La sorpresa

Mis poesías y relatos

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–Cariño, ¿estás seguro de que este es el camino al museo?
–Claro, estamos yendo por una ruta… alternativa –respondió su marido mientras tragaba saliva.
«Mentira», pensó ella con una tierna sonrisa. Ya había intentado sorprenderla otras veces con un plan distinto al original, pero él no sabía mentir, siempre tragaba saliva de forma sonora cuando lo hacía. Salieron de la ciudad y fueron hacia la montaña.
–El museo… –dijo ella divertida–. ¿Dónde vamos esta vez?
«Espero que sea un paseo tranquilo por el campo, como otras veces, me encantan este tipo de excursiones», pensó ella risueña.
–Haremos espeleología, en el maletero hay ropa para cambiarnos y equipo. ¡Sorpresa!
–¿Qué? ¿Somos hobbits ahora? –preguntó con sorpresa, realmente no sabía cómo reaccionar, a lo que su marido respondió con una risotada que no la confortó.
–Es una cueva segura, vine una vez con unos amigos hace un tiempo, ¿te acuerdas que te lo dije? Aquel día que no pudiste venir porque te pusiste enferma de repente. Créeme, te hubiera encantado, pero para eso estamos aquí, para que la veas por ti misma esta vez y a solas.
Ella respondió con un «sí» casi imperceptible. Había perdido el aliento.
Aparcaron, se cambiaron y empezaron a subir hasta la cueva. El trayecto era hermoso y cuanto más ascendían más parecía merecer la pena el viaje, pero entonces se recordaba a sí misma el motivo por el que estaban allí. Al llegar vieron un agujero en el suelo, ella empezó a ver cómo este se estrechaba cada vez más y más.
–¿Estás preparada para la aventura? –preguntó él con emoción.
Despertó de aquel trance y volvió a mirar el agujero que volvía a ser normal. Entonces asintió sin mucho convencimiento, pero el entusiasmo de su marido parecía dificultarle ver aquel gesto de inseguridad en ella.
Empezó él, le dio la sensación de que se lo tragaba la tierra y que iba a ir a rescatarlo de las mismísimas entrañas del infierno. Desde dentro pudo escuchar su voz distorsionada llamándola, como si la del mismísimo diablo se tratase, tembló de terror, pero se centró en su invitación al interior. «Vamos, vamos, será algo rápido, entrar y salir», intentó auto convencerse de que no iba a durar demasiado. Poco a poco se metió en el agujero, parecía haber escalones para bajar, estaba claro que aquella cueva era visitable y habían preparado el paso.
Una vez dentro quedó anonadada y olvidó el miedo que realmente le daba, se centró en lo bello y observó las estalactitas, desde ese ángulo parecían gotas de lluvia detenidas por el tiempo. Pudo sentir el olor de la tierra, la naturaleza en estado puro. Miró hacia el agujero y observó cómo se filtraba la luz, creando un efecto digno de una película de fantasía.
–Vamos hacia dentro, llega un momento en que se acaba y tendremos que volver, es un trayecto de aproximadamente una hora –avanzó él primero–. Ya verás, será una experiencia inolvidable, hay lugares que…
Pero su voz se iba alejando cada vez más, le parecía infinitamente lejana, como si en cuestión de segundos se hubiera ido miles de kilómetros, aunque intentó calmarse y lo siguió de cerca.
Empezó con ilusión, se fijó en los agujeros del techo a lo largo del trayecto e intentó no pensar nada negativo y mientras se centraba en la belleza natural, pero le resultaba cada vez más difícil cuando el paso en ocasiones se estrechaba, creándole un estado de ansiedad que le resultaba cada vez más difícil de esconder. El miedo, la paranoia, ya no sabía cómo llamarlo la invadía por cada paso que avanzaba.
Tras aproximadamente un cuarto de hora adentrándose en la cueva, hubo un momento en el que se mareó y se quedó apoyada contra la pared, ya no podía más, sintió que iba a desmayarse, llorar, no sabía cómo se sentía. Su marido lo notó y retrocedió para socorrerla, aunque cuando ambos apoyaron su peso sobre la misma pared, esta cedió y cayeron en lo que parecía una extensión de la cueva. Comprobó que no estuviera herida e iluminó el interior con la misma ilusión que sentiría un crío al tener juguete nuevo.
–Esta debe ser una galería oculta de la cueva que continúa, vamos –dijo con entusiasmo cogiéndola de la mano para que lo siguiera, pero ella estiró deshaciéndose de él.
–¡No! Estoy harta, quiero volver a casa de una maldita vez –estalló provocando un estruendoso eco–. Tengo algo de claustrofobia desde que era muy pequeña, ¿vale? Si me conocieras bien lo sabrías –dijo empezando a hiperventilar, por una parte por la fobia a la que había dado rienda suelta, la impotencia de la situación y otra por la decepción que sentía hacia su marido.
Lo había olvidado por completo, pero al no hablar nunca de ello no lo tuvo en cuenta. No sabía cómo disculparse.
–Lo…
–Solo sácame de aquí –gritó arrojando la linterna hacia el interior de la galería, quedando inclinada ligeramente sobre una roca, iluminando la pared
–Mírame, yo nunca te pondría en peligro, te quiero y sabes que no estoy mintiendo.
Se centró en sus preciosos ojos azules. No había sonido de saliva, realmente hablaba en serio. Él podría haber olvidado aquel detalle, pero ella no podía olvidar nunca cuanto se amaban, entonces sus ojos se humedecieron.
–Salgamos y… –se fijó en la zona iluminada del interior y enmudeció. Su marido se giró para ver qué había provocado que se callara.
La discusión acabó y quedaron en silencio ante aquello que estaba frente a ellos, las paredes pintadas con lo que parecían figuras características de la era prehistórica, manos marcadas, escenas de caza, personas y animales esparcidos. Avanzó y se puso junto a su marido, él la abrazó y juntos admiraron algo que nadie parecía haber visto en mucho tiempo. Quedaron extasiados durante unos minutos. Se calmó por completo y le dijo a su marido con tono dulce:
–Bueno, esto sí que es mejor que el museo, esta es toda una galería de arte natural.

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