7: El templo del Hada de Agua

Las Crónicas de Ondine: El Reino de las Hadas

visibility

298.0

favorite

2

mode_comment

1


La noticia no tardó en extenderse por todo Lune. La capital de Ondine, Spica, había caído y tras ella muchas más ciudades estaban sufriendo el mismo destino a manos de Lion.
     Granfáder pensó que, para cuando llegaran a la ciudad vecina en el carromato, esta también habría sido ya destruida y, si eso sucedía, no podrían comprar más provisiones, por lo que los mellizos y él se dirigieron a un pueblo más pequeño al que tardaron tres días en llegar. Tuvieron que racionar sus provisiones lo mejor que pudieron para no pasar mucha hambre pero mereció la pena, pues aquella tierra aún no había sido incendiada por las llamas del dragón ni había llegado noticia alguna de tal cosa, por lo que el anciano vendió los libros que había comprado y gastó todo su dinero en tanta comida y agua como pudo. No había tiempo que perder, por lo que tan pronto como terminaron sus compras abandonaron el lugar. Aunque informaron a la guardia y a los pueblerinos acerca de lo que había pasado en Spica, nadie les creyó, por lo que no pudieron hacer nada más salvo marcharse y rogar por su seguridad.
     Los niños no podían evitar desprender un olor nauseabundo, pues había pasado dos días en las alcantarillas y no habían podido bañarse. Aun así, por comprensión y respeto el anciano no soltó queja alguna. Ni siquiera llegó a poner mala cara.
     Por el camino, Granfáder les contó (además de muchos cuentos con la esperanza de animarles, mas fue en vano) que el reino de las hadas se encontraba en una isla flotante al oeste de la nación a cientos de miles de kilómetros de distancia, protegido por una barrera mágica que acababa con cualquiera que intentara atravesarla. Estupefactos, Si y Escai preguntaron cómo llegarían hasta allí, mas con una sonrisa reconfortante el hombre les explicó que hace cinco siglos, cuando Nevina fue creado, se construyó un templo en cada uno de los cinco reinos de Lune en los cuales había un portal mágico que en un principio conectaban con los demás, permitiendo así a todos desplazarse muy rápido por toda la nación. Sin embargo, con el paso de los años los humanos los aprovecharon para atacar y conquistar ciudades de otros reinos, lo que obligó a las hadas a sellar los templos con magia para que nadie excepto ellas pudiera cruzarlo. Así pues, sólo ellas pasaron a poder atravesarlos y la mayoría de las veces era para comerciar con los humanos hasta que, por razones desconocidas, con el paso del tiempo dejaron de hacerlo. La última vez que fueron vistas fue hace diez años, cuando algunas decidieron luchar junto a los humanos contra el ser que intentó destruir el mundo.
     Sin saber si realmente recibirían ayuda o no una vez que llegaran al templo construido en Ondine, viajaron durante casi un mes comiendo poco cada día y acampando cada noche en bosques, deteniéndose sólo algunas veces diariamente para dar de comer y beber al caballo que tiraba del carromato.
     Y así, finalmente, llegaron a la espesura donde se ubicaba el templo del Hada del Agua. Llevando cada uno un macuto lleno de comida y cantimploras con agua, comenzaron a caminar por la arboleda. El mapa estaba dentro del costal de Si, quien preguntó al anciano por qué el templo recibía dicho nombre.
     —Cuenta una leyenda que hace cinco siglos, cuando se creó el templo, los humanos que recorrían este mismo bosque pasaban al lado de un manantial donde siempre veían a una bella muchacha bañándose mientras cantaba una hermosa canción. Era un hada que danzaba y cantaba tanto debajo como sobre el agua con tal gracia y encanto que parecía que el manantial y ella fueran una. Todos los que la escuchaban y veían quedaba cautivados por todo su ser. Por eso el templo pasó a llamarse así. Lamentablemente, cuando años después las hadas sellaron los portales, aquella muchacha que a tantos hombres había enamorado dejó de aparecer. Unos dicen que se enfadó con los humanos, algunos que la asesinaron y, otros, que simplemente regresó a su reino. Nadie lo sabe con certeza.
