Un MAL padre

Géneros: Gente y Blogs (No ficción)

La biblia menciona nuestra obligación como hijos: "honrarás a tu padre y a tu madre...". Tan permisible engendrar hijos como maltratarlos, sin ser juzgados por una "santa biblia". Existen personas que pasan por nuestra vida para enseñarnos a no ser como ellas.

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Un MAL padre

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Mamá había tenido una discusión con papá. Le había echado la culpa a su disfuncional marido de que nunca hacía nada por arreglar los desperfectos de la casa. Le reclamó que necesitaba cambiar el lugar de la lavadora, para instalarla en un lugar donde no tuviera que levantar botes pesados de agua cuando la lavadora hacía su función de descarga, ya que en donde estaba había un resumidero que se tapaba con facilidad, y el tubo de donde salía el agua tenía que pasar a llenar botes de plástico.
A papá le picó la espina de ayuda, como nunca, un día, después de catorce años. Y entonces escuché, por la tarde, que había puesto manos a la obra.
Hacía un calor infernal, así que agregué vino blanco a un vaso de soda con hielos. Papá estaba cortando un pedazo de madera con el serrucho. Estaba en el patio. Salí. Vi la puerta de metal, oxidada y mugrienta, recargada en la pared que separaba el patio de otra casa, donde había estado por más de diez años. Abrí la boca, y dije, como un acto amigable:
—¿Aún sirve esta puerta?
Estaba pensando en decirle que pudiéramos venderla, ya que era inservible. Pero papá respondió, malhumorado:
—¡No me estés hablando! —gritó, se detuvo y luego añadió, sin pausa—: Si me ves que estoy trabajando, ¡no me molestes! ¿Qué no ves? ¡Deja de hablarme!
Retomó lo que hacía, y no tuve el valor de mirarle a la cara y los ojos inyectados de furia. Me di la vuelta y caminé hacia mi mascota, un perro pequeño y chiflado. Vi cerca una pelota rosa de plástico, y se la pateé. Mi perro nunca gustaba de jugar con pelotas, pero esa vez tenía ganas de divertirse con una. Reí de su inesperada decisión de abrir enormemente el hocico para que la mediana pelota, que cabía perfectamente en mi mano, fuera aplastada con sus dientecitos. Acerqué el pie para empujar la pelota, y en unos segundos ya había olvidado el mal momento.
Pero parecía que a papá eso le molestó más, porque dejó de hacer lo que hacía, caminó hacia mi dirección, pasando por un lado de mí, mientras decía:
—Y luego se pone a jugar con el pinche perro… ¡qué gente tan más pendeja! Nunca salen al chingado patio y ahora están allí estorbando. No saben hacer nada bien —dijo al último, con desprecio y coraje.
Entró a casa, por un vaso de agua, mientras que había notado que, segundos antes de que mi papá llegara a pasar cercas, diciéndome lo que tenía que decir, mi perro había corrido a esconderse debajo de la camioneta. Era como una prueba de que los animales tienen un poder especial para comprender lo que siente cada humano.
No entendía por qué siempre se empeñaba en destruir la poca felicidad que pudiéramos expresar como hijos. Me preguntaba lo mismo: ¿por qué es tan buen amigo con otros, los no son su familia?, ¿prefería vernos tirados en el piso, lloriqueando como mártires y dándole la razón de su desprecio? Para él no significábamos nada más que un error en su vida.
 
«Y nunca se puede cambiar a alguien que no ve más de lo mismo.»

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