10: La audiencia

Las Crónicas de Ondine: El Reino de las Hadas

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Mientras que los mellizos y la reina y su séquito observaban perplejos a la chica, un gran barullo se formó entre la multitud y perduró hasta que la monarca exigió silencio con voz firme.
     —Anime.
     —¿Sí?
     Cada palabra que decía sonaba melodiosa y enérgica, y su mirada no expresaba temor alguno, sino entusiasmo y alegría. No se parecía en absoluto a las hadas que ya habían visto.
     —Como sabes, la única autorizada a abrir el portal es Luz.
     —¡Sí!
     La custodia suspiró. Anime era tan infantil que hablar seriamente con ella era como hacerlo con un niño.
     —Ella decidió no abrir el portal. Entonces ¿por qué decidiste contradecir su decisión y abrirlo?
     Antes de contestar, Anime miró brevemente a los chicos.
     —Ella podía ver la luz en el mapa —respondió señalando a Si—. ¿No era eso lo que hemos estado esperando tanto tiempo?
     El barullo se formó de nuevo. Comprendiendo lo que había pasado, Luz la miró indignada. Mientras que ella escuchaba la historia de los dos humanos, ella había estado espiándola y, cuando se marchó sin abrir el portal, Anime lo hizo en su lugar y huyó antes de que alguien la viera, dejando la puerta entreabierta para que los hermanos pudieran salir por esta.
     La reina hizo callar nuevamente a sus súbitos.
     —En efecto. No obstante, muchos han intentado engañarnos afirmando falsamente que podían ver algo diferente en el mapa.
     —Y todos acababan muertos gracias al encantamiento que protege el reino —intervino el hombre situado al lado de Luz.
     —No podemos confiar en los humanos tan a la ligera y menos sabiendo que el mal al que temíamos ha llegado. ¿Entiendes que tu acto podría habernos puesto en peligro?
     La chica asintió, aunque no parecía nada arrepentida.
     —Pero ellos pudieron entrar en el templo. ¿No es prueba suficiente de que son diferentes a los demás?
     —Bueno... Sí, pero... —respondió dubitativa.
     —¡Pero son humanos, majestad! ¡Es imposible que sean ellos a quienes estábamos esperando! —protestó Luz con un tono claramente despreciativo hacia los mellizos.
     —Estoy de acuerdo, majestad. Llevamos muchos años buscando a alguien capaz de ver luz en los mapas ¿y justo lo encontramos cuando el mal llega al mundo? Es demasiada coincidencia. Podrían ser brujas o siervos de la oscuridad dotados de poderes tan grandes como para burlar la barrera.
     —Si fueran tan poderosos, ¿no habrían destruido ya el reino al igual que tantas otras ciudades? Y la oscuridad no puede ver la luz roja en el mapa, por lo que es imposible que ese sea el caso. Además, cuando le contaron su historia a Luz, sus ojos eran sinceros. No importa lo poderosos o mentirosos que sean, los ojos reflejan el corazón y este no puede mentir. ¿Verdad?
     Dicho eso, sonrió a la reina, quien no sabía cómo responder.
     —¡Majestad, os ruego que no la escuchéis! —exclamó el hombre con cierto tono de desprecio hacia la joven—. Este es un asunto muy serio y esta... chica ha cometido un crimen muy grave contra el reino permitiendo a estos humanos entrar sin permiso, no podemos confiar en lo que dice.
     Murmullos de aprobación hacia sus palabras se escuchaban por parte de la multitud. Ese hombre parecía tener el apoyo del pueblo, mas Anime no se preocupó por ello.
     —Si ese es el caso, tampoco creo que debamos confiar en lo que dice alguien que está mostrando prejuicios contra ellos sólo por ser humanos —respondió con una sonrisa angelical, ocasionando que la mirara con furia—. Además, hay una razón más por la que estoy segura de que no tienen malas intenciones.
     —¿Y cuál es? —inquirió la reina.
     Anime dio un paso hacia ellos, quienes la miraron desconcertados. Un segundo después, sin siquiera darse cuenta de lo que acababa de pasar, ambos se encontraban entre los brazos del hada, fuertemente apretados contra su pecho y envueltos en su dulce aroma de flores.
     —¡Son tan adorables! —declaró tan alto como pudo, apretándoles tan fuerte que estaba asfixiándoles—. ¡Mirad sus caritas tan monas! ¿¡Cómo alguien con una cara tan bonita iba a tener malos pensamientos escondidos!? ¡Imposible, imposible!