     La historia, a excepción del final, le pareció hermosa a Si, mas su hermano la vio ridícula. El hecho de que un hombre pudiera enamorarse de una mujer sólo por su belleza y su talento al bailar y cantar le parecía absurdo. También el propio hecho de enamorarse de un hada. Los humanos debían estar sólo con otros humanos del sexo opuesto, cualquier otra posibilidad le resultaba incomprensible. Al menos él estaba seguro de que jamás se enamoraría de un chico o un hada.
     De repente, tras pasar por unas ramas que tuvieron que apartar con las manos, los tres vieron algo que les hizo temblar: se trataba del cadáver de un hombre con un amplio y profundo mordisco en el torso y sangre por doquier, como si hubiera sido la presa de una bestia de enormes mandíbulas.
     —Parece que no estamos solos en este bosque... Estamos a punto de llegar, por lo que debemos seguir. Procurad no hacer ruido y, si veis a la criatura, no os mováis ni habléis. Tendremos más posibilidades de sobrevivir estando quietos que corriendo.
     Pasando al lado del cadáver, continuaron caminando en línea recta por una senda que les llevó a una encrucijada por la que siguieron caminando hacia el oeste. Aunque el anciano parecía mantener la calma, los niños no dejaban de mirar a todas partes por si veían al monstruo, incapaces de ocultar su temor. Aún no había anochecido, pero tantos árboles altos con centenares de ramas y miles de hojas había que era poca la luz que llegaba, por lo que orientarse resultaba complicado.
     Repentinamente, la chica dio un fuerte grito y, cuando su hermano y el sabio miraron alarmados en la misma dirección que ella, avistaron más cadáveres con grandes mordiscos.
     —¿Por qué hay tanta gente aquí...? No estamos cerca de ninguna ciudad —se preguntó Escai mientras que su hermana sólo podía pensar en la horrorosa escena que contemplaba.
     —Podrían ser cazadores o gente que, al igual que nosotros, buscaba el templo. Después de todo, el reino de las hadas es el lugar más seguro en todo el mundo.
     Tras unos minutos andando por la frondosidad del bosque teniendo cuidado con cada paso que daban para evitar pisar ninguna rama que pudiera hacer ruido al partirse y alarmar al monstruo, escucharon un estruendoso rugido no muy lejos.
     —Abuelo... La bestia... —murmuró Si, temblando de miedo.
     El sabio les ordenó con un gesto que mantuvieran silencio.
     —Debemos seguir adelante.
     Sus palabras casi hacen gritar a Escai, mas logró contenerse.
     —Si seguimos avanzando, seguro que nos encontramos con ella... Tenemos que cambiar de dirección.
     —No. Desconocemos si hay más de una y, si nos desviamos ahora, podríamos perdernos y entonces seríamos presas seguras —ambos querían y confiaban en el sabio, pero no podían evitar dudar acerca de su plan—. Si la vemos, no hagáis ni un solo ruido, caminad muy despacio y, pase lo que pase, incluso si os mira a los ojos y parece dispuesta a atacaros, no corráis.
     Tal y como era inevitable, unos minutos después avistaron a la criatura, por lo que se escondieron tras el arbusto más cercano. Era tan grande como un león, su piel era de un color amarillo pálido con rayas en el cuerpo y manchas negras en las patas. Sus garras eran largas, afiladas y ensangrentadas. Estaba tumbada, mordisqueando tranquilamente a su víctima más reciente. Era una escena tan sangrienta para los mellizos que el hombre les acarició suavemente y les invitó con un gesto a dejar de mirar y proseguir su camino. Avanzaron agachados, con pasos muy lentos e insonoros. Mientras que los jóvenes (cuyos corazones latían más rápido que nunca) procuraban no mirar a la bestia para no asustarse aún más, Granfáder la observaba fijamente para asegurarse de que no les sorprendiera.
     Una vez que se alejaron tanto que el anciano la perdió de vista, todos pensaron que estaban a salvo, por lo que suspiraron aliviados. Fue entonces cuando sintieron una espeluznante presencia a su espalda. No había duda acerca de quién era.
