La era de los ángeles

Géneros: Acción, Aventura, Ciencia ficción

En un mundo donde todo va a ser destruído por los ángeles, Kate se unirá a sus ángeles para detener al señor de la luz para que no destruya a los humanos. Esta novela está completa, iré publicando los capítulos a ser posible de forma diaria Portada hecha por Carmen Fernández

El amanecer de la oscuridad

La era de los ángeles

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Esta es la historia de un amor que instigó la destrucción de nuestro mundo
Esta novela está completa, poco a poco a ser posible de forma diaria iré publicando capítulos
Hasta ahora casi todas mis historias han estado en la página principal de Wrixy, ¿esta llegará también?
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“Y los ángeles descenderán de los cielos para divulgar su palabra. Lo que no sabían, era que dicha palabra sería… destrucción.”
Se levantó como si de una pesadilla se tratase, aunque así era. Se había visto a sí misma envuelta en una lluvia de meteoritos que destrozaban la tierra mientras escuchaba una voz, pero solo era un sueño.
Se incorporó algo mareada y abrió la ventana para que le diera el sol, aunque quedó frustrada ante la oscuridad de la calle.
–No había lluvia para hoy, los del tiempo a veces dicen cada chorrada... –dijo Kate para sí misma.
Sus largos y lisos cabellos morenos se agitaban ante el frío y extraño aire que entraba.
–Cierra eso por favor Kate, me muero de frío. –se quejó Diane, su compañera de piso mientras se tapaba la cabeza por completo con las sábanas.
La cerró y destapó a Diane dejándola solo con el pijama puesto.
–Vamos, es hora de levantarse. –dijo Kate con energía y una gran sonrisa.
–Vete tú, yo aún tengo un… un… –se levantó repentinamente para ir hacia el baño y vomitar en el váter.
–De verdad que no entiendo el por qué haces eso. –le dijo Kate mientras se cambiaba.
Salió del baño apoyándose en la puerta para no caerse mientras sus largos sucios cabellos rubios le tapaban casi toda la cara.
–Ya te lo he dicho, así no tengo clase los lunes y eso amiga mía, es hoy así que si me disculpas, hoy toca camita. Despiértame cuando vuelvas, o no. Según me veas. –dijo tumbándose en la cama boca abajo de nuevo.
–Descuida.
Diane le levantó el pulgar en señal de agradecimiento.
Kate se puso una camiseta blanca, con unos pantalones de pana marrones y unas zapatillas blancas.
Antes de irse intentó desayunar unos cereales, pero estaban todos esparcidos por el suelo junto a un par de botellas de alcohol vacías, al parecer a Diane le habían apetecido la noche anterior y no estaba en condiciones de abrirlos correctamente.
–Genial… –lo recogió todo y desayunó un vaso de zumo mientras veía las noticias.
“Estos últimos días han estado habiendo terremotos de baja intensidad por todo el mundo, no tenemos imágenes pero…”, Kate apagó la televisión, estaba harta de las malas noticias. En ese momento sonó el timbre y Kate fue a ver quién podía ser.
–¿Esperas visita? –le preguntó Kate a Diane desde la entrada.
–Espero a Morfeo. –se escuchó.
–Traigo un paquete. –se escuchó una voz de hombre desde el otro lado de la puerta.
Ella miró por la mirilla y vio al hombre de piel morena vestido de cartero con una gran caja entre las manos.
–No hemos pedido nada, bueno espere. –giró la cabeza un poco– ¿Has pedido algo Diane? –gritó.
–Un lunes tranquilo. –se escuchó desde el otro lado de la casa.
Volvió a mirar por la mirilla, el hombre miraba hacia todos lados con gran nerviosismo.
–Por favor Kate, coge el paquete.
–¿Cómo sabe mi nombre? –dijo ella extrañada mientras abría la puerta.
Al abrirla se encontró con la sorpresa de que el hombre ya no estaba, pero el paquete estaba en el suelo. Cogió el paquete y vio que tenía su nombre puesto.
