11: El duelo

Las Crónicas de Ondine: El Reino de las Hadas

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Al día siguiente, un dulce aroma a flores y una voz angelical despertaron a Escai. Enfrente de él se encontraba la joven hada pelirroja de ojos verdes como esmeraldas, sonriéndole.
     —¡Buenos días!
     El corazón del chico latía con tanta fuerza que podía oírlo.
     —Buenos... días...
     —¿Estás bien? —preguntó de repente, preocupada—. Tienes la cara roja. ¿Estás enfermo?
     Para comprobar su temperatura, Anime juntó su frente con la suya, causando que este se ruborizase y se apartara, mas a causa de ello la hamaca donde había dormido se balanceó con fuerza, haciéndole caer al suelo. El hada no pudo contener la risa.
     —¡No te rías! ¡No es gracioso! —protestó levantándose.
     —Perdón, perdón.
     Su risa era tan dulce que, sin importar que estuviera burlándose de él, no fue capaz de enfadarse con ella.
     —¿No recuerdas que ayer la reina te dejó dormir en esta casa? —le consultó, sentándose encima de la cama.
     El chico trató de recordar. Era cierto. Después de hablar con la reina, dos guardias les escoltaron hasta dos casas vacías del pueblo, donde cada uno entró en una. Allí pasaron el resto del día por orden de Jasmine, sin poder salir.
     —Ya lo recuerdo —afirmó mirando la hamaca—. Nunca había dormido en una de estas cosas. Preferiría una cama normal, pero supongo que es mejor que dormir en la cama de piedra del calabozo o a la intemperie.
     —Cuando era pequeña casi siempre dormía a la intemperie. Me gustaba sentir la naturaleza junto a mí. Y, en verano, veía muchas luciérnagas volar por las noches. A veces acababa siguiéndolas en sueños y, al despertarme, me daba cuenta de que me había subido a la copa de algún árbol.
     Escai quería sentarse a su lado, mas no se atrevió. No obstante, como si hubiera intuido sus intenciones, la joven le invitó con un gesto a tomar asiento. Sonrojado, aceptó.
     —Cuando estoy triste o preocupado me gusta subirme a lugares altos, como a las copas de los árboles. Me siento relajado —le contó, recordando sus días en el orfanato.
     Al mirar a la joven se percató de que ella le estaba mirando fijamente, por lo que sus rostros volvieron a encontrarse tan cerca que el chico se sobresaltó de nuevo, acabando otra vez en el suelo. Para evitar caer con él, Anime agitó sus alas para mantenerse en el aire. De nuevo echó a reír.
     —Perdón, culpa mía —se disculpó mientras que el joven se ponía en pie—. Hasta que llegasteis, nunca había visto a un humano, así que quería mirarte más de cerca.
     —No pasa nada... —balbuceó con el rostro completamente rojo—. Por cierto, ¿por qué has venido?
     Esta vez fue ella quien se alarmó.
     —¡Es cierto! —espetó aterrizando en el suelo, recordando el motivo de su visita—. La reina me ha pedido que viniera a despertarte. Es la hora de tu prueba.
     —¿Ya es mediodía? —preguntó asomándose por la única ventana que había y mirando al cielo—. ¿No voy a desayunar?
     Un pequeño rugido procedente de su estómago corroboró su hambre, haciendo reír de nuevo a la chica.
     —Bueno, se supone que no deberíamos hacer esperar a la reina, pero... —dijo cogiendo un zurrón que llevaba colgado en la cintura—. No pasará nada por llegar unos minutos tarde.
     Sacó algunas bayas, cerezas y manzanas que dejó encima de la pequeña mesa situada en el centro de la casa y se sentó en una de las dos sillas colocadas al lado.
     —¿Seguro... que no tendrás problemas por traerme esto? —inquirió, preocupado a la vez que conmovido, tomando asiento.
     —Mientras que nadie lo descubra, no.
     Escai empezó a comer observado de cerca por la curiosa y alegre chica, quien mantenía los codos apoyados sobre la mesa y las manos sujetándose sus sonrosadas mejillas. Fue uno de los momentos más agradables e incómodos de su vida. Cuando terminó le entregó las sobras para que las guardara en el zurrón.
     Una vez fuera, se encontraron en una de las calles.
     —¿Todas estas casas son también idénticas por dentro, como lo son por fuera? —se preguntó el joven.
     —No sé. Nunca he estado en casa de un elfo.
