6: La carta y el mapa

Las Crónicas de Ondine: El Reino de las Hadas

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Aquel día tampoco pudieron comer nada, pues la cocina del orfanato había sido enterrada en escombros y el bosque calcinado por completo, por lo que los dos mellizos tuvieron que dormir al aire libre en el patio situado detrás de lo poco que quedaba del edificio, sin poder abrigarse o encender un fuego, pues no encontraron madera seca que no estuviera quemada.
     El radiante sol de la mañana despertó a Si. Cuando se levantó, se quitó la camiseta que su hermano le había prestado para no pasar frío y la dejó encima del tembloroso joven, luego caminó por su alrededor sujetándose con las manos su dolorido estómago. No oía nada, ni siquiera el cantar de los pájaros que antes siempre escuchaba y el paisaje, visto a plena luz del día, era aún más desolador. Por alguna razón, las estatuas no parecían deteriorarse por mucho fuego que las envolviera o golpes de escombros recibieran. Las personas convertidas en piedra expresaban a la perfección caras aterrorizadas, como si todavía estuvieran huyendo del dragón. Verlos hacía que un gran dolor consumiera a la chica. Cuando terminó su paseo, regresó al lado de su hermano y observó que incluso mientras dormía su rostro reflejaba su agonía.
     A lo lejos, Si empezó a escuchar lo que parecían ser cascos de caballos trotando y ruedas girando.
     —Escai... Escai... Despierta... Algo se acerca... —advirtió al joven agitando sus hombros.
     Una vez que el chico se despertó y pudo escucharla, se levantó tan rápido como pudo, tomó el tablón de madera más cercano que encontró y se dirigió hacia la calle de piedra situada enfrente del orfanato, seguido por su hermana. Después de acercarse lo suficiente, se escondieron detrás de una parte del destrozado muro que rodeaba el orfanato. Ambos estaban tan hambrientos y les dolía tanto el estómago que no serían capaces de soportar otro día sin al menos beber agua, por lo que los dos desearon que quien se acercaba no fuera ningún aliado de Lion y el dragón enviado tal vez a inspeccionar el lugar en busca de supervivientes. Si quien venía era un mercader, por ejemplo, Escai tenía planeado asaltarlo para robarle la mercancía. Si con suerte eran alimentos al menos podrían comer. Eso, si sus pocas fuerzas no le fallaban.
     Lo que se acercaba era un pequeño carromato del que tiraba un caballo. Se detuvo enfrente del orfanato y luego el conductor bajó de su asiento. Era el anciano bibliotecario, por lo que al verle los chicos abrieron los ojos de par en par, abandonaron su escondite y caminaron hacia él tan rápido como sus débiles piernas se lo permitieron. Además, el chico soltó su arma.
     —¡Granfáder!
     Al verles en ese estado tan deplorable, el hombre les observó asombrado y no pudo reconocerles en un principio, mas después les recibió en sus brazos.
     —¿Qué ha sucedido? —preguntó cuando se separaron.
     Ambos agacharon las cabezas con tristeza.
     —Lion... nos ha traicionado a todos... —respondió Escai.
     El sabio abrió con asombro sus pequeños ojos, retiró el toldo que ocultaba la parte trasera del carromato y tomó varias cestas de pan, frutas, carne y pescado. Iban a ser provisiones para el orfanato, mas era evidente que ya no iban a hacer falta.
     —Debéis de estar muertos de hambre. Comed, hijos míos, comed y contadme todo lo que ha pasado.
     Así, mientras llenaban sus hambrientos estómagos, relataron al sabio todo cuanto había acontecido, quien les escuchó atentamente y sin interrumpirles. A pesar de que eran los mismos alimentos que ingerían siempre, nunca tuvieron un sabor tan exquisito como aquel día. Una vez que terminaron, el sabio entregó a cada uno un cubo de agua que no tardaron en vaciar. Después sintieron cómo recuperaban sus fuerzas.
     —Abuelo, ¿por qué no ha estado estos días en el orfanato? ¿A dónde ha ido?
     El sabio se rascó su desdeñada barba antes de responder.
