El hombre que pensaba demasiado

Géneros: Ciencia ficción, Humor, Misterio

Un joven soltero con dificultades para relacionarse con el sexo opuesto recibe la visita de unos nuevos vecinos, entre los que se encuentra una atractiva chica a la que los ojos le cambian de color. Una anodina tarde en la que está viendo una película en casa de su exnovia Sofía, ambos serán secuestrados por sus vecinos. Éstos les explicarán que ellos son los Raven, seres humanos capacitados con un superpoder en su lucha contra los Dragfox, un grupo más numeroso cuya pretensión es destruir la Tierra. Sin embargo, unas peligrosas pruebas determinarán a qué grupo pertenecerá cada uno. Así, entre embarullados planes de ataque de comandantes que no tienen ningún plan claro, brotes de semilla de sabiduría y un hombre que piensa demasiado, tomemos todo lo serio a broma y la risa en serio puesto que no hay nada más sensato que la catarsis de lo absurdo.

Capítulo 1

El hombre que pensaba demasiado

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Pienso demasiado. O al menos, eso dicen.
 
Sonaba el teléfono demasiado temprano para ser una llamada casual, aunque enseguida pude deducir quién era y para qué me llamaba. Ni pasadas tres horas hubiera esperado una llamada de nadie, pero su incapacidad para deducir que hay gente que duerme mientras él deambula por su habitación era más que delatadora para afirmar de dónde procedía esa llamada. Miré dos segundos el teléfono con resignación antes de descolgar -Suerte tienes de haberme pillado despierto -pensé mientras me dirigía a lo que iba ser sin duda una conversación muy larga-.
 
David estaba pasando una mala etapa. No tenía la suficiente experiencia para plantarle cara a sus problemas solo, y yo tenía la obligación moral de resolvérselos, o al menos de hacérselos más sencillos desde el otoño pasado. Caían las hojas por aquel entonces en el entierro de su hermana, y desde un tiempo atrás yo siempre le había inspirado bastante seguridad; ya otras veces le había servido de ejemplo a seguir y eso me incomodaba, al ver en lo que se podía llegar a convertir. En este caso, supuse que Carmen, su actual novia, le habría dicho alguna incongruencia demoledora más, después habría procedido a cortar todo método de comunicación entre ambos y David habría pasado en vela toda la noche, intentando descifrar el críptico mensaje de su novia durante varias horas para acabar llamándome. Como si yo trabajara traduciendo jeroglíficos en pirámides recónditas del mundo para poder ayudarle. Lo único que querrá es que le diga cuatro bobadas sin sentido ni base para que olvide ese maremágnum que le está atormentando en este momento, pensé.
 
-Dime…
 
Me esforcé para que mi tono de voz reflejara la frustración que daría una llamada tan poco solidaria. Aunque no me costaba nada haberlo dicho con algo de entusiasmo, tenía la falsa esperanza de que algún día se diera cuenta por sí mismo de lo que pueden llegar a repercutir sus acciones.
Para mi sorpresa, no obtuve respuesta. Un silencio imprevisto hacía temblar todas mis absurdas hipótesis sobre una conversación que en escasos tres segundos iba a terminar. En aquel momento solo se escuchaba al silencio a través del auricular.
 
-Eh... ¿Hola?
 