     El chico arqueó confundido una ceja, claramente expresando su desconcierto ante ese concepto.
     —Son los hombres de orejas largas que ya has visto.
     Los dos comenzaron a andar. Por el camino se encontraron con varias hadas y elfos. Todos le miraban con desconfianza.
     —Creía que en el reino de las hadas sólo vivían... hadas.
     —Y así era hasta hace unos cien años, cuando tras una de las muchas guerras que tuvieron contra los humanos sus hogares fueron destruidos y muchos de ellos murieron, por lo que decidimos acoger a los supervivientes en nuestro hogar.
     Cerca de ellos había un pequeño grupo de niños elfos y niñas hadas jugando juntos. Escai sonrió al verlos, pues le recordaban a los críos del orfanato.
     —¿Y cómo es que la barrera que protege este reino no les afecta a ellos? ¿Realmente todos poseen un corazón puro? —al formular su pregunta, recordó al desagradable hombre que había rogado a la reina echarles de Nevina o tal vez algo peor.
     Anime se rio.
     —Lo dudo mucho. Lo que la reina hizo fue modificar la barrera para hacerles inmunes a ella.
     Tras pasar de largo, Escai escuchó unas voces enfurecidas. Al darse la vuelta observó que algunas hadas y elfos adultos habían separado a los niños mientras se gritaban mutuamente.
     Anime también les observó.
     —A pesar de que llevamos casi cien años conviviendo, aún no nos llevamos muy bien —comentó con una sonrisa apenada.
     Una multitud tan grande como la del día anterior había vuelto a reunirse en la plaza. La reina también había llegado y estaba acompañada por Si, Luz, el hombre que a ninguno de los mellizos agradaba y tres elfos equipados con armaduras comunes de los cuales uno portaba dos espadas y sostenía una cota de malla. Otro llevaba además un casco puesto. Al ver a su hermano, la chica corrió hacia él y le abrazó.
     —¿Has desayunado?
     Si asintió.
     —El hombre que vino a buscarme me trajo comida.
     Sintiéndose aliviado, el joven soltó a la chica y caminó hacia la reina seguido por las muchachas. Jasmine declaró que era la hora de que se enfrentara a su prueba. En primer lugar le ordenó que se pusiera el peto que habían traído para él, por lo que el soldado que lo llevaba se la entregó. Una vez que se equipó con él, Escai notó que pesaba más de lo que había imaginado. Luego el mismo elfo le entregó una espada.
     —Tu prueba consistirá en batirte en duelo contra uno de nuestros espadachines más recientes e inexpertos. Si ni siquiera eres capaz de vencerle a él, será evidente que no tienes la fuerza necesaria para buscar los artefactos ancestrales.
     Su contrincante, el cual era el elfo que protegía su rostro con un yelmo, se situó en posición.
     —Ten cuidado, esas espadas son de verdad, podrías hacerte mucho daño —le advirtió Si, preocupada.
     —Estaré bien, hermanita —la reconfortó sonriente.
     Dicho eso miró amenazadoramente a su adversario. Al no poder ver su cara, se preguntó qué expresión estaba adoptando.
     Al cabo de unos tensos segundos después de que ambos se colocaran en sus puestos, la monarca ordenó iniciar la batalla. Los aceros de los chicos no tardaron en chocar y, tras parar algunas estocadas, el elfo tiró al joven al suelo. Aunque intentó levantarse rápidamente, el peso de la armadura se lo impidió. Cuando al fin lo logró, se dio cuenta de que su oponente había estado esperando por él con un aire desafiante que le molestó tanto que sin pensar se lanzó a su encuentro con ataques llenos de furia, mas el espadachín detuvo todos con suma facilidad sin retroceder ni tan siquiera un paso. Tras detener otro golpe cargado de furia, le dio una patada en el pecho que le derribó y, al ponerse de pie, probó a hacer lo mismo, mas su enemigo le agarró la pierna y tiró de ella, lanzándole por tercera vez al suelo. Mientras que el público aclamaba al elfo, Escai se sentía humillado y desesperado. Hiciera lo que hiciera acababa derribado. No sabía cómo derrotarlo.
     —Malvados espíritus oscuros, malvados espíritus oscuros, marchaos y no volváis nunca más u os daré una patada en el trasero... —murmuró la muchacha, preocupada.
     Anime la miró perpleja. Creía haberla escuchado decir algo.
