3: La boda

Las Crónicas de Ondine: El Reino de las Hadas

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3


Los dos hermanos se dirigieron a otro callejón tan estrecho y maloliente como el anterior y situado al lado de una tienda de ropa. Una vez allí, Escai se acercó a un grupo de cajas apiladas contra una pared tan polvorientas que parecían largo tiempo abandonadas, cogió la primera y la abrió. De esta sacó un vestido blanco de seda con bordado rojo carmesí, de la talla de su hermana; y unos zapatos blancos de cuero. Cuando la chica lo vio, quedó fascinada.
     —¿De dónde… has sacado esto…?
     El joven sonrió con orgullo.
     —¿Te acuerdas de la excursión que hicimos hace un mes? En secreto me pasé por esta tienda y cogí esto.
     —¿¡Los robaste!? —exclamó con los ojos puestos como platos. Alarmado, su hermano le mandó callar con un gesto.
     —¡No digas eso tan alto! No los robé, los tomé prestados.
     —¡Te los llevaste sin pagar! ¡Eso es robar, idiota!
     —¡No si los devolvemos, ¿vale?! Los traeremos después de la boda. Nadie se dio cuenta y había decenas más bonitos que estos, así que no creo que los hayan echado de menos.
     —No podemos hacer esto. Robar está mal y, si nos descubren, iremos al calabozo. Vamos a devolverlos ahora.
     —La tienda está cerrada.
     —¡Pues déjalos de nuevo en la caja, no voy a ponerme ropa y calzado robados! —declaró, dándole la espalda, furiosa.
     Escai se llevó una mano a la frente con desesperación.
     —Escucha, hermanita. La boda empezará pronto. Si no nos damos prisa, perderemos la única oportunidad que tendremos alguna vez en nuestras vidas de volver a verla y pedirle explicaciones. ¿De verdad vas a rendirte ahora, después de lo mucho que nos ha costado planear esto?
     Si se llevó una mano al pecho y agachó la cabeza, con expresión de dolor, recordando la sonrisa que ella siempre esbozaba y que tanto le cautivaba.
     —Vale… Me los pondré… —reconsideró, volviéndose de nuevo hacia él—. Pero mañana los devolveremos.
     Sonriendo aliviado, Escai le entregó el vestido y los zapatos.
     —También había prendas para mí pero, sin invitación, no van a servirme de nada —suspiró—. Bueno, no importa.
     —¿Tienes otro plan para entrar en la iglesia?
     —No realmente —murmuró, pensativo—. Podría colarme entre alguna pareja de nobles, distraer a los guardias, entrar por una ventana… Ya lo pensaré cuando lleguemos.
     —Podrías ponerte el traje y los zapatos, Quizás así, si te atrapan, puedes decirles que eres un noble.
     —No servirá de nada. Si me pillan sin invitación o ropa de calidad, iré al calabozo. Al menos, como voy vestido ahora, soy más ágil. Y lo mismo va para ti. No hagas nada raro. Intenta caminar con elegancia, enséñales a los guardias la invitación cuando te la pidan y, si te preguntan por qué estás sola, diles que tus padres llegarán pronto. Una vez dentro, nadie se fijará en ti. Y lo más importante: si no consigo llegar, deberás encargarte tú de encarar a Mari, ¿entendido?
     Si podía sentir la fuerte ira de su hermano en sus palabras. Asintió con la misma seriedad que él. Sabían que lo más probable era que el plan fallara y acabaran en el calabozo y, aun así, estaban dispuestos a arriesgarse. Tenían que saberlo. Saber por qué su única y mejor amiga se había marchado sin decírselo a nadie y por qué no les había escrito ni una sola carta.
 