–Cómo no. Pero… –miró por las escaleras y por el hueco de las mismas, pero el hombre no estaba por ninguna parte.
Dejó el paquete sobre la mesa de la entrada. Hacía mucho de la última vez que le pasaba algo así, pero nunca se acababa de acostumbrar ni le acababan de gustar esas cosas. “No tengo tiempo, ya lo miraré cuando vuelva”, pensó mientras salía de casa. No quería llegar tarde a clase, además la universidad estaba lejos y no tenía dinero para el transporte. Sus padres les daban el dinero justo para pagar el alquiler, el resto lo pagaban ellas y apenas conseguían dinero. Llevaban unos meses como compañeras de piso y eran como hermanas. Cierto era que a veces Diane tenía algún percance con el alcohol, pero nunca era nada grave.
Paró en seco en mitad de la calle al creer que notaba algo, que el suelo se había movido, pero nadie parecía haberlo notado, se tranquilizó y caminó algunos pasos. A los pocos segundos volvió a notarlo pero de forma más intensa y aquello sí que lo había notado la gente. “Deben de ser esos terremotos”, pensó Kate. Pero cada pocos segundos hubo una sacudida, cada una más fuerte que la anterior, las alarmas de los coches empezaron a sonar, todo votaba con las sacudidas, incluso a ella le costaba mantener el equilibrio. Levantó la vista y vio el motivo, eran como meteoritos cayendo a su alrededor. La gente entró en pánico cuando se dio cuenta de lo que eran desde a la lejanía aquellos supuestos meteoritos, eran hombres estrellándose sobre la tierra.
Kate vio que uno cayó a unos metros de ella haciéndola caer al igual que la gente de alrededor.
El hombre estaba de pie ante ellos. Iba sin camiseta y con unos pantalones largos igual de blancos e iba descalzo, tenía un cuerpo en muy buena forma, tenía un cuerpo perfecto y un rostro a juego con unos largos cabellos rizados de oro, con unas grandes alas blancas aunque sus ojos eran de un rojo intenso. La gente se puso de pie hasta que el ángel rugió y empezó a correr hacia Kate. Ella no lo pensó dos veces y salió corriendo esquivando a la gente. Parecía que no iba a conseguirlo, aquel ángel iba a matarla. Otra sacudida la hizo caer. Pero a su lado de la nada apareció un ángel de alas oscuras con una espada, fue hacia el otro ángel y lo cortó por la mitad, haciéndolo desaparecer en un grave grito de rabia. La espada tenía un mango oscuro al igual que el propio filo. El ángel hizo desaparecer la espada y la miró extendiéndole la mano desde la distancia. Tenía un cuerpo perfecto esculpido como el anterior, llevaba unos pantalones negros largos y también iba descalzo. Pero su rostro era distinto aunque igual de perfecto, era joven. Sus ojos eran azules y tenía un cabello corto, liso y negro como el color de sus alas.
–Ven conmigo Kate. –tenía una voz agradable, de adulto que inspiraba confianza.
Estaba confusa, la había salvado pero no lo conocía de nada. Seguía allí en el suelo, hubo otra sacudida más débil. El ángel seguía allí, esperando su respuesta. Se escuchaban rugidos como el de aquel ángel y gritos de terror por todas partes, no podía quedarse allí por más tiempo.
–No Kate, ven conmigo. –le dijo otro ángel detrás de ella.
Se giró y vio a otro ángel de alas blancas, pero con los ojos azules, del mismo tono que el otro, también con los pantalones blancos y sin zapatos. Ambos tenían la misma cara, pero distinta voz y pelo, pues el de aquel ángel era tan blanco como sus alas.
Allí estaba ella, entre aquellos dos ángeles, esperando su respuesta.
Se levantó por su propio pie desconfiando de aquellos ángeles, aunque era cierto que no parecían haber caído, sino aparecido de la nada, aunque eso no le inspiraba confianza.