     Tras estampar contra el suelo por sexta vez a su adversario, el elfo pasó a la ofensiva. Primero en el hombro, luego en la cadera y después en la pierna. Estaba ejecutando veloces y precisos golpes que sólo llegaban a rozar su piel haciendo evidente que sólo se estaba divirtiendo haciéndole sufrir y que, de haber querido, habría podido terminar el combate hace ya rato. No obstante, eso le daba una idea al muchacho. Cada vez más sangre caía de su cuerpo, preocupando más a las chicas. Mas sin intenciones de renunciar, para asombro de todos se quitó su armadura y continuó atacando ahora más ligero. Al no poder moverse tan rápido como él, su oponente fue retrocediendo, mas continuó teniendo la ventaja hasta que tras avistar un hueco en la defensa de su enemigo dirigió con ferocidad su acero hacia él con la intención de causarle otra herida más en el mismo lado de la cadera donde ya le había alcanzado. Pero, como si hubiera estado esperando por ello, Escai logró esquivar el ataque justo a tiempo, sorprendiendo a su adversario con la guardia baja y el torso al descubierto. Confiando en que ese golpe le diera la victoria, acometió contra el desprotegido elfo con toda su fuerza, quien lo único que pudo hacer fue apartarse lo más rápido que pudo, recibiendo un roce tan mínimo que ni siquiera alcanzó su piel. Habiendo apostado todo en ese golpe, ahora era él quien estaba desprotegido y, por sus previas heridas y su inexperiencia nada pudo hacer para evitar el espadazo que recibió en su lastimada cadera, gritando de dolor mientras caía al suelo.
     —¡Escai! —gritó su hermana intentando correr hacia él, pero un elfo le agarró del brazo para impedírselo.
     La reina observó con mala cara al espadachín. Ella sabía que el chico a quien había escogido para el duelo no era tan hábil como para recuperarse de la forma de la que lo había hecho.
     El elfo miró disimuladamente el hombre que detestaba a los humanos y, al verle asentir sonriente, caminó hacia el abatido joven con la intención de finalizar el duelo. Aunque no estaba permitido matarlo, sí podía lanzarle un golpe mortal con la excusa de estar asegurando su victoria. Uno con el que el muchacho no pudiera volver a caminar nunca. Así pues, preparando su ataque, alzó la espada y, entonces, recibió una rápida patada voladora en la cabeza tan fuerte que le derribó.
     Tras salvar al chico, un hada aterrizó tranquilamente en el suelo, escuchando los gritos de asombro de la multitud.
     —¡Anime! ¿¡Cómo te atreves a intervenir!? —exclamó Luz.
     Aprovechando la confusión del momento, Si se zafó del hombre que la retenía y corrió hacia su hermano sentándose a su lado y tratando de darle ánimos para resistir el dolor.
     —Bueno... He pensado que, ya que ese chico ha hecho trampas, yo también podía hacerlas —respondió sonriente.
     Todas las miradas se clavaron en el espadachín.
     —Soldado. Quítate el yelmo —le ordenó la reina.
     El chico obedeció. Bajo el casco se ocultaba el rostro de un elfo, mas no el que Jasmine había elegido para el desafío de Escai, sino uno más fuerte y experimentado.
     Puesto que la hadas mantenían una vida pacífica al margen de lo que los hombres hicieran, no entendieron qué ocurría. No obstante, no tardó en formarse un barullo entre los hombres.
     —¿Por qué te has hecho pasar por tu compañero?
     Preocupado por sí mismo, sólo podía confesarlo.
     —El general Mirra me lo ordenó —contestó señalando a la persona que tanto odiaba a los humanos.
     Esta vez todos los ojos le apuntaron a él. Estaba mostrando una intimidante expresión de seriedad por haber sido delatado.
     —General, ¿tienes algo que decir en tu defensa?
     Ante la pregunta, Mirra esbozó una sonrisa siniestra.
     —No sé de qué está hablando. Yo no he dado tal orden ni jamás se me ocurriría hacerlo —su cómplice abrió los ojos de par en par, sintiéndose traicionado—. Más te vale tener sólidas pruebas que respalden la acusación que acabas de hacer contra tu general —amenazó al chico con ojos asesinos.
     El elfo palideció. No tenía evidencia alguna.
     —De todos modos —intervino la custodia—. Haya sido o no contra el espadachín que deseabais, majestad, el hecho es que ese humano ha perdido. Aunque ese chico fuera más hábil que el otro, tampoco es rival para los peligros por los que esos niños deberán pasar si realmente desean encontrar los artefactos ancestrales. Y, si ese humano ni siquiera ha podido vencerlo a él, entonces no tienen esperanza alguna de cumplir la misión.