     —Necesitábamos más comida y quería comprar nuevos libros para poder leerlos a los niños durante la noche y hay una tienda en una ciudad lejana que tiene excelentes ejemplares, así que aproveché la situación para dirigirme allí. Pero...
     Los tres miraron el edificio derrumbado con tristeza.
     —¿Qué vamos a hacer ahora? —murmuró Si.
     El anciano se rascó de nuevo la barba, esta vez pensativo. Los hermanos le observaron fijamente, aguardando su respuesta. Un minuto después, les miró seriamente.
     —Venid conmigo, hijos míos. Voy a revelaros un secreto que ha permanecido oculto desde el día en el que su alteza llegó.
     Si y Escai se miraron desconcertados. El anciano les entregó un abrigo de pieles para hacerles entrar en calor y, una vez que se lo pusieron, se dirigieron al patio trasero. Se detuvieron enfrente de un pequeño cobertizo de madera derrumbado.
     —Retirad los restos.
     Los chicos dejaron el abrigo sobre una roca cercana y comenzaron a apartar todos los tablones de madera rotos y chamuscados que sepultaban el suelo de aquella pequeña construcción. Los mellizos aún estaban débiles, mas los leños no pesaban demasiado, por lo que no tuvieron muchos problemas. Pasados unos minutos, descubrieron que el fuego que había incendiado el cobertizo también había quemado el suelo de madera, bajo el cual había una trampilla de metal con una pequeña palanca de la misma aleación al lado.
     —Tirad de la palanca.
     Al hacerlo, la trampilla se abrió, revelando un pasadizo secreto que conducía escaleras abajo, donde varias antorchas colgadas en la pared se iluminaron al mismo tiempo.
     —¿Qué es... este lugar...? —murmuró el joven, quien jamás pensó que algo así existiera en el orfanato.
     —Bajemos y descubrámoslo.
     El fuego de las antorchas les mantuvo cálidos durante su descenso, aunque les costaba respirar debido a todo el tiempo que aquel misterioso lugar había permanecido cerrado.
     Cuando bajaron el último peldaño caminaron en línea recta por un pasillo rodeado de columnas tan deterioradas que daban la impresión de poder derrumbarse en cualquier momento. Al final les esperaba otra puerta por la que cruzaron sin tardar, llegando a una sala rectangular con columnas y antorchas a ambos lados, telarañas en los rincones y un arcón en el fondo.
     —Hace diez años, cuando la princesa llegó al orfanato —empezó a contarles Granfáder mientras se dirigían hacia el contenedor—, su valido me pidió que construyéramos un pasadizo secreto para esconder algo. Decidimos ocultarlo aquí porque pensamos que sería el lugar más insospechado.
     Los tres se detuvieron enfrente del baúl.
     —¿Qué escondisteis? —inquirió el chico.
     —Eso es lo que vamos a averiguar. Aquel hombre me dijo que, cuando llegara el momento, él mismo vendría en persona a decírmelo. Lamentablemente ya nunca lo hará.
     Los mellizos recordaron con tristeza cómo Lion acabó con su vida junto a los dos guardias que trataban de proteger a Mari.
     —¿Y si aún no ha llegado el momento? —se cuestionó Si.
     —Mi querida niña. Por mucho que esperemos, nadie nos dirá cuándo llegará. No podemos hacer nada más.
     Dicho eso, el bibliotecario abrió el arcón y sacó lo que parecían ser una carta y un mapa, mas al no haber suficiente luz en aquel lugar para leerlos, decidieron volver a la superficie.
     De regreso al patio, los niños volvieron a ponerse el abrigo del sabio y, sentados cada uno sobre una roca, observaron atentamente la carta. Puesto que Si era quien mejor sabía leer, ella sostenía el escrito, el cual tras hojear las primeras líneas revelaba que lo había redactado el legítimo de la princesa. También parecía estar dirigido a Lion, como si hubiera tenido fe en que fuera él quien lo descubriera.