Ambos ángeles miraron hacia arriba y vieron como otro ángel iba a estrellarse en ese lugar, por lo que fueron corriendo hacia ella, el ángel blanco la cogió por los hombros y el ángel oscuro la tomó por la cintura, desplegaron sus alas y echaron el vuelo justo antes de que el meteorito cayera sobre ellos.
Kate no podía hacer nada, estaba en pleno vuelo sujeta por dos seres desconocidos que parecían querer salvarla, aún así no confiaba en ellos. Empezó a patalear y rápidamente aterrizaron sobre una azotea cercana. Se alejó unos pasos de ellos sin dejar de mirarlos.
Desde allí pudo contemplar todos los meteoritos que caían provocando explosiones a lo lejos y todos los que estaban por caer, podía escuchar también todos los rugidos y gritos de la gente indefensa desde allí.
–¡Dejadme en paz! –les advirtió Kate sin dejar de dar pasos hacia atrás.
–No lo entiendes Kate, déjanos explicártelo. –dijo el ángel blanco intentando tranquilizarla.
Kate corrió hacia la puerta que daba a las escaleras para bajar, aunque al abrir la puerta se encontró con un ángel como el primero, con los ojos rojos que intentó ir a por ella. Cerró la puerta y se apartó. En ese momento la puerta salió disparada hacia los ángeles, de los cuales el oscuro sacó de nuevo su espada y cortó la puerta en dos haciendo que fueran por sus lados.
El ángel fue hacia Kate aunque el ángel blanco salió en su defensa.
–Hermano escúchame y atiende a la razón, no de… –le dijo amablemente al otro ángel, aunque no lo escuchó y lo apartó de un golpe tirándolo al suelo.
El ángel la miró con los ojos bien abiertos y se dispuso a ir a por ella, pero de nuevo el ángel oscuro la salvó cortando al ángel por la mitad aprovechando que estaba distraído.
–¿Por qué lo has hecho? –le preguntó con rabia el ángel blanco al negro tras levantarse.
–¿No lo has visto? Deja de jugar y céntrate, ellos ya no son tus hermanos, ¡Yo!... soy tu hermano aunque no lo quieras.
Kate no podía hacer nada más que escuchar atónita aquella conversación, “¿De qué va todo esto?”, se preguntaba Kate sorprendida.
–Eres de los pocos que no ha sucumbido al poder del señor de la luz, eres un maldito privilegiado. –siguió diciéndole el ángel oscuro al blanco.
–¡No me digas…! –le respondió furioso el otro ángel.
–¡Basta! –les gritó Kate.
Ambos se tranquilizaron y la miraron.
–¿Quiénes sois y de qué va todo esto? –preguntó alterada.
–Díselo con suavidad y delicadeza, debe entenderlo poco a poco. –le dijo el ángel blanco al oscuro.
–Somos tus ángeles guardianes y llevamos toda la vida contigo. –le soltó bruscamente.
–Eso… con delicadeza… –dijo el ángel blanco con ironía.
–¿Mis hadas madrinas? ¡Venga ya! Si tanto me conocéis demostrádmelo. –dijo alterada.
–Te salvamos del tren. –dijo el ángel oscuro.
Ella simplemente se quedó paralizada como en aquella ocasión pero por un motivo distinto, aquella vez por perplejidad. Tenía la respiración acelerada, debía asimilar aquello, mientras seguían cayendo ángeles que provocaban sacudidas y escuchaba más gritos.
–¿Has recibido algo hoy? –le preguntó el ángel blanco con calma.
–El cartero ha desaparecido y me ha dejado un paquete. –dijo recobrando el sentido como si despertara de un sueño.
–Nuestro mensajero lo ha conseguido. –dijo el ángel oscuro con alegría– Debemos irnos de aquí, ¿Dónde lo tienes?
–En casa sobre la mesa… ¿No decías que estabas siempre conmigo? –dijo extrañada.