     Escai quería protestar a gritos, mas Anime se adelantó.
     —Será capaz de lograrlo en dos semanas —afirmó con aparente confianza, desconcertando a todos.
     —¿Dos semanas? —inquirió la monarca.
     El hada asintió enérgicamente.
     —Una semana para recuperarse de sus heridas y otra para entrenar. Con eso será suficiente.
     —¿Entrenar? ¿Acaso sugieres que entrene con los elfos? —se temió la custodia.
     —¡Claro! —dicho eso, se volvió hacia Si—. Y tú también.
     —¿¡Yo!?
     —¡Por supuesto! Después de todo, ya has oído a la custodia: os esperan muchos peligros, por lo que también debes entrenar.
     Observando los rostros de los mellizos, la reina podía deducir que ambos estaban tan sorprendidos como ella misma. Era como si Anime tuviera una fe en esos chicos muy superior a la que ellos tenían en sí mismos. Aunque ella siempre había sido muy observadora y tenía un talento natural para conocer si las intenciones de alguien eran buenas o malas sólo mirándole a los ojos, esa confianza era exagerada, lo cual le hizo preguntarse si había otra razón por la que quería ayudarlos.
     —Y, además, no estaréis solos —añadió la joven, para desconcierto de los demás—. Yo iré con vosotros.
     Tras escuchar su afirmación, no hubo una sola persona entre los presentes que no mirara a la chica con ojos incrédulos.
     —¡Ya hemos hablado de esto, Anime! ¡Buscar los artefactos ancestrales es demasiado peligroso, no puedo permitirte ir!
     La chica infló los mofletes cual niña pequeña malhumorada. Sabía que convencerla no sería fácil. Mas no tardó en sonreír.
     —Pero, si Escai supera su prueba, el primer sitio al que irán será ese lugar ¿verdad? Entonces necesitarán un guía.
     —¡Sí, pero...!
     —¡Anime, espera! —interfirió Si—. ¡Conseguir los objetos legendarios es nuestra misión, no la tuya! ¡No podemos dejar que nos acompañes así, sin más!
     —De hecho, esa misión es sólo tuya, ¿no? Después de todo, Escai no puede ver la luz roja que aparece en el mapa y, aun así, te está acompañando. No veo por qué yo no.
     —Eso es diferente... —respondió el joven, levantándose a duras penas—. Yo la estoy acompañando para protegerla porque es mi hermana... y lo haré sin importar a quien me enfrente... —declaró volviéndose hacia el elfo contra el que había luchado, desafiándole con la mirada a seguir el combate.
     —¡Entonces yo os protegeré! Después de todo, por muy duro que entrenarais en este tiempo, vosotros solos no podríais sobrevivir en ese lugar y os aseguro que nadie más en todo el reino querrá ir con vosotros, así que debo ser yo sí o sí —esa chica tenía un fuerte sentido de la convicción. Vencerla en una discusión o hacerle cambiar de opinión respecto a algo era prácticamente imposible—. Además este será mi castigo.
     —¿Tu castigo? —preguntó Jasmine, perpleja.
     —Mi castigo por abrir el portal sin el permiso de Luz. Después de todo puse en peligro el reino, por lo que necesito un severo castigo acorde a la gravedad de mis actos.
     —¡Estoy totalmente de acuerdo! —interfirió la custodia, mas ella aprobaba la idea desde el primer momento, aunque no dijo nada para no esclarecer sus malos pensamientos.
     —Pe... pero... —la reina se negaba a aceptar la idea.
     —Si teméis que no sea lo bastante fuerte entonces ¿por qué no me hacéis pasar una prueba al igual que a Escai?
     —Una excelente idea —apoyó el general con una sonrisa maligna—. ¿Y si tu prueba fuera... un duelo? Pero no contra un soldado cualquiera, por supuesto, pues si quieres demostrar que realmente estás preparada para esto debes hacerlo contra la persona más formidable posible. Contra mí, por ejemplo.
     Jasmine le miró horrorizada. Mirra era el espadachín más diestro del reino, era imposible que Anime le venciera.
     —¡Sí! ¡Me parece bien!
     —¡Espera, Anime! ¡Esto es demasiado! ¿¡Por qué irías tan lejos para poder acompañarlos!?