Y con mi titubeo me puse en evidencia delante de mí y de mi mente. Era el menor de los castigos que mi absurda manía por suponerlo todo me hace pagar cada vez que acudo a ella. Y con mi titubeo, había infravalorado las aptitudes de David. Y con mi titubeo, acabó aquella conversación. Me sentí como un estúpido, pero en mí eso ya era frecuente. De todos modos me intrigaba quién había podido llamarme. Supongo que era una persona más que llama a un número equivocado al cual no respondería alguien con quien tuviera intención de conversar, y al escuchar mi tono con tan poca disposición al diálogo y comprensión (que tampoco es que me produzca una descontrolada alegría el que me llamaran a las seis de la mañana), decidió colgar sin darse una oportunidad para excusar su error. Sin embargo, y como llegaba a ser costumbre, volví a equivocarme.
En ese momento, interrumpiendo mi intensa conversación con mi cerebro, el cebreado de luces y sombras que rayaba la rendija inferior de la puerta principal me hacía percibir que había alguien tras ella. Sin embargo, en vez de levantarme raudo a observar quién era por la mirilla, permanecí inmóvil a la espera de un leve movimiento de aquella sombra que hiciera verificar lo que sería mi primera hipótesis cierta en unas cuántas semanas. Una decisión previsora a la par que errónea, puesto que escasos segundos después, quien quisiera que estuviera detrás junto a su sombra, desaparecieron del lugar sin darme oportunidad a desvelar su misteriosa identidad.
Esta vez, fue el miedo a lo desconocido, o tal vez a tal inesperada situación, lo que me paralizó. Como era de esperar, cuando aguardé a visualizar la calle por la mirilla, solo había eso, una calle inhóspita en la cual ya empezaba a salir el Sol.
 
 
Pasé la mañana bastante tranquilo, aunque no olvidaba lo que había sucedido horas antes. Cualquier otra persona habría salido a la calle a buscar al personaje, habría llamado a sus hijos o al vecino si se viera indefenso, o quizás se hubiera visto recluido en su propio miedo pensando en no salir de casa durante días, pero yo no. En ese aspecto me considero una persona muy temeraria, por lo que simplemente me limité a cerrar puertas con llave y empotrar algunas ventanas, sin miedo a lo que podía pasar, pero si pasaba algo mejor ponérselo lo más difícil posible a ese enviado del Diablo.
 
-Estaba claro que tenía que ser alguien que supiera mi número, puesto que de no ser así no me habría llamado. También alguien con cuerpo –pensé casi regañándome- puesto que de no ser así no tendría sombra.
 
Llamé varias veces durante esa misma mañana al centro de atención del teléfono para averiguar de dónde podía proceder la llamada, pero antes de que sonara el estribillo de la canción de espera, mi paciencia se agotaba.
 
“Make your dreams true… Once in your life…”
 
Reconocí la canción nada más empezar el acústico, y en ese momento me parecía todo una absurda inocentada que la vida me quería gastar una vez más, y es que hacía desde aquel día de Noviembre que esquivaba constantemente esa canción. Conducía mi antiguo coche dirigiéndome hacia el hospital, y aquella melodía describía el ambiente en el momento del accidente…
Nunca pude evitar derrumbarme ante aquella canción, por lo que evitaba oírla siempre que me era posible, aunque en varias ocasiones la había escuchado voluntariamente en la sola compañía de la luz de mi flexo y mis ideas.
Sabía que era capaz de aguantar la canción, pero no me apetecía hacerlo. No en ese momento. Ya había tenido demasiado aquella mañana, y a pesar de mantenerme paciente y firme ante aquella pesadilla, estaba claro que el azar no quería ayudarme en aquella situación.
¿Qué pretendía aquella persona (o lo que quisiera que fuese) intimidándome de aquella manera? Pensé en Bill, un antiguo contable al que traicioné deliberadamente. Suelo ser muy egoísta al pensar en mis beneficios, pienso que hay muy poca gente dispuesta a ayudarme sin buscar nada a cambio. Aunque es cierto que esa actitud mía me había atraído más desgracias que bendiciones, no disponía de ninguna iniciativa para cambiar mi penoso comportamiento.
Asumí todas las consecuencias de aquella situación, supuse que se vengaría de mí de algún modo u otro, pero acababa de tener un accidente y debía tomar una decisión para empezar a cambiar mi vida lo más drásticamente posible. Aunque más que pensar en quién podía ser, lo que realmente me atormentaba era dónde estaba en ese momento. ¿Seguiría vigilándome pacientemente, o se habrá ido a su casa tranquilo, al ver que su objetivo de tenerme atormentado como el ignorante que soy se ha visto cumplido? Estaba dándome cuenta de que me estaba convirtiendo en un obsesivo compulsivo, o bueno, al fin y al cabo llevo asumiéndolo durante años. Decidí olvidarme de aquello y empecé a deshacer todo lo que mi cuestionada temeridad había llegado hacer, así que me dirigí al cuarto de arriba para desplazar de nuevo el armario de enfrente de la ventana al que era su lugar, entre otras cosas.
Trasteando por la habitación, me di cuenta que la tentación de abrir de nuevo su cajón me hacía pequeños guiños a través de miradas de reojo. Nunca acabé de devolverle sus cosas a su familia, no encontraba el momento oportuno para ahogarlos de nuevo en un mar de dolorosos recuerdos, ni tampoco el momento para desprenderme de ellos. Siempre ha estado aquí, no hay razón de peso para trasladarles de sitio todavía, pensé, autoconvenciéndome. A medida que iba profundizando en el pasado, más deseaba que alguien me devolviera al presente tirando de mí, pero la melancolía era tan dulce.... Sin poder hacer nada para evitarlo, volví a coger su libro preferido, me tumbé con respeto en su cama, intentando ocupar el hueco que había dejado en aquel lugar, y empecé a leer…
 