     Si yo aún me encontrara en este mundo, os habría resumido gustosamente el texto que tenéis en vuestras manos. Si en cambio estáis leyendo esto, es porque he fallecido. Y, tristemente, mi vida no será la única que se perderá. Os imploro la merced de leer muy atentamente estas palabras, pues podríais ser vuestra señoría la última esperanza de este mundo. O alguien capaz de llegar hasta quien realmente lo sea. Aunque el mundo ha sido salvado gracias a vos, nuestro salvador Lion, el héroe de Ondine; y a vuestro espadón del Dragón de Fuego, mucho me temo que esto no ha terminado. Vuestra prometida la pequeña princesa Mari, quien en estos momentos sólo tiene seis años, ha estado teniendo terribles pesadillas. Sueña con un mundo envuelto en oscuridad, caos y destrucción. Estos sueños son un presagio de un mal todavía mayor que, tarde o temprano, aparecerá. Para proteger a la pequeña de un posible atentado del pueblo o incluso de ese mismo mal, fue que decidí llevarla al orfanato. Pero con todo el dolor de mi corazón debo decir que, aunque confío en que estará a salvo un tiempo, no será para siempre. Algún día la oscuridad regresará y, tanto ella como el anillo que porta, estarán en peligro. La sortija que lleva en la mano derecha se llama Luz Purificadora y se trata de uno de los cinco objetos legendarios que un milenio atrás derrotó al Dragón Demoníaco. Sus majestades, quienes en paz descansen, lo encontraron en un antiguo templo de Ondine treinta años atrás. Por alguna razón que escapa a mi comprensión su alteza parece ser la única capaz de controlar el poder que esconde, mas eso no será suficiente para salvar el mundo. Si queremos derrotar al terrible mal que está por venir, debemos volver a reunir los cinco objetos legendarios. Afortunadamente poseemos dos, pero no sabemos dónde están los demás. No obstante, sé quién podría ayudarnos: Jasmine. La reina de las hadas. Por desgracia, todos los soldados a los que he enviado a preguntarle al respecto han obtenido la misma respuesta negativa. Por alguna desafortunada razón se niega a decirnos nada. En lugar de eso nos envió un mapa de nuestra nación, Lune. Dijo que algún día alguien que amara profundamente este mundo y tuviera un deseo verdadero de salvarlo sería capaz de ver algo diferente en él. Por más que se lo he enseñado a cientos de personas con corazones bondadosos, ninguno ha podido observar nada fuera de lo común. Si estáis leyendo estas líneas es que el mal al que tanto tememos ha aparecido. Os lo ruego: acudid a Nevina, el reino de las hadas, y suplicad ayuda a su gobernante. Su hogar es poderoso, jamás caería tan fácilmente ante la oscuridad. Pero si muy a mi pesar ella también hubiera muerto buscad a alguien que pueda leer el mapa, encontrad los objetos legendarios y acabad con el mal que nos amenaza. Os lo suplico.
     Terminada de leer la carta, la chica se la devolvió al anciano.
     —Así que volver a reunir los cinco objetos legendarios... Una tarea difícil, sin duda —comentó rascándose la barba.
     El escrito había dejado anonadada a Si. En esas líneas había encontrado respuestas a muchas preguntas que siempre se había hecho y, a su vez, nuevas dudas. Ahora comprendía por qué su amiga nunca se quitaba ese anillo y cómo era posible que les salvara la vida. También el significado de esos terribles sueños que en más de una ocasión le había comentado que tenía y que no sabía a qué se debían. Con sólo seis años una terrible carga se había puesto sobre los hombros de su amiga y Si, ajena a esto, sólo pasaba felizmente cada día a su lado cuando iban al orfanato y anhelaba volver a verla cuando se marchó. Sólo pensarlo hizo que su corazón se encogiera.
     —Imposible, diría yo —las palabras de Escai sacaron a la joven de sus pensamientos—. Después de todo, el espadón del Dragón de Fuego está en manos de Lion y el anillo acabó convertido en piedra igual que su dueña.
     Sus palabras fueron como un frío y afilado puñal para Si.
     —Eso aún no lo sabemos... —protestó con voz afligida.
     El joven la miró con seriedad. Sabía que sus palabras le dolerían, mas quería hacerle ver la realidad de una vez.