     Centenares de miradas de asombro se clavaron en ella. Mientras que la reina desviaba la cabeza avergonzada, Luz y quien la acompañaba la miraron con desesperación.
     Cuando la chica se dio cuenta de que les estaba haciendo daño, les soltó bruscamente, haciéndoles caer al suelo. El color en sus rostros era una mezcla de rojo por la vergüenza y morado por la asfixia. Escai no supo si se sentía decepcionado por no estar ya entre sus brazos o aliviado por seguir con vida.
     —¿Y soy yo quien tiene prejuicios?
     —Quizá sólo les dejó entrar porque les pareció de buen ver...
     —De todos modos, Anime tiene razón. No podemos ignorar que esa chica puede ver luz en el mapa y que ambos entraron en el templo, incluso si son humanos —afirmó Jasmine.
     Su séquito la miró boquiabierto.
     —¡Majestad, esperad! ¿¡Acaso confiaréis en esos humanos!?
     Ignorando las réplicas de la custodia, la reina caminó hacia los chicos, quienes la miraron con nerviosismo y temor.
     —Anime. ¿Estás segura de que podemos confiar en ellos?
     —¡Sí! —aseguró sin pensarlo.
     Su corazón no albergaba dudas. Se lo dijeron sus ojos. Los de los niños expresaban preocupación y miedo, no maldad.
     —Si. Escai. Continuaremos nuestra conversación en privado. Acompañadme —dicho eso, su majestad comenzó a caminar, mas cuando se dio cuenta de que la joven hada también la seguía, se volvió hacia ella—. A solas.
     La joven se disculpó avergonzada y luego sonrió dulcemente a los chicos, quienes no sabían cómo agradecerle lo que había hecho por ellos. A la vez que los tres se alejaban, un gran alboroto se armó entre los cientos de hadas y hombres.
 
 
De camino al palacio de la reina, los chicos pudieron contemplar fascinados parte del pueblo en el que estaban. Las calles eran más pequeñas que las de Spica, lo cual les hizo suponer que en aquel reino no utilizaban ningún medio de transporte. Lógico, pensaron, pues si ellos tuvieran alas también las utilizarían para volar por todas partes sintiendo el roce del viento en vez de ir sentados en lentos carruajes. Aunque tampoco parecía que los hombres de orejas puntiagudas pudieran desplazarse por el reino más que con sus pies.
     Había dos tipos de casas, como descubrieron tras mirar al cielo. El primer tipo eran sencillas, de tejados de color negro y alineadas por las calles. Eran más pequeñas que las de Spica y todas iguales, sin diferencias notorias. El otro tipo eran viviendas colgadas en los altos y grandes árboles que había fuera, en los extensos jardines que rodeaban el pueblo, sostenidas por gruesas ramas. También eran más variadas: algunas tenían forma cuadrada, de huevo, triangular e incluso circulares. Las paredes parecían hechas de piedra y, al igual que los tejados, cada una estaba pintada de un color diferente.
     A punto de llegar al palacio, los mellizos se dieron cuenta de que estaban siendo seguidos por la multitud. También tuvieron la sensación de que muchas hadas les espiaban desde el cielo.
     Como ya se habían dado cuenta, el palacio real era el edificio más grande de todo el reino. Parecía relucir con centelleantes destellos dorados, las paredes daban la impresión de estar bañadas en oro y contaba con cuatro torres con gigantescos diamantes en las cúspides. Aparentemente a la reina le gustaba decorar sus tierras con piedras preciosas.
     Dos hombres de orejas puntiagudas armados con alabardas protegían la entrada principal, mas tan pronto como vieron llegar a la reina se apartaron. Ante su llegada, la puerta se abrió por sí sola, como si también estuviera bajo su merced. Una vez dentro, recorrieron el vestíbulo principal a la vez que las sirvientas saludaban a Jasmine con reverencias. Llegaron a una puerta tan larga que alcanzaba el techo, de un rojo tan brillante como un rubí. También esa se abrió por sí sola. Conducía al salón del trono, donde había cinco columnas en cada lado y una larga alfombra roja en el suelo que comenzaba en la puerta y se expandía hasta el dorado asiento adornado con una amplia variedad de diamantes, esmeraldas, topacios y ópalos entre otras. Las únicas ventanas eran de medio arco y estaban tan altas que no había forma de alcanzarlas para un humano.
     Los tres caminaron por la gran alfombra y, una vez que la monarca alcanzó su trono, se sentó en él y observó a los chicos, quienes se detuvieron enfrente de ella.
