12: El ocaso

Las Crónicas de Ondine: El Reino de las Hadas

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—Levanta un poco más los hombros y relájalos. Bien. ¿Estás mirando fijamente el blanco con tu ojo dominante? Antes de disparar, asegúrate de que estás sujetando bien la flecha y de que mantienes una buena postura o te harás daño.
     Con sus suaves manos, Anime estaba ayudando a Si a adoptar una posición correcta antes de disparar con el arco.
     Se encontraban en el campo de entrenamiento situado al sur del reino y dividido en dos áreas: el de espadas, para entrenar con toda arma de corta distancia; y el de tiro. Allí, desde los niños elfos hasta los adultos entrenaban cada día.
     Las chicas estaban en el campo de tiro junto a los demás elfos. Delante de ellos había unos maniquís de madera que servían como dianas. Escai se encontraba en el área de espadas, observando sentado contra la pared del cuartel entrenar a sus compañeros y, de vez en cuando, celoso a las chicas. Él también quería que Anime le ayudara con su práctica.
     —¡Eh, humano! ¡No te distraigas!
     —¡Tengo un nombre, elfo! —protestó ahora más enfurecido.
     Había pasado un día desde su duelo. Gracias a las plantas medicinales que crecían en los grandes jardines que rodeaban el palacio, sus heridas habían sido tratadas con eficacia, pero aún le ardía la cadera. Hasta que se recuperase y pudiera unirse al entrenamiento, le habían ordenado observar a los demás espadachines para aprender de ellos cuanto pudiera. Aunque simplemente mirar sin hacer nada no le gustaba porque le hacía sentir impotente, también podía contemplar de vez en cuando a Anime y, cuando sus ojos casualmente se cruzaban, ella le sonreía, por lo que no todo era malo.
     Si tensó la cuerda del arco, miró fijamente su objetivo con el ojo derecho abierto y el izquierdo cerrado, se concentró cuanto pudo y, al sentirse preparada, disparó la flecha. Ni siquiera recorrió la mitad de la distancia que había entre ella y la diana.
     Sus compañeros se rieron de ella, causando que se desanimara. Al ver su bonito rostro entristecido, Anime no pudo contener las ganas de estrecharla entre sus brazos.
     —No te preocupes, pronto lo lograrás.
     El abrazo del hada le hizo sonreír y recordar los que Mari le daba cada vez que se sentía triste, cuando vivían en el orfanato. Cuanto más pensaba en ella más la echaba de menos.
     —Te enseñaré cómo es la postura que has de adoptar. Mira atentamente —dijo tomando el arco de la chica y una flecha.
     Además de ella, los demás arqueros también la observaron. La joven enderezó la espalda, sujetó el arco con la mano izquierda, estiró el brazo, alzó los hombros, separó las piernas, sujetó la flecha con tres dedos de su mano derecha, tensó la cuerda, miró fijamente su objetivo y, con los dos ojos abiertos, disparó. La flecha viajó velozmente hacia el maniquí y se clavó ferozmente en su cabeza. Todos la aplaudieron, especialmente Escai. Ella, sonriente, se echó el cabello hacia atrás y le devolvió el arco a su anonadada amiga.
     —Increíble… —murmuró fascinada.
     —No es difícil cuando ya sabes cómo hacerlo. Al principio debes tener mucho cuidado con la postura porque si lo haces mal puedes hacerte daño en los dedos o en los pechos, aunque eso último no creo que te pase porque los tienes pequeños —Si bajó la cabeza, avergonzada—. Después, cuando ya sabes cómo hacerlo y has practicado mucho, ni siquiera necesitas cerrar un ojo para apuntar mejor. Acabas disparando de forma instintiva y tu cuerpo se posiciona por sí solo sin que te des cuenta.
     —¿Cuándo empezaste a usar el arco y dar patadas?
     —Cuando tenía nueve años.
     La chica puso los ojos como platos.
     —Es decir ¿¡que llevas diez años entrenando!? ¿¡Tanto!?