 
 
Mi chalet no era tan humilde como lo que yo buscaba. Tenía dos pisos, con más habitaciones de las que necesitaba, perfecto para una familia numerosa, pero demasiado espacio para una sola persona. El salón y la cocina estaban a ambos lados según entrabas, y subiendo las tétricas escaleras que te encuentras de frente, tenías a la izquierda un presunto dormitorio donde dormirían mis presuntos hijos, y a la derecha, una habitación que yo utilizaba para pintar mis cuadros. Al principio de vivir aquí era una sala de estar, pero traspasé todo lo aprovechable a mi habitación, que estaba al final del pasillo que iba en dirección contraria a las escaleras. Esa es la que tendría que ser la habitación de los padres. Explicarlo es muy lioso, lo sé. En medio del pasillo estaba el cuarto de baño. Todo esto era demasiado para mí, pero no me di cuenta de eso cuando mi tía Angelina me ofreció vivir allí. Ella sí que tiene dinero. Tiene mucho dinero, muchísimo dinero. Podría ponerle su nombre a la Torre Eiffel si se lo propusiera. Me aprovecho de ello siempre que mi conciencia me lo permita, por suerte o por desgracia no se produce a menudo, siento que debo ganarme la vida por mi esfuerzo. Hay que sentirse idiota cuando ves a otros afortunados pasándose la vida en grande sin importarle un pimiento el esfuerzo personal, pero al fin y al cabo yo llevo dos años en este chalet prácticamente regalado. Me venía bien un cambio de aires y aquí no vivía nadie, se estaba desaprovechando. O al menos así es como excuso mi paradójica e hipócrita idea sobre el esfuerzo personal.
 
 
A veces pienso que lo hizo adrede, esperando que yo mismo me buscara la iniciativa de encontrar algún amor con quien llenar esos vacíos, habitaciones quiero decir, pero a veces no basta con tener un chalet forjado para un futuro que aún no veía claro.
Mi vida sentimental en ese momento estaba siendo un auténtico caos, y en vez de enfrentarme a aquellos contratiempos, les daba el esquinazo continuamente. Y en mi cabeza de vez en cuándo se dejaba caer el recuerdo de aquella conversación pendiente... Sabía que ella también la esperaba con la misma impaciencia que yo, y que haría lo que fuera con tal de no demostrármelo. Pero aún no era el momento para continuarla.
 
Antes de empezar la novena página sonó de nuevo aquel maldito teléfono, haciéndome regresar de aquel viaje. Me levanté de un salto, y, aun medio trastornado de aquel momento, bajé corriendo por las escaleras arrepentido de haber desempotrado las ventanas, deseando paradójicamente que esta vez fuera David quien llamara.
 
-¿Diga?
 
Alcé rápidamente la mirada sobre la rendija de mi puerta y de nuevo vi la sombra. Esta vez solté el teléfono sin dar oportunidad a la respuesta y en dos zancadas me coloqué frente a la puerta y sin dudar un segundo más, la abrí de golpe.
 
 

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