mientras contemplaba la imagen de su mujer recientemente fallecida, notó un pinchazo en la cabeza y esta empezó a temblarle. De pronto la mujer a la que había amado, se había convertido en una extraña por la que guardaba luto sin motivo alguno.
–Me encanta esta foto –dijo con tono dulce pero triste una mujer extraña.
–¿Qué está haciendo usted en mi casa? ¡Váyase, por favor! –entró en pánico. Querría haber levantado los brazos para defenderse de su agresora, pero el temblor se extendió por todo el cuerpo, dejándolo inmóvil en impotente ante la situación.
–¡Papá, soy yo! –se puso frente a él y le sujetó para que no cayera, entonces le sentó en el sofá. Se asustó, nunca había visto a su padre hacer eso.
–Lucía… lo siento –dijo tras volver a la realidad, entonces empezó a llorar–. No sé qué me ha pasado.
Ella se temió lo peor y tras unos amargos diagnósticos, confirmó sus miedos.
 
Desde entonces empezó a coleccionar aquellos esquivos recuerdos que se negaban a permanecer en él durante demasiado tiempo. Los recuerdos le caducaban con mayor rapidez a cada día que pasaba.
Pero tenía la esperanza, de que teniendo pruebas de que su pasado existía cuando su mente se lo negaba, su corazón nunca olvidaría a quienes más amaba.
–Me encanta esta foto –dijo una mujer con tono dulce.
Se relajó, su mano dejó de temblar y miró a su hija Lucía con una sonrisa que ella no veía desde hacía meses, una sonrisa sincera, de seguridad y felicidad:
–Sí, a mí también.

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