     —Es divertido —se excusó, sacando la lengua—. Sigamos.
     Además de ellas, no había ninguna otra chica en el campo. Al parecer a ninguna otra hada le interesaba el combate, lo cual hacía a Anime aún más especial.
     Continuaron practicando hasta casi el anochecer, cuando el cielo empezó a teñirse de rojo. A la vez que los elfos se marchaban, Si se sentó en el suelo hambrienta y exhausta.
     —Pensé que no terminaríamos nunca...
     Escai se reunió con ellas.
     —Valdrá la pena. Llevo todo el día esperando este momento.
     Los mellizos miraron desconcertados a su amiga.
     Una vez que abandonaron el campo de entrenamiento se dirigieron a la casa de Anime, la cual se encontraba sobre la gruesa rama de uno de los árboles más grandes del reino, en la zona residencial donde vivían todas las hadas junto a los jardines. Para ayudarles a llegar, el hada les agarró de los brazos y les llevó volando uno por uno.
     La vivienda tenía forma de manzana y las paredes eran rojas para poder perfeccionar el parecido. El interior tenía forma de circunferencia y estaba mucho más decorado que las casas de los mellizos. A los lados había una hamaca, una estantería, un armario, un cesto, una cocina, una despensa, una chimenea y algunas vasijas; en las paredes dos ventanas que daban a los bellos jardines repletos de flores y plantas de diversos colores y, en el centro, una mesa redonda con tres sillas de las cuales dos de esas parecían nuevas, como si la chica las hubiera traído especialmente para los hermanos.
     Aquella era la primera vez que una amiga les invitaba a su casa, por lo que ambos estaban nerviosos. Aunque, de hecho, nunca habían tenido amigos que no vivieran en el orfanato.
     —Voy a buscar unos pocos ingredientes que me faltan para preparar la comida. Vosotros abrid el armario.
     Los mellizos obedecieron. Dentro había un traje de cuero y un vestido de seda con falda. Parecían cómodos y ligeros.
     —Son para vosotros. Cambiaos mientras estoy fuera y dejad la ropa que lleváis en el cesto —añadió abriendo la puerta.
     Sorprendidos, los muchachos se volvieron hacia ella, mas ya se había marchado volando. Desconcertados, miraron la ropa de nuevo. Era bonita y les gustaba pero, después de todo lo que esa joven había hecho por ellos pese a ser un hada y los chicos humanos, no les parecía justo aceptar aún más favores.
     Anime regresó diez minutos después y, al verles con la ropa que les había regalado, no pudo contener la emoción. Antes de que se dieran cuenta, ya estaban siendo abrazados otra vez.
     —¡Qué monos! ¡Os queda genial! —cuando al fin les soltó, ambos cayeron al suelo sin aliento—. ¿Os gusta?
     Los dos asintieron.
     —Sí pero ¿por qué nos la regalas? —quiso saber Si.
     —Porque la necesitabais. La que llevabais antes estaba muy sucia y rota —respondió alegremente—. Bueno, poneos cómodos lo mejor que podáis, voy a empezar a cocinar.
     La chica tomó algunos alimentos más de la despensa y los dejó en la cocina junto con los que había comprado. Después empezó a preparar la comida. Aunque ambos querían ayudarla, ninguno de ellos sabía cocinar, por lo que sintiendo que abusaban de su amabilidad sólo pudieron ponerse en pie, sentarse frente a la mesa y observarla maravillados.
     La comida estuvo lista en treinta minutos. Consistía en un plato de sopa de pétalos de flores comestibles y un vaso de leche para cada uno. Tratando de ocultar desesperadamente la emoción de que una chica tan guapa hubiera cocinado para ellos, la tomaron toda y, aunque no les gustó demasiado al principio probablemente porque no estaban acostumbrados a la comida de ese reino, cuando Anime les preguntó si les había gustado ambos asintieron, pues después del esfuerzo de la chica pensaron que decir lo contrario habría sido desconsiderado. No obstante, sólo con mirarles a los ojos la joven supo la verdad. De todos modos, el sabor mejoraba con cada cucharada.