     Después de darse la vuelta muy despacio y con rostros aterrorizados, los tres contemplaron a la criatura. Su hocico y su boca aún estaban manchados de sangre y, con sus grandes y amarillentos ojos, les miraba amenazadoramente. Emitía rugidos leves y su cuerpo estaba rígido, preparado para lanzarse a por ellos en cualquier momento y despedazarlos. Por un momento, ambos hermanos pensaron que iba a descuartizarlos en ese preciso instante, por lo que su primera intención fue salir corriendo, mas sin saber si fue por recordar las palabras del sabio o simplemente por estar paralizados a causa del miedo, no se movieron en lo más mínimo, incluso procuraron contener la respiración. Sorprendentemente, el anciano mantenía una calma inquebrantable que ambos envidiaron.
     —«Malvados espíritus oscuros, malvados espíritus oscuros, marchaos y no volváis nunca más u os daré una patada en el trasero...» —dijo la chica en su mente, tratando de calmarse.
     —Si... Muéstrale el mapa de la reina de las hadas.
     Ante la orden del anciano, los chicos le miraron atónitos, preguntándose cómo podía pedir algo así.
     No obstante, al escuchar las palabras del sabio, la criatura pareció tranquilizarse. Primero dio un paso hacia delante mirando fijamente a la muchacha y luego rugió con más fuerza, como si ella también deseara que lo hiciera.
     Sin saber qué más podía hacer, la joven sacó la hoja del macuto y la situó enfrente de los grandes ojos de la bestia, quien la observó atentamente hasta que de repente...
     —¿Qué ves en el mapa? —inquirió con voz potente y grave.
     Los mellizos pusieron los ojos como platos. ¿¡La bestia acababa de hablar!? Ante la falta de respuesta de la chica, la criatura rugió de nuevo, por lo que Si reaccionó.
     —Veo... una luz roja aquí... —contestó, señalando Nevina.
     El monstruo observó el plano unos segundos y después a la chica. Luego una misteriosa luz casi tan cegadora como el sol la envolvió por completo, obligando a los tres a taparse los ojos. En el interior de aquel resplandor, la bestia cambió de forma, convirtiéndose en una bella mujer de cabello largo y blanco, ojos azules tan puros como el océano, con unas largas y centelleantes alas a su espalda y un vestido blanco de seda sin más decoración. Los hermanos la observaron con fascinación.
     —¿Eres... un hada...?
     Mirándoles con ojos gélidos y amenazantes, la mujer asintió.
     —¿Cómo supo que esa bestia era yo? —preguntó al anciano.
     —Mi edad y curiosidad me han dado mucho conocimiento.
     —Mi nombre es Aqua: guardiana del templo al que os dirigís —se presentó con voz solemne—. No obstante os pido que os marchéis, pues nadie os recibirá en el reino de Nevina.
     —¿¡Qué!? ¡Pero nos disteis este mapa con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera ver luz en él! ¿¡Para qué lo hicisteis, si de todos modos no ibais a recibir a quien lo consiguiera!? —protestó Escai, indignado.
     La mujer le miró con seriedad.
     —Repartimos diversos mapas por todo el mundo con la esperanza de que viniera un guerrero valiente y poderoso, no dos niños y un anciano que claramente no lo son.
     —¡Oh, perdónanos entonces por decepcionaros! —exclamó con ironía—. ¡Pero no vamos a irnos sin ver a la reina!
     —Entonces me ocuparé de vosotros.
     Recordando que esa bella mujer podía transformarse en un monstruo capaz de matar humanos de un mordisco, Escai retrocedió un paso mientras que la miraba con desprecio.
     —¡Basta, por favor, no hemos venido aquí a pelear! —intervino la chica, situándose enfrente de ambos—. Por favor, señorita Aqua, el mundo entero está en peligro, te suplico que nos dejes ver a la reina de las hadas. El héroe de Ondine nos ha traicionado y junto a un dragón está destruyendo una ciudad tras otra. La única manera de detenerles es consiguiendo todos los objetos legendarios y para eso necesitamos su ayuda.
     La dama de fríos ojos observó indecisa a la chica durante unos segundos hasta que suspiró.