–A veces tenemos asuntos propios que atender preciosa. –le respondió el ángel oscuro.
Uno de los meteoritos atravesó el edificio sobre el que se encontraban desde un lado y empezó a caer, los ángeles cogieron a Kate y la pusieron sobre el suelo un par de calles más adelante, donde nadie la hubiera visto.
–Debemos llegar rápido, venga. –le dijo el ángel oscuro.
Kate corría por la calle junto a los ángeles camino al piso, parecía estar todo despejado o al menos por aquella calle. Aunque también se dio cuenta de que la gente que huía junto a ella no se daba cuenta de la presencia de los ángeles que la escoltaban.
–¿Nadie puede veros? –les preguntó.
–No nos mostramos al resto del mundo a no ser que nosotros queramos, o incluso podemos estar ocultos a tu vista si lo deseamos. –respondió el ángel blanco.
Por la calle había agujeros provocados por los ángeles que habían caído, al igual que cadáveres de gente que había sido dada de pleno por los meteoritos, o a poca distancia de los mismos ya que los ángeles empezaron a matar a la gente a diestro y siniestro.
Kate abrió la puerta del edificio donde estaba su piso y entraron, una vez dentro tomaron el ascensor y fueron a la tercera planta.
–Diane se habrá despertado ante el alboroto. –les dijo Kate a sus ángeles mientras abría la puerta de casa.
Al entrar fue a la habitación y encontró a Diane en la cama tal y como la había dejado y roncando.
–O no…
La diferencia era que Diane tenía el pelo limpio, al parecer se había duchado y se había vuelto a dormir. Aunque los gritos continuaban pero ella no parecía poder oírlos. Tenía puesta una camiseta negra larga con una calavera blanca y dos huesos cruzándola estampada detrás de la misma, unos pantalones de pana negros y las deportivas negras puestas.
–Despertadla mientras cojo el paquete y algunas cosas, no creo que volvamos por aquí en un tiempo.
–¿Seguro que es una buena idea? –le preguntó el ángel blanco a Kate mientras iba a por el paquete.
–¡Eh! Despierta Diane, es hora de levantarse. –le dijo el ángel oscuro.
Ella seguía sin inmutarse por lo que la zarandeó un poco.
Con una mano se quitó la cortina de pelo que le tapaba la cara y se quitó los auriculares de los cuales sonaba heavy metal.
Incorporó un poco la cabeza y vio a los ángeles frente a ella, aunque aún tenía cara de sueño y los ojos entre abiertos.
Empezó a reír un poco de una forma algo extraña.
–Al fín el señor ha escuchado mis plegarias. –dijo mientras se incorporaba un poco– Ahora señor bendice los alimentos que voy a comer. –dijo medio dormida mientras intentaba quitarle los pantalones al ángel blanco.
Él se apartó haciendo que Diane cayera de la cama en un grito. Kate fue rápidamente con el paquete en la mano.
–¿Qué ha pasado? –preguntó extrañada al ver a Diane medio en el suelo.
–Está delirando… –dijo el ángel blanco nervioso.
El ángel oscuro empezó a reírse bajo.
–No hace gracia. –le dijo el ángel blanco.
–Claro que la hace. –dijo sin quitarse la sonrisa de la boca.
Hubo otra sacudida fuerte al lado del edificio, que provocó que Diane se incorporara de golpe pasándosele el sueño de un plumazo, dejando ver que también tenía la calavera por delante de la camiseta. Miró a Kate y a los ángeles simultáneamente.
–Te dije que quería un lunes tranquilo, ¿Qué le has hecho a mi lunes? –dijo confusa y un poco mareada.
–Tranquila son amigos míos, te lo explicaré poco a poco… –le dijo Kate pero fue interrumpida.
–Somos sus ángeles. –dijo repentinamente el ángel oscuro.
–Ah… guay… –dijo apoyándose en la pared para no caerse– ¿Y cómo os llamáis?
“¿De verdad se lo toma con tanta pachorra?”, pensó el ángel blanco perplejo ante la indiferencia que mostraba Diane.