     —Ahora voy a llevaros a mi lugar favorito —anunció alegremente cuando sus invitados terminaron de comer.
     Los mellizos la miraron con curiosidad.
 
 
Les llevó al extenso prado situado al norte del reino. La mayor parte estaba cubierto por un sinfín de flores de cientos de tipos y colores diferentes e incluso muchas que sólo podían crecer en otras estaciones. En la lejanía podían ver varios animales pastando en compañía de un elfo que les vigilaba y, mirando al horizonte, contemplaron el cielo teñido de rojo.
     Anime se sentó sobre la fresca hierba y miró felizmente los rostros fascinados de los chicos.
     —Todos los días vengo para relajarme mirando el ocaso.
     —Es precioso —afirmó Si a la vez que los tres se tumbaban.
     Podían oler diferentes aromas de flores y todos eran agradables. No tardaron en tener ganas de dormir.
     —Anime, ¿eres la única hada que sabe luchar y disparar?
     —No. Todas aprendemos a usar el arco cuando somos pequeñas, pero sí que soy la única chica que entrena cada día.
     —¿Por qué? —inquirió Escai.
     —Porque... —murmuró, contemplando el cielo—. Porque hace diez años, cuando el Mensajero de la Oscuridad —así parecían llamar las hadas y los elfos al ser que intentó destruir el mundo hace diez años, aparentemente porque Jasmine sabía que su aparición no había sido más que el aviso de que un peligro mucho mayor llegaría algún día—... intentó destruir el mundo, la reina nos contó que cientos de ciudades y miles de personas habían muerto y que todos estaban sufriendo mucho. Me sentí tan mal por los humanos que quise encontrar los artefactos ancestrales, pero la reina me lo prohibió, por lo que al menos decidí que me haría tan fuerte como pudiera para proteger mi hogar. Como soy una chica, físicamente no soy rival para los hombres, así que decidí especializarme en el tiro con ballesta y aprendí a valerme de mi agilidad y estratagemas varias para luchar cuerpo a cuerpo con patadas por si me enfrentaba a alguien contra quien mi arma no sirviera.
     Como, por ejemplo, su combate contra Mirra, recordaron los mellizos. Su respuesta hizo que la admiraran más. Pensaban que todas las hadas odiaban a los humanos, por lo que haber encontrado una amiga entre ellas era un preciado tesoro.
     Cinco minutos después, las chicas ya se habían quedado dormidas y Escai no tardaría mucho. Al mirar a Anime avistó sus suaves y tiernos labios y, sonrojándose, no pudo evitar preguntarse cómo sería juntarlos con los suyos. A pesar de que él siempre había estado en contra del amor entre las personas de un mismo género y diferentes edades y razas, esa chica estaba haciéndole ver que quizás no era algo tan malo. Preguntándose si estaba bien pensar de esa nueva forma y conteniendo las ganas de besarla, trató de dormir.
     Desde la lejanía, volando, la reina les observaba.
 
 
En sólo cuatro días, Escai sorprendentemente se recuperó por completo de sus heridas, por lo que pudo iniciar antes de lo esperado su entrenamiento. A ninguno de sus compañeros le gustaba la idea de que un humano practicara junto a ellos, mas las órdenes de la reina eran indiscutibles.
     Desafortunadamente para el joven, Anime no sabía manejar una espada, por lo que su fantasía de que le ayudara a posicionarse correctamente se desvaneció. Aun así, si deseaba proteger a su hermana cuando se marcharan en busca de los artefactos ancestrales, debía aprender a luchar rápidamente costara lo que costara. Sin embargo...
     —¿¡Cómo voy a aprender con una espada de madera!?
     Era su primer día y ya se estaba quejando, pensaron sus compañeros entre desalentadores suspiros.
     —Todos aquellos que empiezan su adiestramiento lo hacen con una de estas hasta que aprenden a blandirlas correctamente. ¿Acaso querrías lastimar a alguien por accidente o incluso a ti mismo? —le explicó el hombre que se la había entregado.