     —Aunque os permitiera llegar al templo y pudierais entrar, mi ayuda no os serviría de nada.
     —Imagino que lo dices debido al conflicto entre los humanos y las hadas —supuso el anciano.
     La mujer asintió con la cabeza.
     —Las hadas no confiamos en los humanos desde hace cinco siglos, cuando nos vimos obligadas a sellar los portales que construimos para que ambas razas pudiéramos estar en continuo contacto, y que vuestra especie en cambio utilizó no sólo para tener guerras entre vosotros, sino también atacarnos y saquearnos. Después de cerrarlos, decidimos que ningún humano volvería a poner un solo pie en nuestras tierras.
     Escai quiso preguntarle de nuevo a gritos por qué habían repartido entonces mapas por todo el mundo y por qué les odiaban por actos que habían cometido otros, mas previniendo sus intenciones su hermana le exigió silencio con un gesto.
     —Comprendemos vuestros motivos... Sin duda habéis tenido que sufrir mucho. Pero queremos hacer todo lo que podamos para proteger nuestro mundo. Si no confías en nosotros, entonces si es necesario llévanos hasta la reina vigilándonos de cerca en forma de bestia. Por favor.
     La mujer suspiró de nuevo.
     —De acuerdo... —los tres se miraron alegremente—. Os llevaré hasta el templo del Hada del Agua. Me temo que no puedo hacer nada más. El resto dependerá de vosotros.
     —¿El resto? ¿A qué te refieres?
     —Lo averiguaréis cuando lleguemos.
     Así pues, los cuatro emprendieron la marcha. Para asombro de Granfáder y los muchachos, su destino no se encontraba en la dirección por la que habían estado caminando, por lo que de no haberse encontrado con el hada se habrían perdido.
     Antes de conducirles hacia el templo, la mujer les llevó a un manantial, ya que pensó que el grupo querría descansar. Agradecidos con ella, el anciano se sentó encima de una roca y bebió agua de una cantimplora que los chicos rellenaron para él. Por su parte, ellos se quitaron sus sucios y rotos harapos y se bañaron por petición de la dama para verse más presentables. Aunque el agua estaba muy fría, no tardaron en relajarse.
     —¿Eres el Hada de Agua? ¿Y es este el mismo manantial que el de esa leyenda? —quiso saber Escai.
     La dama negó con la cabeza.
     —Ni ese manantial ni el Hada de Agua como tal han existido nunca. No es más que otra de muchas leyendas que los humanos inventasteis. Que aquí haya uno y mi nombre sea similar sólo es una coincidencia. No obstante, sí es cierto que durante los primeros años tras la creación del templo muchas hadas se bañaban tranquilamente en este mismo lugar.
     Si miró a su alrededor. No había ni flores ni animales, muchos árboles estaban talados y casi toda la vegetación muerta. Era un paisaje realmente triste y desolador.
     —Este lugar debía de ser precioso.
     —Lo era —afirmó apenada—. Hasta que los humanos lo destruisteis como tantos otros lugares.
     Cuanto más tiempo permanecían allí, más culpables se sentían los mellizos por estar descansando a la vez que probablemente otra ciudad era aniquilada, por lo que tan pronto como se sintieron mejor, pidieron continuar.
     Después de salir del manantial, bebieron un poco más de agua, rellenaron sus cantimploras y prosiguieron el viaje. Mientras avanzaban, la chica contemplaba fascinada las bellas alas del hada y, sin darse cuenta, las tocó ligeramente, causando que estas revolotearan, por lo que se disculpó rápidamente. Por su parte, Escai tenía otras dudas en mente.
     —¿Cómo puedes transformarte en una bestia?
     —Mi reina me concedió el poder para hacerlo. De alguna manera tengo que proteger el templo y el bosque.
     —Pero... también devoras humanos...
     —Al igual que vosotros, yo también necesito alimentarme.
     Los tres intercambiaron miradas de incredulidad.