      —Puedo ver en vuestros cansados y entristecidos rostros que habéis pasado por muchas penurias antes de llegar hasta aquí. Así pues, os concederé la audiencia que buscabais —sus palabras alegraron a los mellizos. Finalmente lo habían conseguido. Estaban enfrente de Jasmine, la reina de las hadas. No obstante...—. Aqua ya me ha contado vuestra historia, por lo que no es necesario que la repitáis. No os haré esperar más por mi respuesta: me temo que no puedo ayudaros.
     Los mellizos pusieron los ojos como platos.
     —¿¡Entonces por qué has repartido mapas por todo el mundo, si no ibas a ayudar a quien pudiera ver luz en ellos!?
     Normalmente, Si habría regañado a su hermano por su falta de modales, mas el hecho de pensar que el esfuerzo de llegar hasta allí podría haber sido en vano la dejó inmóvil.
     Jasmine miró el mapa, el cual aún seguía en sus manos.
     —Tal y como os dijo Aqua, esperábamos que quien viniera fuera un guerrero lo suficientemente poderoso como para cumplir la misión de volver a reunir los cinco artefactos ancestrales —así parecían referirse las hadas a los objetos legendarios—. En cambio, habéis venido vosotros. Si os enviara a buscarlos, no os aguardaría más que la muerte. Sería como si yo misma os quitase la vida. No puedo hacer algo así.
     Era lo mismo que Escai pensaba. Sin embargo...
     —Entonces ¿por qué no envías a tus hombres a buscarlos?
     La reina permaneció en silencio unos segundos.
     —Porque no tengo motivos para ello —ambos la miraron estupefactos—. Nevina es el lugar más seguro del mundo. Sin importar qué tan poderoso sea el mal que nos amenace, jamás podrá llegar hasta aquí tan fácilmente. Es por eso que, mientras que nosotros no seamos un estorbo para él, estaremos a salvo.
     El chico no daba crédito a las palabras que escuchaba.
     —Así que mientras tu reino esté a salvo ¿¡no te importa que los millones de habitantes del resto del mundo mueran!?
     —Por supuesto que me importa. Es por eso que repartí tantos mapas como pude por todo el mundo. No obstante, debes comprender que como reina de Nevina mi mayor prioridad es proteger mi pueblo, no el vuestro. No puedo poner en peligro a mis súbditos para salvar unas tierras que no me incumben.
     —Entonces, si no encuentras a nadie más que pueda ver luz en los mapas, ¿no harás nada?
     —Me temo que no —respondió con tristeza en su voz.
     Furioso, el chico sintió unas fuertes ganas de estrangularla hasta la muerte. Pero, en ese momento, Si se arrodilló ante ella.
     —Os lo ruego. Permitidnos intentar encontrar los artefactos.
     El acto de la chica asombró tanto a la reina como al joven. A pesar de que él le había explicado que sólo iban a ir a Nevina para informar de la situación a la monarca, ahora que ella se había negado a ayudarles sabía que no podría persuadir a Si de buscar los objetos legendarios por muy difícil que fuera. Había estado asimilándolo y preparándose para aceptarlo durante todo el tiempo que habían tardado en llegar.
     —Yo también te lo suplico —le imploró, postrándose.
     Lo que nunca en la historia había sucedido, Jasmine lo estaba contemplando con sus propios ojos: dos humanos arrodillándose ante ella, pidiéndole que les ayudara a encontrar los objetos legendarios. Ante una situación semejante, su mente quedó en blanco unos segundos y necesitó un par de minutos para decidir lo que haría. Ellos aguardaron su respuesta.
     —Lo decidiremos con una prueba —los mellizos alzaron sus cabezas y miraron perplejos al hada—. Si. Ya que es cierto que mandé tantos mapas como fui capaz al mundo de los humanos para encontrarte, ahora no tengo derecho a detenerte si realmente deseas arriesgar tu vida para encontrar los artefactos. Sin embargo, Escai, ya que tú no eres capaz de ver luz en ellos no puedo enviarte sin más a una muerte segura, así que sólo te permitiré acompañarla si superas el desafío que te impondré.
     Observándola con seriedad, el chico tragó saliva.
     —Acepto la prueba. ¿En qué consistirá? ¿Cuándo será?
     —Mañana al mediodía. Entonces te contaré todo al respecto.
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Si te ha gustado el capítulo, te pido que me lo hagas saber pinchando en el corazón que hay justo debajo y me sigas para estar al tanto de más capítulos. Gracias :D

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