     Su cabello era corto y plateado, sus ojos marrones y su mirada penetrante. Vestía con una armadura diferente a la de todos los demás. Era el capitán del ejército elfo y el instructor de los aprendices de espadachines. Su nombre, si no recordaba mal, era Luthio. Aunque era muy severo y estricto, trataba a los mellizos sin prejuicios. Si Anime era la única hada en todo el reino que no les despreciaría por ser humanos, él era su equivalente en cuanto a los elfos. Además, ambos parecían llevarse muy bien, por lo que pese a la diferencia de edad el chico no podía evitar enfurecerse al verles juntos.
     —¡Yo ya sé blandirla! ¡Ya me he enfrentado a alguien con una! —protestó recordando su corto combate contra Lion.
     —Y dime ¿cómo terminó esa batalla?
     Avergonzado respondió:
     —No pude... hacer nada...
     Sus compañeros echaron a reír y no cesaron hasta que el capitán les ordenó callar con un grito.
     —Si de verdad quieres dominar el arte de la espada, deberás empezar por los fundamentos básicos.
     —¿Podrá hacerlo con ese cuerpo tan flacucho? —se preguntó burlonamente uno de los elfos.
     Nuevamente todos empezaron a reírse de él, por lo que Luthio tuvo que reprenderles de nuevo.
     —¡Pero no tengo tiempo para esto! ¡Mi prueba es dentro de poco y, si no la supero, no podré acompañar a Si!
     —Entonces te sugiero que dejes de quejarte y empieces a entrenar de una vez —dicho eso e ignorando la mirada de rabia que el joven le estaba dedicando, le observó atentamente de arriba abajo—. No obstante, sí que es cierto que tienes un cuerpo muy delgado. Entrenarlo apropiadamente para hacerlo lo bastante musculoso y fuerte como para luchar ignorando el peso de una armadura media o pesada llevaría años y no tienes tanto tiempo. ¿Qué te parece si concentramos tu práctica en la destreza y no en la fuerza? Lucharías sin escudo, con una armadura ligera y valiéndote de tu agilidad para eludir los ataques de tus enemigos en lugar de intentar bloquearlos.
     La idea escandalizó al chico.
     —¡Eso es un suicidio! ¡Me matarían de un solo golpe!
     —No parecías opinar lo mismo cuando te desprendiste de la cota de malla durante tu prueba —le recordó con seriedad—. Y sólo te matarían si consiguen alcanzarte. Además, hay armaduras muy buenas con un peso realmente mínimo para quienes deciden recorrer esta senda —dicho eso, posó afectuosamente una mano sobre el hombro del joven—. Yo no puedo decidir por ti, sólo aconsejarte y ayudarte a descubrir cuál es el estilo más apropiado para ti. Piensa en tus circunstancias y toma la decisión que crees correcta.
     Mientras meditaba seriamente las palabras de Luthio, sus compañeros estaban haciendo unos ejercicios para calentar. Al mirar a Anime y a Si, observó que continuaban practicando con el arco. Aunque su hermana aún no podía alcanzar el maniquí con sus débiles disparos, se acercaba cada vez más. Por su parte, Anime dominaba el combate a cualquier distancia valiéndose de sus propias habilidades sin la ayuda de espadas ni armaduras. Ambos querían ser como ella. Si lo lograran, tendrían una confianza mucho mayor para buscar los artefactos.
     —Maestro. Por favor, enséñeme lo que crea que será mejor.
     El capitán le observó con ojos serios. Ese chico no era amable con nadie salvo con su hermana y Anime, por lo que sus palabras demostraban su determinación.
     —¿Estás seguro? —Escai asintió—. El entrenamiento será muy duro y no toleraré arrepentimientos ni llantos.
     —Lo sé. Estoy preparado.
     Ambos se miraron fijamente a los ojos unos segundos.
     —De acuerdo. En ese caso te enseñaré todo lo que pueda.
     El chico sonrió con alivio y alegría.
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