9: Anime

Las Crónicas de Ondine: El Reino de las Hadas

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El viaje sólo duró un segundo. Pero, en ese tan corto lapso de tiempo, los mellizos experimentaron sensaciones que nunca antes habían sentido. Primero fueron cegados por una deslumbrante luz breve e intensa y luego notaron sus cuerpos desnudos desvanecerse. Un instante después, se hallaban al otro lado del portal vestidos y enteros, aunque mareados.
     Al mirar al espejo, observaron que de este no surgía luz alguna y que el cristal era tan blanco y opaco como el del templo del Hada del Agua, lo que significaba que tras atravesarlo había vuelto a cerrarse. Luego miraron a su alrededor. El templo de Nevina era idéntico al de Ondine con la diferencia de que este estaba mejor cuidado. Extrañamente no vieron a la custodia. Si se suponía que ella les había permitido pasar, ¿por qué no se encontraba allí para recibirlos? Ambos tuvieron un mal presentimiento, mas lo único que podían hacer era salir de allí, por lo que comenzaron a caminar.
     Al fondo del pasillo avistaron la puerta principal ligeramente entreabierta, lo cual les alivió, pues al recordar que sólo las hadas podían abrirla, por un momento pensaron que permanecerían allí encerrados hasta que Luz regresara. El portón era muy pesado, por lo que ambos tuvieron que emplear todas sus fuerzas para moverlo y, una vez que lo lograron, la luz del sol les golpeó con fuerza en los ojos debido al tiempo que habían pasado a oscuras. Cuando su visión se esclareció, observaron los sobresaltados y horrorizados rostros de decenas de hadas observándoles fijamente y, antes de que los desconcertados chicos pudieran decir nada, la mayoría empezó a gritar y a huir volando. Debido a este alboroto, unos extraños hombres con orejas puntiagudas y equipados con armaduras les acorralaron y apuntaron con espadas, lanzas y hachas. Escai se apresuró en empujar a su hermana detrás de él mientras que ella les rogaba a gritos que les escucharan y, aunque ambos pensaron que les matarían en ese momento sin siquiera dejarles hablar, afortunadamente sólo les exigieron permanecer quietos y con las manos en alto hasta que llegó un hada a quien todos los guerreros abrieron paso sin tardar. Se trataba de una señora de cabello rubio claro y ojos verdes con un vestido dorado y sencillo de diseño similar al de Aqua. Al ver sus ojos cargados de seriedad y desprecio los mellizos supusieron quién era.
     —¿Cómo habéis cruzado el portal? —les preguntó con voz agresiva y cortante.
     Los chicos intercambiaron una mirada de preocupación. Por lo que parecía no había sido la custodia quien les había permitido entrar. No obstante, sólo Luz era capaz de abrirlo, por lo que no podían decir nada más. Debía de haber sido ella.
     —La... custodia... nos ha dejado entrar —contestó Si.
     —Mientes —espetó ella, para temor de ambos—. Yo no he abierto el portal —tal y como supusieron, esa señora era Luz.
     —Pero... nos observó a través del espejo, ¿verdad? —murmuró con voz entrecortada, intentando mantener la calma.
     —En efecto. Admito que me sorprendió que, después de tanto tiempo, dos humanos lograran entrar en el templo. Pero me marché sin escucharos y, por supuesto, sin abrir el portal, así que vuelvo a preguntaros: ¿cómo habéis entrado?
     A ambos le molestaron sus palabras. Avergonzada por todo lo que había dicho frente al espejo y apenada por saber que había sido en vano, la joven agachó la cabeza con tristeza mientras que Escai miraba al hada con rabia.
     —El portal se abrió de repente y ya que Aqua nos dijo que sólo usted podía abrirlo, pensamos que podíamos entrar.
     Dicha su respuesta, los hermanos pensaron que la mujer ordenaría a los hombres de orejas puntiagudas que les mataran en ese momento. Afortunadamente no lo hizo.