 
La iglesia se hallaba ubicada en la plaza principal de la ciudad. Había unos cien guardias apostados alrededor del edificio para mantener fuera a todas las personas sin invitación, las cuales eran miles. Los nobles, sin mirar ni por un instante a la plebe, caminaban con elegancia por la calle situada a la izquierda de la iglesia, la cual también estaba protegida por los soldados para que nadie les molestara. Una vez que llegaban a la puerta principal, mostraban su invitación a los dos guardias que la vigilaban. Ellos revisaban que fuera auténtica y, al hacerlo, hacían una reverencia y se apartaban para dejarles pasar.
     Llevando puesto el vestido blanco y los zapatos, habiéndose peinado el cabello lo mejor que pudo y escondido su otra ropa y calzado en el callejón, Si logró infiltrarse en la cola de nobles que caminaba hacia la iglesia. Por suerte en el orfanato les mantenían limpios con pequeños baños semanales y precisamente ayer habían tenido uno, por lo que su piel estaba limpia y suave. Manteniendo la cabeza agachada, caminó con la espalda tan enderezada como pudo. Cuando echó un pequeño vistazo a su derecha, a punto estuvo de sobresaltarse al ver a todas las personas que se habían amontado allí.
     —Malvados espíritus oscuros, malvados espíritus oscuros, marchaos y no volváis nunca más u os daré una patada en el trasero… —susurró con las manos en su pecho.
     Cuando al fin llegó su turno de mostrar su invitación, se detuvo enfrente de los soldados y les miró. Sus ojos amenazadores la intimidaron.
     —¿Vuestra invitación, señorita?
     Con su manos temblando y notando cómo su corazón le latía muy rápido, Si sacó de su bolsillo el sobre y se lo entregó a los soldados Ellos le echaron un vistazo y luego la miraron con mala cara. En ese momento, la chica incluso dejó de respirar. Luego miraron de nuevo la invitación y, tras unos segundos que a la pequeña le parecieron eternos, se la devolvieron, hicieron una reverencia y se apartaron, para su extremo alivio.
     —¿Venís sola, señorita? —le preguntó uno de ellos mientras caminaba, cuando al fin pensaba que todo había salido bien.
     Su hermano ya le había advertido que eso podría pasar, por lo que trató de calmarse y responder lo que había ensayado:
     —Mis padres han tenido un compromiso. No tardarán.
     Ellos sólo eran los encargados de vigilar la puerta, no les incumbían en absoluto los asuntos de la nobleza, lo que darles más explicaciones habría resultado sospechoso.
     Los soldados no preguntaron nada más, por lo que la chica finalmente pudo pasar. Una vez dentro se encontró en una amplia sala rectangular con columnas de piedra a los lados y filas de bancos donde muchas personas se habían sentado ya. En el extremo delantero había un tapiz colgado en la pared en el que aparecían retratados los cinco héroes combatiendo al Dragón Oscuro. Además ya había llegado el sacerdote que casaría a los novios y el héroe de Ondine.
     Recordando las indicaciones de su hermano, se apresuró en encontrar algún banco vacío. Encontró uno a tres filas de distancia del novio y allí se sentó. Se preguntó preocupada si él conseguiría reunirse con ella y le buscó con disimulo, mas no le encontró. Si al final no aparecía, ella tendría que hablar con la princesa, pero no estaba segura de encontrar el valor para ello.
     El héroe de Ondine era el hombre más apuesto que la chica había visto en su vida. Tenía apenas dieciocho años cuando derrotó al maligno ser que atacó el reino hace diez años, por lo que ahora debía de tener veintiocho. Su cabello era corto y de un negro intenso; sus ojos rojos y llenos de frialdad; su cuerpo esbelto y musculoso e iba vestido con un elegante traje negro, aunque sin bordado ni demás adornos. Muchas damas estaban suspirando por él, mas aunque Si podía reconocer que era guapo, lo que ella sentía era odio. Le culpaba por el hecho de que Mari se marchara y cada vez que pensaba que ese día contraería matrimonio con ella, su corazón se encogía.