     —El dragón la alcanzó de lleno con su llamarada petrificante y ya estaba demasiado cansada como para que el anillo la protegiera y, aunque hubiera sobrevivido a eso, el dragón aún seguía ahí, destrozando todo con su fuego.
     Pero la chica se negaba a aceptarlo. No quería aceptarlo. Con el rostro lloroso intentó encontrar consuelo en los ojos del anciano, mas este pensaba de la misma forma que Escai.
     —Por más que miro este papel, no veo nada extraño —comentó el chico observándolo al lado del sabio.
     Secándose las lágrimas, Si se acercó a ellos y miró el mapa por encima del hombro del anciano. En él aparecían dibujados con tinta todos los reinos de Lune y extrañamente uno de ellos resaltaba emitiendo una débil luz rojiza. Creyendo que el sol estaba reflejando justo ese punto o que su propia vista la engañaba, miró la hoja desde varios ángulos y se frotó los ojos, mas seguía avistando una luz situada en el mismo lugar.
     —¿Qué es esta luz? —preguntó perpleja señalándola, pero ni el sabio ni su hermano pudieron ver nada.
     Un día algunos años atrás, Si y Mari se encontraban en la habitación de la noble, contemplando fascinadas un mapa de la nación que el anciano les había prestado. Mientras pensaban fascinadas en el impresionante hecho de poder ver todo Lune en una hoja tan pequeña, Mari comentó que su mayor deseo era viajar por todo el mundo y hacer felices a las personas que no lo fueran. Cuando su amiga le preguntó por qué quería hacer algo tan difícil, contestó que deseaba que todos amaran el mundo tanto como ella lo hacía. "Además, quiero que viajemos juntas y ver el mundo a tu lado". Su respuesta cautivó a la chica. Gracias a ella, Si había aprendido a apreciar más el mundo y a las personas que vivían en él. Y, desde ese momento, pasó a tener el mismo deseo que ella.
     —Yo no veo nada. ¿No estarás viendo sólo la luz del día?
     —No. Es una luz pequeña de color rojo.
     —¿Una luz roja? No te estarás burlando de mí, ¿verdad?
     —¡Idiota! ¿¡Crees que mentiría en algo como esto!?
     Mientras que ellos discutían, Granfáder estaba asombrado. —Si nosotros no podemos ver la luz... pero tú sí... significa que eres la persona a la que buscaba la reina de las hadas.
     Ambos hermanos le miraron con incredulidad.
     —¿Yo? —la chica miró el mapa de nuevo. La luz seguía ahí.
     —¿Qué es lo que señala la luz, pequeña?
     —Señala... Nevina. El reino de las hadas.
     —Entonces debéis ir allí.
     —¿Por qué nosotros? —inquirió Escai.
     El hombre se rascó la barba antes de responder.
     —Porque sois los únicos que presenciasteis y sobrevivisteis a la traición de Lion y la caída de Spica. La reina debe saber esto y, si realmente Si es la persona a la que está buscando, entonces sois los más idóneos para hablar con ella. Tal vez así nos cuente lo que sabe acerca de los objetos legendarios.
     —No. No tenemos ninguna obligación de hacer esto. Podría ser muy peligroso y yo ya he perdido a suficientes personas. No arriesgaré la vida de mi hermana. Ella no puede ser la única que ame este mundo y desee salvarlo, así que iremos a la ciudad más cercana, avisaremos a la guardia y les entregaremos la carta y el mapa. Los soldados sabrán qué hacer.
     —Y, si cuando lleguéis, ¿esa ciudad también ha sucumbido?
     —Entonces iremos a la siguiente.
     —Y después ¿qué haréis, hijo mío?
     Escai agachó la cabeza.
     —Iremos a otro orfanato. Allí estaremos a salvo...
     Pero el sabio negó con la cabeza.
     —Me temo que, ahora que un terrible mal ha llegado de nuevo a este mundo, ya no existe ningún lugar seguro.
     —Entonces huiremos hasta que otro logre derrotarlo. Ya sucedió hace mil años, seguro que esta vez también.
     —¿Y si nadie más lo logra? —intervino Si de repente.
     Ambos se volvieron hacia ella.