     —Ciertamente yo soy la única autorizada a abrirlo y no lo hice. Eso significa que, o pudisteis abrirlo de alguna forma, o alguien de este reino lo hizo —dicho eso permaneció pensativa unos segundos—. Os daremos el beneficio de la duda, humanos, y os llevaremos al calabozo. Permaneceréis allí como nuestros prisioneros hasta que os hagamos llamar. Si descubrimos que habéis empleado algún tipo de magia o algo similar para llegar hasta aquí, podéis daros por muertos.
     —Excusadme, mi señora, pero no estoy de acuerdo.
     Algunos soldados de orejas puntiagudas se apartaron para dejar paso a la persona que acababa de hablar. Se trataba de un hombre de casi dos metros de estatura. Su cabello era rubio verdoso, sus ojos pequeños y de color rojo claro, su piel pálida y vestía una armadura más adornada y pesada que las de los demás, incluyendo una capa roja a su espalda.
     —Usted sabe perfectamente que nadie en este reino osaría abrir el portal sin su consentimiento, por lo que es evidente que han debido de utilizar algún extraño pero poderoso encantamiento. Podrían ser brujas disfrazadas de humanos —sus palabras asustaron a toda hada que le escuchó—. Propongo ejecutarlos inmediatamente para evitar posibles problemas.
     Los mellizos temieron que la mujer le obedeciera. Mas cuando Escai iba a protestar, la custodia dijo con desprecio:
     —Las brujas no tienen el poder suficiente para entrar en los templos ni abrir un portal. Aun así, agradezco tu sugerencia y la consideraremos. Pero, por ahora, les encerraremos.
     Los chicos suspiraron aliviados. Mientras que la señora y el hombre discutían, muchas hadas observaban escondidas a los recién llegados, algunas detrás de árboles y otras de casas. Además, desde lo que parecía ser un extraordinariamente grande palacio una mujer les miraba desde detrás de la ventana de medio arco de una de las torres.
     —¡Pero... mi señora...!
     —¡Basta! Esto no es una discusión. Tú no tienes ningún derecho a intervenir ni en mi decisión ni en la de ninguna otra hada. Recuerda cuál es vuestra posición y por qué estáis aquí.
     El hombre adoptó durante unos instantes una expresión de desprecio, luego aparentemente calmado asintió con la cabeza sonriente, se inclinó respetuosamente ante ella y se marchó.
      La custodia ordenó con un gesto a los soldados más cercanos que se llevaran a los prisioneros, quienes temiendo lo que podía ocurrirles si oponían resistencia, decidieron obedecer. Nadie se dio cuenta de que, escondida tras un gran árbol, un hada les observaba atentamente con una sonrisa.
     Para evitar riesgos les obligaron a mantener las cabezas agachadas en todo momento con las manos levantadas a la vez que media docena de armas les apuntaban durante todo el camino y, una vez que entraron en el espectacular palacio que habían avistado desde fuera, el carcelero les llevó escaleras abajo hacia las mazmorras, les quitó los macutos y les encerró en diferentes celdas. Eran pequeñas, oscuras, malolientes y sólo contaban con una cama. Antes de marcharse, el guardia les dijo que regresaría cuando fuera la hora de cenar y que les sacaría cuando la reina decidiera qué hacer con ellos.
     Las horas pasaron con una agonizante lentitud y, en ese frío lugar donde la única luz que había era una solitaria antorcha encendida y colgada en una pared cercana, no podían saber cuánto tiempo faltaba para que anocheciera.
     Sin nada más que hacer, los mellizos pasaron el tiempo hablando y durmiendo hasta que, por fin, escucharon los pasos de alguien que se acercaba. Era de nuevo el carcelero. Les traía un poco de carne, unas rodajas de pan y un vaso de agua.
     —Dale mi parte a ella.
     El hombre asintió y entregó ambas raciones a Si, quien pese a sus esfuerzos por protestar, el chico le exigió que la aceptara. Debido a que el guardia no iba a irse hasta que la joven terminara de comer, no pudo hacer más salvo obedecer. Una vez que acabó, el carcelero tomó los platos y los vasos vacíos y se marchó. Pensando que ya nadie bajaría al calabozo hasta la mañana siguiente, los chicos se tumbaron en sus respectivas camas y trataron de quedarse dormidos esperando que mañana pudieran finalmente hablar con Jasmine y recibir su ayuda.