–Cierto no nos hemos presentado, que mala pata, yo soy Uriel –dijo el ángel blanco tranquilamente.
–Yo soy Ferus, pero por favor llamadme Fer. –dijo de forma simpática haciendo una pequeña reverencia.
Kate abrió el paquete y vio que era algo dorado, al sacarlo todos pudieron ver que era un palo dorado.
–¿Qué es esto? –preguntó Kate extrañada examinándolo centímetro a centímetro.
–Parece el mango de una espada. –dijo Fer.
–¿Y el filo?, ¿Llegará en la próxima entrega para montar pieza a pieza? –dijo Diane con ironía.
–No lo sabemos, nosotros por lo menos no… –respondió Uriel con pesar– Debemos buscar a alguien que lo sepa y eso lo saben los ángeles superiores que algunos humanos tienen.
–Pues cojamos a cualquier persona a ver si tiene un ángel así y problema resuelto. –dijo Diane.
–No es tan sencillo, tú no has visto la que hay ahí fuera montada, los ángeles de la luz están destruyendo a los humanos por orden del señor de la luz. –dijo Fer seriamente.
–¿Cómo el señor de la luz?... ¿Dios? –dijo Kate extrañada.
–Si quieres llamarlo así… no es aquello que creéis. Se ha hartado de su creación, de que se esté cargando el planeta y ha decidido acabar con ella.
–Espera espera… ¿Su creación somos nosotros verdad? –dijo Diane asustada ante aquello.
–Sí, somos pocos los que nos hemos quedado junto a nuestros protegidos. –dijo Uriel con pena.
–Y los ángeles oscuros han vuelto al submundo ya que nuestra misión es el sufrimiento de los humanos, cosa que ya están haciendo los ángeles de la luz, por lo que no nos vemos afectados y muchos se han vuelto para casa a disfrutar del espectáculo desde allí. –dijo Fer.
–¿Y por qué vosotros no… os habéis ido? –le preguntó Diane.
–Estamos fuertemente unidos a nuestra asignada. –dijo Uriel dedicándole una sonrisa a Kate.
–¿Y yo? –preguntó Diane.
–Tu ángel de la oscuridad se ha ido. –le respondió Fer.
–¿Qué?
–No hay tiempo para eso, debemos irnos ahora. –dijo Uriel seriamente– Podrían encontrarnos de un momento a otro.
–¿Y adónde vamos? –preguntó Kate metiendo el mango de la espada en la caja y de ahí a una mochila negra– Esperad, mi abuela aseguraba poder hablar con su ángel de la guarda.
–Hay miles de personas que aseguran algo así y en realidad… ya sabes. –dijo Diane omitiendo la palabra “loca”.
–Pues muchas están en lo cierto, sus ángeles quieren dejarse ver a sus asignados y hablan con ellos y tu abuela es un caso, solo que no sé si su ángel aún seguirá con ella. –dijo Fer.
–Hay que intentarlo, además una vez cuando fuimos a ver a tu abuela, la vi mover un vaso sin tocarlo desde la distancia… –dijo Diane.
–¿Por qué no me lo dijiste? –le preguntó Kate.
–¿Me ibas a creer? –dijo alterándose– Kate tu abuela tiene poderes, vamos a llevarla a la tele. No suena creíble.
En ese momento escucharon como una ventana del piso se rompía. Mientras Kate sacó el mango de la mochila y lo tuvo en mano por precaución.
Fer salió de la habitación y fue golpeado por sorpresa, haciendo que atravesara la puerta de la casa. Uriel se puso frente al ángel.
–Por favor, no…
Aunque lo golpeó haciendo que atravesara la habitación y atravesando la pared que daba a la calle, Diane se apartó justo a tiempo.
El ángel se asustó al ver que Kate lo señalaba con el mango de la espalda, pero al cabo de un momento al darse cuenta de que ella no sabía cómo usarla, se le dibujó una maligna sonrisa en el rostro y avanzó lentamente hacia ellas, mientras retrocedían y se ponían contra la pared.