     —No estarás diciendo... que quieres ir a Nevina, ¿verdad? —la chica asintió, enfureciéndole—. ¿¡Te has vuelto loca!? ¡Es demasiado peligroso! ¡Quién sabe lo que podría pasarnos!
     —Ya lo sé... —confesó afligida a la vez que el recuerdo de la última sonrisa de la princesa pasaba por su mente.
     —¿¡No ves que sólo somos unos niños!? ¡Esto no es uno de esos cuentos del abuelo donde los buenos siempre ganan! Esto es real y hablamos de buscar los objetos legendarios y derrotar a un mal de un poder abrumador. Es imposible que lo logremos.
     —Si no lo logramos... al menos quiero hacer todo lo posible para proteger este mundo... que tanto amaba Mari... —harto de que la chica no pudiera dejar de pensar en la noble, su hermano iba a gritar de nuevo, mas Si siguió hablando—: ¿Y acaso no juraste ayer frente al orfanato que te vengarías de Lion?
     Escai no pudo responder. Aunque lo declaró en un momento en el que odio le había invadido por completo y no pensaba con claridad, quería cumplir su palabra, mas no sabía cómo.
     —Él nos ha arrebatado todo. Nuestra familia... nuestros amigos... nuestro hogar... y hará lo mismo a todas las personas que viven en este mundo, ¿¡de verdad te parece bien esconderte mientras millones de personas sufren el mismo destino sabiendo que tenemos una mínima oportunidad de detenerlo!?
     El joven agachó la cabeza con el rostro ensombrecido. Él no amaba el mundo, sino que lo odiaba. Lo culpaba por el hecho de que Si y él hubieran nacido sin padres en una tierra de desgracia y discriminación donde por el simple hecho de nacer en una familia u otra los ricos lo tuvieran todo y los pobres nada. Él no amaba ni deseaba proteger un lugar así. Sólo quería el bienestar de su hermanita, la única persona que siempre le había querido y había estado a su lado.
     —«De hecho, antes tú pensabas igual que yo».
     Un mundo donde eran despreciados y rechazados por la gran mayoría de las personas sólo por ser diferentes. Antes, Si también lo odiaba.  Y pareció detestarlo aún más cuando Mari se unió al orfanato. Pero, con el paso del tiempo, la chica logró hacerle cambiar de opinión. Cuando eso pasó, Escai llegó a detestarla, pensando que estaba alejando a su hermana de él. Y el día que se marchó sin avisar a nadie, pasó a aborrecerla con toda su alma por abandonarla. Aun así, sabía que Si seguía queriéndola y conservando en su corazón todo cuanto la princesa le había enseñado. Por eso quería pasara lo que pasara llegar hasta ella el día de su boda. Para reprocharle todo el daño que le hizo a su hermanita y preguntarle por qué lo hizo.
     —Hijo mío. Justo porque sólo deseas el bien a tu hermana debéis cumplir esta tarea. Sin importar a dónde vayáis, mientras este nuevo mal amenace este mundo no estaréis a salvo.
     Escai sabía que tenía razón. Y también que, sin importar lo que dijera o hiciera, Si intentaría cumplir con la misión. Si así estaban las cosas, si de verdad su hermana estaba dispuesta a arriesgar su vida, entonces él la protegería.
     Habiendo tomado su decisión y sabiendo que no tardaría en arrepentirse de ello, la animó con un abrazo.
     —De acuerdo... Iremos... —cedió, para gran alivio y alegría de la chica, quien también le envolvió entre sus brazos—. Pero sólo iremos a contarle a Jasmine lo que ha pasado. Después ya veremos lo que hacemos —le advirtió, posando las manos en sus hombros y mirándola con seriedad. Ella asintió sonriente.
     Al mirarla, recordó la caída de Mari y temió que esa fuera la última vez que viera a su hermana sonreír.
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Si te ha gustado el capítulo, te pido que me lo hagas saber pinchando en el corazón que hay justo debajo y me sigas para estar al tanto de más capítulos. Gracias :D
  • Mathew-image Mathew - 01/05/2019

    Me encanto el Càpitulo

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