     No obstante, sí que recibieron una visita más. Fue a medianoche. Despertados por los extraños ruidos de lo que parecían ser rocas o aceros chocando, los hermanos se levantaron y vislumbraron a un hada pasando algunos platos llenos de comida por entre las rejas de la celda de Si y dejándolos en el suelo. Cuando sus miradas se cruzaron, la misteriosa chica le sonrió amablemente. Después dejó el resto de la platería que llevaba dentro de la celda de Escai, quien incapaz de ver su rostro con claridad, la miró con asombro.
     —Perdón por no haberos ayudado antes pero, aunque hubiera dicho la verdad, si no era en presencia de la reina no me habrían creído y probablemente a mí también me habrían encerrado. Nos vemos mañana.
     Aquella fue la voz más tierna y dulce que el chico había escuchado en su vida. Antes de que pudieran darse cuenta, ella ya había desaparecido como si su acto de presencia no hubiera sido más que un sueño. Sin embargo, los alimentos que había traído seguían allí, por lo que ambos comieron todo y escondieron los platos debajo de sus camas para que el carcelero no los descubriera. Luego volvieron a dormirse.
     El guardia les despertó tan pronto como el sol salió. Les traía el desayuno y, aunque Escai quiso darle de nuevo su parte a su hermana, el hombre insistió en que se la comiera él, pues ignoraba que aquella noche alguien más les había dado comida.
     El hombre regresó a medio día y, abriendo las celdas, les informó de que la reina deseaba verles. Los chicos caminaron delante, siendo apuntados por el hacha del hombre.
     Una vez fuera del palacio se dirigieron a una gran plaza rodeada de casas que les recordó a Spica. Cientos de hadas y hombres de orejas puntiagudas se habían reunido y, frente a ellos, se encontraban: Luz, el hombre con el que había discutido ayer y una hermosa mujer de cabello anaranjado, ojos cristalinos, un vestido blanco con bordado dorado y decorado con flores de diferentes tipos y colores; y unas alas relucientes, plateadas y con lunares morados. En sus manos sostenía un mapa, probablemente el que los soldados le habían quitado a Si.
     Una vez que llegaron hasta ella, el guardia les forzó a arrodillarse. Ya no tenían dudas: ella era la reina de las hadas.
     —En pie —ante la orden de la monarca, los chicos se levantaron—. Mi nombre es Jasmine: reina de Nevina. Vosotros debéis de ser Si y Escai —ambos asintieron—. He hablado con Aqua. Me ha contado todo cuanto le dijisteis a ella y ha confirmado que el portal del templo del Hada del Agua se abrió después de vuestras palabras, por lo que dudo mucho que pudierais utilizar ningún tipo de magia sin que se diera cuenta —dicho eso, se volvió hacia la multitud que les observaba atentamente—. Eso significa que uno de vosotros lo abrió sin permiso. Que el responsable se muestre y seré benevolente.
     Mientras que todos se miraban mutuamente con rostros perplejos, Luz y su acompañante suspiraron. Ninguno de los dos creía que realmente hubiera sido uno de ellos.
     Pero entonces, una alegre y animada voz que los chicos ya habían escuchado antes gritó:
     —¡Fui yo!
     De la turba un hada voló hacia su majestad. Al verla a plena luz del día, Escai se ruborizó. Su cabello era pelirrojo, largo, rizado y resplandeciente; sus ojos verdes y brillantes como esmeraldas, sus mejillas sonrosadas, llevaba un vestido amarillo con una falda ajustada y sus alas eran pequeñas y plateadas.
     Una vez que aterrizó, saludó a la gobernante con una encantadora y elegante reverencia. Luego se volvió hacia los mellizos y les dedicó una sonrisa angelical que hizo que el corazón del chico latiera estrepitosamente rápido. Era una joven unos centímetros más alta que él y, sin duda, la chica más alegre, encantadora y guapa que jamás había visto.
     —¡Hola! ¡Buenos días! ¡Soy Anime! ¡Encantada!
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Si te ha gustado el capítulo, te pido que me lo hagas saber pinchando en el corazón que hay justo debajo y me sigas para estar al tanto de más capítulos. Gracias :D

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