     —¡Lo mismo me pregunto yo! —exclamó Luz—. Ellos son humanos y sabes perfectamente el terrible daño que nos causaron hace siglos, ¿por qué entonces quieres ayudarles?
     —¿Por qué, preguntáis? —murmuró, volviéndose hacia ellos—. ¡Porque son adorables! ¿¡Cómo no iba a querer proteger a unos chicos tan monos!? —nuevamente ambos se vieron envueltos en el tierno pero aplastante abrazo de la chica haciendo aún más daño a Escai, mas no protestó.
     Muchos elfos y hadas recriminaron el comportamiento de la chica, mas la reina aplacó sus voces con un grito.
     —Entonces ¿aceptáis, majestad? Decid que sí, porfi, porfi!
     Siempre era un dolor de cabeza discutir con Anime cuando  empezaba a rogar como una niña pequeña. Claramente era otra de sus estratagemas para ganar las discusiones y, desde luego, era efectiva. Jasmine no quería ponerla en peligro. Necesitaba que se diera cuenta de que buscar los artefactos no era un juego y que podía morir si lo intentaba. Tal vez, si ella no era capaz de hacerla entrar en razón, su general sí podría. En su mente se disculpó con ella por lo que iba a decir, pero era necesario.
     —De acuerdo —aceptó, para alegría de la muchacha—. Te enfrentarás en un duelo a Mirra. Si pierdes te olvidarás para siempre de los artefactos, nunca más volverás a hablar de ellos y no irás en su búsqueda. Si ganas permitiré que les acompañes.
     —¡Trato hecho!
     No obstante, Escai no estaba de acuerdo con esto. No podía soportar la idea de poner en peligro a aquella preciosa hada por la que tan fuerte palpitaba su corazón. Mas cuando estuvo a punto de protestar, la chica pasó por su lado, le dedicó una sonrisa dulce y tierna y le susurró:
     —Todo va a estar bien. Descansa, ¿vale?
     Con la cara totalmente roja y mirándola fascinado, se sentó.
     Una vez que ambos combatientes se situaron en posición, la reina se dispuso a ordenar el inicio de la batalla. Mientras que el general Mirra portaba una armadura colosal y un poderoso mandoble, la chica sólo llevaba su vestido habitual y ningún arma, por lo que los mellizos temieron seriamente por su vida. Jasmine sólo deseó que la lucha terminara rápido.
     Una vez que el combate comenzó, el hombre corrió a por su oponente y empezó a descargar contra ella potentísimos golpes que daban la impresión de estremecer el aire a su paso. El peso de la armadura y su arma no parecía afectarle, por lo que todos sus ataques eran letales, como si sus intenciones fueran matar a la muchacha. Ante su fuerza, tanto los hermanos como el público, la custodia y hasta la mismísima reina quedaron estupefactos. Mas con gracia y elegancia la chica evadía todos los ataques con la simple agitación de sus alas ejecutando bellos movimientos y sin dejar de sonreír como si jugara con él.
     —¡Maldita hada!
     La chica frotó velozmente sus pequeñas alas contra la cara de su enemigo en señal de burla y se alejó volando. Rojo de furia, Mirra corrió hacia ella y siguió intentando alcanzarla desesperadamente, pero Anime evadió sus ataques y, al encontrar una oportunidad, voló hacia él y le tapó por unos instantes los ojos con su largo y rizado cabello pelirrojo, para luego alejarse de nuevo para esquivar el siguiente golpe.
     Estruendosas risas se escuchaban entre el público. Los mellizos y la monarca estaban fascinados.
     Humillado y más enfadado que nunca Mirra echó mano a una daga y atacó a la muchacha con ambas armas. Por un momento, los hermanos temieron por ella, mas el hada continuó esquivando todos los ataques con encanto. Incluso se posó durante casi un segundo encima de la punta del mandoble.
     Cuando al fin minutos después el peso de la armadura hizo mella en él, se detuvo acalorado y cansado. Ahora que su oportunidad había llegado, la chica voló rápidamente hacia él y, con atléticos y ágiles movimientos, le propinó más de cincuenta patadas en la cabeza, dejándole en el suelo inconsciente.
     Un profundo silencio reinó en la plaza. Todos estaban boquiabiertos. Aunque no era la primera vez que Anime mostraba su habilidad en el combate, nadie imaginaba que fuera tan fuerte como para derrotar al general del ejército elfo sin que este tuviera la más mínima oportunidad de vencerla.