     Con el pasar de los minutos, todos los bancos se llenaron, aunque en unos pocos aún quedaban huecos libres, probablemente de algunos nobles que por ciertos motivos al final no pudieran asistir a la boda. Mirando además a los invitados, Si reconoció a alguno de los galanes a los que había visto pasar por la calle del distrito comercial, cuando intentaba atraerles para robarles su invitación. Por lo visto, la jugada de esos aduladores había funcionado. También se encontraban vacíos los asientos situados a ambos lados de la chica. Seguramente nadie había querido sentarse con ella por si después aparecía algún familiar, reclamando el lugar.
     De repente, todos se pusieron en pie y se volvieron hacia la entrada principal. Desconcertada, la chica hizo lo mismo, avistando a la princesa de Ondine caminando tomada del brazo por su valido y acompañada por dos niños encargados de llevar los anillos de boda sobre un cojín de algodón hacia el altar. El pecho de Si empezó a latir con más fuerza que nunca. Aquella chica no se parecía en nada a la que había conocido en el orfanato. Su cabello ya no era liso y revoloteado, sino rizado y bien peinado, más brillante que nunca; y ya no llevaba los viejos y rotos harapos con los que siempre la había visto, sino con un vestido de terciopelo dorado brillante, con bordado de oro y adornado con preciosas esmeraldas y rubíes.
     Mari mantuvo la cabeza alzada, la espalda perfectamente recta y caminó con gracia hasta el altar, donde su prometido le ofreció una mano para ayudarla a subir los escalones. Por cortesía, ella aceptó y, después, ambos se situaron el uno frente al otro, mirándose a los ojos a la vez que los invitados volvían a sentarse. El sacerdote comenzó a dar un discurso que parecía largo y, aunque todos escucharon en silencio, los novios parecían sumidos en sus propios pensamientos. Si miró la mano derecha de la princesa. En el dedo anular llevaba un anillo de oro que brillaba con débiles destellos rojos. Mari siempre llevaba esa extraña sortija sin importar la situación y, por alguna razón, siempre emitía una luz roja cuando se sentía triste o preocupada. ¿Acaso ahora se sentía así?
     Cuando el sacerdote terminó de hablar, los prometidos tomaron un anillo cada uno. Los niños se retiraron y el héroe tomó delicadamente la mano izquierda de la noble, luego la alzó y se dispuso a ponerle la joya en el dedo anular. Mari agachó la cabeza y Si cerró los ojos incapaz de mirar.
     No obstante, unos lejanos gritos les interrumpieron. Tanto los invitados como los novios miraron a su alrededor. El griterío sonaba cada vez más cerca y parecía proceder de uno de los pasillos situados en el extremo inferior de la sala. Unos instantes después, un joven vestido con harapos abrió con brusquedad la puerta y entró tan rápido como pudo. Al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que había llegado al lugar donde estaba celebrándose la boda y, al sentir cientos de ojos clavados en él, quedó paralizado el tiempo suficiente para permitir a uno de los guardias que lo perseguían agarrarle un brazo para que no pudiera escapar. Tanto Mari como Si le reconocieron.
     Un segundo hombre llegó y sujetó con fuerza al muchacho del brazo que aún tenía libre. Este intentó liberarse y exigir con furiosos gritos que le soltaran, pero fue en vano.
     —¿¡Quién osa interrumpir la boda entre su alteza y el héroe de Ondine!? —gritó el valido, muy enfadado.
     Escai, forcejeando aún con todas sus fuerzas, miró al altar y, entonces, sus ojos se encontraron con los de Mari.
     Un tercer guardia apareció.
     —Nuestras más sinceras disculpas. Hemos estado persiguiéndole desde que entró en la iglesia por el tejado.