En ese momento Kate miró por todas partes esperando a que Fer fuera a salvarlas, pero aquello no parecía ocurrir.
El ángel se inclinó un poco y miró a Kate.
–Este es tu fín Lilith. –dijo con una voz siniestra.
Entonces a Kate se le iluminaron los ojos con una luz blanca intensa, la espada se abrió sola y atravesó al ángel, desapareciendo por completo. En ese momento los ojos de Kate volvieron a la normalidad y perdió el equilibrio por un momento, aunque Diane la sujetó para que no cayera a la calle. Fer estaba allí, había visto la escena en el último momento.
–Lilith… así que es cierto. –dijo sorprendido en voz baja.
–Fer, ayuda a Uriel. –le dijo Diane mirando a la calle.
Al asomarse pudo ver cómo Uriel esquivaba golpes de otro ángel, en ese momento Fer lanzó la espada contra el ángel atravesándolo, haciendo que la espada quedara clavada en el suelo ante Uriel. Él intentó coger la espada oscura pero se disolvió y volvió a la mano de Fer.
–¿En serio? –preguntó Uriel con pesadez ante aquello.
Fer sonrió.
–Cogeros a mí, vamos para abajo. –le dijo Fer a las chicas.
Kate cogió la mochila y obedecieron cogiéndose cada una de un hombro. Su cuerpo desprendía un agradable calor. Descendieron poco a poco hasta llegar a Uriel.
–Has realizado una bonita danza hermano, pero ahora toca aprender a luchar de nuevo, por lo que parece se te ha olvidado. –le dijo Fer a Uriel.
Uriel simplemente apartó la mirada, no quería usar las armas contra otros ángeles de la luz.
–¿Hermano? –preguntó Diane atónita– Pero si vosotros…
–Somos de los pocos casos en que dos hermanos son de bandos distintos, por ellos nos asignaron a la misma protegida. –respondió Uriel estando atento a cualquier movimiento.
“Lilith… empiezo a comprender el por qué nos asignaron contigo en realidad…”, pensó Fer.
–Mi abuela está ingresada en el hospital, no está muy lejos de aquí. –dijo Kate señalando la calle por la que debían ir.
Empezaron a caminar hacia el hospital, estaba anocheciendo y las calles parecían estar ya tranquilas. La gente estaba escondida y no había ni un ángel. La oscuridad era aún mayor y las calles tenían agujeros y rastros de fuego. Las calles estaban desiertas y en algunos lugares había sangre y cuerpos.
Diane miraba la calle con pena al ver la gente muerta, algunos aplastados otros cortados a trozos, otros parecían estar mordidos hasta la muerte.
–¿Dónde están los ángeles? –preguntó Diane con miedo mirando hacia las terrazas creyendo ver sombras.
Aunque lo que vio fue una cortina que se movió debido a alguien que estaba oculto.
–Por la noche son menos activos los ángeles de la luz, por la noche nosotros lo somos más. –respondió Fer.
Ellos iban delante mirando por cada calle, inspeccionando en busca de peligro. Kate y Diane iban detrás, entonces Diane le dijo en voz baja:
–Oye, tus ángeles están muy buenorros, pásame alguno.
–Shh, esto es serio.
Al cabo de un momento, vieron el hospital. Era bastante grande, ya que la ciudad era grande también y debía atender a muchos pacientes de forma diaria. Aunque fuera no había ambulancias, todas parecían haber desaparecido para el servicio o para huir.
–Toma por si acaso. –le dijo Kate a Diane mientras se sacaba un par de linternas de la mochila– No he traído más.
–No nos son necesarias, podemos ver perfectamente en la oscuridad. –presumió Fer.
Entraron en el hospital y vieron que la planta estaba desierta, algunas luces no funcionaban y parecía estar completamente desierto, los asientos estaban por el suelo. Aunque de detrás de una de las mesas de recepción salió una mujer joven con gafas vestida de enfermera con el pelo largo, moreno y mechas azuladas.
