4: Sonrisa y despedida

Las Crónicas de Ondine: El Reino de las Hadas

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La acción del héroe de Ondine había dejado a todos incrédulos. Todos le miraban con los ojos abiertos de par en par e incluso Escai y los guardias habían dejado de forcejear.
     Tras mantenerla bajo su agarre durante unos segundos, Lion dio una patada a la chica en una de sus piernas para forzarla a caer de rodillas y, entonces, intentó arrancar de su pequeña mano el anillo de oro, el cual brillaba con destellos rojos más intensos. No obstante, por mucha fuerza que empleó, la sortija no cedió ni un ápice, por lo que decidió emplear la daga para hacer palanca. Fue entonces cuando los tres soldados finalmente desenvainaron sus espadas y corrieron hacia él.
     En ese momento, un estruendoso rugido que parecía venir de fuera hizo temblar todo. Muchos perdieron el equilibrio y cayeron al suelo, incluida Si. Por su parte, ahora libre, Escai intentaba llegar hasta la princesa agarrándose a los bancos. La daga del héroe presionaba el dedo de la princesa con tanta fuerza para sacar el anillo, que había empezado a brotar sangre.
     Cuando el rugido al fin cesó, se produjo un gran golpe proveniente del tejado, como si algo estuviera ejerciendo una enorme presión en él. Las paredes temblaron, algunas columnas cayeron hechas pedazos y el techo empezó a derrumbarse. La mayoría de los invitados huyeron atemorizados por la puerta principal mientras que los demás, al igual que los guardias, intentaban llegar hasta Mari.
     Un mar de gritos se escuchaba fuera del edificio.
     —¡Un dragón!
     Y antes de que nadie pudiera reaccionar, una gran garra de dragón con afiladísimas uñas descendió desde el techo. Fue entonces cuando todos se dieron cuenta de que el gran impacto había sido la criatura aterrizando encima de la iglesia. Los tres guardias tuvieron una breve conversación entre ellos en la que se pusieron de acuerdo para que uno de ellos escoltara al resto de los invitados fuera mientras que los otros dos se enfrentaban al héroe. Pero la poderosa garra del dragón comenzó a desplazarse por toda la sala, agrandando los agujeros en el techo, haciendo caer escombros al suelo y golpeando a muchos nobles, incluso al hombre que iba a sacarles de allí.
     Aunque los demás se refugiaron debajo de los bancos, sabían que eso no les salvaría. El valido sacó una daga que llevaba escondida en el cinto y aguardó hasta la llegada de los dos guardias. Una vez que se unieron los tres, rodearon al héroe y se dispusieron a atacarle. Sin haber conseguido extraer la sortija, arrojó a la princesa al suelo y alzó su arma, observando con una mirada carente de emociones a sus adversarios.
     El dragón sacó la garra y escupió una llamarada contra la plaza central, donde aún quedaban cientos de personas que aún no habían podido huir. Escai se volvió hacia la puerta principal, la cual estaba abierta, y observó con asombro que lo que la bestia había lanzado no era fuego, sino una sustancia grisácea que convertía en piedra todo lo que tocaba, dejando así una inmensa cantidad de estatuas de personas.
     Lion se lanzó con tanta rapidez y precisión contra sus adversarios que los tres cayeron muertos al instante por una puñalada en el cuello y, aunque Mari intentó huir gateando, el héroe no tardó en volver a fijarse en ella.
     —¡Traidor!
     Con el corazón lleno de odio e ira, Escai tomó la espada rezagada del guardia que había muerto golpeado por la garra del dragón y corrió hacia Lion. Temiendo por su vida, su hermana intentó detenerle, mas no logró alcanzarlo a tiempo.
     —¡Escai, no lo hagas! ¡Te matará! —gritó la princesa.
     —¡No acepto órdenes de ti!
     El chico no había manejado nunca una espada, la cual pesaba más de lo que esperaba, pero no importaba. No podía ser tan difícil usarla. Sólo debía ensarta en el corazón de ese hombre que le miraba por encima del hombro. Una vez que le alcanzó, lanzó un ataque directo hacia su pecho con toda su fuerza, mas su adversario lo repelió fácilmente interceptando con un ligero movimiento de muñeca el acero de su arma con la del chico con tal potencia que la espada salió disparada de sus manos. Un instante después, Escai sintió la punta de la daga de su enemigo tocando su pecho. Un ataque inmediato, tan veloz que no pudo verlo hasta que fue demasiado tarde. Iba a atravesar su torso en dirección al corazón. Iba a morir.
     —¡No! —chilló Mari apretando sus manos ensangrentadas.
     De repente, el anillo emitió una poderosa luz amarillenta que se extendió rápidamente por la sala envolviendo cálidamente a los dos hermanos y liberando una fuerza que estampó al sorprendido Lion contra el tapiz a la vez que un humo negro abandonaba su cuerpo, como si la luz quisiera purificarlo.