     —¿Puedo, entonces, acompañarles a ese lugar, majestad? —preguntó sonriente a la reina, quien tardó unos segundos en asimilar lo que había ocurrido y reaccionar.
     Mientras tanto, algunos hombres cargaron con el inerte cuerpo del general para llevarlo de vuelta a su casa.
     —Has superado la prueba, así que... sí. Puedes hacerlo.
     Presa de su alegría intentó de nuevo abrazar a los mellizos con todas sus fuerzas, mas Si le rogó que no lo hiciera para no hacer más daño a Escai, por lo que el hada se disculpó y, aunque sí envolvió entre sus brazos a la chica, al joven sólo le dio unas palmaditas en la cabeza, haciéndole sentir vergüenza.
     —Disculpad, majestad, ¿a qué lugar os referís?
     —Lo sabréis pronto —con un gesto ordenó a dos curanderas que se llevaran al joven—. En una semana estará bien.
     —Entonces, mientras tanto, iremos ocupándonos de ti —avisó Anime, volviéndose hacia su nueva amiga—. No pareces muy fuerte —observó mirándola de arriba abajo, causando que se sonrojara—, así que no creo que sea buena idea entrenarte con espadas. ¿Sabes lo que son una ballesta y un arco?
     —Sí, claro —respondió ella, perpleja. ¿Cómo no iba a saberlo? Aunque, al pensar que tal vez se lo preguntó debido a su falta de conocimiento sobre el mundo de los humanos, se alegró de no haberlo comentado en voz alta.
     —¿Cuál prefieres?
     La muchacha lo pensó algunos segundos.
     —Creo que un arco.
     —Yo prefiero las ballestas, pero sé manejar ambas, ¡por lo que yo misma te entrenaré con el arco y también te enseñaré algunas patadas! Así podrás defenderte a cualquier distancia —le comentó ilusionada—. Os parece bien, ¿verdad, majestad?
     —Supongo... que sí... —respondió sin saber qué más decir.
     —¡Perfecto! ¡Gracias, gracias, gracias! —gritó abrazándola.
     Luz se llevó una mano a la frente en señal de desesperación, mas los niños sonrieron conmovidos. Ese lado tan infantil les recordaba mucho a los niños pequeños del orfanato. No obstante, todo lo que había dicho era cierto. Si querían encontrar los objetos legendarios debían hacerse más fuertes, por lo que les esperaban dos semanas muy duras.
     —¡Por cierto! ¿Cuántos años tenéis? —les preguntó tras soltar a la reina y volverse hacia ellos.
     Ante la repentina pregunta, se miraron perplejos.
     —Los dos tenemos catorce años. Somos mellizos.
     —Catorce años —repitió sonriente—. Catorce años… —murmuró pensativa—. ¿Catorce años?
     El cuerpo del hada templó y sus manos parecían moverse solas. Si y Escai tuvieron el presentimiento de que algo estaba a punto de pasar pero, antes de poder huir, los dos se vieron una vez más fuertemente aferrados por sus brazos y apretados contra sus pechos embriagados por su aroma a flores, olvidando que Escai aún estaba herido.
     —¡Catorce años! ¡Unos humanos de catorce años! ¡Catorce años, catorce años, catorce años, catorce años! ¡Qué monos!
     —Tengo trabajo que hacer, majestad, me marcho —se excusó Luz, desesperada por alejarse de Anime.
     Jasmine no daba crédito a lo que sus ojos veían. Después de 500 años dos humanos y un hada parecían llevarse bien.
     —Supongo que estas dos semanas me ayudarán a decidir si tienen la fuerza necesaria para encontrar los artefactos o no.
     Dicho eso, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
     Cuando el hada finalmente les soltó, se disculpó con ellos. Ambos cayeron al suelo sin aliento y con las caras rojas.
     —¿Cuántos años tienes tú? —inquirió Si, poniéndose en pie.
     —¡Diecinueve!
     Los mellizos la miraron atónitos. Suponían que era mayor con ellos por la diferencia de estatura, pero no pensaron que fuera cinco años mayor. Deprimido, Escai se preguntó si una chica como ella podría fijarse en él y, aunque aún le preocupaba ponerla en peligro, en su interior sentía una seguridad mayor sabiendo que alguien tan habilidosa como ella estaría a su lado. Eso hizo que su corazón latiera aún más rápido.
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Si te ha gustado el capítulo, te pido que me lo hagas saber pinchando en el corazón que hay justo debajo y me sigas para estar al tanto de más capítulos. Gracias :D

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