El àngel y la Prisionera

Géneros: Misterio

Un ángel que lo ha perdido todo. Una chica que le recuerda a alguien querido para él. Un cuarto.

I

El àngel y la Prisionera

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Un cuarto mohoso y húmedo es testigo de mi dolor.
Una silla corroída por el paso del tiempo y el maltrato se esmera poco en darme algo de comodidad.
Ya no siento las piernas, ni las manos.
Ha llegado el punto en el que he perdido la noción del tiempo y el espacio.
Mis ojos, apenas lubricados, parpadean lentamente, causando un horrible sonido a crujido que me recuerda a las hojas en otoño. Otoño…ya ni siquiera recuerdo como era, o a qué olía.
Sólo siento el olor de mi sudor, las lágrimas y el miedo mezclados con el agrio aroma de la orina. Es increíble cómo se aprende a convivir con aquellas cosas que usualmente disgustan.
 
Adentro la oscuridad, afuera la luz.
Libertad que llama y que ya no me molesto en buscar. Me he resignado a la realidad.
La puerta se abre, y como Dios que emerge de una nube luminosa, veo a mi ángel.
Es hora de comer.
Los pasos del ángel son pesados, lentos, cansados. Quizás se ha cansado de retenerme aquí  o quizás es imaginación mía, como si un trozo de mi conciencia quisiera aferrarse a la esperanza.
 
El chirrido de la banqueta contra el suelo es agudo, tanto que eriza mi columna  y me fuerza a ponerme en alerta.
Se sienta.
Cuesta creer que estemos a la misma altura. Cuesta creer que, dentro de toda su maldad, tenga ojos tristes cuyo color rivalice con el mismo cielo. Por eso le digo ángel.
Mis pupilas miran el plato de comida. Una oscura y amorfa crema que olía a carbón. Estaba quemada.  Al ángel le gustaba el fuego. En demasía quizás. A este punto ya estaba más que acostumbrada. A este punto el olor a quemado era cuasi balsámico. A este punto ya ni recordaba la primera vez que vi el fuego.
O tal vez sí.
Lo único que quedaba en mi memoria eran tres cosas: El olor a humo, la sirena de bomberos y las manos del ángel.
Me gustaba la otra casa. Olía a pino y podía oír a los autos pasar. Eso me era suficiente para saber si era de día o de noche.
El ángel suelta un bufido. Caigo en la realidad.
Mis ojos se vuelven a él tan rápido como pueden para atestiguar un sinfín de palabras que no logro entender. Por su tono de voz puedo deducir que está molesto, pero el idioma que usa me es imposible de entender.
Él se levanta tan alto y ancho como es. Se acerca a mí. La distancia entre ambos es tan corta que puedo respirar su aliento. Me mira. Me habla. Sus cuerdas vocales destilan un odio y una pasión que parecían arraigadas  en su alma. Un alma que parece ser del mismo fuego que ama.
Pero sus ojos cuentan otra historia. Sus pupilas celestes están sumidas en una inmensa tristeza, al punto en que parecen muertas…tan así que ya ni veo mi propio reflejo en ellas. Aún así, era difícil dejar de mirarlas, era como si me estuvieran pidiendo ayuda…
 
…o perdón.
 
El ángel se va. No tiene tiempo ni ganas de lidiar conmigo.

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