5. El orfanato

Las Crónicas de Ondine: El Reino de las Hadas

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Pasaron dos largos y terroríficos días. Durante las primeras horas lo único que se escuchaba en el exterior eran gritos de dolor, explosiones y llamaradas. Al día siguiente sólo se oía el fuego propagarse por doquier y, al segundo, nada.
     Si habían sobrevivido gracias a la suerte o a un milagro, no lo sabían. Tan pronto como entraron en el callejón perseguidos por el dragón hecho de fuego arrojado por la espada del traidor de Ondine, hallaron una tapa de alcantarilla por la que entraron. Pasaron dos días de auténtica penumbra. No se atrevieron a moverse de la maloliente zona de las cloacas donde habían llegado por miedo a perderse y, al no haber nada para comer ni beber, sufrieron un irremediable atroz hambre y sed. Las dos noches que pasaron fueron muy oscuras y frías, tanto que en más de una ocasión sintieron que morirían congelados y aun cuando pasados los dos días por fin reinó el silencio en el exterior, aguantaron quince horas más por temor a que en cualquier momento pudiera reanudarse el caos.
     Cuando por fin se decidieron a salir, sus oscuros cabellos estaban llenos de lodo, sus ojos negros mostraban expresión de profundo dolor, sus labios resecos a causa de la sed y sus ropas mojadas y cubiertas de pegajosas sustancias que no conocían. Su piel era pálida y sus estómagos esqueléticos debido al hambre. Al mirar el estado de la ciudad, quedaron horrorizados.
     De los edificios no quedaban más que escombros y cenizas y, miraran a donde miraran, decenas de personas muertas y centenas de estatuas abarcaban sus vistas. Había sido una cruel matanza similar a las producidas hace diez años o incluso hace mil, cuando el Dragón Demoníaco amenazó con destruir todo.
     Con lágrimas en los ojos, Si revisó las estatuas más cercanas en busca de Mari. Aunque su hermano intentó detenerla, no pudo reunir las fuerzas suficientes para agarrarla del brazo.
     —Aunque la encuentres... no podrás hacer nada por ella...
     —Pero...
     Los dos guardaron silencio durante unos minutos, atormentados por sus pensamientos y sin saber qué decir.
     —Aún no estamos a salvo. Ellos podrían volver. Vámonos.
     —¿A dónde quieres que vayamos? —preguntó con desesperación—. Mira a tu alrededor... No queda nada...
     —Regresemos al orfanato. Tenemos que saber si están bien. Y es el único lugar que nos queda en este mundo.
     Durante esos dos últimos días, Mari había acaparado todos los pensamientos de Si; por lo que al darse cuenta de que se había olvidado de los niños y empleados de la institución, los cuales eran como una familia para ella, se sintió aún peor. Necesitó unos minutos antes de prepararse mentalmente para marcharse, pues tenía la sensación de que si abandonaba la ciudad, también estaría abandonando a la princesa. Aunque Escai sí había estado pensando en el orfanato durante ese tiempo, no tenía esperanzas en encontrar a nadie con vida cuando llegaran. Por supuesto, no se lo dijo a su hermana, pues eso sólo habría incrementado su sufrimiento.
     La luna cayó sobre los hambrientos y mugrientos mellizos mientras estos continuaban caminando sin descanso. La noche era tan gélida que el joven no tardó en notar cómo temblaba su hermana, por lo que se quitó la camiseta y abrigó a la chica con ella, soportando así el frío en silencio y regañándola cada vez que insistía en que volviera a ponérsela.
     Cuando llegaron a su destino, sus peores temores se confirmaron. Del enorme, cálido y acogedor orfanato donde los niños habían pasado toda su vida, no quedaban más que escombros, ceniza y estatuas que reconocieron perfectamente.
     —No... no puede ser... —balbuceó Si cayendo de rodillas.
     Aunque el chico había estado preparándose para afrontarlo, no pudo evitar caminar hacia los restos y llamar con la voz más alta que pudo poner a los niños y trabajadores con la esperanza de que alguno contestara, mas nadie lo hizo. Cuando su voz se apagó a causa de sus pocas fuerzas, dio una vuelta completa al edificio con la esperanza de encontrar a algún superviviente, pero sólo halló más estatuas. Cuando regresó al lado de su hermana, observó que ya se había levantado.
     —¿Qué vamos a hacer ahora...? No nos queda nada...
     Escai no supo qué responder. Además de tristeza, la ira y el odio también estaban creciendo dentro de él. Quería venganza.
     —Lion pagará por esto... Lo juro enfrente del orfanato... Lo mataré con mis propias manos...
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Si te ha gustado el capítulo, te pido que me lo hagas saber pinchando en el corazón que hay justo debajo y me sigas para estar al tanto de más capítulos. Gracias :D

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