     Algunos nobles se rieron, otros le observaban escandalizados. Si se encontraba inmóvil. Sólo podía mirar a su hermano y a Mari, quien tras suponer que si él había entrado ella también, la buscó entre el público hasta hallarla, momento en el que ambas intercambiaron una mirada de asombro.
     —¡Tú! —el furioso grito de Escai hacia la princesa las interrumpió—. ¿¡Cuánto tiempo ha pasado!? ¿¡Un año!? ¿¡Sigues acordándote de mí al menos!? —en cada palabra podía percibirse su ira y tristeza contenidas todo ese tiempo.
     Todos se volvieron hacia ella, quien le miraba con seriedad.
     De no haberse tratado de un niño, el valido habría ordenado que se lo llevaran inmediatamente para después ejecutarlo. Pero supuso que aquel chico vivía en el orfanato, por lo que decidió que fuera la princesa quien se encargara personalmente de él.
     —¿¡Y bien!? ¿¡Qué pasa!? ¿¡No vas a decir nada!? —gritó cada vez más enfadado al ver que la chica no respondía.
     La princesa continuó en silencio, con sus fríos y serios ojos clavados en los de Escai.
     —¡Habla de una vez! ¿¡Por qué!? ¿¡Por qué te fuiste sin decir nada!? ¿¡Por qué no nos diste una explicación!? ¿¡Por qué no nos mandaste una maldita carta al menos!? ¿¡Por qué!? —exclamó luchando aún con los dos guardias, quienes al no haber recibido ninguna orden, le retenían sin saber qué hacer con él.
     —Alteza, ¿qué hacemos?
     Finalmente, la princesa habló.
     —No le conozco —respondió, para asombro de los hermanos—. Echadle a la calle.
     Los guardias hicieron una reverencia y trataron de llevárselo, mas el joven siguió resistiéndose.
     —¡Responde! ¿¡Tienes idea del daño que nos hiciste a todos!? ¿¡Del daño que le hiciste a mi hermana!? —la princesa chasqueó los dientes—. ¡Responde! ¡Mari!
     Si sabía que debía hacer algo. No podía dejar a su hermano solo. Pero, por más que lo intentaba, no se le ocurría nada.
     —Malvados espíritus oscuros, malvados espíritus oscuros, marchaos y no volváis nunca más u os daré una patada en el trasero… —murmuró intentando calmarse, mas no funcionó.
     Escai continuaba exigiendo explicaciones a gritos, los guardias seguían intentando llevárselo y los invitados, algunos más alarmados que otros, comentaban entre ellos lo que estaba sucediendo. Las palabras de Mari silenciaron el escándalo:
     —Lleváosla a ella también —ordenó señalando a Si, quien abrió los ojos de par en par.
     El tercer soldado corrió hacia ella, quien le miró asustada.
     —¡Ni se te ocurra tocarla! ¡Si le haces algo, te mato!
     El hombre la sujetó con fuerza de un brazo y tiró de ella. Aunque la chica intentó soltarse, al no ser tan fuerte como su hermano no pudo evitar ser arrastrada por este.
     —¡Mari! ¡Dile que la suelte! ¡Mari!
     Los ojos tristes de la chica se cruzaron una vez más con la distante y fría mirada de la princesa y entonces, cuando resignada decidió dejar de oponer resistencia, avistó algo que le hizo estremecerse. El héroe de Ondine había sacado una daga con disimulo y estaba acercándose peligrosamente a la noble.
     —¡Mari!
     Alarmada, la chica se dio la vuelta y, al avistar al joven con el arma en la mano, intentó huir, mas este le agarró con fuerza un brazo y situó la punta de la daga en su delicado cuello.
     Toda la iglesia quedó en absoluto silencio.
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Si te ha gustado el capítulo, te pido que me lo hagas saber pinchando en el corazón que hay justo debajo y me sigas para estar al tanto de más capítulos. Gracias :D
  • DialingShrimp37-image DialingShrimp37 - 06/07/2019

    Muchas gracias :)

  • Loka-image Loka - 06/07/2019

    Me encanta

  • Yuran Kirukiru-image Yuran Kirukiru - 02/07/2019

    Que te puedo decir, me lleve las manos a la cabeza al ver la actitud de Mari hacia los chicos.

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