–Hola, ¿Venías a por algún familiar? –dijo algo nerviosa.
–Sí, vengo a por mi abuela, Mary Grey.
–Voy a buscar en el ordenador.
Diane se quedó un momento sorprendida al darse cuenta de que los ángeles estaban allí y ella no se había dado cuenta de su presencia, aunque pudo entender que lo estarían haciendo aposta de algún modo.
–Aquí está, segundo piso, el sector B de psiquiatría. Puerta 37 B. ha sido trasladad recientemente.
–¿Psiquiatría? –dijo ella sorprendida– La última vez que vine estaba en otro lugar.
–La trasladaron hará un par de semanas, –dijo la enfermera colocándose las gafas con un dedo– no específica el motivo en el informe. –dijo extrañada– en fín, llegarán cogiendo el ascensor del final del pasillo y siguiendo las señales, una vez allí podrán salir por la puerta trasera, mucha suerte y tengan cuidado ahí fuera.
–¿Sólo estás tú en este hospital? –le preguntó Kate.
–Me temo que sí, aunque si hay alguien más de personal lo desconozco, por ahora no me he atrevido a adentrarme en el hospital sola, además alguien debe cuidar a los enfermos. Desconozco si las luces funcionan al completo, han hecho bien en traer las linternas. Vayan ahora que todo parece más tranquilo. No he escuchado ruidos extraños, aunque no sé si habrá alguna de esas criaturas por el hospital. Que tengáis mucha suerte. –dijo de forma simpática y con una amplia sonrisa.
–Muchas gracias. –le dijo Diane.
–Gracias. –le respondió también Kate.
Caminaron a lo largo del pasillo, viendo papeles desordenados y tirados por todas partes, con luces parpadeando de forma intermitente de por medio.
–Que mal rollo colega… –dijo Diane mirando por todas partes– Es perfecto para una peli de terror.
–Parece que han entrado aquí, puede que hayan más dentro. –dijo Fer advirtiéndoles.
–Vayamos al ascensor y encontremos a Mary, siento que su ángel sigue con ella. –dijo Uriel de forma tranquila y esperanzadora– Por cierto, ¿Cómo habéis acabado con el ángel?
Kate y Diane se sobresaltaron ante la pregunta, no sabían cómo contestarla. Kate era medio consciente y Diane no sabía explicar que Kate había tenido los ojos luminosos.
–Aparecí en el último segundo y lo maté. –mintió Fer.
Era completamente consciente de quién era ella en realidad, Diane también había visto la escena, estaba algo asustada por ello, aunque lo único que importaba era que la conocía y era su amiga del alma y era como su hermana, además la había salvado de aquel ángel.
Llamaron al ascensor y se metieron dentro, pulsaron el botón de la segunda planta y esperaron que se cerraran las puertas, aunque parecía no funcionar. Diane le dio una fuerte patada al ascensor y entonces las puertas se cerraron y se dirigieron hacia su lugar de destino.
–¿Qué haremos una vez encontremos a tu abuela? –le preguntó Diane.
–Supongo que hablaremos con su ángel para que nos diga qué es esto exactamente y cómo se utiliza y para qué. Además… ¿Por qué lo tengo yo? –preguntó mirando a Fer.
–Nos dijeron que te lo diéramos, por eso envié a un mensajero de la oscuridad para que te lo diera. Le pedí que lo consiguiera. Debía ir sin que nadie lo supiera, aunque no se mucho sobre la espada. –le respondió Fer.
“No acabo de recordarlo… aunque puedo suponer lo que es siendo tuyo…”, pensó Fer.
La subida fue lenta, al parecer el ascensor estaba algo estropeado pero no se paró en ningún momento por suerte.
“Lilith…”, pensó muy en su interior Fer sin dejar de mirarla de reojo, aún seguía sintiéndolo.

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