EPÍLOGO

Entomofobia

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La lluvia parecía haberse calmado, pero aquel irritante e incesante golpeo contra las ventanas fue bien sustituido por los llantos de aquel pobre hombre…
 
Había pasado poco más de una hora desde que hubo empezado su testimonio, pero aquello no era más que un suplicio, donde cada palabra que tuviese que pronunciar le dolía como una puñalada…
 
Una vez Rasim hubo terminado de llorar, los policías le trajeron un poco de chocolate caliente y una manta que le protegiese de aquellos preocupantes temblores, que, junto a aquella mirada perdida, no tenían buena pinta.
 
—Señor Chaud…—inquirió el policía flacucho casi con timidez, optando por unos repentinos modales que, desde luego, no eran tranquilizadores.
 
Rasim alzó la vista muy desorientado, con más lágrimas secas por la cara, exactamente igual de como le habían encontrado en el lago.
 
—Señor Chaud, ¿me oye? —insistió.
 
Rasim asintió encogido sobre sí mismo.
 
—Algunos… —Carraspeó el policía—. Algunos de nuestros oficiales investigaron los alrededores del lago. Llegaron al hotel. —Hizo una dolorosa pausa que acompañó de un profundo suspiro.
 
Rasim abrió los ojos y levantó ambas cejas, sin dejar aquella boca entreabierta suplicante de un rápido final.
 
—Me temo que hallamos el cadáver de su mujer. —No pudo evitar desviar el contacto visual.
 
Rasim perdió la noción de sí mismo repentinamente, y comenzó a balancear su cuerpo de un lado a otro, a punto de desmayarse.
 
—Lo preocupante fueron sus extrañas condiciones —se armó el policía de valor, sosteniéndose una arcada—. La encontramos... —Volvió a desviar la mirada—. Encontramos solo su piel, tendida sobre el suelo, a la entrada del hotel.
 
De repente, Rasim dejó de notar el control de su cuerpo, y un pitido atravesó su cabeza sin piedad. Ya no era el dulce chiquillo moreno con ilusiones de veranear, ahora era un cuerpo sin alma que en cualquier momento se desmayaría. Lo que, desde luego, nadie previno, fue el que se alzase de la silla en un irritante chirrido, empujase la  mesa contra los policías, y le quitase la pistola al oficial robusto.
 
—¡Suelta el arma! —gritó el delgaducho con la mano hacia Rasim.
 
Pero fue en vano, antes siquiera de que pudiese acabar la frase, el chiquillo ya se había suicidado.
 

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