     Unos minutos después, finalmente llegaron al templo. Las paredes eran de roca y estaban cubiertas de musgo, la puerta era tan alta como un gigante y cuando los muchachos se acercaron más observaron que no tenía cerradura ni pomo. Sin embargo, como si hubiera sentido la presencia de la dama, se abrió de par en par tan pronto como ella se detuvo justo enfrente.
     —Sólo un hada puede abrir la puerta —explicó a los chicos, quienes la miraban asombrados.
     Después cruzó por esta y se volvió hacia los tres.
     —Este templo, al igual que el reino, está protegido por una barrera mágica creada por su majestad que sólo aquellos con un corazón puro son capaces de cruzar.
     Escai tragó saliva. Él sabía que, con el odio que sentía por el mundo, por lo mucho que detestaba a Mari y por sus ardientes deseos de venganza contra Lion su corazón no era nada puro.
     —¿Y si tu corazón no lo es? —preguntó temeroso.
     El rostro de la mujer se ensombreció.
     —Entonces tu cuerpo se desvanece.
     Su respuesta encogió el pecho del joven. Estaba seguro de que su hermana sería capaz de entrar, mas él nunca podría.
     —Superar esta barrera es como una prueba. Si no estáis dispuestos a afrontarla, marchaos inmediatamente y jurad que nunca volveréis. Si lo hacéis, dejaré que os vayáis.
     Si se llevó una mano al pecho, respiró profundamente y dio un paso al frente dispuesta a afrontar el desafío. Siendo ajena a los verdaderos pensamientos de Escai, suponía que la seguiría. De haberlos conocido, le habría detenido a toda costa, El joven se encontraba en la fuerte indecisión de arriesgarse a adentrarse en el templo de todos modos o confesarle la verdad a su hermana, cuando Granfáder llamó a ambos. Al volverse hacia él, les abrazó tiernamente. Una extraña sensación que nunca habían sentido recorrió sus cuerpos.
     —Escuchadme bien, hijos míos, pues este podría ser el último consejo que os dé: no importa el peligro que afrontéis o las veces que penséis que estáis solos y sin esperanza, recordad que mientras os tengáis el uno al otro seréis capaces de superar cualquier dificultad y que yo pensaré en vosotros cada segundo de mi vida aguardando vuestro regreso, ¿de acuerdo?
     Sus palabras, aunque motivadoras, parecían una despedida, lo cual asustó a ambos.
     —¿Es que no vendrás con nosotros, abuelo? —inquirió Si.
     El sabio sonrió y se rascó la desdeñada barba.
     —Me temo soy muy viejo y sólo haber llegado hasta aquí ya ha hecho que me duela todo mi blando cuerpo. Aunque pudiera acompañaros, no podría ayudaros, así que debemos separarnos.
     —¡Eso no es cierto! —protestó el chico—. ¡Te necesitamos! ¿¡Cómo sabremos qué hacer!? ¿¡Quién nos consolará cuando estemos tristes o nos contará cuentos por las noches!?
     Sin poder evitarlo, lágrimas bañaban los rostros de ambos niños. El anciano tomó una mano de cada uno y las entrelazó.
     —Acabo de deciros que, mientras estéis juntos, superaréis cualquier dificultad y aunque mi cuerpo mortal no esté junto a los vuestros, mi corazón siempre lo estará. Y estoy seguro de que la reina de las hadas os ayudará todo cuanto pueda —los jóvenes se secaron el rostro y asintieron—. Ahora marchad, hijos míos, pues no debéis perder más tiempo.
     —Volveremos, abuelo. Te lo prometemos.
     —Y, cuando lo hagamos, nos contarás la mejor de tus historias. ¿Verdad, abuelo?
     El anciano soltó una carcajada.
     —Por supuesto. Pensaré la más magnífica del mundo durante este tiempo y os la contaré cuando regreséis.
     Los chicos asintieron y se volvieron hacia la puerta. Aunque Escai seguía temiendo no poder superar la prueba, no se echó atrás. Si ponía todo su fervor en su deseo de proteger a su hermanita, lo conseguiría. Así pues, ambos se tomaron de las manos una vez más y caminaron hacia delante.
---------------------------------------------------------------
 
Si te ha gustado el capítulo, te pido que me lo hagas saber pinchando en el corazón que hay justo debajo y me sigas para estar al tanto de más capítulos. Gracias :D
  • Mathew-image Mathew - 23/05/2019

    Me encanto el capitulo uwu

Este sitio usa cookies para tu sesión de usuario y mostrarte publicidad.

De acuerdo