     Los mellizos no pudieron evitar contemplar sobresaltados a la chica por un segundo, mas ella reaccionó de inmediato.
     —¡Vámonos! —exigió poniéndose en pie.
     Pero Escai se volvió hacia el héroe, quien parecía aturdido.
     —¡Te he dicho que no acepto órdenes de ti! —repitió tomando del suelo la espada más cercana que encontró.
     Como si supiera que la situación se había tornado en contra de Lion, el dragón volvió a introducir una de sus garras en la iglesia por el derrumbado techo, estremeciendo todo una vez más, arrojando al suelo a las dos chicas y haciendo que más escombros cayeran. Aun así, el joven siguió caminando hacia su enemigo, tratando de permanecer en pie, mas la garra estaba recorriendo cada palmo de la sala, por lo que era sólo cuestión de tiempo que les matara de un fuerte impacto.
     —¡Escai! ¡Vámonos ahora! ¡Piensa en tu hermana! —insistió sabiendo que si nombraba a Si, el chico obedecería.
     Él le dedicó una mirada llena de reproche y sintió unas fuertes ganas de gritarle, mas no era el momento para eso. Lion aún estaba en el suelo inmóvil con la espalda apoyada contra el tapiz medio desprendido y su hermana en el suelo, intentando levantarse. Finalmente cedió. Aliviada, la princesa corrió hacia la chica y la ayudó a levantarse, después le cogió de la mano y comenzaron a correr seguidas por el chico. Tuvieron que tumbarse dos veces para evitar ser alcanzados por la garra antes de conseguir escapar del edificio. Sintiendo entrelazada la mano de Mari con la suya, Si se sintió más calmada.
     Además de aquella sustancia petrificante, el dragón también podía escupir fuego, pues muchas casas y calles estaban sumergidas en un mar de llamas. Una vez que vio a sus presas alejarse, alzó el vuelo, ejerciendo en el proceso una presión tan fuerte que la iglesia se derrumbó por completo.
     Mientras huían, los tres jóvenes miraron al dragón y avistaron, para su asombro, a Lion sobre la cabeza de la descomunal criatura, portando el legendario espadón del Dragón de Fuego. A su lado se hallaba una chica de gélida mirada cuyo rostro era idéntico al de Mari; mas su cabello, ojos y vestido eran tan negros e intensos como la misma oscuridad. Además, ahora que tenían una mejor visión del dragón, vieron sus escamas negras como el carbón, sus ojos rojos y brillantes; y sangre cubrir todo su cuerpo, como si formara parte de él.
     —Meri... —murmuró la princesa con voz triste y seria.
     —¡Ataca, Darcnes! —gritó ella con voz dulce y agresiva.
     El dragón abrió sus enormes fauces y lanzó una llamarada petrificante que cayó sobre los tres niños, mas la misma luz que les había salvado de Lion, ahora les protegía de aquella bestia.
     El héroe de Ondine alzó su poderoso espadón y este empezó a relucir con centelleantes destellos rojos. Pocos segundos después, unas llamaradas con la apariencia de dragones abandonaron la hoja del arma y persiguieron a los niños y, aunque el anillo también les protegió de ellos, cuanto más resistían más pálido se tornaba el rostro de Mari y más se debilitaba la luz, como si esta extrajera el poder del propio cuerpo de la chica. Estaban dirigiéndose hacia un callejón. Si lograban llegar, podrían escabullirse en la infinidad de caminos oscuros a los que conducía y así ser capaces de despistar a sus perseguidores. No obstante, la noble ya no podía resistir más.
     —¡Casi hemos llegado! ¡Aguanta, por favor! —le suplicó Si.
     Ya no era la princesa quien tiraba de la chica, sino al contrario. Ella jadeaba y sudaba cada vez más.
     —Si... Escai... Adiós...
     Con los ojos puestos como platos, ambos hermanos la miraron. Esbozando una sonrisa como la que tiempo atrás mostraba en el orfanato, soltó la mano de la chica y cayó al suelo. Si gritó su nombre e intentó volver a por ella, pero el chico la cogió en brazos y siguió corriendo forzando a la pequeña a mirar a su amiga con lágrimas en los ojos sin poder hacer nada más. En cuanto entraron en el callejón, una llamarada petrificante aterrizó donde se hallaba la princesa, mas la luz que les había estado ayudando había desaparecido.
     Tras recibir una mirada de aprobación de la chica, el traidor de Ondine alzó su arma una vez más, acumulando en ella terroríficas llamas que posteriormente arrojó hacia los callejones donde los niños se habían refugiado, cubriendo hasta el último rincón de fuego que dejó un paisaje lúgubre y desértico del que nadie pudo escapar a tiempo.
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Si te ha gustado el capítulo, te pido que me lo hagas saber pinchando en el corazón que hay justo debajo y me sigas para estar al tanto de más capítulos. Gracias :D
  • Loka-image Loka - 06/07/2019 place

    Joli shet!

  • Mathew-image Mathew - 23/04/2019

    Estoy disfrutando mucho del libro!!

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